Pasé una semana desayunando con cerveza
Cultura

Pasé una semana desayunando con cerveza

Siete días siendo una de esas personas que deciden inaugurar el día con un par de polas.
02 Enero 2017, 9:40pm

Este artículo fue publicado originalmente en VICE España.

Hoy te despertaste temprano y decidiste desayunar en un bar antes de llegar a la oficina donde trabajas y mueres lentamente.

De la nada, después de pedir un sánduche y una Coca-Cola, te volteas para ver qué están dando en televisión y ves a unos tipos sentados, lo suficientemente valientes como para acompañar su desayuno con unas cervezas. "Qué nivel", piensas, y entonces admiras con cierta distancia sus costumbres y su atrevimiento vital. Ellos representan esa idea de los trabajadores españoles de verdad, gente que trabaja en cosas que pueden tocarse y romperse y gente que toma alcohol por la mañana sin ningún tipo de problema. Tú solamente formas parte del sector terciario y llevas años trabajando con información que no sirve absolutamente para nada y que no dejará ningún tipo de rastro en este mundo y ­—extrañamente— nunca has sentido la necesidad de regar tu lamentable e irrelevante jornada laboral con un poco de anestésico existencial.

Permítanme un inciso, para evitar malentendidos. Sí, podríamos decir que estoy siendo víctima de un burdo cliché —el obrero borracho de la obra­— pero si bien es cierto que también algunos funcionarios, arquitectos o artistas se toman sus polas antes de sentarse en sus respectivas sillas de funcionarios, artistas o arquitectos, son los caballeros del chaleco reflectivo los que más se amontonan en los bares, y esto es de lo que hemos venido a hablar: los bares. Tomar un trago de bourbon en tu oficina mientras que ves el cruce entre la Diagonal y el Paseo de Gracia y piensas que los peatones son pequeños seres lamentables y moldeables es un sueño; pero tomarse una cerveza acompañada de un sánduche de atún en un bar de Sants es la realidad, y es a la realidad a lo que nos tenemos que ceñir.

Volvamos al bar de antes. Ves a todos esos tipos desayunando con pola y sientes cierta misericordia, cierto aprecio irónico. En el fondo no quieres ser como ellos pero te parecen "de lo más auténticos". Terminas tu sánduche, tu Coca-Cola, pagas y te largas. Puede que sea durante esos minutos en los que estás agarrado a esa barra vertical de metal que hay en medio del vagón del metro cuando piensas que quizás te gustaría vivir un tiempo como esos tipos, entonándote un poquito cada mañana para hacer la jornada laboral un poco más entretenida, un poco más agradable. Luego piensas que, precisamente, trabajas en una revista llamada VICE y que, mierda, podrías escribir sobre cómo es eso de pasarte una semana tomando cerveza para desayunar. Y aquí estamos.

DÍA 1

Menú:

— Media pinta de cerveza

— 1 cerveza de 250 ml

Me gustaría decir que empecé la semana con extrema ilusión —la ilusión del que se sabe galardonado con el premio del beber— pero la verdad es que sentía un abismo ceñirse sobre mí. Venía de un fin de semana un poco extremo en el que se me juntaron la comida de Navidad de la empresa con un cumpleaños imponente de esos que DEBEN celebrarse por todo lo alto. El día se presentaba complicado y la idea de ingerir cerveza por la mañana me atormentó durante esos minutos en los que permanecí tumbado en la cama intentando huir de mis responsabilidades etílicas y cronísticas, pero tenía que hacerlo, por el periodismo y por el entretenimiento. Por la aventura y, sobre todo, por España, mi país.

Es sabido que la idea de tomar forma parte de la estructura genética de los españoles y así lo demostró el Informe Socioeconómico de la Cerveza de 2015 que hace poco nos reveló que cada español se bebe 47,1 litros de cerveza al año. Lo que vendría a ser un litro a la semana, cosa que no es una locura pero que no deja de ser algo destacable, ya que es un litro a la semana SIEMPRE.

Este es mi relato del primer día: fue extraño pero cuando acerqué el contenedor vidrioso hacia mis labios y el suave brebaje empezó a rellenarme por dentro con su maravilloso color ambarino, sentí una extraña sensación de paz interior. Era como si todo estuviera en su sitio, como si todas las piezas encajaran en ese rompecabezas de la existencia. Ese trago, en un principio amenazador, se reveló como algo agradable e incluso necesario. Una puñalada de placer. En ese momento pensé que no había nada mejor en el mundo para acompañar un desayuno que una mediana de cerveza (la media pinta).

Me gustó tanto el asunto que antes de coger el metro para ir a las oficinas de VICE España entré en otro bar y me tomé otro quintico (250 ml) en la barra mientras leía en un periódico que le habían pegado un tiro a un embajador ruso y que Berlín había sufrido un ataque terrorista. Me siento mal diciendo esto —por todo eso del alcoholismo y las familias destrozadas— pero la verdad es que esas cervecitas por la mañana me sentaron realmente bien. Al salir del segundo bar empezó a llover pero esas gotas que impactaban sobre mi cara y que se deslizaban como haciéndome un ligero masaje epidérmico me parecieron la cosa más bonita que me había pasado en los últimos doce meses. Eran como pequeños abrazos de la naturaleza; y todo esto lo sentí gracias a la cerveza.

Consecuencias: mi jornada laboral transcurrió sin ningún tipo de incidentes. Es más, me sentía pletórico.

DÍA 2

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— 2 medianas

— 1 quinto

"Un sánduche de chorizo y una mediana, por favor". Estas fueron las palabras que hicieron que ese camarero me trajera, a los pocos minutos, una mediana y un sánduche de chorizo. Qué maravilla. Pese a que cuando entré solamente había un comensal (el tipo que me tomó la foto), a los pocos minutos el bar empezó a llenarse. En un momento ya éramos seis personas repartidas por el bar. Había un par de trabajadores pero, a diferencia de lo que mis prejuicios habían predicho, no estaban desayunando con botellines de cerveza. Ahí me dejaron solo, tanto a mis pensamientos tipificados como a mi yo como bebedor mañanero. Eso sí, debo decir que, al verme con una mediana, una jubilada que entró con su perro se animó a pedir un quinto con su sánduche de anchoas, como bien nos informó.

En el bar estaba el televisor puesto en un canal de 24 horas de noticias pero tenía el sonido abajo, dejando que fuera la radio la que nos informara de la actualidad. Los allí presentes salieron con algunas perlas como "eran un matrimonio muy sano porque ella iba a un bar y su marido a otro" o "no seré yo el que le eche gasolina a una iglesia pero tampoco seré el que vaya a apagar el fuego si se incendia".

Al poco rato empecé a sentirme como un imbécil, como un traidor hacia ese microsistema del que yo era totalmente un turista. Estaba allí, haciendo un artículo sobre la vida de estas personas y yo no era un cliente de verdad pese a que estaba consumiendo. Era todo un teatro, estaba siendo víctima de esa ironía posmoderna que se posiciona por encima de los demás y que lo juzga todo. Me sentí realmente mal, es más, mediocre, casi estúpido. En fin, estaba esgrimiendo esa distancia emocional que nos aleja del mundo y nos permite hacer un análisis frío y cruel sobre la realidad. Estaba allí tomando apuntes con el celular, como una especie de biólogo anotando el comportamiento de una tribu de mapaches. Demolido por esta terrible realidad me largué con la intención de empezar mi jornada laboral.

Pero había un problema. Cuando empecé a plantearme este artículo me propuse tres normas mínimas que tenía que cumplir:

1) Tomar, como mínimo, una cerveza en la barra de un bar.

2) Prescindir de otros líquidos.

3) Beber cada día más que el día anterior.

Fue este tercer punto el que me obligó a irme a otro bar a tomar una última cerveza, pues en este momento llevaba una mediana y un quinto, la misma cantidad del día anterior. Esta norma es totalmente estúpida pero un hombre necesita este tipo de retos para que la vida resulte un poco interesante. No digo MUY interesante, pero al menos un poquito.

El segundo bar estaba repleto de individuos desayunando como auténticos locos del desayuno; si es que esto es posible. Estoy hablando de platos combinados con huevo frito, salchichas y habichuelas. O cocido. O platos enormes de callos. Supongo que es eso a lo que se refieren ciertos sectores de la sociedad con lo de "desayunos de cuchillo y tenedor", término muy en boga entre los jóvenes pudientes de la modernidad urbana. En ese bar había muchos ancianos profesionales de este tipo de desayunos con sus vinos con gaseosa. Luego había trabajadores de obras públicas con sus sánduches y latas de Coca-Cola. Esos eran mis compañeros pero la verdad es que aún no me había encontrado a ninguno tomándose una cerveza por la mañana. ¿Era esa idea del obrero cervecero una invención de mi subconsciente? Por suerte, a los pocos minutos, entró un hombre que se sentó a mi lado, dejó su sánduche —hecho en casa— envuelto en papel aluminio sobre la barra y se pidió una mediana. Allí estábamos los dos, uno al lado del otro, cada uno con sus problemas y sus mierdas, compartiendo un momento. No nos dijimos nada pero tampoco hacía falta; éramos colegas de cervezas mañaneras y lo sabíamos. Al poco rato le pedí que me tomara una foto y aquí la tienen.

La verdad es que con tanto ruido (y el litro de cerveza que llevaba encima) me entró por divagar y pensar que, mierda, el mundo sigue girando a pesar de todo. La vida sigue pasando en esos sitios donde no alcanza la vista mientras nosotros vamos a trabajar en oficinas o lo que sea. No somos nada y fuera de nuestra jurisdicción social el tiempo sigue pasando y las personas siguen existiendo. Nada depende de lo que hacemos y nunca lo hará.

Después de dos birras, un quinto, unas aceitunas y un sánduche de chorizo ya empezaba a ir siendo hora de ir a trabajar, ¿no?

Consecuencias: al entrar a la oficina me sentía un poco ebrio, nada preocupante —aún podía distinguir entre el bien y el mal, entre cagar en el inodoro o cagar en el lavamanos—, pero tampoco estaba del todo concentrado en lo que hacía. En fin, lo que sí que tenía era una extraña sensación de felicidad, como que en el fondo todo me daba igual, como de quitarle la importancia a todo y eso, en un ambiente laboral, puede resultar extraño y problemático.

DÍA 3

Menú:

— 3 medianas

Nada especial. Sentí el ya clásico alivio al tomarme la cervecita mañanera acompañada de un sánduche. Al terminar la jornada de bares me sentía como cansado, como si llevara varias horas de fiesta. Notaba —o creía notar— que en el metro la gente olía el olor a cerveza que desprendía, seguramente pensaban cosas terribles de mí y eso, de alguna forma, me reconfortaba.

Lo bueno de estas "polas mañaneras" es que sabía perfectamente que al mediodía ya se habrían diluido y esta sensación de tranquilidad desaparecería. Lo malo era que, con tres cervezas consumidas, uno prefiere quedarse en el bar tomando más birras en vez de ir a trabajar. O eso o, directamente, largarse a casa a dormir. De todos modos, no podía dejar de pensar en lo magnífico de la situación, en la idea de que me estuvieran pagando por tomar cerveza por la mañana.

Consecuencias: Ese día las pestañas de Internet y Word, mis herramientas de trabajo, se me presentaron un poco complicadas. El teclado también me parecía un poco incómodo, "por qué tienen todas estas teclas y letras", pensaba. Lamentablemente, a las 12:45 ya se me empezaba a ir esa inocente felicidad sin sentido. ¿Seguir tomando habría arreglado este problema? Esto es un debate complicado, sin duda.

DÍA 4

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— 1 mediana

— 3 latas de cerveza en la oficina

La primera mediana siempre me la tomaba en un bar y esta vez la acompañé con un sánduche de atún con anchoas. Maravilloso, mejor que tirar mientras ves cómo te pagan 500 euros cada cinco minutos. La verdad es que SIEMPRE, esta primera cerveza, me daba la vida. De hecho, animo a todo el mundo, incluso a los niños, a que desayunen con zumo de cebada.

El día empezaba bien pero, mierda, la verdad es que me sentía mal por tener que tomarme tres cervezas más (para superar el día anterior) y llegar como a la una del mediodía a la oficina. Llámenme loco pero me parecía extraño llegar a la oficina cuatro horas tarde y borracho. Justamente por esto decidí comprar tres latas de cerveza en un supermercado y pasarme la mañana en la oficina escribiendo mientras las iba vaciando poco a poco rodeado de compañeros de trabajo.

Para mi pesar, no llegué a niveles lamentables de borrachera. No me bajé los pantalones ni le dije a nadie que "el futuro empresarial de España se encuentra en la fabricación de plásticos" —que es lo que normalmente hago— pero sí me vi obligado a ir a mear cada 20 minutos. Mis compañeros —y más concretamente, mi jefa— se indignaron por mi sobriedad. Supongo que uno está acostumbrado a tomar, por lo menos después de tantos años de fiesta y rock and roll (que alguien me pegue un tiro por haber pronunciado esta frase).

Consecuencias: me quedé ensimismado mirando esto durante varios minutos, quiero decir, durante 20 minutos.

DÍA 5:

Menú:

— 1 mediana

"Durante el último día, sucumbió". Ante la perspectiva de que tenía que tomarme cinco cervezas por culpa de mi norma estúpida de superarme cada día —¿es esto culpa del propio capitalismo?— decidí rendirme. Esa era la única opción. Estaba completamente harto de vivir así y no quería hacerlo más. Por decencia me tomé la cerveza de la mañana con su sánduche de fuet pero lo dejé ahí. No fui capaz de tomarme cinco cervezas y tener que ir a trabajar el resto del día borracho.

Supongo que ahí afuera hay gente capaz de trabajar completamente ebria pero un servidor que prefiere la normalidad, el seguro refugio del propio cuerpo en condiciones naturales. Soy de esa clase de personas que dan rabia porque NUNCA toman café por la mañana. Soy un tipo puro, un bebé de oro. Ni cerveza, ni café ni nada; prefiero no depender de nada para que el día arranque.

Es entonces cuando les cedo la medalla de oro a todos esos personajes que, día tras día, deciden estrenar el día entre cervezas. Deduzco que hacen un uso relajado del alcohol y que no se imponen esta norma estúpida de tener que beber más que el día anterior por lo que, aunque sea moralmente complicado afirmar esto, por lo general diría que una o dos cervezas por la mañana no hacen daño a nadie. Hacerlo SIEMPRE puede resultar complicado pero como detalle puntual entre semana puede resultar francamente reconfortante, más que nada porque tomarte una cerveza y un sánduche supone plantearse un desayuno relajado, sin prisas. Y un respiro, un oasis de calma, siempre es bienvenido dentro de la histeria de la jornada laboral.