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Libia

Humillados y ofendidos: amazigh, los 'otros' libios

El de la minoría amazigh sigue siendo uno de los capítulos más desconocidos de la Libia post-Gadafi. Nuestro colaborador Karlos Zurutuza ha viajado de nuevo al país para explicar las claves de una historia que lleva contando desde 2011.

por KARLOS ZURUTUZA
09 Diciembre 2015, 9:35am

Un miliciano amazigh en noroeste de Libia. (Imagen por Karlos Zurutuza)

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"Esperábamos a la primavera pero llegó el otoño. ¿Quiénes somos? Eso queremos saber ahora" Canción popular amazigh.

Se podría decir que Libia es casi un país de una sola carretera, que va desde la frontera de Egipto hasta la de Túnez. Durante la guerra de 2011, el frente se desplazaba a lo largo de esa línea de costa donde vive el 80 por ciento de la población: se hablaba de Bengasi o Misrata, pero sólo muy de vez en cuando del llamado "tercer" frente, o el frente "occidental. Era algo difuso porque apenas un puñado de periodistas cubríamos el conflicto desde las montañas de Nafusa. Pero cuando Gobierno y oposición hicieron "tablas" en la carretera libia, aquel flanco ignoto sería decisivo.

Todavía faltaban tres meses para que cayera Trípoli pero la actividad era frenética en las montañas. Lo principal era garantizar los suministros desde la frontera de Túnez: agua y alimentos, gasolina y armas. Pero también había que cerrar la edición de los primeros periódicos en tamazight [la lengua amazigh], que incluían las primeras noticias en dicha lengua, las primeras entrevistas, los primeros crucigramas… Los niños leían, escribían y cantaban en su lengua en escuelas y la localidad de Nalut presumía de acoger la primera radio amazigh en la historia de Libia. La sensación de que había que recuperar el tiempo dolorosamente perdido era patente.

También llamados "bereberes" — un término que ellos consideran despectivo —, los amazigh se extienden desde la costa de Marruecos hasta la orilla occidental del Nilo, en Egipto. En Libia su número se estima en torno a los 600.000, el 10 por ciento de la población. La llegada de los árabes a la región en el siglo VII inició un inexorable proceso de arabización que se aceleró durante el mandato de Gadafi. Su llamada "revolución cultural" de 1973 pasó por la prohibición de libros cuyos principios no sintonizaran con los de su "libro verde".

Entre otros muchos, se destruyeron volúmenes sobre la lengua y cultura amazigh y se desmanteló la primera asociación de esta comunidad en Libia. "Amazigh" significa, literalmente, "hombre libre", pero para Gadafi no eran sino "hijos de Satanás", además de "un engendro del colonialismo para dividir Libia". Así, presos políticos eran ejecutados o encerrados de por vida tras ser acusados de "sedición y separatismo", o de "espiar para Israel".

Como ya lo recogen los libros de historia, Trípoli cayó en agosto de 2011. A los pocos días, miembros del Consejo Nacional de Transición Libio (el Gobierno paralelo formado por líderes opositores a Gadafi) aterrizaba en la capital en un avión que había despegado desde la carretera principal de Nafusa. El primero al que entrevisté fue a Fathi Ben Khalifa. El reconocido disidente confesaba que su participación en dicho organismo había tocado a su fin incluso antes de que terminara la guerra.

"En agosto de 2011 los amazigh decidimos cortar relaciones con el CNT. No solo no veíamos una actitud favorable a nuestro reconocimiento constitucional sino que incluso notábamos hostilidad por parte de algunos de sus miembros", me explicaba Ben Khalifa desde Trípoli. El problema, decía, era que nadie tenía una idea clara sobre el modelo de Estado que se buscaba. El 27 de noviembre de 2011, los amazigh salieron a la calle de forma masiva para denunciar que el nuevo Ejecutivo de Trípoli los había excluido tanto a ellos como a sus reivindicaciones.

Cuatro años sin Gadafi, o cuatro años sin paz en Libia. Leer más aquí. 

Milicianos amazigh conversan de forma distendida. En Libia se estima que hay en torno a los 600.000, el 10 por ciento de la población. (Imagen por Karlos Zurutuza)

La resaca de la guerra
He visitado Libia al menos una vez cada año desde 2011, y siempre a través de alguno de los dos puestos de frontera que Túnez comparte con Libia, en Nafusa y Zuwara. Esta última es una localidad costera además del segundo enclave amazigh por importancia. Como ocurre en localidades de montaña como Rehibat o Haraba, en Zuwara nos topamos con un esquema de asentamientos muy similares a los de Palestina, con la diferencia de que los colonos aquí son árabes. No en vano, los combates entre leales a Gadafi y locales se seguían produciendo en Zuwara, incluso meses después de la caída de Trípoli.

En 2012 todavía pervivía la ilusión de que Libia podía convertirse en un Estado solvente cuyas reservas de petróleo garantizarían una vida acomodada a sus seis millones de habitantes. En julio de aquel año, los libios votaban en las primeras elecciones parlamentarias tras la guerra y el CNT transfería oficialmente el poder al CNG (Congreso Nacional General), responsable de formar un Gobierno interino y el borrador de una Constitución. La euforia duró medio año, hasta que comenzaron los ataques sectarios contra sufíes, se asesinó al embajador USA en Bengasi… El barco libio se empezaba a escorar peligrosamente al poco de iniciar su singladura.

En 2013, cualquier facción en Libia que tuviera alguna reivindicación presionaba al Gobierno bloqueando alguna de las plantas de hidrocarburos del país. Y los amazigh no fueron una excepción. "El Gobierno no nos reconoce, y nosotros a él tampoco", rezaba una pancarta en la planta de Mellita que ocupó la milicia de Zuwara. La tendencia sigue en vigor de forma generalizada y hoy Libia sólo bombea un 10 por ciento del único producto en el que se apoya su economía.

Se empezó a considerar entonces un Estado federal formado por las tres regiones históricas: Barca en el este, Tripolitania al oeste y Fezzan al sur. La enésima declaración de autonomía desde Bengasi (capital de Barca) no hizo sino alimentar las ansias autonomistas entre los amazigh.

Las elecciones de 2014 constituyeron un nuevo punto de inflexión. Los amazigh las boicotearon en bloque, casi al igual que la mayoría de los libios — solo votó un 10 por ciento del censo —. Y se produjo otra guerra.

A día de hoy, en Libia hay dos gobiernos y sendos parlamentos: uno con sede en Trípoli, apoyado por Turquía y Qatar principalmente, y otro en la ciudad de Tobruk, a 1.200 kilómetros al este de la capital, que cuenta con reconocimiento internacional así como con el respaldo de Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Arabia Saudí. Francia también apoya abiertamente a este Ejecutivo al que se suman tribus antes leales a Gadafi como Warshafana, Warfala o Gadafa. Resulta que la división actual en el país coincide, casi al milímetro, con los mapas de alianzas tribales trazados durante la ocupación italiana. Eso sí, hay que añadir en el plano a un nuevo actor. Desde el año pasado, Sirte, la localidad natal de Gadafi, es el cuartel general de Estado Islámico en el país.

Así se vive en una cárcel para mujeres inmigrantes en Libia. Leer más aquí. 

La educación en tamazight fue una de las primeras medidas que tomaron los amazigh tras el derrocamiento de Gadafi. (Imagen por Karlos Zurutuza)

Nuevas amenazas
¿Que cómo encajan los amazigh en todo esto? Fathi Ben Khalifa habla de "una disputa entre islamistas y "nacionalistas árabes" en la que su pueblo "ni puede ni debe tomar parte". Por el momento, los amazigh de Libia se agrupan en el llamado Congreso Supremo Amazigh. Se trata de una entidad que engloba a diez localidades, y cuyos representantes fueron elegidos el pasado 30 de agosto en un proceso que incluía una cuota de representación del 50 por ciento para las mujeres.

Kaire Ben Taleb, responsable electo de Nalut — la principal localidad amazigh de Nafusa — lamenta a VICE News que haya "muchos países apoyando a ambos Gobiernos, pero ninguno a su pueblo". Y el aislamiento al que apunta va más allá de la indiferencia internacional:

"Las pocas veces en las que el discurso de Trípoli y Tobruk coincide es cuando se refieren a nosotros", me explica Ben Taleb desde el ayuntamiento de Nalut. "El caso más reciente es el de las elecciones del Congreso Supremo Amazigh. Los medios de ambos Gobiernos hablaban de `ruptura del Estado", añadía el amazigh, insistiendo en que se trata de "exactamente el mismo discurso de Gadafi".

Además hay otro factor diferencial de peso. Resulta que los amazighs en Libia son musulmanes ibadíes, a diferencia de la mayoría sunita en Libia. Consciente de que el ibadismo era otra poderosa seña identitaria de este pueblo, Gadafi no dudó en encerrar y/o ejecutar a imanes de esta confesión durante las cuatro décadas de su mandato. El jeque Ramadán Azuza fue uno de los que conoció las cárceles del régimen. Desde su localidad natal de Jadu, también en Nafusa, Azuza dice que ha pasado página pero alerta de amenazas incluso mayores:

"El salafismo está impregnando la sociedad a través de países como Arabia Saudí. Y lo encuentras no sólo en los sermones de los viernes, sino incluso en los libros escolares", me explica el jeque. Su condición de "no árabes" y "no sunitas", dice, les convierte en objetivo principal del islamismo radical.

Ante esta amenaza, el Congreso Supremo Amazigh ha creado una comisión que se encarga de revisar los libros de texto y retirar aquellos susceptibles de ser "tóxicos". Por supuesto, no se criba los de la enseñanza de su propia lengua dado que los imprimen ellos mismos. Es fruto del trabajo de una legión de voluntarios como Anwar Baskal, que actualmente trabaja en la elaboración del material para 5º de primaria. Durante estos cuatro años he conocido a muchos como él: jóvenes locales capaces de montar guardia en un checkpoint nada más participar en un seminario sobre la normalización de su lengua. Literalmente.

Muchos de ellos se preguntan si el siguiente paso a dar es reivindicar una región autónoma propia dentro de Libia. Quizás se trate de un debate artificial en un país en el que cada localidad, desde la frontera de Túnez hasta la de Egipto, cuenta con su propia milicia y gestiona su propio territorio.

Mientras escribo estas líneas salta la noticia de un principio de acuerdo entre Trípoli y Tobruk para sentar las bases de un Gobierno de unidad a dos bandas. Sin duda son buenas noticias para Libia, pero no necesariamente para los amazigh. Y es que es esa atomización de un poder antes central y monolítico la que les permite seguir respirando. Aislados del exterior, y sin aliados en el interior, saben que una nueva concentración de fuerza en las manos equivocadas acabará por resucitar fantasmas del pasado.

Túnez construye un muro fronterizo con Libia para impedir la entrada de terroristas. Leer más aquí. 

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