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Conflicto en Sudan del sur

Especial Sudán del Sur: Capítulo 18. El colapso de Machot

Machot tiene un momento decisivo cuando se sienta y se da cuenta de que es un estadounidense y que es un blanco potencial para los abusos de los extorsionadores. Se agarra la cabeza con las dos manos. “Esta gente está loca”.
12 Junio 2014, 3:05pmUpdated on 12 Junio 2014, 3:16pm

_El autor, Robert Young Pelton y Mechot Lat Thiep, quien fuera un niño perdido, se hicieron amigos cuando Robert rescató a la familia de Machot de secuestradores somalíes. Después de experimentar lo mejor y lo peor de Sudán del Sur, van de Nasir a Etiopía y luego a casa.  _

Machot continúa con su hábito de desaparecer casi todo el día. Mientras cargamos nuestro vehículo y nos alistamos para partir aparece de la nada y nos muestra un plato metálico y un recipiente de agua.

Ha estado saqueando el Comité Internacional de la Cruz Roja que está cerca del río; dice que les sobra comida. Le tomó casi todo el día darse cuenta de que la razón por la que se sentía raro era la sed. En su camino al río por algo de agua se dio cuenta que no tenía en dónde ponerla. De ahí su expedición al cuartel de la CICR.

Mientras iba hacia las aguas pantanosas vio algunos cuerpos tirados, luego vio más cuerpos, luego vio cuerpos encima de cuerpos en el campo. Salió corriendo y se olvidó por completo del agua.

Más noche, después de ocho horas en el camino, llegamos de vuelta a Nasir. Regresamos al complejo abandonado de la Agencia Adventista de Desarrollo y Recursos Asistenciales para sentirnos como en casa.

En la mañana, el gerente del campamento nos pide dinero por quedarnos, aunque hace unos días nos dijeron que nos podíamos quedar gratis. Le pregunto cuánto, pero se rehúsa a darnos una cifra y rechaza varias de mis ofertas. Después de discutir, se va al pueblo con Machot para buscar a la policía, y cierra la reja con seguro antes de irse.

La “policía” es un pequeño grupo de hombres y niños con armas. Sin ganas de volver a enfrentarnos con la policía improvisada de Nasir por segunda vez, decidimos pagarle a un chico para que nos ayude a cargar las cosas. Rompemos el candado con un tubo que estaba tirado.

Nos lleva al río, donde nos sentamos abajo de un árbol, respirando al aire con olor a pescado. Pronto Machot regresa con el gerente enojado; vienen solos. Machot nos acusa de timar al hombre y nos dice que el comisionado le preguntó por qué había traído a unos alborotadores al pueblo. Le digo que le ofrecimos dinero al gerente varias veces, que no especificó la cantidad que quería, y que puedo mandar el dinero directamente a su empleador en la ONG.

Luego Machot le dice al conspirador de la ONG que vaya por la policía. Está hablando en nuer, pero hasta yo entiendo eso.

Le sugiero a Machot que se quede ahí mientras nos vamos porque estoy empezando a sospechar que está fingiendo ser el hombre honesto en todas estas estafas. “En lugar de venir y ‘arreglar’ a tu país, eres parte de los extorsionadores y estafadores”, le digo. “Tal vez lo mejor sea que te quedes aquí y, cuando estés listo, encuentres la manera de regresar a casa”. Esto lo hace enojar más y dar otro sermón que no tiene mucho sentido. La policía llega pronto, un hombre enojado con un palo y otros más enojados con varias AK-47. En este momento, con su pose, Machot podría confundirse con uno de ellos.

Nos apuntan con sus armas. Les digo que si vuelven a hacer eso, se las voy a clavar por la espalda, a la manera rebelde. Se ponen furiosos y miran a Machot, quien de nuevo se convierte en uno de “nosotros” en lugar de uno de “ellos”.

Amos se queda callado en el fondo, explicándome en voz baja lo que pasa. “Te quieren golpear... No te van a golpear... Ahora te van a golpear... Ahora te quieren disparar”. Cuando les explico que si nos disparan no les vamos a poder pagar, regresan a lo de golpearnos.

Hay cuatro de nosotros y seis de ellos, y aunque traen armas no espero que Amos o Machot ayuden si las cosas se ponen feas. A pesar de sus esfuerzos por amedrentarnos, acaban por no golpear a nadie y se van a la comisaría a reclutar más personas y conseguir armas.

Mientras los niños nos miran, le pregunto a Machot qué piensa de su país y de sus paisanos ahora. Vinimos a documentar lo que estaba pasando, y mientras que mucha gente trabajó duro para ayudarnos a conseguirlo, otros trabajaron igual para hacerlo difícil.

Machot tiene un momento decisivo cuando se sienta y se da cuenta de que es un estadunidense y que es un blanco potencial para los abusos de los extorsionadores. Se agarra la cabeza con las dos manos. “Esta gente está loca”.

Aprovecho el momento para preguntarle qué pensó cuando vio la masacre en Malakal, las violaciones, los incendios y los fusilamientos. ¿Por qué estaba tan ansioso de creer que las mujeres y los ancianos habían “quedado atrapados en fuego cruzado”? ¿Qué piensa ahora de la retórica que usó Riek Machar abajo aquel árbol? ¿Se estaba contradiciendo sobre la brutal matanza del Ejército Blanco? El silencio de Machot es la única respuesta correcta. No hay nada que decir. Sólo está sentado ahí con la cabeza en las manos. Me recuerda a la mujer catatónica a quien le di agua y dinero el otro día.

Los niños del grupito con el que discutíamos, ansiosos por conseguir refuerzos, están a medio camino hacia la oficina del comisionado cuando se dan cuenta que nuestro bote de salida está llegando. Ya nos estamos preparando para irnos. Por primera vez la lentitud de este país funciona en nuestro favor. Sabiendo que tienen poco tiempo, corren de regreso agitando palos y pistolas.

“¡No se van a ir!”, nos gritan. “Van a ir a la cárcel”.

Le digo que no hay ninguna cárcel por aquí. “Los vamos a golpear”. Mientras, el gerente renegado de la ONG se da cuenta que lo que empezó con su torpeza para las matemáticas escaló a otra dimensión. Camino hacia ellos y pongo mi brazo al rededor del cuello del gerente, y pongo mi mano izquierda sobre su corazón. Le pregunto si siente su corazón latir. Está demasiado asustado para contestar.

La policía improvisada, viendo cómo se asustó y temiendo que el gerente cambie de bando, empieza a amenazarlo también. Nada de esto tiene sentido, salvo en el microcosmos de cómo funciona Sudán del Sur. Los enemigos se hacen amigos en un tronar de dedos, y ahora el gerente rudo de la ONG necesita mi ayuda para zafarse de una putiza potencial.

Así que le ofrezco 200 dólares para dejar todo atrás y le sugiero que lo acepte. Estoy seguro que el grupo se lo va a repartir entre ellos y no le dejarán sin nada. Cuento el dinero públicamente, diciéndole que la próxima vez sea específico. Enojados con todos nosotros, el grupo se va.

El viaje río arriba es divertido. Hay cocodrilos, garzas, pelícanos, pescados y niños jugando en el agua mientras pasamos por la frontera a Etiopía. No hay mucho más que ver, sólo unas lanchas, un establecimiento del Programa Mundial de Alimentos, y otro grupo nuer que amenaza a los choferes de camiones y les piden dinero a cambio de la razonable oferta de no hacerles nada.

Cruzando la frontera, los etíopes dan una vibra completamente diferente. Cuando les preguntamos cuánto cuesta un transporte al pueblo más cercano, nos dan una tarifa justa. Cuando los guardias nuer los amenazan y tratan de bloquearles la salida, los etíopes bajan la vista y esperan.

Les digo que nos vayamos. Los nuer responden mientras buscan unirse a nuestros pequeños vehículos de tres ruedas en un raro intento por subirse. Los choferes los esperan un poco y luego arrancamos.

La locura que nos había acorralado se desvanece a nuestras espaldas. Desafortunadamente, Sudán del Sur no va a salvarse pronto.

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