Sufriendo la tusa posconcierto

¿Alguna vez han sentido que sus vidas quedan vacías después de un concierto? Nathalia Guerrero cuenta su despecho después de ver a los Chemical Brothers.

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15 Diciembre 2015, 3:58pm

Ilustración por Sara Pachón.

Este artículo fue publicado originalmente en thump, el canal de cultura y música electrónica de VICE.

Hay cuatro noches que nunca en mi vida voy a olvidar. La del 9 de mayo de 2012, el 10 de octubre de 2014, el 18 de febrero de 2015 y la del último 7 de diciembre de este año. De todas tengo recuerdos vívidos, todas se me quedaron clavadas en el alma y todas, de alguna u otra manera, me cambiaron la vida. Y me la cambiaron porque no se trataron sólo de conciertos de música. Aparte de haber bailado con Justice, Vitalic, Modeselektor y hace una semana con los Chemical Brothers, creé lazos más fuertes con los míos, reiteré el poder inamovible de la música en vivo, bailé como ninguna otra noche, conocí a los amores de mi vida y me renové por dentro. La música tiene ese extraño poder chamánico de sanación, esa magia que hace que uno se quiebre y recomponga sus propios pedazos en una noche de fiesta.

Los que me están leyendo y rinden el mismo culto a la música, saben de lo que estoy hablando. Alguna vez habrán sentido esa euforia arder por dentro cuando anuncian a uno de sus artistas favoritos, alguien que veían visitando su país sólo en sueños por esa etiqueta tercermundista que nos ha tocado irnos tragando con el tiempo, pero que hoy parece sólo un mito. Sacamos de donde sea para pagar la boleta, no importa el costo. Adiós vacaciones, adiós salidas venideras y adiós fotocopias, total nadie va a tener cabeza de leer ni mierda sabiendo que en unos meses vamos a ver a nuestro artista favorito con todo el parche. El primer día de venta todos consiguen su boleta: algunos suben su respectiva foto mostrando el triunfo, otros prefieren ser más íntimos y guardarla en el lugar más seguro del cuarto, anhelando sacar esa boleta pronto.

Luego viene la espera. Esa espera que empiezan siendo meses, luego semanas, luego días, y a lo último ya son horas. No puedes dormir la noche anterior. No puedes hablar de otra cosa que no sea ese artista y ese concierto, y así pudieras hablar de otra cosa, tus amigos no te dejarían porque llevan días hablando de lo mismo. Durante ese tiempo no sabes si escuchar toda su discografía completa, o dejar de escucharlos por meses, para que cuando los veas en vivo sea un desvirgue auditivo total. No te decides, pero ves que la gente postea más y más canciones alusivas a esa noche conforme van pasando los días, y es imposible no escuchar una que otra.

Por fin llega la recta final, ese momento en el que ya puedes contar los días con una mano. Ya tenemos cuadrado todo: el punto de encuentro, las pintas, las drogas, el remate, en qué canción nos vamos a quitar la camisa, en qué canción vamos a llorar, en qué canción queremos que se nos estalle lo que nos vamos a meter. Absolutamente todo. Así igualito cuadramos nuestro lunes pasado. Si algo me ha enseñado la vida es que las mejores fiestas suceden entre semana. Ya me había pasado un martes con Justice, un jueves con Modeselektor y ahora me iba a pasar un lunes con nadie más y nadie menos que los Chemical Brothers, el dúo que vino en 2012 a tocar un DJ set bien desabrido, dejándonos tristes, antojados por su enorme live set.

Nos motivaban muchas cosas: que eran los Chemical, que era la noche de velitas, que muchos acababan de salir a vacaciones, que era un lugar nuevo para conciertos, pero básicamente que eran los Chemical. Me había enterado que venían en mi cumpleaños de este año, un par de días antes de que lo anunciaran oficialmente. Uno de mis mejores amigos me llamó a felicitarme y me soltó la bomba: "Parce, vienen los Chemical live". No le creí ni mierda, y hasta lo traté mal. Con eso no se jugaba.

Ahora, después de seis meses había llegado la noche, la mejor fiesta del año. Eso lo sabíamos todos, nadie necesitaba decirlo en voz alta, porque cada uno de nosotros se había encargado de que así fuera.

Y así fue.

Siete días después de procesar lo que pasó esa noche, se me vienen a la cabeza recuerdos en forma de remolino: los artistas previos como Recondite o Evian Christ que hicieron que la espera valiera la pena; el recuerdo de ver a tantos amigos reunidos sonriendo, expectantes; cuando el escenario se iluminó de verde y empezó a sonar "Tomorrow Never Knows" en la versión de Junior Parker, mientras gritaba totalmente histérica que los amaba a todos, que por fin íbamos a ver a los Chemical, que íbamos a cumplir el sueño. Recuerdo fogonazos de momentos en diferentes canciones: cuando abrieron con "Hey Girl, Hey Boy", el estallido conjunto en "Saturate", el coreo grupal con "Sometimes I feel so Deserted", los besos con mi amor en "Swoon" mientras ardía de amor por dentro, el recorrido 3D con "Believe", y la mística que envolvía el recinto en "The Sunshine Underground", conforme la gente alzaba sus manos sin moverse con los ojos cerrados, y yo le decía a un amigo que estábamos en la iglesia.

Luego vinieron más cosas. El cierre de Dixón. La salida. El remate. El motel. El tubo de pole dance. El sauna. El jacuzzi. La guerra de espuma. La desnudez. El malviaje. El amanecer. Los videos porno. La sucesión del tiempo en la mañana. Los programas de televisión. Las risas. El amor.

Salí a las dos de la tarde del otro día para mi casa, con la ropa de la noche anterior todavía puesta y una cachucha de los Chemical Brothers que me habían regalado puesta en la cabeza. En el Transmilenio me veía más que desubicada, pero yo sólo esperaba que alguien me viera la cachucha, entendiera que acababa de ver a los Chemical Brothers y nos diéramos un abrazo mudo, de pleno entendimiento por lo que había sucedido esa noche en Bogotá.

Hace una semana pasó el concierto y muchos pensamos que cometimos un grave error, porque nos tiramos el resto de nuestras fiestas. Ya nada nos parece tan emocionante, nada es tan especial, tan conmovedor como el set de esa noche. Este fin de semana no salí, no había punto en hacerlo: gastar plata en taxis y entradas para ir a algún lugar a decepcionarme de lo que estaba escuchando, y volver en la madrugada con la cara triste, a ver videos de la presentación de los Chemical acá, porque ninguno de mi parche tomó fotos y videos, pero les juro que lo que vivimos nos quedó marcado en el corazón para siempre.

La euforia, la espera, los preparativos, la angustia, el delirio... todo terminó. Así fue después de Justice, así fue después de Vitalic y de Modeslektor, pero me atrevo a decir que esta ha sido la tusa pos concierto más perra de mi vida reciente. ¿Qué se supone que me deba sorprender musicalmente ahora? ¿Habrá algún artista que vuelva a despertar el frenesí que estos dos despertaron durante el último mes en tanta gente? Ojalá venga The Prodigy algún día.

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Si se sienten identificados, cuéntenle a Nathalia qué artista les dio tusa en Twitter.