Perfiles

Perfiles VICE: Lo que Pepe nos deja

A cuatro meses de que termine su mandato, el exguerrillero será recordado como el presidente que se aventuró a revaluar la guerra global contra las drogas.

por Krishna Andavolu
07 Diciembre 2014, 3:28pm


Foto por Mariano Carranza. 

La mañana del 8 de octubre de 1969, José Mujica se despertó y se vistió para ir a un funeral. Él y otros nueve jóvenes –sobrinos del difunto– se amontonaron en una buseta Volkswagen y esperaron en la orilla de una carretera de dos carriles que conecta a Montevideo con el pequeño pueblo de Pando, 23 kilómetros al oriente. Pasaron seis coches y una carroza fúnebre, rentada para el entierro, y la buseta se unió a la caravana a través de los pastizales que caracterizan las costas uruguayas. El viaje fue sombrío y silencioso hasta que, estando a cinco kilómetros de Pando, los dolientes capturaron a los conductores de la carroza y los metieron en la parte trasera de la Volkswagen.

En realidad no había ningún funeral, ningún cuerpo y ningunos dolientes. Estas personas eran miembros del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), un grupo guerrillero marxista que buscaba instaurar a un dictador 'a la cubana' en Uruguay y librarse de un Gobierno supuestamente cleptocrático. Mujica, que a sus 35 años era uno de los miembros más antiguos y carismáticos del grupo, se pasó al asiento trasero y sujetó la cacha de madera de su metralleta española Z-45. Cuando llegaron a Pando, una tranquila ciudad industrial con 12.000 habitantes, él y su pequeño batallón robaron bancos y trataron de derrocar al gobernante local. Además mataron a un policía y a un civil en un caótico tiroteo a plena luz del día.

Cuatro décadas después, a sus 74 años, José Mujica se prepara a vivir sus últimos meses con la banda presidencial uruguaya que lleva colgada desde su llegada al poder en 2009, luego de liderar la coalición de izquierda del Frente Amplio en el poder desde 2004. Aunque su cabello ahora es gris y su barriga ha crecido, Mujica mira a las multitudes reunidas en la plaza central con los mismos ojos verdes que escaneaban las calles de Pando en 1969. La multitud le devuelve la mirada con admiración mientras da su ardiente discurso frente a una pantalla gigante con su imagen.

Si el carácter de un hombre es su destino, como escribió Heráclito, entonces el de Mujica lo ha llevado por un camino excepcional, que ocasionalmente aparece en los titulares de los diarios, y que rara vez se mira más allá de los mayores eventos de su vida. Mujica es un exrevolucionario (algunos lo llamarían terrorista) que ha recibido disparos en seis ocasiones, estuvo encarcelado por 14 años, fue torturado y mantenido en confinamiento solitario para después ser liberado, renunciar a la violencia, entrar a la política, ser elegido presidente y empezar a sacar a Uruguay de la recesión mientras legalizaba el matrimonio gay y el aborto, algo notable en un país cuya religión dominante es el catolicismo. Además, dona el 90% de su salario a la caridad, vive en una pequeña granja en lugar del palacio presidencial, maneja un escarabajo, casi nunca usa traje, y está en contra de los excesos consumistas y de que la base económica de Occidente dependa de ellos.

Pero su logro más importante, el que lo ha hecho un héroe de culto entre los movimientos juveniles de todo el mundo, es la decisión de legalizar por completo la marihuana en todo el país. Aunque la medida se convirtió en ley el 13 de diciembre de 2013, ha sido implementada y reglamentada gradualmente durante 2014, convirtiendo a Uruguay en el primer país que legaliza la hierba en todo su territorio. Mujica no es baretero; prefiere el whiskey y los puros, y dice que nunca ha fumado eso. Pero como dijo durante la Asamblea General de Naciones Unidas en 2012: "Queremos arrebatarle al narcotráfico su mer- cado". En lugar de perpetuar la guerra contra las drogas y el círculo de violencia, que tan solo en Suramérica ha costado un billón de dólares y las vidas de decenas de miles de personas, Mujica presenta otro camino. Si la legalización tiene éxito y reduce las ventas de los carteles, su modelo sería copiado en todo el mundo. De hecho, los que están a favor de una reforma política en materia de drogas esperan que gane el Premio Nobel de la Paz.


Manuela, la chihuahua de tres patitas de Pepe. Foto por Mariano Carranza.

José Mujica Cordano nació en 1935 en las afueras de Montevideo. De niño ayudaba a su madre a vender flores en el barrio. Llevaba su bicicleta llena de crisantemos naranjas, blancos y rosas hasta el mercado. Era su principal fuente de ingresos. "Aguantábamos la pobreza con dignidad", recuerda. La pobreza fue su entrada al activismo político. De acuerdo a The Robin Hood Guerrillas, la próxima biografía, escrita por Pablo Blum, después de abandonar un prestigioso colegio, comenzó a "juntarse con pequeños criminales en los barrios oscuros de Montevideo" donde conoció a un socialista llamado Enrique Erro, quien dirigía el brazo juvenil de un partido político de izquierda y le ofreció un papel como líder. Con financiamiento del partido, Mujica –a quien apodaban Pepe– viajó por el mundo comunista y visitó, entre otros lugares, Moscú, Beijing y La Habana, donde conoció al Che Guevara y a Fidel Castro en 1959, meses antes de que se tomaran la ciudad.

Cuando regresó a Montevideo, abandonó el partido de Erro y se volvió guerrillero. Se sabe muy poco de cómo pasó de ser un joven socialista democrático a un combatiente de tiempo completo. Pero de acuerdo con Mujica, el florista presidente, una biografía del periodista uruguayo Sergio Israel, la revolución cubana lo empujó a imaginarse un levantamiento similar en Suramérica.

En este contexto de agitada revolución, Pepe se unió a Los Tupamaros. Fundado en los 70 por Raúl Sendic, un abogado que también conoció al Che, el grupo comenzó con lo que llamaron "propaganda armada". Tomaban cines y obligaban a la gente a ver presentaciones de las injusticias provocadas por la democracia liberal. Los Tupamaros también robaban bancos y repartían el dinero entre la gente en la ciudad, lo que les ganó una reputación de Robin Hood. Había muchas mujeres en la organización y las guerrillas se hicieron famosas en la prensa uruguaya por ellas, como Yessie Macchi, una hermosa rubia estilo Jane Fonda con quien salía Mujica. El ministro de Propaganda del grupo dijo a la prensa que "en ningún momento la mujer es tan igual al hombre como cuando tiene una calibre .45 en la mano".

La redada de Pando, que Pepe hizo vestido como un doliente del funeral, buscaba recordar el segundo aniversario de la muerte del Che Guevara y hacer visible la presencia del grupo en el país y sus intenciones de tomarse el poder. Cuando la caravana entró a la ciudad, los guerrilleros disfrazados que estaban en el pueblo comenzaron a protestar frente a la principal estación de policía. Distrajeron a los oficiales con quejas simples hasta que, en un asalto coordinado como en una escena de acción, sacaron sus armas para tomar la estación y encerrar a los agentes en sus celdas. También hubo algunos disparos y granadazos contra el policía que logró quedarse por fuera y pelear.

Pepe y su equipo estaban a cargo de desactivar la comunicación telefónica y lo hicieron eficientemente, sin disparar un solo tiro. Los aturdidos operadores dejaron los aparatos y se echaron al piso. Luego dio un discurso sobre la revolución que los Tupamaros querían para Urugay, inspirada en el Che Guevara. Además de la compleja planeación, los disfraces y la naturaleza engañosa de los ataques guerrilleros, los discursos también eran un rasgo importante. Sus tácticas basadas en ataques urbanos no estaban enfocadas en generar muertes masivas; en cambio, eran calibradas para despertar simpatía entre los ciudadanos.

Al final, tres tupamaros murieron y muchos resultaron heridos en un tiroteo dramático que empezó en el banco principal del pueblo (que estaban robando) y que llegó hasta las calles.

Mientras tanto, Pepe huyó de Pando hacia Montevideo, donde se sentó en un bar a escuchar sobre los disparos por la radio como el resto del país.


  Pepe se dirige a una multitud al comienzo de su carrera como político, en septiembre de 1985. Foto por Marcelo Isarrualde.

A Pepe lo arrestaron el 23 de marzo de 1970. Un policía lo reconoció mientras tomaba grappa en La Vía, un bar en el centro de Montevideo. El agente pidió apoyo y él, al verlo entrar al bar, sacó su pistola y disparó.

Se desató una gran balacera. Dos oficiales resultaron heridos y a Pepe le dieron dos tiros. Mientras estaba tirado en el piso del bar, otro policía le disparó cuatro veces más en el estómago. Habría muerto de no ser por un fortuito giro del destino: el doctor que lo trató resultó ser un tupamaro escondido.

Desde una perspectiva histórica, su captura pudo ser vista como el principio del fin de Los Tupamaros. Los días de gloria se habían perdido y lucía ahora como una guerrilla urbana cada vez más brutal, que secuestró y asesinó a un agente del FBI. Los militares dieron un golpe de Estado en el verano de 1974 y la junta se enfocó en encarcelar, matar y torturar a cientos de tupamaros, incluyendo a la mayoría de sus líderes. Pepe pasó la mayor parte de los años 70 en la cárcel, aunque escapó varias veces solo para ser atrapado de nuevo. Él y otros ocho comandantes guerrilleros fueron separados como prisioneros especiales a los que el Gobierno llamó 'rehenes' y puso en confinamiento solitario. Además, los rotaban de prisión militar en grupos de tres.

En uno de los lugares en donde estuvo, una base militar en el pueblo de Paso de los Toros, a 260 kilómetros de Montevideo, Pepe vivió en el fondo de un pozo. Era una piscina al aire libre donde tomaban agua los caballos. Los militares la drenaron, instalaron tres celdas y las cubrieron con láminas de metal para evitar la entrada de la luz del sol.

Allí enloqueció. Escuchaba estática, como si hubieran dejado prendido un radio atorado entre estaciones y gritaba para que alguien lo apagara.

En 1984 los mandos militares firmaron un acuerdo para ceder el poder a un Gobierno elegido democráticamente; la dictadura terminó oficialmente al año siguiente. Durante la transición, las condiciones de Pepe mejoraron. Lo dejaron hacer jardinería, cultivó vegetales y recuperó un poco su estabilidad psicológica. Pero uno de los rehenes tupamaros murió en prisión y otro quedó con trastornos psíquicos de por vida.

"He visto algunas primaveras que terminaron siendo terribles inviernos. Los humanos somos gregarios, no podemos vivir solos".

Los otros ocho prisioneros fueron liberados en 1985 y se les ofreció amnistía. Eleuterio Fernández Huidobro, otro líder, y Pepe, empezaron el Movimiento de Participación Popular, un partido político con otros exguerrilleros. El carisma de Mujica lo llevó a ganar las elecciones a la Cámara de Diputados de en 1994 y luego al senado en 1999. En 2005 fue nombrado ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca. Y luego, en 2009, liderando un creciente sector liberal en Uruguay, ganó las elecciones presidenciales con 52.4% de los votos.

A través de los años, Mujica ha hablado varias veces de su tiempo con Los Tupamaros y su transformación en un líder legítimo. Las declaraciones que hace en sus biografías hablan de lo inusual que ha sido su vida. De acuerdo con Mujica, "ni los novelistas más grandes habrían imaginado lo que sucedió"


Pepe habla en su toma de posesión, en la Plaza Independencia de Montevideo, el 1 de marzo de 2010.

Viajé a Montevideo para entrevistar al presidente José Mujica en marzo pasado. El día que agendamos para conocernos era brillante y soleado. Estaba parado en la Plaza Independencia, la misma plaza pública donde asumió la Presidencia. En el centro, una estatua enorme del libertador de Uruguay, José Gervasio Artigas, que luchó contra los españoles para lograr la independencia en 1830; uniformado y montando un caballo. Artigas murió en el exilio, en Paraguay. Las leyendas dicen que cuando se acercaba su muerte pidió un caballo para morir en su silla, como un verdadero caballero. Sus restos están enterrados bajo la estatua.

En el lado sur de la plaza está la Torre Ejecutiva, las oficinas del presidente. Me cubrí del sol bajo sus vidrios verdeazulados mientras esperaba a que me llevaran a la granja de Mujica, a unos kilómetros de la ciudad.

Una minivan Hyundai beige con el escudo presidencial, bajo un sol sonriente con rayos ondulantes sobre el horizonte, se paró en la curva donde yo lo esperaba. Me subí y recorrimos la ciudad con su maravillosa arquitectura gótica italiana. Avanzamos a lo largo del puerto marítimo de la capital uru- guaya hacia el campo.

La casa de Mujica es bucólica y vieja. Nos sentamos en un patio de su granja de un piso. Su chihuahua de tres patas, llamada Manuela, y algunos gatos andaban por ahí. Se escuchaban los pájaros en las praderas vecinas. Le pregunté por qué prefirió un lugar tan humilde en lugar del palacio presidencial.

"Tan pronto como los políticos comenzaron a subir la escalera", me dijo, "se volvieron reyes. No sé muy bien cómo funciona, pero lo que sí sé es que las repúblicas se crearon en el mundo para asegurarse de que nadie valga más que otro". La suntuosidad de la oficina, sugirió, era como venida de un pasado feudal: "Necesitas un palacio, una alfombra roja, mucha gente tras de ti diciéndote: 'Sí, señor'. Todo eso es terrible".

Mientras su esposa, Lucía Topolansky, una extupamara que ahora es senadora, trabajaba en la casa, le pregunté sobre las implicaciones de ser la primera nación en legalizar por completo la marihuana.

"Vamos a empezar un experimento", dijo con tono grave. "Es casi seguro que vamos a estar bajo la lupa internacional. Somos una placa de Petri en el microscopio, un laboratorio social. Pero recuerda esto: en Uruguay hay 9.000 prisioneros y 3.000 están encerrados por crímenes de narcotráfico. ¿Qué significa eso? Que tres de cada nueve encarcelamientos están relacionados con las drogas. Primero necesitamos arreglar eso".

Aunque muchos de esos prisioneros están encerrados por delitos relacionados con la marihuana, Uruguay es el tercer país en Suramérica con mayor consumo de cocaína per cápita. Cuando le pregunté si se harían legales otras drogas, me respondió: "Paso a paso".

Con las leyes actuales los turistas no pueden comprar bareta, pero algunos ejemplos como el estado de Colorado –donde se espera que el incremento de cientos de millones de dólares de actividad económica produzca un gran ingreso en impuestos para el Gobierno– son seductores. ¿Es una decisión económica pragmática desarrollar una economía basada en la hierba?


Pepe, el 14 de marzo de 1985, el día en que fue liberado tras 14 años de prisión.

Mujica negó que esta fuera una meta de su ley. "Queremos encontrar una manera efectiva de combatir el narcotráfico", repitió. "Después de eso, podríamos encontrar nuevas fases. Pero vamos a tomarlo con calma y sin prisa. Porque tenemos que aplicar algo e inventar un camino que no conocemos aún... Tenemos que descubrirlo en la marcha".

Aunque Mujica es un hombre humilde, sus metas son ambiciosas. El tráfico internacional de drogas es "básicamente un monopolio para quienes lo controlan", dijo. "Queremos introducir un nuevo y enorme competidor, que es el Estado, con todo su poder". La estrategia es sacar a los carteles del negocio por medio de la economía: el Gobierno sembrará la marihuana a un precio sumamente bajo, de un dólar el gramo. Para Mujica, terminar con la violencia asociada al tráfico de drogas se reduce a bajar los precios, no en canalizar miles de millones de dólares en policías, militares y cárcel para sus ciudadanos.

Quizá sea sorprendente, pero mientras los analistas de políticas de drogas, los marihuaneros hambrientos de noticias y otros observadores antiprohibicionistas aman la movilización de Uruguay hacia la legalización, esta de hecho es impopular dentro del país. Una encuesta realizada antes de que pasara la ley determinó que 64% de los ciudadanos se oponían a la lega- lización. Y el Consejo de Control de Narcóticos de las Naciones Unidas ha condenado al país, y en particular a Mujica, por sus políticas irresponsables. Le pregunté lo que pensaba de esto.

"Siempre ha sido así con los cambios", me dijo, moviendo su cabeza. "En 1913 establecimos el divorcio como un derecho de la mujer en Uruguay. ¿Sabes lo que decían entonces? Que las familias se disolverían. Que era el final de los buenos modales y de la sociedad. Siempre ha habido una opinión conservadora y tradicional a la que le asusta el cambio. Cuando yo era chico e íbamos a bailar, teníamos que usar traje y corbata. De otra manera no nos dejaban entrar. No creo que hoy en día nadie se vista así para ir a bailar".

También es impopular el reciente impulso para abrir el país a la minería. En 2013, su Gobierno aprobó lo que se conoce como el Proyecto Valentines, un complejo minero de 3.000 millones de dólares. Una vez que la mina esté funcionando, Uruguay será un exportador global de mineral de hierro en cantidades entre 4.000 y 5.000 millones de toneladas, de acuerdo con las proyecciones. Para Mujica, es la decisión más importante de política exterior de su administración. Pero los granjeros, los ganaderos y los ambientalistas temen que el proyecto, que incluye cientos de kilómetros de tubería y un profundo puerto marítimo, sea un desastre. Cuando le pregunté sobre eso, me cortó a media pregunta, se acercó y cerró sus ojos como dos pequeñas lunas crecientes.

"Vamos a dejar algo en claro", me dijo. "Queremos diversificar nuestra economía. No queremos detener nuestra industria ganadera o de agricultura o de agua. Si podemos tener una actividad económica más, sería muy interesante. Pero tenemos que hacerlo de manera correcta".

Continuó: "Lo triste es que un abuelo de 80 años tenga que ser el de mente abierta. La gente vieja no es vieja por su edad sino por lo que hay en sus cabezas. Esto los horroriza, ¿pero no lo que pasa en las calles?".

Pepe sosteniendo un puro que le regaló Fidel Castro, uno de sus primeros mentores revolucionarios. Foto por Mariano Carranza.

Después de nuestra entrevista, me mostró el resto de su propiedad y luego nos trajo de vuelta al jardín. Contestó una llamada en su teléfono Nokia, asuntos de Estado. Después de colgar, le pregunté si le importaría que me fumara un porro. Entendía por completo las implicaciones de fumar hierba frente al jefe de Estado, pero de todos los presidentes, pensé, él no tendría problema. Después de que el traductor le dijo mi pregunta, sonrió ampliamente y exclamó: "¡Por favor!"

"Una cosa es derrocar un Gobierno y bloquear las calles. Pero es diferente crear juntos una sociedad mejor, una que necesita organización, disciplina y trabajo a largo plazo. No las confundamos".

Prendí un porro. Se encogió de hombros y sonrió. "No tengo prejuicios", me dijo, "pero déjame darte algo más jugoso de fumar". Se levantó, se metió a su casa y salió con un puro. "Me lo dio Fidel Castro". Su esposa Lucía venía detrás y me enseñó un humidificador portátil, una caja grande en forma de casa llena de Cohibas tamaño Castro. Por un momento, pensé que me los daría todos y me preocupé por cómo los pasaría por la aduana. Mujica soltó una risilla y me fumé el resto de mi bareto.

Para dejarlo claro, la legalización en Uruguay no tiene como fin permitirle a un personaje como yo fumar marihuana indiscriminadamente. Es un experimento legislativo serio, diseñado para desmantelar lo que todos consideran una horrible y fallida política pública: la ya bien conocida guerra contra las drogas. Y mientras Pepe tiene un encanto casi demasiado bueno para ser verdad, es un jefe de Estado cuidadoso y calculador con un agudo sentido de cómo ser el centro de atención. Un pequeño país con 3.4 millones de personas que legaliza la hierba es, a escala global, una pequeña ocurrencia, pero sería el ejemplo crucial, la verdad a plena vista, de que se necesitan decisiones y mandatarios firmes para convertir las ideas en acciones. Si funcionará o no es una pregunta que ni él ni yo podemos contestar.

Ve la entrevista con José Mujica en video