¿Hay estratificación en la escena electrónica colombiana?

OPINIÓN | "¿Está esto también reflejado en la cultura electrónica? La respuesta es sí".

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16 Agosto 2017, 11:03pm

Foto: Julián Gallo.

La clasificación por estratos socioeconómicos en la cual ha vivido la sociedad colombiana en las últimas décadas ha terminado permeando los espacios sobre los cuales la sociedad contemporánea basó sus aspiraciones y opciones de igualdad.

Lamentablemente a través de chistes, comentarios y memes subsisten ideas que dicen que alguien es más bajo que el estrato uno o que alguien se cree estrato ocho, veinte o cualquier número más que el seis. Antes de las redes sociales y hasta de la masificación de internet, las posesiones físicas y la información eran privilegios. Tal vez en la actualidad tener algunas cosas materiales marca la diferencia, pero el acceso a la información es cada vez más amplio y con un par de clics, se puede acceder a la contenidos. Ya otra cosa es la formación del criterio y la argumentación.

Si miramos la historia de la cultura electrónica de hace tres décadas podemos recordar que las pistas de baile de los ochenta y noventa en otras ciudades, eran el punto de encuentro entre la gente que no encajaba del sistema por su orientación sexual o por su origen étnico. Una noción de equiparamiento que no se veía en los fastuosos salones de baile o discotecas de los años setenta. La comunidad LGBTI y los latinos bailaban con los afrodescendientes y los universitarios. Todo era nuevo y había con quien vivirlo.

El house y el techno eran el ambiente musical que se acomodaba para hacer que todos disfrutaran sin remilgo alguno y en donde la sociedad no se fijaba en etiquetas. El que haya temas largos y pocas voces, era una manera de recordar un origen ritual de la danza como actividad de encuentro de los grupos humanos y, también, de opción de entretenimiento.

Y si bien nuestro sistema legal habla de que todos somos iguales y el artículo 13 de la Constitución Política de Colombia le da un carácter definitivo a esto, no podemos negar que hemos heredado la discriminación por nuestros apellidos, colegios, universidades, trabajos, gustos musicales, barrio en el que vivimos y más. Esto perdura en la actualidad.

Nuestras ciudades tienen barrios encerrados donde se vive de manera exclusiva, pero también barrios en los que persisten las necesidades básicas insatisfechas. Nuestras aspiraciones están medidas por nuestras capacidades adquisitivas y no parece que esto fuera a cambiar de un momento a otro.

¿Está esto también reflejado en la cultura electrónica? La respuesta es sí.

¿Tiene la música la culpa? La respuesta es no.

Sucede que existen maneras de apreciar la electrónica que son el resultado de nuestro entorno. Gente que creció con referencias a modelos extranjeros –me incluyo– que luego fueron replicados a nuestra medida. Así vimos que nos vendieron la electrónica como algo sofisticado, exclusivo, elegante y actual. Y tal vez aún no ha terminado este ciclo. Algunos hablan de la colonización cultural con modelos provenientes de otras latitudes, pero yo creo que es mejor pensar que eran situaciones inevitables y a las que estamos enfrentando con talento local.

No podemos dejar de pensar que en la electrónica local hay un starsystem que así como tiene rutilantes estrellas en el mainstream, también las tiene en el underground. Que se paga caro y que a veces se vanagloria de decir que está a tono con el mundo. ¿Cuántas veces vino el mejor DJ del mundo o cuántas veces dicen que algo es imperdible o que la rompió?

Pero también han existido experiencias de aprecio y divulgación de estos sonidos, que han buscado un acceso sin limitaciones a la fiesta, la creación y el quehacer artístico en los que todo tipo de personas han estado viviendo la misma experiencia. En los que se podía encontrar desplazados, estudiantes, desempleados, extranjeros y locales, todos jugando en la misma cancha.

Estos han sido intentos de democratizar y expandir una opción creativa acorde con la sociedad tecnológica en la que nos encontramos.

Pero volvemos a una mismo punto. ¿Es la electrónica algo que se puede considerar como un privilegio y que se encuentra en lugares particulares de nuestras ciudades? La respuesta sigue siendo sí. Pero es parte de la situación de tener que comprenderla también como un negocio en el que hay quienes invierten y quieren retornos de sus apuestas, como tradicionalmente se ha enseñado en el sistema en el que nos encontramos.

Y aún así, todo lo que podamos entender como escena, persiste. Persiste porque hay quienes creen a través de su creación y obra, en dejar algo para un mundo en el que el espíritu creador no se fija ya en estratos, pero sí en ansiedades y necesidades humanas.

Hay música electrónica que supera las mismas barreras del estrato; esto es lo que siento definitivo y que me hace decir que la igualdad está en plataformas digitales donde no hay discriminación alguna –o eso nos hacen creer–, y en las que al menos, de manera virtual, estamos en condiciones de escuchar y formar nuestro criterio, sin importar si estamos accediendo a esto en un café internet comunitario, un celular de alta gama o a través de una tablet que se está pagando a cuotas y que está buscando wi-fi abierto.

Al menos todavía podemos soñar que escuchar electrónica no es algo que busque a la gente por estratos.


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