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Este artículo se publicó hace más de cinco años.
viajes

Un género menor

Las obras no son una película de un viaje, una novela épica, o un diario personal. Las obras son el viaje en sí y el arte es el medio.

por Ana María Montenegro (para @enorbitaweb)
21 Agosto 2014, 4:11pm

Este vuelo estuvo particularmente turbulento. La comida, que suelen servir unos cuarenta minutos después de despegar, se demoró un par de horas. El avión no dejaba de moverse, así que tuve que dejar el libro a un lado. No es la primera vez que vuelo sobre estas montañas en esta misma dirección; un trayecto dibujado de forma simplista y descuidada en el monitor que tengo enfrente. Aquí he estado antes, dentro de ese .png pixelado que pretende ser un avión y que deja una línea roja sobre los Andes; en el mismo horario, la misma aerolínea, y la cada vez más estrecha clase económica.

Miro por la ventana y recuerdo las palabras de Joan Didion en Democracy:

"Los aerialistas saben que mirar hacia abajo es caer.
Los escritores lo saben también.
Mira hacia abajo y ese prolongado hechizo de juicio suspendido en el que una novela es escrita se interrumpe, y recuperarlo requiere que practiquemos magia".

Cuando las leí me aseguré de memorizarlas, y mientras las repito en mi mente lo hago con la voz imaginada de Didion. Me pregunto si mi hábito de imaginar voces de autores es común, y pienso en los primeros escritores de ciencia ficción, quienes al verse frente a la tarea de describir máquinas que aún no existían, acudían a metáforas sonoras tales como mil leones rugiendo; todas las locomotoras del mundo encendiéndose al mismo tiempo; un trueno prolongado y desgarrador. Esta es una reflexión recurrente en mis clases, y recurrentes son H.G Wells, Julio Verne, Edwin Abbott Abbott y Asimov.

No se me ocurre nada para describir el sonido de este avión más que una onomatopeya simple que indica una vibración grave: brrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.

Mi profesora de literatura en el colegio se refería a la ciencia ficción como un “género menor”, y prefería dedicarle su clase al realismo mágico de García Márquez, haciendo un esfuerzo (muy evidente) para seleccionar, de todos sus relatos, los que no tuvieran escenas de sexo. Mientras tanto, en la clase de inglés analizábamos cuidadosamente 1984, de George Orwell, y en física nos contaban que la primera novela de ciencia ficción, Somnium, fue escrita en latín por Johannes Kepler en 1608, y trataba de un delirante viaje a la luna para poder ver cómo se movía el planeta Tierra.

De cierta manera, esta primera motivación histórica, la de salir del planeta para poder “vernos” a nosotros mismos, es la que define lo fundamental del género: atreverse a especular sobre el futuro, a reescribir al pasado y a cruzar el espejo engañoso del presente. Y a medida que el mundo se vuelve más pequeño, ahora que podemos sobrevolar mares y atravesar continentes en pocas horas, los viajes comienzan a redefinirse también, y se dirigen, inevitablemente, al entendimiento de nuestra propia humanidad.

Sea como sea, para todo tipo de viajes, se necesita un medio. Barcos, submarinos, globos, máquinas del tiempo. Neurobiología, psicoanálisis, sueños, etnología. Internet, aceleradores de partículas, bases de datos.

La relación de la ciencia ficción con el arte es distinta de su relación con la literatura o con el cine, pues de cierta manera el arte es el medio. El cine y la literatura lo describen, pero el arte se ve obligado a serlo. Artefacto, mecanismo, efecto, artilugio, magia, arte contemporáneo. Las máquinas del tiempo y del espacio.

En 1997, Francis Alÿs es invitado a desarrollar un proyecto para InSite, una exposición que se llevaría a cabo entre los territorios fronterizos de San Diego (California) y Tijuana (México). El artista decide gastar el dinero destinado para él en atravesar la frontera, o más bien en burlar la frontera, comprando pasajes para salir de Tijuana hacia Ciudad de México, Panamá, Santiago de Chile, Auckland, Sídney, Singapur, Bangkok, Rangoon, Hong Kong, Shanghai, Seúl, Anchorage, Vancouver, Los Ángeles y, finalmente, San Diego, volviendo exactamente al mismo punto de partida al otro lado de la frontera, veintinueve días después.

El registro de la obra es una postal, por un lado esta imagen:

En el texto se lee:

Para ir de Tijuana a San Diego sin cruzar la frontera México / Estados Unidos. Seguí una ruta perpendicular lejos de la cerca y circunnavegué el globo. 67 grados al Sureste. Nordeste y Sureste de nuevo hasta que alcancé mi punto de partida. El proyecto se mantiene libre y limpio de toda implicación crítica más allá del desplazamiento físico del artista.

Por el otro lado, el recorrido:

La obra no es una película de un viaje, una novela épica, o un diario personal de un viaje al mundo en 29 días. La obra es el viaje, y por lo tanto su registro es un dibujo en un mapa. Alÿs se mantiene fiel a su género, menor por supuesto, el cual no consiste en demostrar nada si no en ser algo.

Se preguntarán algunos si el viaje fue, en realidad, llevado a cabo. A lo cual otros responderíamos siempre, ¿acaso importa?

En el 2004, Mario Opazo elabora un boomerang y lo envía por FedEx a una dirección inventada, en Australia. El destinatario es él mismo. Al no encontrar la dirección, FedEx enviará el paquete de vuelta a la dirección de envío en Colombia, “volviendo” al destinatario original con sellos de todos los lugares en los que estuvo. La forma en la que se exhibe el proyecto es mediante el servicio de seguimiento virtual de FedEx (renombrado FéDeux por el artista).

El boomerang como tal no es expuesto ni visto, en su lugar se le entrega al espectador la experiencia de seguirlo y el acto de fe que implica esperarlo. Si bien la obra es un claro comentario al problema implícito en la “virtualidad” de la idea de mundo en la que nos vemos sumergidos (¡ahogados!), es también un gesto escultórico que propone un dibujo “real” de lo inabarcable.

En el 2009, Nicolás Consuegra decide hacer una impresión offset de un mapamundi poco común, el cual ha sido despojado de su información geográfica, los continentes, océanos y las fronteras en general, dejando únicamente su información textual. Lo más interesante del ejercicio es cómo, al eliminar los denominados límites políticos, el mapa se vuelve un verdadero mapa político. En palabras del artista:

Hay algo llamativo al hacer este ejercicio: al dejar intacta la información textual que brinda un mapamundi convencional, los tamaños de los nombres de los países parecen recordar el espacio territorial que ocupan como su jerarquía económica y política. Cuando vemos un mapa –un territorio en otras palabras– sus convenciones visuales son quizás más importantes que las grandes masas de tierra o de agua. 

¿Hay algo que defina más nuestra humanidad que los dibujos de esas fronteras? ¿Hay algo que sea más ficticio? Precisamente, al existir únicamente en los mapas, en la teoría, siempre pueden ser redibujadas; este hecho ineludible se traduce en la realidad con pueblos enteros siendo minados y disminuidos de maneras inhumanas. Nuestra historia está llena de Gazas.

El artista palestino Khaled Jarrar diseñó un sello para pasaportes palestino, con el fin de “declarar la existencia de un Estado inexistente”. La divulgación del sello se ha llevado a cabo desde hace un par de años y cada vez tiene más seguidores a nivel mundial. Hoy, aquí en nuestro presente (el futuro de H.G Wells y Julio Verne), estos gestos políticos, poéticos y menores, valen la pena más que nunca, pues nos recuerdan desde la ficción lo absurda que es la realidad.

Sigue a Ana María, @montyme, quien escribe para En Órbita, donde se publicó originalmente este texto.