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Lo personal y lo político

Cuando el feminismo nos hace replantearnos nuestras amistades machistas

OPINIÓN | ¿Cuándo vale la pena separarse de esa amistad machista y cuándo vale la pena ponerla a reflexionar sobre sus comportamientos?

por Nathalia Guerrero Duque
11 Enero 2019, 12:01am

Imagen por Jimmy Palacio. | VICE Colombia.

Artículo publicado por VICE Colombia.


Hace casi un mes tuve que ponerle un alto a una de las amistades más importantes de mi vida: uno de mis mejores amigos. A raíz de un episodio que involucró alcohol, una fiesta, varios amigos y hechos confusos que nadie recuerda muy bien, decidí que, como mujer feminista, no podía permitirme seguir siendo su amiga. O más bien, no podía permitirme seguir teniendo amigos así en mi vida.

Cuando una mujer se asume como feminista muchas cosas cambian en su vida. Los días dejan de ser una sucesión de horas y pasan a ser medidos por cuántas veces nos cuestionamos la vida y la realidad que nos rodea, viéndola injusta con nosotras por todo lado. La vida se nos llena de preguntas sin responder; desde lo más elemental —¿por qué en la mayoría de reuniones de trabajo que tengo casi todos son hombres?— hasta preguntas que no nos dejan dormir — ¿por qué alguien decidió asesinar de una manera tan vil a Leidy Johana Morales y qué licencias le dio la sociedad a un feminicida de ese talante para cometer la aberración que cometió?—.

Así se nos van los días desde que el feminismo llegó a nuestras vidas.

Y con estos lentes puestos, que no nos dan la opción de ser removidos, empezamos a ver a la gente a nuestro alrededor. Entonces, nos damos cuenta de cómo toda la estructura machista de esta sociedad empieza a verse visible en muchos de nuestros mejores amigos y amigas, de nuestra familia, de nuestras parejas.

Comenzamos a ver cuáles de nuestros amigos son más privilegiados, y quiénes están atravesados por una o varias opresiones. Y con esto en la cabeza, empezamos a incomodarnos cada vez más con los chistes machistas de nuestros amigos cuando salimos con ellos, tratamos de evitar esos episodios cuando nuestras amigas empiezan a rajar de otras mujeres sin ninguna razón, o cuando una mujer pasa y nuestros amigos la acechan con la mirada; incluso nos dan ganas de salirnos de nuestros grupos de Whatsapp cada vez que alguien manda un meme que atenta contra las mujeres de alguna manera, mientras todos se cagan de la risa.

Hay un momento en la vida de muchas en el que estos episodios empiezan a ser no solo repetitivos, sino cada vez más difíciles de pasar por alto, cada vez más incómodos. Sentimos una mayor necesidad de explicarle a nuestro amigo por qué el meme que mandó sobre mujeres venezolanas en Colombia es misógino, o de corregir a la amiga que dice que ella no es ni feminista ni machista sino humanista. Ya podemos sentir nuestras sienes temblando cuando alguien de nuestro círculo se burla de nosotras diciéndonos ‘feminazis’, u ofensas parecidas. Nos cansamos de ser siempre las “mamonas” del parche, de andar siempre explicando, invitando a la reflexión, rechazando muchas expresiones, sin que, muchas veces, las cosas cambien con nuestras amistades.

La incomodidad creciente, la solidaridad con otras mujeres, la rabia muchas veces, nos ha llevado a tomar decisiones, algunas más duras que otras. Hemos eliminado gente de nuestras redes sociales para evitar leer sus comentarios machistas. Hemos dejado de frecuentar amigos muy fraternos de manera silenciosa, porque quizá así dolía menos, así como también nos hemos encontrado con ellos para decir que hasta acá nos traía el río, porque nuestro proceso no podía encontrarse en ningún punto con el de ellos o ellas. Nos hemos enfrentado a familiares, gente que nos crió toda la vida, nuestros propios papás y nuestras propias mamás, en un intento por remover lo inamovible en nuestros núcleos familiares. Muchas no tuvimos éxito, y algunas quizá se separaron de manera irreconciliable con sus orígenes, con el dolor que eso supone. Algunas otras, muchas, después de tropezones, abusos, y muy probablemente luego del apoyo de varias mujeres en red, pudieron por fin terminarle a sus parejas tóxicas, con todo el trabajo de desprendimiento sentimental e independencia tanto mental, como física, y hasta económica, que eso significa.

Luego de la conversación que tuve con mi amigo, donde dejé claro que mi lucha feminista era la razón principal por la que debía separarme, así fuera por un rato, él me cuestionó, pues no entendía por qué alejarme iba a ayudar en algo. “Alejándote de mí no estás protegiendo a nadie, ni solucionando nada”. Comparaba mi decisión con la de la persona antiuribista que bloqueaba a los uribistas de su Facebook y expresaba sus opiniones políticas por ahí mismo. “Aislar y marginalizar a las personas peligrosas no ayuda en nada, y antes puede ser contraproducente”, me decía. “La solución es hacer pedagogía con estas personas, hablar con ella para que cambien su mentalidad y se deshagan de sus ideas peligrosas”. Según él, yo ya llevaba un proceso parecido con él, sin proponérmelo.

Las razones por las que me había alejado las tenía claras. La separación, antes que nada, era una suerte de castigo hacia él, primero que todo, por su comportamiento. La separación también la sentí necesaria, pues mi proceso de los últimos meses, muy apegado al feminismo, no me dejaba sentir cómoda con la relación. Y decidí terminar la amistad antes que decidir escrachar o denunciar, porque la persona involucrada decidió no actuar frente a los hechos, una decisión que debe respetarse, y también porque, sí, debo admitirlo, a veces el corazón sigue jalando muy fuerte. Supongo que a veces, antes de ser feminista, soy humana.

Sin embargo, mi amigo expuso un punto que yo ya llevaba pensando desde hacía varios días, y que se ahondó en las últimas semanas: ¿hasta dónde es bueno segregar y separarse de las personas machistas, y hasta qué punto una debería considerar la pedagogía de estas personas? ¿Cabe la resocialización en el machismo? Es decir: ¿nos alejamos de nuestros amigos machistas porque no tienen salvación? Y si no tienen salvación: ¿qué hacemos con ellos aparte de separarnos de ellos, denunciarlos y evitarlos? ¿Qué hacemos si tenemos que seguir conviviendo con tantos como ellos en todos los sitios de nuestra cotidianidad?

No voy a decir que en nosotras está esa responsabilidad. Aparte de todas las opresiones que sufrimos por parte de la estructura patriarcal de nuestra sociedad, y de haber tenido que, con mucho trabajo, haber desestructurado ese sistema en nosotras mismas, no tenemos ahora por qué cargar con la responsabilidad de resocializar a los mismos hombres machistas que nos violan, nos matan y nos violentan de muchas otras maneras en los sitios que frecuentamos. Convivir obligadamente con hombres machistas ya es mucho pedirnos, ¿entonces, aparte de eso, tenemos que hacerles pedagogía?

En mí no está la responsabilidad de que mi amigo se replantee sus comportamientos machistas.

Pero vale la pena preguntarse si estamos luchando por un mundo más igualitario, cómo hacer que los opresores sean más conscientes de la desigualdad. Esa noche le conté a una amiga mi decisión y me dijo que mi magia de mujer, y lo que había aprendido estos meses probablemente, ya le habían enseñado suficiente, y que seguir haciendo eso era quizá más feminista que separarme de él.

Aún no me decido qué es más feminista. Por lo pronto, sigamos señalando todas las formas de violencia machista en las amistades que siguen a nuestro lado, es más que necesario. Solo así se va a caer esta estructura patriarcal. Yo, por ahora, sigo separada de mi amigo.