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Cultura

Renté mi departamento mientras estaba de vacaciones y cuando volví era un burdel

Lo que tenía que ser una agradable viaje se acabó convirtiendo en un thriller protagonizado por una trabajadora sexual checa, proxenetas amenazantes y más pañuelos manchados de corridas de lo que uno es capaz de asumir.

por Søren Peter Knudsen, según el relato de Pernille Ba
31 Julio 2016, 12:00pm

Este era el aspecto de la habitación de Pernille antes de su viaje a Tailandia. A su regreso no parecía la misma. Foto cortesía de Pernille Bang

Este artículo se publicó originalmente en VICE Dinamarca.

A principios de este año, apareció una noticia que señalaba que en Copenhague se había producido un aumento del alquiler de viviendas a través de plataformas como AirBnB para su uso como burdeles.

En el caso de Pernille, de 26 años, lo que tenía que ser una agradable aventura por el Sureste Asiático se acabó convirtiendo en un thriller protagonizado por una trabajadora sexual checa, proxenetas de aspecto amenazante y más pañuelos manchados de corridas de lo que uno es capaz de asumir. Esta es su historia:

En enero, salí de Copenhague para hacer un viaje de seis semanas por Malasia y Tailandia con mi amiga Stine. El plan era hacer mochileo, probar delicias asiáticas, conocer su cultura y, cómo no, comprar uno de los clásicos cubos de alcohol. Estábamos ansiosas. Antes de irnos, intenté alquilar mi departamento a través de una agencia de alquiler entre particulares, algo que había hecho antes sin problemas.

Esta vez no tuve suerte y no encontré inquilinos que quisieran alquilarlo, así que imaginé que tendría que ajustar el precio un poco. La agencia era como AirBnB, pero más pequeña, detalle que pensé que se traduciría en un servicio de atención al cliente de más calidad. No podía estar más equivocada.

Es el ecuador de nuestro viaje y Stine y yo estamos tiradas en una playa de Koh Phi Phi, sufriendo las consecuencias de haber pedido demasiados de esos cubos la noche anterior. En ese momento recibo un mensaje de una chica que dice estar interesada en alquilar mi piso durante una semana entera a partir del día siguiente.

Yo ya me he gastado más de lo previsto en lo que llevamos de viaje y pensé que alquilando el piso una semana me llevaría unos 670 euros, así que no me paro mucho a pensarlo. Solo necesito que vaya alguien a mi casa, cambie las sábanas, limpie un poco y le entregue la llave a la inquilina.

La chica se llama Kitti* y es de la República Checa. En la foto parece buena onda —nada fuera de lo común— y también veo que tiene un perfil en Facebook, así que supongo que es de fiar. Su inglés no es para tirar cohetes, pero entiendo que ella y su novio van en coche de camino a Copenhague, donde se encontrarán con otra pareja que viaja en avión.

Me despierto con una llamada perdida y un mensaje de mi hermano que dice, "Llámame. Algo está pasando en tu departamento"

Me pregunta si pueden pagar en efectivo porque dice que han tenido problemas con el banco para hacer la transferencia. Le digo que no puede ser, ya que si el pago no se hace a través de la agencia de alquiler, no tengo el seguro cubierto.

Al final, Kitti contacta con un amigo que tiene una cuenta en un banco alemán y me hace la transferencia a través de esa cuenta. Aunque al principio me mosquea un poco todo; descarto mis sospechas pensando que quizá estén de viaje por Europa y vayan improvisando sobre la marcha.

Finalmente se confirma la reserva y me ingresan el dinero.

Kitti incluso me prometió que "vivía vida normal".

Pasan un par de días y no tengo noticias de ellos, por lo que me quedo tranquila. Al cabo de un rato recibo un mensaje de Kitti diciéndome que le gustaría ampliar el alquiler una semana más. "Genial. Más pasta = más cubos", pienso.

Vuelve a salir el problema del dinero, pero esta vez, cuando me proponen pagar en efectivo, acepto a regañadientes. Mi amiga Line se ofrece a arreglar el tema, por lo que Kitti y compañía van a su casa con un sobre lleno de dinero.

Posteriormente, Line me dijo que el novio de Kitti parecía demasiado mayor para ella y que le pareció curioso que ella tuviera los dientes en tan mal estado. También me contó que se disculparon por llegar tarde porque habían estado comiendo en un McDonald's. No sé qué tiene eso de raro, pero he pensado que era mejor dar toda la información que tengo.

Una semana después, Stine y yo estamos en el norte de Tailandia, donde un monje budista nos bendice en un templo de Chiang Mai. Inmediatamente después, nos roban el monedero a las dos. Bromeamos diciendo que más que una bendición, nos han echado mal de ojo. Qué ignorantes, no sabemos que lo mejor está por llegar.

'Se han montado una especie de burdel en tu casa'.

Viajamos a Bangkok y a la mañana siguiente me despierto con una llamada perdida y un mensaje de mi hermano que dice, "Llámame. Algo está pasando en tu departamento". Como no puedo llamarlo todavía debido a la diferencia horaria, le envío otro mensaje pidiéndole que me llame cuando despierte, pero solo si el tema es grave.

Se acerca el final de nuestro viaje. Stine y yo contratamos una excursión de un día a la ciudad histórica de Ayutthaya, al norte de Bangkok, aunque tengo dudas porque probablemente no habrá cobertura y todavía no sé nada de mi hermano.

Stine me tranquiliza y finalmente hacemos la excursión. Por el camino, especulamos sobre qué es lo peor que podría haber ocurrido. Lo peor que me puedo imaginar es que hayan montado una rave colosal en mi casa y esté toda patas arriba.

Me encuentro en medio de una plaza gigantesca, frente a las ruinas de un templo, cuando me llama mi hermano. En cuanto veo su nombre en la pantalla, se me acelera el corazón.

—"Hola. ¿Qué pasó, se cargaron el departamento o...?", pregunto, preparada para lo peor.

—"Eeeeh, no... Pero montaron una especie de burdel en tu casa", contesta.

La vecina de abajo aseguraba que la oía andar por casa con los tacones a todas horas y que montaba lo que parecía un show de striptease. Luego también estaban los gemidos, muchos y muy escandalosos.

Me quedo echa mierda. La verdad es que ni se me había pasado por la cabeza esa posibilidad. A falta de una respuesta mejor, empiezo a llorar, mientras un grupo de escolares tailandeses se ríen y me señalan con el dedo. Stine viene corriendo y me pregunta qué pasa, a lo que yo solo soy capaz de contestar, gritando: "¡Es una prostituta! ¡Hay una prostituta!".

Una vez recobrada la compostura, mi hermano me explica que varios de mis vecinos se pusieron en contacto con él porque les dio mala espina el trajín de hombres que entraban en mi casa a intervalos de media hora y a todas horas del día.

Por lo visto, el vecino de arriba había bajado la noche antes para recordar a mis inquilinos que no se podía fumar, y lo recibió una sonriente Kitti vestida con un diminuto kimono de satén y unos tacones de 15 cm pensando que era otro cliente. La vecina de abajo aseguraba que la oía andar por casa con los tacones a todas horas y que montaba lo que parecía un show de striptease. Luego también estaban los gemidos, muchos y muy escandalosos.

Le pido a mi hermano que haga algo, pero no le hace mucha gracia volver a casa porque los vecinos le han dicho que también hay otros dos tipos muy corpulentos con Kitti.

Obviamente quiero que esa gente se vaya de mi casa lo antes posible, así que ahí mismo, entre ruinas de templo y estudiantes tailandeses, intento llamar a casa de unos cuantos amigos con la poca cobertura que tengo, pero a todos les da miedo entrar en mi casa.

Al final, Stine y yo nos resignamos; no podemos hacer nada más hasta que no volvamos al hotel y podamos hacer llamadas sin interrupciones.

En Dinamarca la prostitución es legal, así que la policía no puede hacer mucho por ayudarme, según me explica la agente, y me indica que debería llamar a la agencia de alquiler.

En cuanto entramos en la recepción, llamo a la policía danesa y me atiende una agente muy estricta. Le cuento lo sucedido entre sollozos y me contesta que "esto es lo que cabe esperar cuando alquilas tu piso para ganar un dinero extra".

En Dinamarca la prostitución es legal, así que la policía no puede hacer mucho por ayudarme, según me explica la agente, y me indica que debería llamar a la agencia de alquiler.

Busco en internet el sitio web de la agencia para apuntar su número de teléfono, pero no encuentro nada. Lo único que tienen es uno de esos chats en directo, con el mensaje "Gracias por su petición. Nos pondremos en contacto con usted en breve".

Investigo más en Google y veo que la agencia tiene un montón de reseñas negativas, algunas de gente que asegura que les fue imposible contactar con el servicio de atención al cliente y que, como haya problemas, estás sola ante el peligro.


Encontré pañuelos con corridas en todos los rincones y grietas de mi piso. Foto cortesía de Pernille Bang.

A estas alturas no sé qué mas hacer, así que llamo a Kitti. "Hola, Kitti. Sé lo que está pasando. Estás haciendo algo ilegal y tienes que irte de mi casa ahora mismo", le digo. Por toda respuesta, Kitti emite un "¡Nooooo!" que casi me perfora los tímpanos. Después de un rato discutiendo, oigo que suena el timbre de mi casa. Pensando que es un cliente, grito a través del teléfono, "¡No, Kitti! ¡No abras la puerta!" Finalmente, accede a marcharse con la condición de que le devuelva el dinero de la semana extra por la que ya había pagado. Aquello casi acaba con mi paciencia. "No, no te voy a devolver ningún dinero", le digo con un siseo, y cuelgo.

La sensación de impotencia me provoca náusea. Convirtieron mi casa en un burdel y nadie puede ayudarme.

Inmediatamente después, suena mi teléfono. Es uno de los tipos que la acompañan diciéndome que si van a salir antes de lo previsto, tengo que devolverles el dinero. Amenazo con llamar a la policía, pero el me devuelve la amenaza acusándome de ser una ladrona por quedarme con su dinero. Me entra el pánico y acabo cediendo.

Le digo que pasará una amiga a devolverles el dinero. Durante toda la conversación, me siento como si estuviera en una película de esas tan malas que dan por la tele.

En un momento dado, me sorprendo con la cabeza inclinada sobre el escusado mientras sostengo el teléfono. La sensación de impotencia me provoca náusea. han convertido mi casa en un burdel y nadie puede ayudarme. Cada diez minutos recibo llamadas de los padrotes, que me preguntan, "¿Cuándo viene amiga tuya?"

De repente, oigo a Maria reírse. Encontró un rollo de papel de cocina de tamaño industrial y tres bolsas de basura llenas de papel con corridas y condones usados.

Cuando creo que la situación no puede empeorar, empiezo a recibir fotos de la vecina de abajo en las que se ve a Kitti y a los demás saliendo apresuradamente del piso con un montón de bolsas y maletas. Temiendo que me estén robando, por fin consigo contactar con mi amiga Maria, que enseguida se pone en modo guerrera total y se va corriendo a sacar dinero y luego a mi piso. Mis vecinos me dicen que se han ido de casa y que están fuera, esperando en una furgoneta a que les devuelvan el dinero. Maria se encuentra con mi vecina en la parte de atrás del edificio y entran a comprobar el estado del piso sin que Kitti y compañía se enteren. Yo lo sigo todo por FaceTime, con el corazón en un puño.

Lo primero que advierten es el calor que hace en el piso, veo que todas mis plantas están mustias y agonizando en sus macetas. Maria y mi vecina emiten una serie de "arghs" y "eeeecs" a medida que entran en las distintas habitaciones. Parece que no falta nada.

De repente, oigo a Maria reírse. Encontró un rollo de papel de cocina de tamaño industrial y tres bolsas de basura llenas de papel con corridas y condones usados. Parece que Kitti y los chicos no han comido mucho aparte de unas latas de sardinas y unos noodles, cuyos restos están esparcidos por la cocina. Han comprado media docena de huevos orgánicos y de gallinas criadas en libertad. Bueno, al menos tienen conciencia ecológica.

Aunque Maria y mi vecina ya están dentro, no quiero arriesgarme a nada y le pido a Maria que salga a devolverles el dinero. Ella cumple, no sin antes soltarles un "No se lo merecen". Ellos se largan sin decir nada.

A lo mejor Kitti ha estado viendo muchas pelis tristes. Foto cortesía de Pernille Bang

Un par de días después, otra amiga me recoge en el aeropuerto y de camino a casa compramos dos pares de guantes de goma y desinfectante. En mi vida había visto tantas manchas en una sola sábana.

Todo el suelo estaba plagado de condones usados y sus envoltorios, como si fuera confeti. En el armario me encuentro una máscara con orejas y bigote de gato, medias de rejilla y bastoncillos de algodón llenos de maquillaje, además de montones de papel con semen rellenando cada grieta, agujero y hueco de mi casa. Pero la palma se la llevan los tres test de embarazo que me encontré sobre el espejo del lavabo un mes después.

Han pasado seis meses y la verdad es que estoy a gusto viviendo aquí, aunque me costó un tiempo llegar a este punto. Obviamente, mandé cambiar las cerraduras inmediatamente y tenía miedo de que los chicos de Kitti pudieran volver o de encontrarme a alguno de sus clientes esperando en la puerta al volver del trabajo.

Todavía no se ha resuelto la demanda que interpuse a la agencia de alquiler, pero espero que al menos me reembolsen el importe de todo lo que tuve que tirar a la basura. Nunca pensé que tendría que usar el término "secreciones sexuales" y heme aquí, escribiéndolo letra por letra en un email dirigido a la agencia de mierda.

Este incidente no ha afectado a mi relación con los vecinos, que creo que más bien sintieron lástima por mí. A veces, cuando nos cruzamos en la escalera, me llaman "la madame".

*Kitti seguramente sea un apodo. En cualquier caso, se oculta su rostro para preservar su anonimato.

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