Así identifica Italia a los cadáveres de los migrantes del Mediterráneo

Hace tres años un naufragio en Lampedusa costó la vida de centenares de eritreos. Hoy, 187 de aquellos cadáveres siguen sin ser identificados. El país transalpino ha lanzado un protocolo de identificación de cadáveres para reparar la situación.

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04 octubre 2016, 8:13am

Un'operazione di recupero di un relitto. [Foto via Marina Militare]

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"Hemos recuperado material escalofriante, que relata la historia del periplo, y de dónde arrancó. Algunos documentos incluyen informes escolares. Con todas las pertenencias que han sido recuperadas podría abrirse un museo, una suerte de isla de Ellis del Mediterráneo".

El prefecto Vittorio Piscitelli es el Comisionado de las personas desaparecidas en Italia. En 2014 su oficina suscribió un acuerdo con el Laboratorio de Antropología y Odontología Forense de la universidad estatal de Milán (LABANOF en sus siglas italianas). El documento cifraba un protocolo para reconocer a los 387 cadáveres que se hundieron en aguas del Mediterráneo entre el 3 y el 11 de octubre de aquel año en las inmediaciones de la isla de Lampedusa.

Al principio el número de cadáveres infantiles ascendía al 40 por ciento de los cuerpos recuperados. La mitad de estos fueron reconocidos por los supervivientes. Sin embargo, un total de 187 cadáveres siguen sin ser identificados. Hoy, tres años después de aquella tragedia, otras 30 familias han podido averiguar el destino trágico de aquellos familiares cuya pista perdieron en aguas del Mediterráneo.

La prueba madre para el reconocimiento de cadáveres es la de ADN. Sin embargo, en el caso de los migrantes se trata de una prueba mucho más difícil de realizar, puesto que necesita ser contrastada con los registros de parientes directos (padres, hermanos, nietos o tíos).

En el caso de aquel naufragio, en el que la mayoría de víctimas procedían de Eritrea, sucedió que la mayoría de parientes seguían en el país de origen. Para ellos, no existía apenas la manera de llegar a Italia para someterse a las pruebas. Por un lado se enfrentaban a imposibilidades económicas y, por el otro, a ser perseguidos por un estado que condena a sus disidentes.

Sucede que a lo largo de estos dos últimos años, 33 amigos y parientes lejanos de los fallecidos han huido de la violencia de Eritrea y han recalado en Italia. Todos ellos se han desplazado hasta Roma para examinar el material fotográfico y los documentos recolectados por los médicos que trabajan para el laboratorio Labanof.

Los reconocimientos se han llevado a cabo en el interior de las instalaciones de protección y seguridad enclavadas en la oficina del Prefecto Piscitelli "para evitar que los servicios secretos de Eritrea pudieran acceder a la información y los registros de las distintas familias", como él mismo afirma.

Para los migrantes que han huido del régimen de Isaias Afewerki la pesadilla consiste en escapar del país y en hacerlo de la manera más desapercibida posible, puesto que, a menudo, las tropas del dictador se dedican a perseguir a las familias de los refugiados e incluso gravarles los impuestos que han dejado de pagar los disidentes.

Más de 3.300 migrantes fueron rescatados en el Mediterráneo durante el fin de semana. Leer más aquí.

Una vez se ha encontrado un lugar seguro, y en compañía de un grupo de psicólogos, los amigos y familiares de los naufragados han podido acceder al material: fotos de objetos y de enseres personales, de tatuajes o de marcas de nacimiento.

En algunos casos se ha recurrido incluso a imágenes recuperadas de las redes sociales, que han posibilitado llevar a cabo una comparación de los arcos dentales, de las orejas o de otras partes del cuerpo intransferibles. Al final se ha recabado una documentación científica precisa y desgarradora que consuma un almanaque de todas las esperanzas que engulló el Mediterráneo.

El sistema establecido por la oficina del Comisionado para identificar a las personas desaparecidas en Italia es único en Europa. Para aplicarlo el Ministerio del Interior italiano sólo ha invertido el dinero destinado a pagar los honorarios del prefecto y de sus colaboradores.

"La conferencia de rectores universitarios (CRUI) ha establecido que la universidad participará de forma gratuita", explica Piscitelli. Se trata de 21 universidades colaboradoras para las cuales no se han considerado gastos adicionales.

En un esfuerzo por llegar a reunir este año a las familias de origen de los migrantes, Piscitelli y su equipo han extendido otros protocolos de colaboración con el Instituto Internacional de las Personas Desaparecidas y con la Cruz Roja internacional que cuentan con distintas iniciativas desplegadas en el país transalpino.

"Se tata de una misión humanitaria que refleja lo mejor de nuestro país", ha proclamado Piscitelli. Y ahora, gracias a las colaboraciones que ha recabado el proyecto en su intención de rastrear a los migrantes, ya existe un protocolo a seguir cada vez que alguien se encuentre con un cadáver no identificado.

A partir de finales de octubre se reanudarán las conversaciones con las familias. En ese momento el total de cadáveres que necesitará ser identificado aumentará hasta los 180, puesto que habrá que incorporar a las víctimas de un naufragio registrado el 18 de abril de 2015 en aguas de Lampedusa.

La embarcación en cuestión, en la que viajaban más de cien personas, fue rescatada gracias a una operación tan ambiciosa como controvertida. A día de hoy, los forenses y expertos están trabajando para recuperar la información de los pasajeros siniestrados en Melilli, una población de la provincia de Siracusa.

El proceso de identificación de las personas desaparecidas es largo y dificultoso. Y en Europa, la infinidad de trabas burocráticas complican todavía más el procedimiento.

Sucede que la Unión Europea no dispone de una base de datos única para los cadáveres cuya identidad todavía no se ha averiguado. Y a nivel europeo no existe ninguna medida comparable a la emprendida por Piscitelli. Por no hablar de que en algunos países — como Malta — compartir e intercambiar inteligencia resulta una misión casi imposible. El establecimiento "de un comisario europeo podría cambiar las cosas", señala Piscitelli. Pero hasta ahora tan solo es una esperanza".

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