Futuro de la tecnología

La ciencia de la alteración y reparación de la memoria

Dos nuevas tecnologías están cambiando el significado de los recuerdos, ¿pero quién las controlará?

por Rachel Riederer
08 Mayo 2017, 5:53pm

Este artículo apareció en el número del Futuro de la tecnología de la revista VICE. Puedes leerla completa aquí.

(Todas las fotografías por Andrew White).

"Había un piano y alguien lo estaba tocando. Podía escuchar la canción", dijo el paciente, S.B., cuando su neurocirujano tocó un electrodo en la superficie de su cerebro expuesto. Para tratar la epilepsia, Wilder Penfield, un neurocirujano de principios del siglo XX, retiraba secciones del tejido cerebral mientras sus pacientes —plenamente conscientes pero anestesiados localmente— le decían qué sentían mientras él les administraba pequeñas descargas eléctricas en diferentes áreas del cerebro . Cuando estimulaba una sección, veían formas, colores, texturas; cuando estimulaba otra, sentían sensaciones en varias partes del cuerpo.

Pero cuando administró una descarga a una zona particular de la corteza cerebral, los pacientes despertaron recuerdos vívidos. Con otra sacudida en la misma área, S.B. ahondó más en el recuerdo del piano: alguien estaba cantando la melodía de Louis Prima: "Oh Marie". Mientras Penfield movía el electrodo, S.B. recordó un paseo por algún barrio de su pasado. "Veo la embotelladora de 7Up, Harrison Bakery". S.B. no estaba solo; otros pacientes también recordaban momentos de sus vidas con bastante detalle. Nada llamativo, nada que hubieran planeado memorizar: el sonido del tráfico, un hombre caminando con un perro por la calle, una conversación telefónica escuchada por casualidad. Eran más vívidos y específicos que los recuerdos normales, más como un regreso a esa experiencia que un recuerdo como tal. Penfield estaba convencido de que había encontrado el sitio físico de la memoria, donde los recuerdos quedan fijos y en su sitio por el tejido. "En las células nerviosas del cerebro humano hay un registro completo del flujo de conciencia. Todas esas cosas de las que un hombre fue consciente en cualquier momento de su vida se almacenan allí", dijo Penfield en una película de 1958 de Bell Labs, Gateways to the Mind. "Es como si el electrodo hubiera tocado una cinta magnética o el rollo de alguna película".

La idea de Penfield de que una transcripción perfecta de la vida entera de una persona está grabada en el cerebro, en estado latente, hasta que se despierta con una suave corriente eléctrica, no se ha comprobado. Lo que sí se ha podido verificar es la idea de que los recuerdos almacenados existen y se manifiestan como cambios físicos en el cerebro, y la investigación reciente está abriendo una serie de posibilidades para la edición y mejora de la memoria humana. Aún cuando nuestra comprensión básica de cómo se codifica, almacena y recupera la memoria es extremadamente limitada, dos equipos independientes de científicos han hecho avances en el campo del estudio de la memoria, mediante la implantación exitosa de recuerdos falsos, el cambio de las emociones asociadas a los recuerdos traumáticos y la restauración de la capacidad de formar recuerdos a largo plazo en los cerebros dañados de ratones y otros animales. Una de las investigaciones ya ha llegado a la fase de experimentación en humanos. Y aunque faltan años para que estos nuevos desarrollos salgan al mercado, apuntan a un futuro en el que la humanidad tendrá control sobre la memoria, y podrá vencer la demencia y el trastorno de estrés postraumático (TEPT), e incluso mejorar el funcionamiento saludable de la memoria.

El interés en este campo ya se ha extendido. La rama de investigación del Departamento de Defensa de Estados Unidos, (DARPA, por sus siglas en inglés) ha invertido 80 millones de dólares para desarrollar una prótesis de memoria inalámbrica para ayudar a las personas que sufren pérdida de memoria como resultado de un traumatismo cerebral, una condición cada vez más común entre el personal militar. Y una nueva compañía, Kernel, contrató a un científico destacado para colaborar en el desarrollo de un dispositivo de memoria prostética de uso comercial, con la visión de que un día este tipo de tecnología esté ampliamente disponible, partiendo de un futuro en el cual los chips de memoria de silicio no sólo se ofrezcan como tratamientos médicos sino como mejoras cognitivas por encargo.

En la medida en que se desarrollan estas tecnologías, se originan muchas preguntas técnicas y éticas: ¿Cómo funcionarán estos dispositivos y quién debería tener acceso a ellos? ¿Puede una persona tener una memoria editada y un yo "real"? ¿Qué sucede cuando los recuerdos humanos son mediados por las máquinas? Para encontrar las respuestas, me dispuse a hablar con dos de los hombres que encabezan estos avances: Steve Ramírez, un neurocientífico de Harvard que ha implantado con éxito falsos recuerdos en ratones; y Bryan Johnson, el barón de la tecnología dueño de Kernel. Al conversar con ellos, encontré que las perspectivas del laboratorio y de la compañía tecnológica divergían en muchos de estos puntos, lo que plantea otra pregunta más inquietante: conforme la memoria humana pase de ser un misterio intratable a algo que pueda manipularse, ¿quién decidirá cómo funciona?

Steve Ramírez, cuyo equipo implantó con éxito recuerdos falsos en ratones.

En el primer año de su programa de doctorado en neurociencia en el MIT, Ramírez terminó una relación amorosa. Mientras comía helado y escuchaba a Taylor Swift, se puso a pensar en cómo los recuerdos felices de una antigua pareja se volvieron negativos de un día para otro. Sabía que el sentimiento de tristeza —el componente emocional de la memoria— y la información sobre la persona —los contenidos estrictos de la memoria— provenían de diferentes partes del cerebro. Y entonces se preguntó, ¿Qué pasaría si pudiera separarlos?

"No es que haya inventado estos experimentos basándome en esta experiencia", me dijo Ramírez cuando lo visité en su nueva oficina en Harvard, justo al lado del Río Charles. Pero fue una experiencia formativa pensar en los diferentes componentes que constituyen un recuerdo y cómo el tono emocional de los recuerdos puede cambiar con el tiempo. "Imaginen un recuerdo como un dibujo en un libro para colorear", dijo Ramírez, "y las emociones son como los colores en ese recuerdo en particular. Y están casi inextricablemente unidos".

"¿Podemos ver la memoria no sólo como este fenómeno cognitivo, sino como un antidepresivo o ansiolítico potencial? ¿O podemos considerar la manipulación de la memoria como una terapia para padecimientos como el TEPT?", preguntó Steve Ramírez.

Para Ramírez y su último compañero de investigación, Xu Liu, el primer paso para trabajar con estos diferentes elementos de la memoria sería encontrar las ubicaciones físicas de los propios recuerdos. "Esta idea ha estado en el campo durante mucho tiempo", continuó Ramírez, "la idea de que la memoria deja un implante, un cambio físico. Algunas veces lo llaman huella". Pero Ramírez y Liu fueron los primeros en localizar la "huella" y activar un recuerdo desde el interior de los cerebros de los ratones. El proceso que estaban tratando de replicar ocurre naturalmente todo el tiempo; algunos estímulos desencadenan una cascada de recuerdos y asociaciones. "Si sales a la calle y pasas por una panadería, podrías oler un pastel que te recuerde tu 18o cumpleaños", me dijo Ramírez. "Queríamos hacer eso desde el interior del cerebro".

En lugar de pasteles, Ramírez y Liu utilizaron láseres. Comenzaron con un ratón y utilizaron un virus genéticamente modificado para "engañar" a las células cerebrales asociadas con la formación de la memoria a que fueran sensibles a la luz en determinados momentos. Luego, después de hacerlas fotosensibles, le dieron al ratón una ligera descarga eléctrica en la pata, de modo que codificara una memoria de ese evento. Después le dispararon un láser en el hipocampo, el área cerebral en forma de nuez de la india que es central para la codificación de la memoria. Ramírez y Liu teorizaron que la luz del láser activaría sólo el conjunto de células sensibles a la luz asociadas con la memoria de la descarga en la pata y activaría un recuerdo.

Funcionó. Cuando Ramírez disparó los láseres al hipocampo del ratón, el animal exhibió un comportamiento clásico de miedo, como lo haría si recordara o reviviera el recuerdo de la descarga.

Un año más tarde, Ramírez y Liu comenzaron a trabajar en lo que llamaron Project Inception, con el objetivo implantar recuerdos falsos en ratones. Para hacer esto, colocaron a un ratón en una caja y le administraron una descarga en la pata provocándole miedo. Al mismo tiempo, activaron por láser el recuerdo neutro de una caja en la que el ratón había estado antes. Al día siguiente, el ratón tenía miedo de la caja del recuerdo neutro. En realidad no había recibido una descarga allí, pero tenía la falsa impresión de que había ocurrido.

El láser que Ramírez y su equipo utilizaron para activar recuerdos en ratones puede verse proyectado en la pared debajo de Michael Jackson.

La primera vez que Ramírez vio a los ratones manifestar esta respuesta era la víspera de Navidad de 2012. "Mis padres estaban afuera esperándome para ir a la cena de Navidad", recuerda. "Había pocas personas en el laboratorio —la ciencia nunca descansa— pero recuerdo estar en solo en la habitación y pensar: Es el mejor regalo de Navidad de la historia. Es increíble".

Esta implantación fue sólo el comienzo de la forma en que el laboratorio de Ramírez está tratando de alterar los recuerdos de los ratones. Recientemente tuiteó sobre algunos hallazgos preliminares que, a pesar de que aún no han sido revisados por colegas, apuntan a la capacidad de cambiar el miedo asociado con los recuerdos traumáticos.

En los ratones que tienen el recuerdo de la descarga en su pata, el miedo asociado con ese recuerdo puede subir o bajar de intensidad al traerlo de vuelta mediante el uso del láser y aplicándolo en diferentes puntos del hipocampo. Cuando activaron el recuerdo del miedo en una parte del hipocampo, los ratones se sintieron más molestos. Pero se sorprendieron al descubrir que la activación del mismo recuerdo con una posición distinta del láser hacía que éste fuera menos aterrador. "Encontramos una memoria aversiva en la parte superior del hipocampo, y luego la reactivamos una y otra vez. Entonces, cuando pusimos a este animal en un ambiente que le debería provocar miedo, ya no estaba asustado".

Mientras conversábamos en su oficina, Ramírez comparó este hallazgo con su ruptura. Después de separarse de su novia en su café favorito, dijo que el lugar le produjo un recuerdo doloroso, a pesar de que le gustaba por sus sándwiches de mantequilla de cacahuate, miel y plátano. Pero siguió yendo al café una y otra vez, y con el tiempo, el dolor asociado se desvaneció. Reactivar la memoria del miedo del ratón de esta manera, dijo, era similar a sus repetidas visitas al café. No está tan lejos de la lógica de la terapia de exposición, en la que los pacientes confrontan los objetos de sus fobias en circunstancias seguras hasta que el miedo se desvanece, excepto que esos resultados se alcanzan con tiempo y comportamiento en lugar de láseres.

En el futuro inmediato, Ramírez planea seguir trabajando en experimentos con animales y comenzar a aplicar estas técnicas de manipulación de la memoria como tratamientos para los tras- tornos psiquiátricos. Su objetivo es trabajar primero con análogos animales y luego con humanos (para ese punto, dijo, el tratamiento no necesariamente implicaría láseres). En el TEPT, por ejemplo, "Podemos rechazar la respuesta negativa emocional asociada con una experiencia traumática", aclaró. En última instancia, Ramírez pretende cambiar la forma en que pensamos sobre la memoria. "¿Podemos ver la memoria no sólo como este fenómeno cognitivo, sino como un antidepresivo o ansiolítico potencial? ¿O podemos considerar la manipulación de la memoria como una terapia para padecimientos como el TEPT?", se cuestionó. Por supuesto, la transición de los cerebros de los animales a los seres humanos es significativo. "Si somos Lamborghinis, entonces los cerebros de los animales son triciclos", dijo, "pero todavía hay un terreno común en términos de cómo giran las ruedas y cómo se conducen y otras cosas". Ramírez aseguró que "en la medida en que podamos hacer esto con animales, será algo que pueda manejarse".

El neurocientífico entendió cómo este tipo de investigación puede parecer potencialmente siniestro. Si bien podría utilizarse para crear recuerdos aterradores en escenarios como la tortura o la terapia de conversión, dijo que "podemos hacer lo mismo para activar los recuerdos positivos y actualizar el contenido de un recuerdo neutral con estímulos positivos. Puede funcionar en ambas direcciones". Ramírez agregó, "Esto siempre plantea la pregunta, ¿qué pasa si se le da un mal uso? El ejemplo que me gusta citar es el agua: es lo más nutritivo que podemos imaginar, sin ella morimos. No obstante, se usa para el submarino (técnica de ahogamiento). Todo puede usarse para el bien y para el mal".

El aparato de Ramírez para realizar cirugía cerebral para implantar fibras ópticas en ratones.

No son necesarios unos ojos azules brillantes y una mirada inquietante para dirigir la compañía tecnológica que quiere revolucionar el cerebro humano, pero probablemente ayuda. Tal es el semblante de Bryan Johnson, el fundador y director ejecutivo de Kernel, una empresa recién establecida que se considera a sí misma como "una compañía de Inteligencia Humana (IH)".

Las oficinas de Kernel en el barrio de Los Ángeles conocido como Silicon Beach se parece a una empresa de internet están- dar. Tipos blancos en jeans, sudaderas y tenis deportivos en una oficina abierta y varios escritorios para estar de pie y sentados. El sol brillante de L.A. llega por ventanas y tragaluces hasta el área común, donde la mesa de café tiene un teléfono manos libres de alta gama y la escultura de un cráneo, y las pizarras blancas ofrecen frases que mezclan ciencia y negocios, como "Capitalismo-Ley de Moore", garabateadas en plumón. Pero Kernel no es una empresa tecnológica común y corriente. Su humilde objetivo es desarrollar productos que combinen la inteligencia humana y la artificial, para hacer que la humanidad mejore su función cognitiva y, en última instancia, dirija su propia evolución como especie.

Johnson, que hizo su fortuna al fundar y luego vender una compañía de pagos en línea a PayPal por 800 millones de dólares, ha invertido 100 millones de su propio dinero en Kernel. El objetivo es recaudar un total de mil millones de dólares y lanzar cuatro productos de inteligencia humana al mercado en los próximos diez o quince años. También invirtió 100 millones en OS Fund, un fondo de capital de riesgo diseñado para "reescribir los sistemas operativos de la vida", que invierte en compañías biotecnológicas que trabajan con aspectos como la genética y la longevidad, los fundamentos de los sistemas biológicos. Aunque Johnson no se considera a sí mismo un transhumanista, como Peter Thiel y Ray Kurzweil, su objetivo fundamental es muy cercano: permitir que la inteligencia humana coevolucione y se mantenga al día con la inteligencia de las máquinas.

Una de las áreas centrales del trabajo de Kernel, junto con la función motora, el aprendizaje y algunas otras áreas de las que Johnson dijo que aún no estaba listo para hablar, es la memoria. El director científico de Kernel, Theodore Berger, profesor de ingeniería biomédica y neurociencia en la USC, está trabajando en una prótesis de memoria que podría ayudar a los pacientes que tienen problemas para formar recuerdos a largo plazo. Cuando Johnson y Berger se conocieron, Johnson dijo: "Perdimos la noción del tiempo". Ambos tenían una visión compartida. "Berger ve lo mismo que yo", explicó Johnson, "la programabilidad potencial del código neural; trabajar con nuestro código neural para lograr ciertos resultados". (Hay superposiciones en el lenguaje que se usan para hablar de los cerebros y las computadoras —"los circuitos" y "el cableado" son comunes en ambas esferas—, pero describir explícitamente la actividad neuronal como código es inusitado, lo cual es un indicio de la mentalidad enfocada en Silicon Valley de la firma).

Las personas que han perdido la capacidad de crear nuevos recuerdos a largo plazo, ya sea por demencia, derrame cerebral, envejecimiento o epilepsia, sufren de daños o un mal funcionamiento del hipocampo, el cual convierte la memoria a corto plazo en memoria a largo plazo y envía los recuerdos a largo plazo a otras partes del cerebro para su almacenamiento (es la misma zona del cerebro a la que Ramírez disparó con un láser durante su investigación). Las representaciones de los recuerdos en el cerebro existen como algo parecido al código Morse. Berger los llama: códigos del espacio-tiempo: una semejanza que Berger ilustró con una serie de bips rítmicos durante nuestra llamada en una sala de conferencias en lo más alto de las oficinas de Kernel.

Ese código, dice Berger, se ve de una forma cuando entra en el hipocampo de los sistemas sensoriales: la audición, el tacto y la vista, y se ve de otra cuando fluye fuera del hipocampo para su almacenamiento a largo plazo. Con esto en mente, Berger creó modelos matemáticos que imitan esta transformación, incluso sin entender por qué ocurre. "Es como tratar de identificar las reglas para traducir del ruso al chino, cuando no sabes ninguno de los idiomas", explicó Berger.

En experimentos con animales, Berger ha sido capaz de recrear el procesamiento de estos códigos de memoria en ratas y monos a través de un implante que ejecuta su algoritmo y actúa como una especie de hipocampo prostético.

Para probar el dispositivo, Berger se lo implantó ratas y monos cuyo hipocampo había sido inhabilitado. Las ratas fueron entrenadas para tirar una serie de palancas para recibir una recompensa; los monos realizaron tareas más complicadas relacionadas con la memoria mediante el uso de una pantalla de computadora. Aunque ambas especies fueron incapaces de formar recuerdos a largo plazo naturalmente, las ratas que fueron colocadas más tarde frente a las mismas palancas volvieron a tirar de ellas en la secuencia correcta, como si hubieran grabado el recuerdo de forma natural. Los monos tuvieron un comportamiento parecido y confiaron en los recuerdos procesados por el dispositivo.

En las presentaciones de los últimos años, Berger, que terminó su doctorado en Harvard en 1976, con frecuencia ha dicho que no puede creer que la investigación haya progresado con tanto éxito gracias a los experimentos con ratas y monos. La complejidad aumenta con cada peldaño en la escalera de especies. "Son más grandes, más complejos, como es de esperarse, así que la aplicación del modelo se hizo más difícil", contó. Desde entonces, Wired anunció que los experimentos humanos siguen en curso.

"Hace mucho tiempo me dijeron que estaba loco", dijo Berger a la MIT Technology Review en 2013. Johnson me dijo que el tipo de escepticismo que Berger ha enfrentado es común entre sus colegas, que han visto cuánto tiempo tarda en crecer nuestro entendimiento del cerebro; "es apropiadamente prudente", dijo. Pero su punto de vista es diferente. Como alguien nuevo en el campo de la ciencia neural, que llega como un empresario en lugar de hacerlo como un investigador, Johnson dijo que tiene "un nivel de optimismo que los demás no poseen. No me estoy engañando [acerca de la dificultad]. Creo que es factible y debemos hacerlo".

En su blog, en un post sobre su primer viaje al Burning Man, Johnson escribió que estaba preocupado de que fuera "demasiado conservador y cuadrado" para disfrutar del festival desértico de la manera en que los otros lo hacían. Y si bien podría ser más puritano que la mayoría de los asistentes, ese conservadurismo en el estilo personal no se extiende a sus ideas radicales de negocio. Quiere mejorar la inteligencia humana para asegurar que las máquinas que hemos construido no nos dejen atrás. "Pienso en la velocidad del desarrollo de la inteligencia artificial y en el de la inteligencia humana, y no me gusta la diferencia". Según Johnson, no es un alarmista de la IA; no le preocupa que las máquinas vengan por nosotros. Pero cree que la mejora de la inteligencia humana debe ser una prioridad global. En lugar de usar nuestros cerebros obsoletos para crear nuevas herramientas, quiere actualizar el propio cerebro.

El microscopio que usan Ramírez y su equipo cuando implantan quirúrgicamente fibra óptica en los cerebros de los ratones.

Tanto Johnson como Ramírez hablaron sobre quién debería obtener la tecnología del aumento o edición de la memoria, pero no se pusieron de acuerdo. "Si esto adquiere importancia", dijo Ramírez, "idealmente se quedará en el ámbito de la medicina, en el contexto de los trastornos del cerebro. Si eres un buen psiquiatra, no le das Prozac a toda la población de Massachusetts, sólo a la gente que en verdad está deprimida". La misma lógica debería mantenerse, cree Ramírez, para cualquier tecnología de edición de la memoria que su investigación pueda descubrir. Si bien puede ser apropiada para aquellos que sufren del TEPT o ciertos trastornos psicológicos, "no se la recetarías a alguien que no puede superar el fin de una relación amorosa".

Johnson llegó a una conclusión diferente. Aunque sabe que la tecnología comenzará como un remedio terapéutico para personas con déficits cognitivos, espera que eventualmente vaya más allá. "Mi objetivo con Kernel es proporcionar esto a miles de millones de personas", señala. En última instancia, espera que los dispositivos, como la prótesis de memoria que Berger está desarrollando, estén disponibles para cualquier persona que desee una mejora mental. Aunque su objetivo está lejos de conseguirse —la idea de lanzar tal dispositivo al mercado incluso en diez años parece optimista, a lo sumo—, su comportamiento está muy distante del de un soñador. Johnson expresa sus planes e ideas con precisión rigurosamente analítica. "Ya hay formas de mejora cognitiva de baja resolución", comenta. "Si alguien mete a su hijo a una escuela privada en vez de a un sistema escolar con pocos recursos, es una forma de mejora cognitiva. Un tutor privado es una forma de mejora cognitiva". Para Johnson, enriquecer la mente a través del uso de la tecnología en lugar de la educación es una diferencia de grado y no de tipo.

Y cree que otros estarán de acuerdo con este punto de vista. "Si imaginas un escenario en el que yo tengo mejoras y tú no", dijo, "o si mi hijo tiene alguna mejora y el tuyo no, eso sería intolerable". La idea de que la gente se implante maquinaria en sus cerebros suena extraña, hasta que piensas en cómo las masas toman Adderall para aumentar su productividad, Xanax para calmar su ansiedad, y usan crucigramas, Sudoku o cualquier otra aplicación en sus teléfonos para prevenir la llegada de la neblina mental de la senilidad.

El padrastro de Johnson tiene síntomas de Alzheimer, y ver su declive —como dice Johnson, "verlo perder su humanidad"— ha inspirado su trabajo con Kernel. A pesar del malestar que podrías sentir por la posibilidad de una memoria mediada por la tecnología, es difícil argumentar en contra el desarrollo de tales tecnologías para el tratamiento de enfermedades mortíferas.

Hace más de diez años, cuando la idea de la mejora de la memoria era un sueño todavía más lejano, que parpadeaba débil- mente como una posibilidad en algunas moscas de la fruta que habían sido alteradas para tener recuerdos fotográficos, el filósofo y autor Michael Sandel escribió "The Case Against Perfection" en The Atlantic. Según señaló Johnson, en la ética de la memoria mejorada existe "la preocupación por el acceso", las diferencias de clases que podrían surgir como resultado de tales ventajas cognitivas extremas. Pero lo que le molestó de esa idea fue algo más elemental: "¿Es preocupante el escenario porque a la gente pobre, que no puede mejorarse, se les negarían los beneficios de la bioingeniería, o porque aquellos que pueden costear esas mejoras perderían de alguna manera su humanidad?", preguntó. Imaginen poder desplazarse por sus recuerdos como por sus perfiles de Instagram, estilo Black Mirror, para recordar perfectamente todo lo que han aprendido, para acceder de inmediato a cada sección de sus historias de vida en lugar de buscar torpemente en una niebla espesa de rostros no del todo memorizados, enfatizados sólo por la claridad aguda de los momentos importantes. Serías eficiente, perspicaz, iluminado. ¿Serías humano?

Bryan Johnson, fundador y director ejecutivo de Kernel, una compañía que trabaja para producir un implante para mejorar la memoria humana y otras funciones cerebrales. Foto de Sergiy Barchuk.

En febrero de 1975, cerca de 140 científicos, así como filósofos, periodistas y abogados, se reunieron en un centro de conferencias en Asilomar State Beach, California. Estaban allí para idear un conjunto de pautas para una nueva tecnología: experimentos con ADN recombinante. La conferencia fue organizada por Paul Berg, un biólogo molecular que decidió posponer su trabajo gracias a la preocupación de sus compañeros de un posible brote cancerígeno causado por la propagación de un virus empalmado genéticamente con E. coli.

En 1975, la población general no estaba familiarizada con el concepto del empalme genético; el término "ingeniería genética" apenas se había introducido en los años 50, no en un artículo científico, sino en una novela de ciencia ficción. Los experimentos de Berg y otros intentos contemporáneos de manipular el ADN fueron una ciencia de vanguardia, de la misma manera en que la investigación sobre la memoria de Ramírez y Berger lo es en la actualidad. Para los profesionales fue claro que estaban al borde de un descubrimiento que iba a revolucionar su campo. Sin embargo, un tema que no se definió fue cómo podían explorarlo sin riesgos para "los trabajadores de los laboratorios, el público general y las especies animales y vegetales que comparten nuestros ecosistemas". Entonces se reunieron para tratar de averiguarlo. Las conversaciones fueron apasionadas. Berg escribió más tarde que hubo "debates acalorados durante los descansos, en las horas de comida y los tragos, y hasta en la madrugada". Estas conversaciones produjeron un matizado conjunto de pautas que prescribían diferentes niveles de precaución y contención para diversos tipos de experimentos, y generaron una discusión pública que permitió que las regulaciones y normas sociales sobre la manipulación genética se desarrollaran a la par de las propias tecnologías.

La Conferencia de Asilomar y el debate posterior sobre genética se basaron en el principio de precaución: la idea de que cuando se introduce un producto o tecnología que pone en juego la salud de los seres humanos o del medio ambiente, la carga de la prueba de que es un concepto seguro recae en sus defensores. Es una versión larga de "empieza por no hacer daño", una ética que da prioridad a la seguridad por encima de la velocidad. Es la filosofía de los médicos y ambientalistas, no de los inversionistas de riesgo.

Es probable que, en la medida en que la tecnología para la mejora de la memoria se desarrolle gradualmente, nos aclimatemos a ella, como lo hicimos con los desarrollos incrementales en la genética. Hace 20 años los titulares comparaban a la oveja Dolly con el monstruo de Frankenstein; hoy aceptamos con tranquilidad que se envíen por correo kits de ADN de ascendencia y delicadas discusiones sobre epigenética. Pero se necesitan ciertos ajustes para que estos avances prosigan de una manera justa y segura. En 2008, Berg escribió un ensayo en Nature, en el que recordó la Conferencia de Asilomar y la forma en que se lograron sentar las bases para décadas de investigación segura y productiva en el campo de la genética. Se preguntó si otra reunión similar de acuerdos ayudaría a resolver los nuevos problemas de la ingeniería genética. Sorprendentemente concluyó que no. Y no por las diferencias en la tecnología en sí, sino por los entornos en los que los científicos estaban trabajando. En Asilomar, en la década de 1970, la mayoría de los científicos provenían de instituciones financiadas con fondos públicos. Estaban preocupados de que, a medida que la ciencia se privatizara cada vez más, el interés económico se interpondría ante discusiones honestas sobre los riesgos y beneficios asociados con las diferentes áreas de investigación.

Es escalofriante que alguien que activamente dirige la investigación biológica diga que la conclusión de un debate de décadas sobre la ingeniería genética sea que Estados Unidos fue demasiado cauteloso

Tanto Ramírez como Johnson plantearon una semejanza entre la tecnología de la memoria y la ingeniería genética. "El Proyecto del Genoma Humano tardó años en secuenciarse, pero para entonces había suficiente legislación para que el mundo no se convirtiera en Gattaca", explica Ramírez. "Lo mismo ocurre aquí. Tenemos esta conversación décadas antes de que estas cosas sean posibles, para que el mundo esté preparado".

Johnson también encuentra un paralelismo con la genética, pero llega a una conclusión diferente; quizás Estados Unidos tomó una posición demasiado conservadora sobre esa tecnología. "Cuando nos dimos cuenta de que podíamos modificar los códigos genéticos y potencialmente crear bebés diseñados, tuvimos una gran discusión como sociedad. ¿Es esto algo que queremos hacer? En Estados Unidos dijimos, No está alineado con nuestros valores. Por otro lado, China dijo, Interesante..."

Mencionó esto apenas una semana después de que se anunciara que los científicos en la Universidad de Sichuan habían utilizado la tecnología CRISPR para la edición genética, con el fin de tratar el cáncer de un paciente humano al inyectarlo con los glóbulos blancos modificados. En diciembre de 2015, una coalición internacional de científicos había pedido un aplazamiento voluntario para usar CRISPR de manera tal que pudiera causar cambios genéticos transmisibles a los hijos de los pacientes hasta que los riesgos se entiendan mejor, pero los científicos chinos no firmaron la moratoria, así que se adelantaron y usaron esta tecnología. Es cierto que si en otro país existiera un tratamiento para el cáncer que los estadounidenses no quisieron desarrollar por arrogancia, sería —usando el lenguaje de Johnson— intolerable. Al mismo tiempo, es escalofriante que alguien, que activamente dirige la investigación biológica, diga que la conclusión de un debate de décadas sobre la ingeniería genética sea que Estados Unidos fue demasiado cauteloso. Y tan complejo como es el genoma, el cerebro lo es más; sus 86 mil millones de neuronas se bifurcan y mandan señales de maneras que apenas estamos empezando a entender. Al manipular un sistema gigantesco que dirige todo, desde la dilatación del ojo hasta el intelecto, la cautela parece la única manera de proceder.

La fuente láser para los experimentos de memoria de Ramírez.

Johnson cree que la inteligencia humana surgirá como "uno de los mercados más grandes de la historia. Estamos lidiando con nuestra propia capacidad de aprender, y con la memoria, y con nuestra propia evolución y comunicación. Será un mercado muy grande. El contraste al optimismo de Johnson es que, dada la complejidad del cerebro y las primeras etapas de la investigación, será difícil alcanzar el tipo de súper memoria que Johnson describe, cuando menos. Además, no podemos decir con certeza qué efectos a largo plazo producirán en el cerebro las tecnologías para mejorar la memoria, lo que puede poner en duda la idea de que esta tecnología sea un bien garantizado y absoluto. A medida que estas tecnologías se desarrollen, será crucial tener un diálogo completo y honesto sobre los beneficios y los riesgos; un diálogo que, como señaló Berg, sólo es posible cuando los científicos pueden hablar abiertamente sobre su trabajo y sus repercusiones sin poner en peligro su financiación.

A medida que avances como el chip de memoria de silicio y la edición de recuerdos con láser pasen de la ciencia ficción a la realidad, la sociedad tendrá que decidir cómo utilizarlos y manejarlos. Lo que se necesita es la realización de una versión moderna de la Conferencia de Asilomar, en la que científicos, médicos clínicos, empresarios y especialistas en ética compartan y dialoguen sobre los riesgos y beneficios de estas nuevas tecnologías. Pero en el ambiente de investigación corporativizado de hoy en día, es muy improbable que eso suceda.

(Foto principal: Cajas utilizadas para medir el comportamiento de los animales durante los experimentos de implantación y alteración de recuerdos).