El número de Poder y Privilegio

Debemos aprender a compartir el privilegio para mejorar la sociedad

Las personas con educación y ventajas económicas pueden usar su posición para mejorar aún más y de manera sostenible las vidas de los demás.

por Blair Imani; ilustración de Kitron Neuschatz; traducido por Álvaro García
08 Marzo 2019, 4:00pm

Ilustración por Kitron Neuschatz

Artículo publicado originalmente en el número Poder y Privilegio de la Revista VICE México.

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Soy una mujer cis, negra, del piel clara. Soy bisexual y tengo una relación aparentemente heteronormativa.

También soy una musulmana conversa que creció siendo testigo, aunque no el objetivo, de la retórica antimusulmana. De manera simultánea, experimento y existo en instituciones antimusulmanas, antiqueer, sexistas y racistas, al tiempo que se me permite acceder a espacios blancos y lujosos por mi piel clara y privilegio económico. Es comparable a cómo se beneficia un blanco de la supremacía blanca, sin importar cuán progresiva sea. Yo también me beneficio de los sistemas de privilegio social, incluso cuando hago todo lo posible por no ser su cómplice.

Históricamente, el acceso y la oportunidad se definen con demasiada frecuencia por la proximidad real o aparente a los sistemas de opresión. Cuanto menos “lejos” aparentes estar del poder, más acceso tendrás a éste; un fenómeno que se comprende mejor usando el término privilegio para describir los beneficios o ventajas que reciben o no ciertos grupos de personas en las estructuras sociales. Nuestra comprensión actual del privilegio social se basa en un artículo ampliamente citado de 1989 sobre el privilegio blanco y masculino de la académica feminista Peggy McIntosh. “Dado que la etnicidad y el sexo no son el único sistema ventajoso en el trabajo”, escribe McIntosh, “debemos examinar, de manera similar, la experiencia cotidiana de tener ventaja por edad, ventaja étnica, habilidad física o una ventaja relacionada con la nacionalidad, religión u orientación sexual”.

Dicho de otra manera, los miembros de grupos marginados también pueden beneficiarse de los privilegios. Eso incluye a una activista como yo y probablemente te incluya también. El privilegio es matizado y complicado.

Permítanme poner en contexto cómo es que el privilegio ha afectado mi trayectoria en el activismo.

De niña, cuando imaginaba a los activistas, pensaba en quienes protestaban contra la guerra de Vietnam. Pensaba en Panteras Negras como Angela Davis, que trabajó para redistribuir la riqueza entre las personas más vulnerables de nuestras comunidades. Y también pensaba en mis padres.

Los miembros de grupos marginados también pueden beneficiarse de los privilegios. Eso incluye a una activista como yo y probablemente te incluya también. El privilegio es matizado y complicado.

Mi madre, una mujer negra de piel clara, podía pasar fácilmente por blanca si quería. En nuestro mundo de instituciones blancas y estándares de belleza, las personas de color que tienen la piel más clara se consideran menos “amenazantes” para las estructuras racistas de poder, que nuestros miembros de la comunidad más oscuros. La novelista y activista Alice Walker definió este “colorismo” como un prejuicio a favor de un tono de piel más claro dentro de los grupos y culturas. En mi caso, yo era la más clara de mi familia, además de mi madre, y ella dejó en claro que ninguna burla o bronceado anularía la realidad de que, por mi color de piel, la gente blanca me consideraba “más aceptable”.

Por ejemplo, cuando pasábamos por lugares públicos como el centro comercial o Disneyland, mi hermana menor, también de piel clara, y yo éramos las únicas que recibíamos los comentarios vacíos de extraños de “Qué hermosa niña”. Con una comprensión básica del colorismo, yo señalaba a mis hermanos mayores y decía: “Ellos también son hermosos”. Cuando mis primos dijeron que mi cabello era “bueno”, a diferencia del "mal cabello" de mis hermanos, dejamos de pasar tanto tiempo con ellos. Mi madre insistía en que desaprendiéramos estos sistemas dañinos y rechazáramos el colorismo, incluso si nuestros familiares lo perpetuaban. Ella me enseñó que la piel clara no es un pase a la asimilación, sino una oportunidad para la infiltración: podíamos trabajar para hacer nuestra comunidad accesible para todos y no solo para las personas de piel clara dentro de ella.

En lugar de ocultar la verdad o sentir culpa por las oportunidades y el acceso que nos brinda el privilegio, a menudo sin ganarlos, por el bien de la comunidad debemos “usar nuestro privilegio”, como dice la activista feminista negra Brittany Packnett.

También me enseñaron desde pequeña que cualquier progreso hecho por un individuo no debe ser atesorado, sino redistribuido a toda la comunidad. Mis padres lo hicieron magistralmente. Mi padre, ex Pantera Negra en Los Ángeles, fue a la universidad y se graduó de la Escuela de Negocios de Harvard. Al no ser elegible como recluta en la guerra de Vietnam, se unió al Cuerpo de Paz, “excavando baños y vacunando niños” en Kenia, y más tarde abriría un centro de atención residencial para personas con discapacidades del desarrollo.

Al inaugurarse, el centro se consideró radicalmente progresivo porque incorporaba un modelo comunitario integrado que hacía a las personas con enfermedades mentales parte de la comunidad en lugar de encerrarlos, como era y sigue siendo común en muchas partes de Estados Unidos. En ese entonces, antes de sentarnos a la mesa el Día de Acción de Gracias o Navidad, mi padre nos llevaba al área residencial del centro para pasar tiempo con nuestra familia extendida. Él se refería a las personas que vivían allí no como pacientes sino como clientes, en parte para que entendiéramos que no era un trabajo de caridad, sino un servicio necesario.

En lugar de ocultar la verdad o sentir culpa por las oportunidades y el acceso que nos brinda el privilegio, a menudo sin ganarlos, por el bien de la comunidad debemos “usar nuestro privilegio”, como dice la activista feminista negra Brittany Packnett.

En retrospectiva, veo que el enfoque de mi padre hacia la salud mental era revolucionario. En lugar de dejarnos participar en lo que equivaldría a un voluntariado oportunista donde se siente lástima por las personas con discapacidad y se les niega la humanidad, en una búsqueda de virtud, nos mostró un modelo sostenible de brindar atención a un grupo de personas marginadas que el estado sigue descuidando. Vi cómo las personas con educación universitaria y ventajas económicas pueden usar su posición no para explotar los sistemas, ya de por sí explotadores, en beneficio propio y acumular la riqueza, sino para mejorar aún más y de manera sostenible las vidas de los demás. Aquí, el privilegio no se desperdició. Se compartió; se redistribuyó.

Hoy, utilizo estas lecciones y experiencias para ayudar a activistas y escritoras negras de piel oscura como Mars Sebastian, Clarkisha Kent, Valerie Complex y Serena Sonoma.

Nos guste o no, todos tenemos cierta cantidad de privilegios, que moldean cómo nos trata el mundo e impactan cómo nos movemos en nuestras comunidades. Es nuestro deber no dejarnos enredar por estas instituciones a expensas de nuestras familias y comunidades, sino desmantelarlas y frenarlas, para compartir la riqueza.

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