Ilustración por Kitron Neuschatz

No existe el trabajo de ensueño: la angustia financiera de ser millennial

Hoy, parte de ser “joven” significa enfrentarnos a la falsedad de que existe una recompensa para las personas que trabajan duro, siguen las reglas o arriesgan todo para “seguir sus sueños”.

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28 Febrero 2019, 3:30pm

Ilustración por Kitron Neuschatz

Artículo publicado originalmente en el número Poder y Privilegio de la Revista VICE México.

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Cerca de un año después de graduarme de una universidad privada de Artes Liberales, entablé una conversación con mi dentista mientras me quitaba la mugre de los dientes. Con una deuda de miles de dólares, pero una licenciatura en Inglés, aún era lo suficientemente joven como para que el seguro de mi madre cubriera la consulta. El único costo serían las herramientas de este rico hombre blanco y las preguntas que me hizo sobre a qué escuela asistía, qué estudiaba y qué estaba haciendo ahora.

“Soy mesera”, dije, con la mirada fija en la luz del techo, “en un restaurante de sushi cercano”.

Mi dentista se apartó de la brillante y desinfectada bandeja de instrumentos. “¿Eso es lo que estás haciendo con esa carrera tan cara?” Se rio, metiendo sus manos dentro de mi boca. “¡Apuesto a que tus padres están muy orgullosos!”

Esa burla reciclada de la generación anterior sobre cómo me mantenía a mí misma me era familiar, aunque nunca la había escuchado de manera tan directa. De hecho, fue un sentimiento que había internalizado años antes. Con cada nuevo trabajo recuerdo que debería estar avergonzada de hacer eso con mi costosa carrera, ya sea atendiendo mesas, paseando perros, trabajando en una oficina, como asistente personal o escribiendo por mi cuenta. Cada vez que un exprofesor o un antiguo compañero de clase con padres adinerados entraba y me veía agachada debajo de una mesa, recogiendo arroz pegajoso de la alfombra, la voz rugía en mi cabeza. Resulta que la voz, como mi dentista, es una imbécil. Y está equivocada.

La lucha por hallar sustento y la angustia que la acompaña no son nada nuevo. Pero hay algo particularmente exasperante sobre la ansiedad financiera que deben enfrentar los millennials hoy en día. Es una preocupación generalizada que estuvo presente en la encuesta VICE para jóvenes, en la que el 43 por ciento de los encuestados siente que el futuro alberga menos estabilidad laboral, mientras que el 48 por ciento piensa que la clasificación social actual seguirá siendo la misma, y el 66 por ciento piensa que tendremos más problemas económicos, incluyendo crisis financieras.

La habilidad de sostenerse mediante cualquier trabajo solía ser suficiente motivo de orgullo, pero en las décadas de 1950 y 1960, las narrativas nacionalistas de salir adelante por cuenta propia empezaron a resonar con el consumismo moderno. En las próximas décadas, la adquisición y acumulación de bienes —electrodomésticos, automóviles, ropa y un hogar— se convirtieron en la señal de una vida bien aprovechada. En los años 80, la codicia llamativa se convirtió en una religión de la cultura pop, y la época engendró tales artefactos de adoración de la riqueza como el programa de televisión Estilo de vida de los ricos y famosos. Los trabajos bien remunerados que permitían una vida de lujo se convirtieron en la meta, mientras que la deificación de celebridades como Donald Trump, el entonces vástago de una fortuna de bienes raíces de la ciudad de Nueva York, se salió de control.

Este fue el credo en el que me criaron: trabaja duro, ve a la escuela y tú también puedes hacer lo que amas y tener un sustento razonable. Luego, en 2008, mi primer año de la universidad, la economía colapsó.

“Nunca, desde la década de 1920, un periodo al que estos Años de Teflón de la década de 1980 se asemejan cada vez más, la nación había presenciado tantas celebraciones de avaricia y egoísmo”, escribió el periodista Haynes Johnson para el Washington Post en 1987. “Ahora, como entonces, se alienta al país a seguir el ejemplo de los operadores de grandes negocios, los maquinadores de estrategias de enriquecimiento rápido, los negociantes de información privilegiada, los manipuladores del mercado, los empresarios liberales en la vida política y corporativa. Al enriquecimiento privado se le ha dado un mayor valor que al servicio público. ‘Triunfar’ ha sido el eslogan de la época”.

En la década de 1980, los niños de familias de clase media y alta descubrieron que su riqueza era merecida, mientras que sus vidas funcionaban como anzuelos que tentaban al resto de nuestras familias a través de trabajos ingratos con salarios estancados y escasos beneficios. Así comenzó la nueva era del evangelio de la prosperidad que predicaba la importancia de solo hacer el trabajo que te apasiona. Años de inspiradoras películas biográficas nos enseñaron que el trabajo soñado es el único que realmente importa, independientemente de si paga las cuentas. “Los insto a que trabajen en empleos que aman”, dijo Warren Buffett a los estudiantes de negocios de la Universidad de Florida en 1998. “Creo que están locos si siguen aceptando trabajos que no le gustan porque creen que se verán bien en su currículum”. Buffett dijo esto cuando era la cuarta persona más rica del mundo, con un valor de más de 33 mil millones de dólares. Actualmente, Buffett vale alrededor de 90 mil millones de dólares.

Este fue el credo en el que me criaron: trabaja duro, ve a la escuela y tú también puedes hacer lo que amas y tener un sustento razonable. Luego, en 2008, mi primer año de la universidad, la economía colapsó. La Gran Recesión sirvió para igualar un poco a mi generación: algunos de los chicos que envidiaba por sus viajes anuales al campamento de verano ahora son adultos que trabajan a mi lado para recibir propinas por hora, terminar un turno laboral y asistir al siguiente. Pero luego de diez años y contando, la mentira nacional expuesta en la crisis financiera es igual de cruda. Hoy en día, los padres y abuelos de los millennials, quienes fueron educados con ideales de autodeterminación y ascendencia de clase, siguen jactándose del “orgullo de un buen día de trabajo honesto” que fue el resultado de la miseria colectiva de la Gran Depresión. Y no solo eso, también están juzgando a las generaciones más jóvenes por sus elecciones, como si todos viviéramos en ese mismo mundo.

Hoy parte de ser “joven” significa enfrentarnos a la falsedad de que existe una recompensa para las personas que trabajan duro, siguen las reglas o arriesgan todo para “seguir sus sueños”. Y ahora, no solo nos ridiculizan por no acumular riqueza, también nos molestan por elegir trabajos que no se consideran “importantes” o “gratificantes”. Al ganar 8.80 dólares por hora en el restaurante de sushi, lo estaba haciendo con un título profesional elegante que en la mente de mi dentista debía haber sido la clave para una vida laboral satisfactoria.

Ahora, no solo nos ridiculizan por no acumular riqueza, también nos molestan por elegir trabajos que no se consideran “importantes” o “gratificantes”.

Todo esto suena grave hasta que uno ve las muchas maneras en que los millennials están transformando esa desilusión del Sueño Americano. En todo el país, estamos formando sindicatos, postulándonos a cargos públicos en plataformas de justicia económica y promoviendo una cultura que honre la dignidad de la clase trabajadora. Nuestros desafíos inmediatos siguen siendo: la deuda de las tarjetas de crédito y los préstamos estudiantiles, el aumento de los costos de vivienda, y el acceso prohibitivo a la atención médica. Pero quizás la próxima generación tenga una mejor oportunidad de hacer justicia económica sin las fantasías individualistas que se consideraban dogmas en el pasado. Después de todo, fue en mi trabajo de mesera que aprendí a sentir orgullo por el hecho de que puedo trabajar para pagar cualquiera de mis facturas, punto. Es una rutina continua plagada de injusticias, pero, como mis padres y mis abuelos y nuestros antepasados, lo sobrellevamos.

Podría haberle explicado eso —la injusticia económica, el clasismo, la capacidad de resistencia— a mi dentista, si tuviera tiempo o energía. Además, sus manos estaban en mi boca. Después tomé el autobús para ir al trabajo y pensé en cómo mi empleo no dicta la cantidad de respeto que merezco. Mi consejo: no dejes que nadie te diga lo contrario.

En la sección que sigue, presentamos un conjunto diverso de perspectivas sobre el mercado laboral, los desafíos a los que se enfrentan los trabajadores en la actualidad y lo que se puede hacer para solucionar los problemas en nuestro sistema económico. Analizamos a profundidad los trabajos que están haciendo los millennials (y más importante, los que no están haciendo); los desafíos de encontrar inversionistas siendo una mujer con una startup; cómo Silicon Valley podría marcar el comienzo del fin del capitalismo; por qué la vivienda debe considerarse un derecho humano, y cómo los millennials de Ucrania enfrentan perspectivas financieras inciertas en una encrucijada forjada por el trabajo de una guerra en curso. También tenemos una visión personal de las personas que luchan por vivir con el salario mínimo, construir una carrera sin conexiones y enfrentarse al acoso laboral, y cómo las mujeres blancas pueden interponerse en el camino de las mujeres de color mediante el uso de estándares de clase, raza y belleza.

En un mundo donde pensar más allá del siguiente cheque puede ser angustiante, estas piezas intentan abrir camino hacia un nuevo tipo de economía.

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