Ibiza casi acaba conmigo

Ibiza es una especie de muestra demográfica de todos los sectores de la población joven a los que se ha puesto en una isla y se les ha dado cantidades ingentes de droga.

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29 septiembre 2014, 3:00pm

Ibiza es casi una constante en nuestro imaginario colectivo. Con una extensión inferior a la de Mallorca, la isla no sólo se ha convertido en el destino vacacional de anglosajones ávidos de sol y enfermedades de transmisión sexual, sino también en el Shangri-La del tech-house, un lugar cuya grandeza carente de tabúes y rebosante de gente en drogas hace que valga la pena pasar 50 semanas y pico entre hojas de cálculo y alimentándonos a base de pizzas congeladas. Un lugar al que la gente no sólo va de visita, sino al que acude para trabajar mientras está de visita, cerrando así el ciclo de la fiesta eterna.

Según los tópicos, la isla se divide entre los que prefieren MDMA y los hippies de Portobello; las masas de gente con la mandíbula trabada que se amontonan en una punta de Ibiza al compás de los ritmos de una sesión de 15 horas con Roger Sanchez, y los amigos personales de Jade Jagger y James Blunt, reunidos en la otra punta, fumando hierba carísima y con los pies enfundados en botas vaqueras color azul turquesa.

Durante los últimos años, la reputación de la isla ha acabado por atraer a un público muy ecléctico: desde chicos con tatuajes hasta en los dientes, a jóvenes oligarcas; desde grandes figuras de Resident Advisor a mugrientos vagabundos, mochileros y famosos como Orlando Bloom, cuyo paso por Ibiza fue célebre por intentar pegarle a un niño llamado Justin Bieber. En definitiva, la Ibiza del 2014 es una especie de muestra demográfica de todos los sectores de la población joven a los que se ha puesto en una isla y se les ha dado grandes cantidades de droga.

Al no haber pisado nunca Ibiza, siempre me había sentido fascinado por ella. En las frías mañanas de febrero me gustaba reproducir una y otra vez el vídeo "Needin' U", de David Morales o escuchaba “Sunchyme”, de Dario G, en el camión de camino a casa, recordando días mejores. Este verano, por fin, fuimos a Ibiza para grabar una película: Big Night Out: Ibiza, que pronto podrás disfrutar en VICE.

Ibiza siempre ha sido un sitio decadente. Incluso su nombre procede de Bes, el dios egipcio de la música y la danza. Pero el concepto de la isla como paraíso de los clubbers probablemente se debe a un solo hombre: Alfredo Fiorito. Este argentino salió de su país natal en 1976, huyendo del régimen militar y después de pasar una breve temporada en la península, se unió a varios amigos suyos que ya se habían establecido en las Islas Baleares. Era la época en la que España también se estaba sacudiendo los vestigios del régimen franquista y empezaba a disfrutar de la libertad de la democracia. ¿Qué mejor lugar para celebrar la muerte de un dictador malnacido que Ibiza?

Después de dejar sus trabajos como propietario de una tienda de velas y de mesero, Alfredo se inició en el arte de poner discos. Al poco tiempo fue contratado por Amnesia, una discoteca relativamente nueva. Fue ahí donde se ganó una legión de seguidores gracias a sus legendarias sesiones de 12 horas en las que mezclaba de todo: desde los comienzos del new beat belga, hasta los Woodentops, Joe Smooth, hip-hop o incluso U2. Alfredo ya hacía raves antes de que los raves se inventaran, mezclaba himnos del pop con ritmos de percusión en lo que pronto se conoció como “ritmo balear”.

Poco después, Paul Oakenfold y Danny Rampling exportaron la experiencia a Bermondsey, en Londres. En su discoteca, Shoom, el fenómeno se fundió con el auge del éxtasis, dando vida a una nueva obsesión: la cultura rave. Nadie discute que el house nació en Chicago, pero tampoco cabe duda de que el consumo de pastillas, la espera ansiosa de los apoteósicos solos de piano y la ascensión a los cielos son obra y gracia de Alfredo y de Ibiza.

Fotos por Rhys James and Grant Armour.

Pero Ibiza no es un museo. Esos días han quedado atrás y actualmente la isla entera es una enorme máquina de amasar billetes. Muchos, muchos billetes. El frío aroma del dinero contante y sonante inunda toda Ibiza, así como las posibilidades para gastarlo. Las discotecas se asemejan más a casinos de Las Vegas o a parques temáticos que los sitios a los que irías para ligarte a una turca y bailar un poco. Las entradas no suelen bajar de 50 €, una bebida cuesta, mínimo, 15 €, y mientras tanto, los parquímetros no dejan de contar el tiempo en forma de dinero.

Dicho esto, hay que reconocer que no hay muchos lugares en el mundo a los que uno pueda ir a ver a los mejores DJs en unos entornos increíblemente maximalistas como las superdiscotecas de Ibiza. Space es a Carl Cox lo que el Bernabéu a Cristiano Ronaldo o lo que el Louvre es a la Mona Lisa; son escenarios creados para ser tan rabiosamente irrepetibles como sea posible. Puedes intentarlo en tantas partes como quieras, pero nunca lograrás recrear las sensaciones de estar de fiesta en la playa, bajo las palmeras y las pistas de aterrizaje de los Boeing que llegan a la isla.

Los propios clubes son experiencias intensas: te llevarán al límite, pero la sensación será tan bestial que querrás existir más allá de esos límites para siempre. Son fiestas que hay que ganarse con sudor por lo elevado de sus precios, en parte porque atraen a más gente que un partido de fútbol de segunda división y en parte a que la gente organiza el año entero en función de esas fiestas.

El estilo de vida en Ibiza es brutal —a mi regreso, me sentía como si estuviera recuperándome de una operación de cirugía—, tan ajeno a la banalidad de la vida que no puedes evitar lanzarte de cabeza en él. Te levantas a las 5PM, empiezas a beber a las 5:30PM, comes un poco de pizza asquerosa, vas a la playa, bebes más, llegas a la discoteca a eso de las 2AM y te marchas a las 5AM. Sigues la fiesta en la villa en la que te alojas hasta mediodía y vuelves a empezar al día siguiente.

En Amnesia, uno de los clubes más antiguos y prestigiosos de Ibiza, nos encontramos con Luciano, toda una leyenda local. Su set 'Origins' sigue siendo una de las mayores atracciones de la isla, a la que acuden varios miles de clientes para regocijo de su bolsillo.

Desafiando la normativa europea con su cigarrillo en la boca, el DJ regaló a los presentes sesiones impresionantes de house tribal, minimal techno y una colección de sonidos y ritmos procedentes de sus orígenes suizo-chilenos que constituyen toda una declaración de lo que tiene que tener un DJ de Ibiza que se respete: saber reaccionar al espacio, sopesar al público, hacer que la gente no pare de mover los pies ni un segundo, transportar esa magia de la nada y ahumar a la gente con CO2 cuando sea posible.

Sin embargo, existe una Ibiza de “baja gama”, al margen de la esfera de las superdiscotecas. Hay un lugar repleto de pubs con los nombres de personajes de series británicas de la década de 1970, tiendas de fish and chips y jóvenes con las hormonas a tope y cintas para el cabello fluorescentes, ciegos de cocteles tropicales y vomitando en las coladeras.

Ese lugar es San Antonio. El tipo de la foto de arriba, que no paraba de señalarse el pito que tenía tatuado en la pantorrilla y de repetir que tenía “un pito en la pierna”, es el paradigma del tipo de persona que pasa sus vacaciones en San Antonio, comiendo papas asadas en la playa y cantando canciones sectarias mientras los nativos se preguntan qué habrán hecho para merecer esto.

Afortunadamente, San Antonio no representa a Ibiza.

Si bien el Zoo Project es un club frecuentado por jóvenes ingleses etílicos, suele tener DJs bastante buenos. Las sesiones se llevan a cabo en un zoológico abandonado en unas colinas cerca de San Antonio.

Quizá era por el entorno o por el efecto de la testosterona en el ambiente, pero la misma gente que me parecían unos pendejos en San Antonio eran geniales en Zoo Project. Ariel (en la foto de arriba) es una de las muchas chicas que había dejado su vida de administrativa en Inglaterra para mudarse a vivir y trabajar como bailarina en Ibiza. Ahora es una especie de sirena de discoteca profesional, un trabajo que sólo podría existir en Ibiza.

En Ibiza, los bailarines son algo más que mera decoración: constituyen parte inherente de la cultura club y de la economía de la isla. Con sus movimientos hipersexuales y sus llamativos disfraces, no sólo incitan al baile dando el ejemplo, sino que también se dedican a atraer clientes por las tardes, invadiendo las playas y proyectando los ideales del club que promueven.

Estos gogós bailan en sesiones como la de Luciano en Amnesia y son un colectivo muy respetado en la isla. Nos llevaron con ellos a las playas para mostrarnos cómo engatusan a los turistas de espaldas enrojecidas para que se gasten un dineral en una noche de fiesta.

Corinne, originaria de Roma, es la clásica bailarina de Ibiza. Estudió ballet y se mudó a la isla después de haber ido varias veces de vacaciones. Sabía que era uno de los mejores sitios en los que podía hacer lo que le gustaba y en un entorno increíble. Además de bailar, también trabaja para una empresa de yates. Curiosamente, asegura haber encontrado cierta madurez y paz en una isla cuyo estilo de vida es, por definición, puro caos.

Durante mi estancia en Ibiza, me di cuenta de que no sólo es un sitio para gastar el dinero, sino que se ha convertido en una especie de tierra de las oportunidades en medio de un continente en plena decadencia, un lugar en el que los jóvenes con iniciativa pueden ganar mucho dinero. Como la novela de Las uvas de la ira pero con bikinis, por poner un ejemplo.

Jamie Brennan, alias Kryoman, quizá sea la persona con el estilo de vida más extraño de toda la isla: pasó de ser repartidor de pizzas en Domino’s a convertirse en una superestrella robótica en el club EDM.

Durante los últimos años, la marca Kryoman ha resultado ser un gran negocio: Jamie hace una gira por todos los clubes de Ibiza con un espectáculo de baile pirotécnico, haciendo que más de uno se pregunte si es cosa de las pastillas que compraron en la puerta de la disco o si realmente están viendo a un cíborg de tres metros bailando al ritmo de un tema de David Guetta.

Quedamos con él en el garaje de su casa, en una zona tranquila de la isla, mientras se preparaba para una actuación en Music Is Revolution at Space.

Pero el británico más popular en las noches de Ibiza es, sin duda, el de la foto de arriba: Carl Cox, el chico de Carshalton que llegó a Ibiza hace 30 años y ha ido dejando su huella desde entonces. Cox es más que un DJ. Es toda una atracción para Ibiza, como Disneyworld para Florida, y durante todos estos años ha logrado mantener intacta su reputación como el "hombre más agradable del techno".

Alfredo Fiorito, el hombre que inventó Ibiza.

Pero si Carl Cox es el rey de Ibiza, Alfredo es Dios. Lo conocimos el último día de nuestra estancia. No me avergüenza reconocer que Alfredo es mi héroe personal. Sus remixes piratas me han levantado el ánimo en más de una ocasión.

Alfredo sigue mezclando en los principales clubes de Ibiza y ha sido testigo de toda la evolución de la isla, no solo como DJ, sino como residente, como alguien que ama Ibiza con la misma intensidad que hace 35 años. Sus relatos sobre cómo ha vivido todos esos cambios, el pasado, el futuro, la naturaleza de la música electrónica y las similitudes entre la juventud actual y la época de su juventud fueron realmente inspiradores y toda una lección de sensatez.

Pero lo que da sentido y coherencia a todos estos elementos es el lugar en sí mismo. La cultura club, la música, la droga y el dinero seguirán cambiando con los años, pero Ibiza seguirá siendo uno de los lugares más bonitos de Europa o de todo el mundo. Son esos cielos nocturnos inmensos, las puestas de sol, las playas rocosas y sus aguas tranquilas y azules que parecen desbordarse por el fin del mundo como gigantescas piscinas panorámicas las que mantienen todo unido.

Se acerca octubre y las sesiones de Ibiza llegan a su fin. Se acercan las fiestas de cierre y Ariel, Corinne, Jamie y miles de residentes de temporada volverán a sus vidas en el mundo real, pero este verano, como todos los que han pasado en Ibiza, permanecerá en su memoria como un capítulo extraño de su existencia, como yo recordaré la semana que pasé ahí.

Mi paso por Ibiza ha cambiado por completo mis expectativas de la cultura del clubbing. En Ibiza se conjugan la resistencia, el entorno, la diversión, en un cóctel que resulta difícil de olvidar o de emular.

Ibiza, casi acabas conmigo, pero te aseguro que un día de estos volveré.

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