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crítica

Del juego al duelo: el álbum maldito de Kendrick Lamar

Tan solo cuatro discos ha necesitado Lamar para arribar a aquel panteón que corresponde solamente a los íconos de la música negra norteamericana.

por Andrés Manrique G.
15 Agosto 2017, 9:08pm

Collage: Zafaraz.

Seguro fue el escritor y periodista norteamericano Ernest Hemingway quien dijo que aquellos que de veras amaban los anchos océanos no hablaban del mar. Aquel genio de las letras merecedor del Nobel y del Pulitzer que osó contar la historia de un viejo y humilde pescador cubano, se las arregló muy bien para decir en su lengua que hablaban de la mar. Quién imaginaría que más de cincuenta años después, en las misteriosas resonancias musicales que trascienden incluso la lengua, la historia de algún modo se revertiría y volvería al mismo punto: que este escrito en español hablaría del norteamericano Kendrick Lamar, el último gran genio del hip hop. Quien lo predijera —buen predictor fuera— sabría que aquel del que se habla, como el que rueda y cruza tierras y mares, es siempre y a cada momento otro tipo de genio.

Tan solo cuatro discos ha necesitado Kendrick Lamar para arribar a aquel panteón que corresponde solamente a los íconos de la música negra norteamericana. Lamar es comparado con Tupac Shakur y a la vez con Marvin Gaye, y con Public Enemy pero también con Prince; sin embargo en sus entrevistas solo se le escucha bromear acerca de su supuesta grandeza, de cómo no sabe kung fu aunque eso digan sus letras, o del poco español que habla.

Lamar es originario de Compton, Los Ángeles, California. Allí creció y se educó, pero en un sentido que escapa a los lugares comunes de la discriminación —siempre incapaz a pesar de su torpe unanimidad— ahí reside todavía. Como lo atestiguan sus letras, Compton vive en él —pues se podrá sacar al indio del lugar, desplazarlo, alienarlo, incluso tratar de desbaratar su origen: el espacio en él se queda —, no solamente en su voz y en sus silencios, sino también en sus gestos; en cada detalle de su quietud y de sus movimientos.

Al inicio del video de 'DNA.', segundo tema de DAMN., Lamar se encuentra a solas con un policía que es personificado por Don Cheadle. El actor originario de Kansas City ha interpretado papeles notables de detectives, como el que personificó en el drama racial Crash (2004), película que toma lugar precisamente en Los Ángeles. Cheadle ha dado vida también a personajes de gran raigambre política como el que representó en Hotel Rwanda: largometraje del mismo año que recrea la cadena de hechos que tuvieron lugar en Rwanda tras el asesinato de Juvénal Habyarimana y Cyprien Ntaryamira; incidente que, por demás, marcaría el brutal recrudecimiento de los ajustes de cuentas entre Tutsis y Hutus que dio en genocidio.

La escena del interrogatorio en el que Lamar confronta al detective de Cheadle se desenvuelve en un escenario rodeado de espejos. Lamar se encuentra con otro que es también su propia imagen: es el censor con el que compite y con el que se encuentran aquellos que compiten con él; es su verdadero adversario, y por ende él mismo. Pero la escena y sus reflejos no dan cuenta llanamente de una fase del espejo que es rota u abolida, sino que el recurso del reflejo es instrumental en la contemplación del juego que deviene coreografía, y mediante el cual la figura se integra a un espacio en el mundo: "Yo gano, y gano nuevamente, sirvo como [en] Wimbledon. […] Yo sé bien cómo trabajas, yo sé bien quién eres".

¿Qué es ese juego para que se hable de Wimbledon, torneo tantas veces jugado y ganado por las hermanas Williams, en este ambiente de interrogatorio marcado por un aire de persecución?

La canción nunca resuelve aquel interrogante, sino que suscita nuevos que, como la enunciación de las experiencias que el rapero y el policía comparten, dan en la transferencia del juego de mellizos: en el "quisiera ser alimentado con perdón. Sí, sí, sí, sí, ADN de soldado. Nacido adentro de la bestia" que añade Lamar luego y al que Chadle parece responder en el video. Sin importar cuál sea ese juego, el secreto para ser victorioso en él —y lo que separa al detective del rapero— es que el cantante de la calle ha perdido más; ha perdido verdaderamente —pues incluso ha cedido su identidad ante la máquina extractora de la verdad—, y luego de perder reiteradamente, de vivir en derrota, de perder quizá la vida, no se le ha alimentado con perdón. Ha sido privado de él.

Una vez Lamar sale del interrogatorio en 'DNA.' la imagen se desplaza hacia una serie de close-ups que muestran los rápidos movimientos con los que al cantar Lamar danza; movimientos que aparecen en blanco y negro en la pantalla. ¿Remite así el video a 'Alright', tema que —con un video rodado enteramente en blanco y negro— se erigió en 2015 como un himno en contra del racismo y de los brutales abusos policiales que fueron reportados en buena parte de la geografía de los Estados Unidos? ¿Es ese el perdón negado del que habla Lamar? ¿Y es este el lenguaje con que se responde a un sutil pero también brutal genocidio americano?

Quizá se pueda afirmar, con la crítica especializada que aborda DAMN., que el disco consiste en una excepcional compilación de contradicciones que disuelven las múltiples voces que compusieron a su predecesor, To Pimp a Buttefly (2015). Así, DAMN. se constituye como una respuesta al clima de tensión política y racial que se había estado caldeando en los Estados Unidos desde hacía años, y que ahora es un problema innegable, irrefrenable y que ocupa, con razón, buena parte de las agendas de todos los países del mundo.

Si 'DNA.' expone una tensión interna de la propia identidad ante la brutalidad de una bestia también enunciada —y que corresponde, de nuevo, al contexto de agresión y racismo que acarrea la pérdida del sentido propio: de ser uno y no otro—, 'ELEMENT.' muestra otro sentido del conflicto que se extiende a todo vínculo con una sociedad, con una comunidad, con una familia: la ruptura y el vínculo ante todo a lo que Lamar u otro pudo pertenecer antes de devenir cualquier reo culpable, muerto o abstraído.

"D.O.T., mi enemigo, no tendrá ningún problema con esto [:] Yo fui pisoteado en frente de mi madre; […] perra, todas mis abuelas están muertas, así que no hay nadie rezando por mí. Estoy en tu cabeza", reza. Y un par de versos adelante añade: "No lo hago por [Insta]Gram. Lo hago por Compton".

Cuando habla de D.O.T., Lamar se refiere a sí mismo, pues anteriormente actuó bajo ese pseudónimo: ese es su único enemigo real; la fuente de su propia contradicción. La perra a la que se refiere es a otro rapero que podría haber sido él mismo cuando buscaba un lugar, como cualquier cantante de hip hop. Más adelante, el video muestra a un padre que tienta a su hijo para que lo golpee: el mismo que pocos instantes después aparece en el suelo cubierto de sangre. Entiende entonces el espectador que Lamar asume el lugar de ese padre, y que eso constituye su maldición y da sentido a su disco DAMN..

En 'ELEMENT.' los versos de Lamar se dirigen así hacia la necesidad de asumir la carga de la maldición, ya explorada en 'DNA.' —no solo como el propio cuerpo y la propia voz, sino como el resultado de las agresiones circulantes y transferidas como reflejos o proyecciones entre los excesos de la ley y el convicto tal vez muerto— y cuya reiteración inunda el álbum. Al describir el encierro, la humillación ante la madre y su enemistad con un "negro imaginario rico" que podría ser él, la voz del cantante explora ese duelo que por no poder cerrarse —por un dolor ancho como la mar— se constituye en maldición.

Distinto a lo que el crítico anglosajón podría suponer, 'HUMBLE.' constituye una confirmación de que Lamar no se abstrae en el solipsismo o la mera narrativa autobiográfica, sino que aquello es herramienta de un fin mayor.

Si antes Lamar ha lamentado que nadie rece por él, pues todas sus abuelas han muerto, al inicio de 'HUMBLE.' lo pide expresamente: "[que] nadie rece por mí, ha sido este mi día", dice la versión del álbum, como refiriéndose a su propia muerte. Aquel curioso llamado parece ser la otra cara de la moneda de un video en el que aparece desde el inicio vestido como papa. Con solo dos gestos Lamar vuelca esa sutil crítica del dogmatismo hacia otra aseveración de gran sentido político:

"Mi golpe izquierdo se hizo viral", dice mientras en el video hace un swing de golf sobre un auto viejo en un caño; "el golpe derecho puso a Lil' baby en una espiral", responde luego. ¿Alude con ironía Lamar a Trump, y en particular a su peligrosa y bien conocida adicción a Twitter? El responsorial de Lamar, que bien podría referirse a cómo con la otra mano ha dado suelo a otro competidor para que sea humilde, lo distancia del magnate.

Es quizá entonces al presidente de su país, al hombre más peligroso del planeta, a quien Lamar interpela casi susurrando: "siéntate perra. Sé humilde", y así a todos sus semejantes. Con ello asesta el mayor punto de su álbum maldito; el punto que por demás acompaña cada uno de los himnos que lo componen, pues lejos de quebrarse indefinidos en el abismo, sabe dar en la mar de la que él emerge.

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