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Distrito Feral

El ocaso del ajolote mexicano

Por si la fuente de la eterna juventud no fuera suficiente, este singular organismo también posee los secretos de la regeneración morfológica extrema.

por Andrés Cota
16 Noviembre 2016, 1:00pm

Ilustraciones de Ana. J. Bellido.

Ajolote, axolotl, perro de agua, pequeño monstruo del pantano, nombres empleados para aproximarse a una criatura peculiar, un organismo endémico de los humedales del Valle de México que por siglos ha despertado el interés constante de la humanidad. Nos referimos, claro está, al ajolote de Xochimilco o Ambysthoma mexicanum, considerado por doctos en materia de herpetología como uno de los anfibios más sobresaliente del planeta.

Inquietante como pesadilla de infancia, desconcertante como fetiche de brujo, fascinante, arcaico, motivo de obsesión naturalista. Ha figurado como deidad precolombina, manjar de pueblos originarios, remedio apócrifo para la gripa y musa literaria. Sin olvidar que biológicamente resulta enigmático, tanto para científicos como para aficionados; por ejemplo: toda salamandra, en su etapa joven, fue un ajolote, pero el que aquí nos ocupa, no madura, nunca deja de ser "niño" y aún así puede reproducirse. Aspecto denominado como neotenia.

Por si la fuente de la eterna juventud no fuera suficiente, este singular organismo también posee los secretos de la regeneración morfológica extrema. Ante la necesidad, es capaz de volver a crecer extremidades, apéndices, mandíbula y cola; vamos, si le cortan una pata: la repone, y lo puede hacer tantas veces como sea necesario.

Se trata de un fenómeno zoológico único en su tipo, sin embargo, hoy en día confronta un riesgo crítico de desaparecer. Las especies introducidas, en combinación con el desastre ecológico que impera en Xochimilco —único reducto donde pueden ser encontrados en libertad— han ocasionado que el Ambystoma mexicanum se encuentre ya en grave peligro de extinción.

De 1998 a 2008 la densidad poblacional de estos organismos decreció de, aproximadamente, seis mil individuos por kilómetro cuadrado, a menos de cien. Y se estima que actualmente la población total de la especie en vida libre podría ser menor a mil individuos; algunos investigadores incluso proponen que no quedan más de un par de decenas. Hay algo indudable: si no se toman acciones concretas para su conservación y la de su entorno, el ocaso del ajolote se ve muy cercano.

Cada quién sabrá cómo se involucra en el frente de batalla para evitarlo; en lo que a mí respecta me propuse escribir un libro de divulgación, accesible para todo tipo de lectores e ilustrado magistralmente por Ana J. Bellido, que celebra la biología de esta fenomenal criatura y sus múltiples interacciones con la humanidad. Esperando que a partir del conocimiento se le comience a valorar como merece y surja la necesidad de conservarlo. Si la sociedad no exige lo contario, su perdida es inminente.

Comparto aquí un extracto y algunas ilustraciones del libro en cuestión con la esperanza de que despierten su curiosidad e invitarlos a que nos acompañan durante alguna de las presentaciones o, de menos, instarlos a buscar un ejemplar en su librería de confianza.

Extracto del libro: El ajolote. Biología del anfibio más sobresaliente del mundo (Elefanta editorial/secretaría de cultura, 2016).

"El semblante del ajolote es difícil de olvidar. Su aspecto remite a un ser arcaico, extravagante en extremo, propio de un mundo perdido o de una película de ciencia ficción. Con toda facilidad se le podría encontrar como un ingrediente primordial en los calderos de las brujas o como la mascota de un extraterrestre. Es un organismo tan singular que si no existiera en la naturaleza seguramente sería parte de la zoología fantástica de Borges.

Al verlo flotando en el agua se tiene la sensación de que la evolución con él se portó un poco más imaginativa que con el resto de los seres vivos, moldeando a través de los años a un ente casi surrealista. Una pequeña bestia del pantano integrada por adaptaciones llamativas cuyo análisis cercano invariablemente resulta inquietante.

Si por separado sus atributos físicos pueden calificarse como extraños, en conjunto conforman un perfil gracioso; podría decirse que casi absurdo. Su gran boca y ojos diminutos sugieren que está siempre de buen humor y el gran penacho de branquias que se dispara por detrás de su cabeza ovoide lo asemeja a un dragón chino. Su piel es suave y está cubierta por mucosa, es blanda y gelatinosa. Su textura recuerda a la pulpa de un mango y, si se le sostiene fuera del agua, su cuerpo podría ser comparado con el interior de una penca de sábila. Hay quien incluso se ha aventurado a proponer que su consistencia es idéntica a la del fango que los rodea en su entorno natural.

En un primer acercamiento los ajolotes sugieren una tranquilidad casi pasmosa. Una quietud digna de pieza arqueológica. Suspendidos en el fluido emulan a la perfección el concepto de la ingravidez. Su inmovilidad es tan rotunda que ha cautivado a escritores de la talla de Cortázar.

Aunque es cierto que pasan mucho tiempo inertes sobre el fondo lodoso, únicamente meciendo sus protuberantes branquias, ante amenaza o impulso alimenticio se convierten en animales veloces. Como látigo, pasan del reposo absoluto a la actividad frenética en un segundo. Explosión súbita. Energía potencial convertida en cinética al instante. Contorsionan su cuerpo trazando movimientos en forma de "S" y se deslizan con gracia por la corriente.

La concepción generalizada, y ligeramente equivocada, de su constante letargo, se debe en gran medida a que los ajolotes son criaturas de hábitos nocturnos, lo que implica que la mayoría de quienes los han observado en el zoológico, lo han hecho durante el día, mientras los anfibios duermen; por eso no es de extrañar que se tenga la falsa noción de que prácticamente no se mueven.

No obstante, al caer la noche, su identidad cambia. Con la llegada de la oscuridad, el pacífico ajolote se transforma en un voraz depredador. Forrajea el fondo acuático en busca de cualquier presa que quepa en su boca: embosca, acecha y engulle. Visto de esta manera no es difícil comprender por qué el día sorprende al anfibio inmóvil. Permanece estático porque está digiriendo, descansando, recobrando fuerzas para la nueva vorágine que se avecina al final de la jornada".