especial de ficción 2016

TBC, TKCH y TDG

Este cuento forma parte de nuestro Especial de Ficción 2016, dedicado a la literatura de América Latina.

por Richard Parra
19 Diciembre 2016, 3:35pm

Ilustraciones por Amadeo Gonzales.

"TBC, TKCH y TDG" forma parte de nuestro Especial de Ficción 2016.

"Voy a hacerte lo que a nadie le haré.
No importa lo que pienses me arriesgaré.
Y, aunque sé que llevo las de perder,
Prefiero dar un salto a lo desconocido".
—Gloria Trevi

Después del entierro del tío Alcides —a quien unos terroristas mataron a machetazos—, el abuelo Avelino nos embarcó a mí y a mi madre en un camión rumbo a Lima. Pasaba que alguien acusó a mamá de acaparadora y soplona, y la tenían en la lista negra.

En la capital, nos instalamos en un callejón de La Victoria y mi vieja me matriculó en un colegio de mujeres de Matute, el Isabel la Católica. Recuerdo que el primer día de clases me sentí insignificante. Soy chiquita —mido metro cuarenta y cinco, y soy plana por delante y por detrás—, pero mis compañeras ya eran unos mujerones. Altas, culonas, tetonas y hablaban tonterías: de escaparse, de robos, de pichula y cache.

Apenas podía defenderme de esas grandazas. Las más forajas —que ya fumaban hierba, pasta y chupaban macerado de coco con anisado— me batían como a hijo.

—¿Clementina? Qué nombre más chontril —me decían.

—¿Por qué hablas tan lento?, serrana. Ya avíspate, pues.

—¿De Marcapomacocha? Segurito que terruca, apanado por eso, muchachas.

Pero, por suerte, conocí a Rita Cabrejos. Recuerdo que ella me encontró llorando después de que las abusivas me apanaran por mi cumpleaños.

—Oye, amiga —me dijo—. Tienes defenderte, si no serás una zapatilla toda tu puta vida.

—Es que no puedo con esas. Son demasiado fuertes para mí.

—No te preocupes, Chata. Yo te enseñaré a mecharte.

Y me llevó al gimnasio e hizo que golpeara el saco de boxeo. Le di patadas, manazos, rodillazos.

—Más duro, Chata. Más duro. Para que las cagues.

—Chatix —me dijo Rita días después—. Ya te llegó la hora de pelear.

—No, Negra. Todavía no.

—No te chupes, pues, carajo.

—¿Y con quién pelearé?

—Con una maleada, pues, con una de las TKCH. Solo así te harás respetar.

—Oye, Marraja Flores —le dijo Rita a una de las cabecillas—, la Chatix dice que eres una machorra tijeretera. Que te gusta chuparles el poto a las mujeres.

—¿Qué cosa?

Aquella tarde Flores me partió el tabique. Me dejó este caballete horrible que tengo. Por fortuna, yo le abrí el pómulo de un sopapo y, desde ese día, las maleadas dejaron de batirme.

II

TBC, TKCH y TDG. Así se llamaba la pandilla liderada por una ratera de quinto conocida como Patrulla Vélez. La integraban forajas de distintas secciones. Recuerdo cuando se apropiaron del control del kiosco de comida en una tremenda pelea con Las Cucarachas de Matute. Sacaron hasta chaira.

Las TKCH le robaban a las lornas. Se tiraban la pera con los del Melitón Carvajal. Se iban a Agua Dulce a jugar a la botella borracha. Se encerraban en antros clandestinos a drogarse y a cachar. Le coqueteaban a los profes.

Después de la pelea con Flores, a Rita y a mí nos invitaron a unirnos a las TKCH. Respondimos que sí y, ese viernes mismo, nos agarramos a golpes con las del Fanning. Luego las TKCH nos llevaron a una encerrona con los del Melitón. Me vendaron los ojos, por eso no sé quiénes me pasaron por encima.

A los dos meses, por tanta juerga y faltas, salí hasta el queso en números. Rita también sacó 03 en matemáticas. Y ella sí que la padeció, porque su madre la castigó con el cordón de la plancha.

Rita se empeñó, pero no le entraba la geometría ni a palos y, en la siguiente prueba, sacó 02. Fue entonces cuando decidió ir donde el profesor Deyvis Anhuamán.

—Querido prosor, no es justa mi nota, yo estudié harto, se lo juro, pero todo me salió mal, me paralicé, casi me orino en el salón y, cuando usted me devolvió ese 02, me dio vergüenza, ganas de desaparecerme.

—Pero toda es mi culpa, prosor, no de usted, que es tan respetado y nos entiende a nosotras, porque es joven, como un hermano, y yo me pregunto si podría encomendarme una tareíta extra para subir el promedio.

—Diga que sí, prosor. Please, please.

—Prosor, es que casi no tengo tiempo de repasar las lecciones, mi tía Mashol nunca apaga la salsa en mi casa. Además, con mi madre, nos desvivimos en las Nazarenas y ya se vienen las procesiones del Señor de los Milagros.

—Y, si repito de año, prosor, tal vez mi madre me saque del colegio, ya no seré maestra de lenguaje, me gustan tanto los poemas de amor de Pablo Neruda, desertaría y usted no me vería jamás de los jamases. Mis manos se arruinarán trabajando en el mercado con mi vieja.

—Manos callosas de pescadera, prosor. Manos horribles.

—Claro, ¿cómo no?, prosor. Tóquelas, siéntalas, ¿no son suavecitas?

—Y, Chatix, a Anhuamán se le notaba el bulto en el pantalón, y me dijo "están prohibidas las asignaciones extras, señorita Cabrejos, pero, si lo desea, le puedo brindar unas clasecitas privadas".

—Pero, profesor, yo no tengo cómo pagarle, soy pobre.

—No se preocupe, señorita, se las daré gratis. Pero eso sí, chitona, que esto quede entre usted y yo, porque, si la directora Chamochumbi se entera, puede pensar tonterías.

—¿Qué puede pensar?

—Que entre usted y yo hay algo romántico.

—No se preocupe, prosor. No diré nada.

—No me digas prosor, Ritita, dime Deyvis.

III

—Chatix, el imbécil me citó en un huarique de la México con Abtao, una picantería sin nombre.

—Ritita, ¿tienes hambre?, —me preguntó—. Pide lo que quieras.

—Ni cojuda que fuera, Chatix. En one, me ordené una sopa de menudencias con el hígado bien arenoso como me gusta y un bistec a lo pobre.

—Y después, Chata, Anhuamán empezó a enseñarme geometría, pero yo no entendía ni jota y creo que se dio cuenta y por debajo de la mesa me agarró la mano.

—No te preocupes, Ritita —me dijo haciéndome piojito en la palma de la mano—, pasarás de año.

—No me mienta, prosor. Yo sé que jalaré el examen de mañana. Es que soy una bruta.

—Ayúdeme, prosor, por favor, se lo ruego.

—Está bien, Ritita. Mira: se me ocurre una solución rápida. Mañana deja tu prueba en blanco en la carpeta. Yo mismo la llenaré. Sacarás veinte.

—¿De verdad? Es usted un amor, prosor.

—Pero con una condición.

—¿Qué condición?

—Dame un piquito, Ritita.

—Claro, prosor.

—Ritita, el siguiente lunes quiero verte otra vez. Nuestras clases deben seguir, mamacita, la cosa es que aprendas algo también.

—No creo que pueda venir, prosor.

—Bueno, Ritita, si no vienes, tendré que jalarte. Piensa bien qué te conviene.

—Está bien, prosor, vendré. ¿Aquí mismo, no?

—En otro lado mejor. Creo que la dueña de esta chingana nos está mirando raro. Sapaza es.

—Chatix, y, antes de despedirse, el imbécil se metió mis dedos a la boca.

—Oye, Chatix, ¿me acompañas donde Anhuamán? A pique te aprueba también. ¿Qué dices? ¿Te animas?

IV

—Chatix —me dijo Rita superadaza—, ahora cae enterito este imbécil.

El restaurante estaba copado de choborras y parejitas melosas. Hacían jijijí, jajajá. Anhuamán vestía su único saco azul con parches en los codos y comía una butifarra encebollada mientras bebía una chela negra.

—¿Qué quieren?, muchachas. ¿Un jugo de papaya?, ¿una chichita?, ¿una carambola?

—Yo quiero Pasteurina, prosor.

—Chicas, ¿alguna vez han tomado licor?

—Nunca, prosor —mentí.

—¿No quieren probar algo suavecito? Anímense, siempre hay que soltarse un poco. ¿No creen?

—Claro, prosor —dijo Rita—. El vino rosé me cae recontra bien.

—Caramba —Anhuamán ojeó la lista de precios—: ¿Rosé? Muy caro, Ritita. Creo que usted se las da de princesa.

—Miren, muchachas, ¿por qué no mejor una bebida selvática?

—¿Conocen el uvachado? Justo en la mochila tengo una chatita.

Era una botellita con corcho y yo vi: no decía "uvachado", sino "RC", las iniciales del rompe calzón.

—Esta es la bebida más alegre del Perú, muchachas.

—Yo quiero —dijo Rita.

—Una Pepsi familiar para mi hija y para mi sobrina —le ordenó el profe al mozo.

Luego Anhuamán nos sirvió gaseosa y, asegurándose que nadie mirase, chaz, zampó dos chorrazos de rompe calzón.

V

Para la próxima ocasión, Anhuamán trajo un brebaje que decía en la etiqueta S.V.S.S., iniciales que, después me enteré, significaban "Siete veces sin sacar". Lo tomamos seco y volteado.

Enseguida nos mostró unas revistas pornográficas en blanco y negro donde todo era por el culo y nos contaba cómo gozaban sus dizque hembras, que algunas chisgueteaban, que les mordisqueaba el clítoris, que había orgasmo por atrás.

Esa vez, salimos borrachitas del Cordano, y Anhuamán nos confesó que quería meternos al hostal Rucus, vernos orinar, ocuparnos, cambiarnos la serena. Que nos quería hacer la pose del pollito tomando agua. Que quería plancharnos los pliegues. Menos mal que yo no estaba tan choborra y le dije a Rita "vámonos de acá, carajo".

En el micro, sin embargo, pensaba en la proposición del profe. Que yo pasaría todos los cursos con 18, que él mismo me cambiaría las notas de la libreta. Su condición era que me revolcara con él. Pensé wácala ese gorgojo sin cuello, pero Rita me dijo:

—Chatix, cierras los ojos y te sueltas. Lengua es lengua; dedo es dedo; pichula es pichula.

—Y no te paltees —añadió—. El profe saca su jabón pepita y se lava la chulapi en el caño.

Qué alivio, pensé, porque hay hombres que son bien cochinos. Puro requesón.

VI

—Tengo un plan —dijo Rita—. Frente al hospital Loayza venden pastillas para dormir sin receta. Las molemos con una cuchara y se lo metemos al trago del profe.

—¿Qué dices?, Chatix.

—No, Negra. No atraco.

—No seas miedosa, pues, Chata. Además, ya pasamos de año. No lo necesitamos a ese imbécil.

—Se duerme y lo bolsiqueamos —dijo Rita—. Luego le decimos que nos asustamos, que vino la policía y nos borramos para no crearle problemas, que descubrieran que cacha con colegialas.

Anhuamán dijo que cobraría su grati navideña, que le pidamos lo que quisiéramos, que nos invitaría a un hotelito con chifa del Barrio Chino. Y, de verdad, en el Centro nos compró hilo dental, mini faldas, portaligas, nos pidió que nos las pusiéramos a la hora del chuculún. Le dijimos que de todas maneras lo haríamos, pero ni cojudas: lo obligamos a que nos llevara antes a comer sancochado y bistec a lo pobre al bar Cordano.

Anhuamán pidió chela y vertió el "siete veces sin sacar" en nuestras pepsis. Luego, cuando se fue al baño a mear, Rita le zampó las pastillas molidas al vaso.

VII

En Casapalca, por la altura —más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar—, Rita como que se ahogaba. Vomitó el aguadito que desayunamos. Arcadas. Bilis. Flema verde, hasta creo que sangre. Como los escalofríos la estremecían, le puse mi gorrito. Le di un mate de coca y una tableta para el soroche.

—Negra, no dejes que los oídos se te cierren —le aconsejé—. Agárrate la nariz y sopla fuerte.

—Así, así.

Subimos a una destartalada camioneta con rumbo a Marcapomacocha, a la casa de mi abuelo Avelino. Atravesamos un puente. Remontamos una cumbre. Al frente, se levantaba el nevado Rajuntay. En sus faldas, se distinguían trochas y estancias de pastores.

Viajábamos en la tolva con una familia de comuneros. A pesar del traqueteo del vehículo, Rita se durmió sobre mi hombro. Los niños cuchicheaban mirándola. De seguro nunca vieron a una zamba en su vida.

Recuerdo que, por el contorno de los nevados de la cordillera de Pariacaca, emergía una luz colorida. Distinguí tonos naranjas, rojizos, violetas. Los rayos resplandecían como salidos de un espejo. Sin embargo, se sentía una tristeza.

Llegamos a Marcapomacocha pasadas las siete de la noche.

VIII

Tocamos la puerta de tablas de mi abuelo y nadie salió. La vecina me reconoció y me dijo que Papá Avelino ahora estaba en su casita del anexo de Yántac.

Imposible era continuar nuestro viaje esa noche por la granizada y el frío. Por suerte, la vecina nos dejó pasar la noche en su vivienda. Incluso nos calentó guiso de carnero y nos ofreció la cama de sus hijas ausentes. También nos dio unas chalinas, guantes, sombreros y escarpines. No aceptó el dinero que le ofrecí.

En la mañana, Rita ya no sufría náuseas ni dolor de cabeza. Así que desayunamos caldo de cabeza con pan serrano y emprendimos el tramo a pie hacia Yántac. Bordeamos la laguna Marcapomacocha por un camino de tierra. Vimos venados, un arroyo. Más allá, ascendimos hacia otra laguna. En ese lugar, las montañas se dividían dejando a la vista una explanada de tierra.

Yántac era un puñado de casas junto a una profunda y oscura laguna. Atravesamos la iglesia colonial, la escuelita primaria y el comedor, donde la cocinera acariciaba un gato negro. Le preguntamos por mi abuelo Avelino y nos señaló la última casa del poblado.

IX

TBC, TKCH, TDG y te maté. Así se expresaba Rita —ya pasados los días— sobre Anhuamán. Decía que, si nos detenían, contaría las cochinadas del profesor y sus colegas. Que las autoridades entenderían nuestro actuar.

Un diario cubrió el hecho. Afirmaba que se contaba "con el identikit de dos jóvenes mujeres que habrían 'pepeado' a la víctima causándole la muerte". Asustada, hablé con mi vieja. Ella se reunió con la madre de Rita y acordaron escondernos en la casa del abuelo Avelino.

A las semanas, Rita ya estaba harta de Yántac. No soportaba el frío, ni los dolores de cabeza. Se aburría con las historias de Papá Avelino, de que le hablara tanto de su hijo asesinado por los terrucos, mi tío Alcides. Se le notaba incómoda, y hasta se la agarró conmigo. Una sola vez, me acompañó con los pastores a las estancias del Rajuntay. Y, cuando me ayudaba a cocinar, lo hacía a regañadientes.

El abuelo le consiguió la Biblia Reina Valera, y revistas y periódicos pasados para que se entretuviera. Pero Rita no leyó nada, apenas rellenó los pupiletras y los laberintos. Después salió con que estaba cansada del carnero, la patasca y el charqui. Que extrañaba el turrón de Doña Pepa, la música salsa, a su vieja y a su tía Mashol. Que tenía miedo del terrorismo. Que estaba harta que se la quedaran mirando por zamba. Que los silos le daban asco. Que la Policía ya no investigaría lo de Anhuamán porque era un pobre y triste huevón.

Rita se marchó. Los pastores dijeron que se subió a la tolva de una camioneta que bajaba hacia Marcapomacocha. Yo no quise ir tras ella, pero con Papá Avelino arrojamos hojas de coca y chicha de jora a la laguna y le pedimos a la diosa que allí habita por el bienestar de mi amiga.

Richard Parra (Comas, Perú, 1976). Entre sus libros más recientes se encuentran la novela Los niños muertos (Demipage, 2015) y La tiranía del Inca (Premio Copé de Ensayo 2014). Escribe en Buensalvaje España. Vive en Brooklyn, Nueva York.

*** Como apéndice de nuestro Especial de Ficción 2016 dedicado a la literatura de América Latina, los 21 autores publicados fueron invitados a contestar un cuestionario de 20 preguntas sobre los usos y costumbres, rituales y obsesiones que suelen acompañarlos en el oficio de escribir. Lee las respuestas de Richard aquí.