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Fotomontaje por: Camila Esguerra Muelle.
Edición 5: Orgullo

Camila Esguerra Muelle | Activista y académica | Colombia

“Orgullo… eso es una importación gringa, aunque en la boca de Silvia Rivera tiene todo el sentido. Esto no es un asunto de estar orgulloso o no, sino del derecho a vivir y a existir. ¡Ni siquiera de derecho… de posibilidad real de existir!"
23 Junio 2020, 6:06pm

Camila Esguerra Muelle fue cofundadora, en 1995, del primer grupo abierto de lesbianas y de mujeres bisexuales en Colombia: Triángulo Negro. Ya existían algunos precedentes, aunque a la sombra y como apéndice del movimiento de hombres gay. A esta genealogía de la lucha lesbiana Camila dedicó su tesis de pregrado en Antropología: Del pecatum mutum al orgullo de ser lesbiana.

Fue Triángulo Negro el que sacó muchas discusiones al terreno público. En 1998, por ejemplo, participó de la impugnación de un artículo del Estatuto Docente que consideraba la homosexualidad como causal de mala conducta por parte de las y los docentes en el país. Una de las fundadoras del colectivo presentó la ponencia ante la Corte Constitucional con el rostro cubierto por el temor a ser sancionada por su orientación sexual.

El proceso de Triángulo Negro llevaría a la profusión de organizaciones como Mujeres Al Borde, el proyecto Cercanía, Labrys o DeGeneres-E. Este último conectó a cerca de cuatro mil mujeres lesbianas en Colombia a través de tecnologías de la información y a decenas de ellas a través de encuentros presenciales.

Camila también estuvo activa en otros proyectos que fueron fundamentales en la consolidación de un movimiento LGBTIQ+ y de lo que ella ahora llama el movimiento marica. Pasó por Planeta Paz, organización que reunió diferentes sectores, desde el estudiantado, campesinado, mujeres y sexodisidentes durante y luego de los fallidos diálogos de paz entre el gobierno Pastrana y las Farc. De este proyecto surgió Red Nosotras LBT (lesbianas, bisexuales y trans), donde Camila también estuvo metida, alianza entre personas feminizadas ante la misoginia, la transfobia y la lesbofobia.

Cruzar el océano para Camila fue encontrarse con que las realidades de las sexualidades disidentes se solapan con otras formas de opresión. En Europa, donde obtuvo su título de Maestría en Género y Etnicidad en la Universidad de Utrecht (Holanda), se dedicó a construir relatos de las vidas de personas migrantes con sexualidades no normativas.

“Empiezo a preguntarme qué pasa con las personas migrantes y veo que hay una reactualización de las relaciones coloniales. Hago mi investigación con mujeres y no mujeres con sexualidades no normativas migrantes en España. Personas indígenas y mestizas ecuatorianas, venezolanas, peruanas, colombianas. Me doy cuenta de que estas personas, independientemente de su nivel de cualificación formal, tienen que dedicarse a trabajos de cuidado, básicamente”.

De allí su obsesión por la migración, el exilio y las ignoradas economías del cuidado: cuerpos de mujeres cis y trans, hombres trans y empobrecidos, existencias feminizadas por un orden de mercado colonial sostienen lo que la investigadora ha llamado las tramas transnacionales del cuidado.

“Hay una división internacional, sexual y racial del trabajo que hace que las personas feminizadas de Latinoamérica terminen fácilmente enganchadas en esas tramas trasnacionales del cuidado. Por ejemplo, la mayoría de mujeres que se dedican al empleo doméstico son migrantes, desplazadas o desterradas, marcadas racialmente. En términos proporcionales, una inmensa mayoría indígenas, afro, negras, palenqueras. Las mujeres trans ocupan un sector muy particular del cuidado que tiene que ver con la prostitución y los cuidados corporales a través de la peluquería y otros similares, incluso del empleo doméstico. Esas existencias feminizadas terminan enganchadas al cuidado ya sea en peluquería, prostitución, trabajo doméstico o como ‘madres comunitarias’ a quienes no deberíamos llamar así, sino trabajadoras del ICBF (Instituto Colombiano de Bienestar Familiar”.

Aparte de revelar las historias del terror estatal y paraestatal sobre las existencias feminizadas y disidentes en términos de sexualidad de países como Colombia, Argentina, México, España y Uruguay, las investigaciones de Camila permiten ver cómo los Estados latinoamericanos han ignorado estas realidades a través de políticas por omisión, como en el caso de las trabajadoras domésticas, cuyo oficio se han negado a regular y a formalizar, hasta políticas públicas que refuerzan las desigualdades como es el caso de la política de “madres comunitarias” colombianas, que bajo el amparo de la naturalización del rol ‘madre’ diluye la responsabilidad social del trabajo de cuidado y endilga, una vez más, la carga a las mujeres, sin reconocimiento del contrato de realidad que hay entre el Estado y estas trabajadoras.

Dada la simultaneidad y coproducción de opresiones y desigualdades, Camila asegura que las identidades deben ser estratégicas más que estáticas. Por eso no se define ni como lesbiana, ni como trans, ni como no binarix, ni como feminista, si acaso como hipoacúsica que más que oír, escucha.

“Autodenominarme como feminista es muy oneroso para mí, no tengo las cualidades morales suficientes para ser una buena feminista o una buena anarquista; soy un desastre, entonces no asumo esas identidades —dice entre risas—. Siento que seguir insistiendo en las políticas de la identidad es insuficiente. Me conecto con la gente por objetivos políticos y no por identidades: tengo aliadxs lesbianas, heterosexuales, trans, célibes, cristianas, ateas, no binarias y a las que les gusta la pizza con piña”.

Camila es una de lxs cincuenta líderes en disidencia sexual y de género cuya vida celebramos en nuestra quinta edición, ORGULLO.

A Julio lo encuentras en Instagram y Twitter como @martinsubmarine.