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Music by VICE

Música y locura: los casos de Roky Erikson, Florence Foster y Bruno S.

Todo sea por lo que va más allá. Por lo fuera de lo común. Por lo casi irreconocible.

por Bartolomé Delmar
07 Noviembre 2014, 5:38pm

Si resulta difícil definir los límites de la locura, siempre marcados por la especulación y la sana discusión de sus características “verdaderas”, pensemos nada más en algunas historias extraordinarias. Porque es en “lo extraordinario” en donde encontramos los colores verdaderos de lo indescifrable, esa otredad que tenemos a bien muchas veces tildar de verdadera locura.

Bruno

Aparece el idiota en pantalla. Se presenta idiota, cándido pero idiota, por las propias cauces de su historia filmada: Kaspar Hauser fue dejado a su suerte desde niño, encerrado en un pequeño calabozo durante años sin recibir contacto humano alguno más que el que le brindaba pobres alimentos. Dejado libre un buen día, ya crecido, es encontrado por un Herr Daumer que busca educarlo. Le enseña a leer y escribir. El muchacho busca gustoso el mundo de los sonidos. Toca el acordeón. Después de un tiempo, es asesinado.

Werner Herzog filmó el enigma de Hauser con la brutalidad directoral que lo ha caracterizado siempre. El actor de aquel idiota, también partícipe en esa obra maestra que es Stroszek, era otro olvidado: Bruno Schleinstein un músico callejero, pobre y enfermo, que se cruzó en la vida del director ya entrado en edad. Abandonado desde niño en hospicios y manicomios, le era imposible articular palabra sensata y vivir en independencia. Lloraba y apenas podía conducirse en el acordeón, su herramienta de trabajo – Herzog, un inhumano de lo humano, había encontrado a un Kaspar Hauser para interpretar a Kaspar Hauser.

El filme causó revuelo y se sumó a una larga lista de épicas que han ayudado a construir el mito del director alemán. Bruno S., en cambio, regresó a la calle, a buscar abatir su locura y pobreza con el acordeón, tartamudeos folclóricos y algún reconocimiento accidental.

Loco, idiota para el incapaz de reconocerle, dijo en alguna entrevista que buscaba su rescate: “A Bruno S. lo han abandonado siempre. Siempre lo echan”.

Herzog, mientras tanto, completa un documental en la Taiga Siberiana.

Florence

Escuchamos, fundamentados en el gis del fonógrafo, los escándalos de una voz. Son lamentables, estridentes, desafinados. Intentan exponer lo sublime de alguna aria de Mozart o Verdi, de un lieber de Brahms, incluso vestir con voz la música de Bach. Es un espanto, que se convierte en maravilloso cuando descubrimos su contexto.

Era una niña rica, hija de la naciente aristocracia estadounidense de principios de siglo XX. Su padre, un exitoso empresario, dotó siempre cualquier exigencia de la joven, que propia a sus años estudió las artes del piano y del canto antes de casarse.

Florence Foster Jenkins fundamentó así sus ambiciones musicales, obstaculizadas por la vergüenza de sus padres: a pesar del esfuerzo y las horas de trabajo, de su voz operística no salían más que insultos bochornosos a los grandes maestros de la composición europea, deficiencia inadmisible para las reputaciones sociales de la familia.

La súbita muerte de ambos padres dejó a Florence con la cancha libre: de su herencia salió un nuevo centro de estudios de canto, y el pago para rentar docenas de teatros y foros musicales para que ella, finalmente, pudiera resplandecer.

Sus presentaciones estaban siempre repletas, porque el morbo resultaba imposible de ignorar. La gente soltaba carcajadas al escuchar sus desatinos, francos y tan desproporcionados que rayaban, a veces, en la ternura. Foster Jenkins todavía tenía el bravado de hacer lucir su voz con arreglos propios, más pobres quizá que su intento de cantar lo ya dictado.

Sin embargo, la humillación no era para ella una posibilidad. Denostaba a todos sus críticos como idiotas celosos, que no poseían la sensibilidad suficiente como para notar que, en realidad, escuchaban a la nueva Frieda Hempel. Y así sucedían conciertos y conciertos, cada vez mejor producidos, más extensos y llenos de publicidad; su carrera se vio interrumpida cuando, apenas semanas después de abarrotar el Carnegie Hall de Nueva York, murió en su departamento de Manhattan.

Roky

No son pocos los que afirman que, por su trascendencia histórica e impacto inmediato, The Psychedelic Sounds of the 13th Floor Elevators es el primer producto cultural de la historia que se define a sí mismo como “psicodélico”. Lanzado en 1966, sin lugar a dudas habita y asume las características de su época, una amalgama maravillosa de blues, garage, folk y rock n’ roll en su forma más pura con el fuerte contingente visual que acompaña desde entonces su leyenda.

Pero detrás de esa cortina lisérgica y colorida hay una historia conmovedora. La recuerdo, y aquí asumo el título personal, con angustia: Roky Erickson habitaba en imágenes una casa destartalada, con docenas de aparatos eléctricos ensordecedores prendidos al mismo tiempo, viendo caricaturas y revisando cientos de piezas de correo que no le correspondían. Gordo, sucio, balbuceante, incoherente, infantil. Pobre, mal nutrido. Vestido en harapos roídos de manufactura barata.

Su madre, de vez en cuando entrevistada, vivía la misma mierda en una casa cercana. Una mujer vieja, de mirada penetrante, incapaz de ver que su hijo estaba enfermo por su propio deseo de controlarlo. Negaba cualquier problema. Le llamaba a él en todo momento y se molestaba con algunas cuestiones: que no importaba que Roky hubiera estado internado por muchas temporadas, que de salud estaba bien, que podía sobrevivir en calma con la miserable pensión con la que ambos subsistían.

El pleito sofocante de la historia sucedía entre el hermano y la madre de Erickson: menor que él, Summer había funcionado por años como un músico respetado de la Orquesta Filarmónica de Pittsburgh, y buscaba rescatar a su hermano de aquella tragedia. A final de cuentas, fue el genio de Roky el que catapultó, por su voz extraordinaria y animal y gratificante, por su talento natural para la composición del mejor rock, a los 13th Floor Elevators al status de leyenda. Summer quería traerlo a la vida de regreso. La madre no toleraba siquiera discutir el hecho.

Porque Roky era muy joven al perder la razón. Rondaba los 22 años cuando fue internado después de enloquecer por varios viajes de ácido. Se juraba marciano, pero uno enviado desde los cielos cristianos para detener conspiraciones secretas y diabólicas por parte de la CIA y la oficina de correos. Buscó el suicidio, fue sometido a terribles torturas neurológicas en varias instituciones y, después de esas crisis, recurrió al apoyo de su madre.

Una mujer loca, igualmente loca, pero que lo dotó de cierta tranquilidad. Perdió la música, esa que lo convirtió en leyenda, y se perfiló en la inmundicia, pero siempre seguro.

Pasaron años, muchos años, para que Roky volviera a subirse a un escenario. Fue hasta que Summer logró la custodia de su hermano, que hoy por hoy nos hace sonreír, con sus dificultades, en los escenarios de la escena independiente. Su tratamiento psiquiátrico es estricto y su leyenda sobrevive.

Persona

La locura se refleja en lo extraordinario; lo extraordinario, a su vez, parte de los momentos personales. En estos casos, como en el caso de todos los grandes iluminados por los resplandores de la otredad, es la extraña diferenciación entre la biografía personal y los parámetros sociales los que nos llena de morbo e intriga y belleza, los que nos hace reconocer a estos “locos” como parados en un pedestal tan importante, pero distinto, que el de los grandes artistas consagrados.

Todo sea por lo que va más allá. Por lo fuera de lo común. Por lo casi irreconocible.