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La MDMA hizo por mi ansiedad lo que no pudieron hacer los medicamentos

“No tengo claro qué tendrían que hacer las demás personas, pero entumecer el miedo no me sirvió de nada”.

por Suzannah Weiss
10 Junio 2018, 1:00pm

Artículo publicado originalmente por VICE España.

Tenía 17 años cuando me recetaron Prozac para la ansiedad por primera vez. En aquel momento, padecía un trastorno alimentario y un psiquiatra pensó que me ayudaría a recuperar el apetito y a dejar de provocarme vómitos. No me hizo mucho, por lo que terminé un año después en tratamiento residencial, en el cual otro psiquiatra me incrementó la dosis.

En ese momento empecé a notar los efectos, tanto los positivos como los negativos. Comencé a hacer progresos en la recuperación de mi trastorno alimentario como para dejar el tratamiento y poder ir a la universidad, pero sentía que estaba cansada todo el tiempo, a pesar de dormir diez horas cada noche, y que mi cerebro estaba nublado. Los malos momentos no fueron tan malos, pero los buenos momentos tampoco fueron tan buenos. Un nuevo psiquiatra me cambió la medicación a Zoloft, pero no noté ninguna diferencia.

A los 24 años, dejé el Zoloft casi por accidente. Me mudé a otra ciudad y no encontré ningún psiquiatra a tiempo para poder conseguirlo. Tras pasar varios días sin medicación, tomé la decisión de intentar seguir sin ella. Los profesionales de la salud mental recomiendan no cortar el tratamiento de raíz, sino ir disminuyendo la dosis de manera gradual, y entiendo por qué, ya que estuve de mal humor durante un tiempo. A pesar de ello, también me sentía más vigorosa, más alerta, más despierta y más viva. No quería volver atrás.

Durante esos primeros meses sin Zoloft cambiaron muchas cosas. Tenía energía de sobra para involucrarme en todo tipo de proyectos, desde escalar hasta ir a clases de Psicología. Acababa de descubrir una nueva ocupación y me ayudó a darme cuenta de que no me conformaba con trabajar durante ocho horas encerrada en una oficina. Ese fue el inicio de mi trayectoria profesional, ya que, seis meses después, me convertí en una escritora autónoma de tiempo completo. La gente se sorprendía de la brutal cantidad de artículos que escribía (mi récord es dieciocho en un solo día) y normalmente realizaba dos o tres tareas a la vez y lo hacía tan rápido que nadie se daba cuenta de que estaba haciendo varias cosas al mismo tiempo. Estaba muy emocionada con esa oportunidad y todo se acrecentaba por el miedo que tenía a no estar a la altura de lo que prometía mi potencial. Me di cuenta de que mi arma secreta era la ansiedad, que procedía de la misma fuente que mi motivación.

La otra cara de este aumento de energía era que me estaba volviendo una persona obsesiva. Tras dos años sin tomar medicinas, trabajaba de manera compulsiva durante quince horas al día y ahorraba mucho dinero, hasta el punto de que me saltaba algunas comidas, no acudía a las citas con los médicos y me provocaba vómitos casi a diario. Bajo una fachada de perfección y éxito, rezaba en secreto para que hubiera algo que me salvara de mí misma, pero no sabía qué podría ser eso.

Estaré eternamente agradecida por el hecho de que me invitaran a un viaje al festival de música EDC en Las Vegas, en el que una nueva amiga mía mencionó por casualidad que tenía MDMA. Acababa de leer en el Diario de Psicofarmacología sobre un estudio, humilde pero impresionante, que mostraba que el 83 por ciento de los pacientes con trastorno por estrés postraumático (TEPT) que recibían terapia con MDMA se recuperaban al cabo de un año. Además, también había leído que existían estudios en marcha para tratar con MDMA tanto la ansiedad social como la que va asociada a enfermedades que pueden ser mortales.

Todo este conocimiento que ella poseía acerca de las potenciales propiedades terapéuticas de la MDMA llamó mi atención, por lo que le pregunté si podía probarlo. Estábamos en una azotea viendo el festival cuando me puso un poco en la mano (no sé determinar la cantidad exacta, pero me dijo que era una “microdosis”) y la noté prácticamente al instante. Aquella noche se convirtió en una de mis sesiones de terapia, aunque no hubiera supervisión, y le empecé a contar que la adicción al trabajo, el trastorno alimentario y el ahorro compulsivo respondían al mismo patrón, ya que no eran más que formas de sentirme bien conmigo misma. Sin embargo, en aquel momento me sentía perfectamente sin ninguna de esas cosas, por lo que me di cuenta de que no las necesitaba.

Al día siguiente, rechacé a un cliente que me había estado tratando mal y decidí usar mi nuevo tiempo libre para ir de viaje a Ibiza con una amiga. En mi primera noche, tomé mi primera dosis real de MDMA en forma de media pastilla de éxtasis. Nunca me había sentido con tanta confianza, me acerqué a un chico, el que ahora es mi novio, y pasé el resto del viaje con él. Con los niveles de serotonina muy probablemente por las nubes

debido a mis tres noches seguidas de fiesta, en el avión de vuelta tuve una epifanía: todas las limitaciones que había percibido a lo largo de mi vida me las había impuesto yo misma. En ese mismo instante, tome la decisión de marcharme de mi departamento de Nueva York, viajar y perseguir a mi amor, sin importar el hecho de que viviera en Alemania.

No volví a tomar MDMA el resto del verano, pero tenía la sensación de que seguía haciendo efecto. Seguía trabajando mucho, aunque con entusiasmo en lugar de con nerviosismo, pero también había veces en las que viajaba y me iba un poco a la aventura. Empecé a gastarme el dinero en mí misma y dejé de provocarme vómitos. A pesar de que mis ISRS habían disminuido la intensidad de las emociones en general, mi experiencia con la MDMA siguió estando marcada por el miedo y la vergüenza, y añadió entusiasmo y felicidad a partes iguales.

“No es habitual que una única experiencia psicodélica tenga efectos duraderos en una persona con ansiedad”, cuenta James Giordano, profesor de Neurología y Bioquímica en el Centro Médico de la Universidad de Georgetown. “La psicodelia tiende a desconectar la actividad del cerebro por defecto, lo que permite restablecer el patrón de las activaciones neurológicas de nódulos y redes específicos”, explica. Para hacerlo más sencillo, “Piensa en la aguja de un tocadiscos antiguo que se atasca en el surco de un vinilo antiguo mientras reproduce una canción. De acuerdo, pues la psicodelia lo que hace es levantar y volver a colocar bien esa aguja para que pueda reproducir otras canciones”.

Durante los dos años siguientes, probé la MDMA unas pocas veces más y me pasó algo parecido con las setas alucinógenas y la ayahuasca, pero no fue para nada una decisión libre de riesgos. El exceso o defecto en el consumo de MDMA puede provocar problemas de sueño, de próstata y, en casos más graves, hasta una disfunción cognitiva. Pasarse con la dosis de sustancias psicodélicas puede llegar a causar el síndrome serotoninérgico y abusar durante mucho tiempo de estas sustancias puede generar flashbacks. Además, se pueden hacer muchas cosas peligrosas bajo el efecto de las drogas, ya que se pierde todo tipo de contacto con la realidad.

En las clínicas en las que se están probando las sustancias psicodélicas para uso terapéutico, estos riesgos son menores porque se controlan tanto la dosis como la pureza de las drogas, así como el entorno. Desafortunadamente, no podía acceder a estos lugares y, como muchas otras personas, corrí algún riesgo para poder aprovechar las propiedades curativas de estas sustancias.

Y me salió muy bien. Estas drogas me pusieron en contacto con mi parte más compasiva y generosa, que había ocultado durante años. De hecho, ni siquiera sabía que existía antes de descubrirla. Apenas me centraba en el éxito y el dinero, ya que lo único que me preocupaba era cuidar de mí misma. Con la ayahuasca me di cuenta de que esta actitud se fundamentaba en un miedo causado por influencias de la sociedad y la familia. Además, también aprendí que no había nacido con ansiedad, por lo que separarla de mí misma me ha ayudado a no ceder ante ella.

“Esta es otra manera en la que las drogas psicodélicas pueden ayudar a personas con ansiedad: convertir todos los pensamientos y sentimientos inconscientes en conscientes para que podamos ver los patrones de pensamiento que nos están poniendo trabas”, comenta Giordano. “Una vez que se restablece la red por defecto y comienza un patrón de conocimiento diferente, ese patrón puede ser más receptivo a ciertos aspectos emocionales que no estaban siendo procesados en el nivel consciente”.

La vida dentro de mi cabeza no siempre es fácil, pero al fin he conseguido enfrentarme a dos opciones: entumecer el miedo o reforzar la alegría y el amor, que son incluso más fuertes que el propio miedo. No tengo claro qué tendrían que hacer las demás personas, pero entumecer el miedo no me sirvió de nada, ya que terminé entumeciéndolo todo.

Si nunca hubiera descubierto las drogas psicodélicas, es muy posible que siguiera presa de mis propias obsesiones, gobernada por el miedo a la incompetencia y hubiera vuelto a esa medicación que no dejaba aflorar estos sentimientos sin intentar comprender las causas que los generaban. Seguiría dormida, pero ahora estoy despierta y abierta a todo, tanto a lo bueno como a lo malo, y quiero sentirlo todo.