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Historias trágicas de muertes de mascotas

"Nunca había visto a mi padre y a mi hermano llorar así, fue demasiado triste".

por Diego Urdaneta
29 Marzo 2017, 1:23am

A mis nueve años, mis padres tomaron una de las decisiones más importantes de mi infancia. Me dijeron que si me iba bien en mi torneo de karate, me llevarían a adoptar un perrito. La emoción que sentí al oír las palabras "adoptar un perrito" fue inigualable y hasta hoy es uno de los recuerdos más felices de mi infancia.

Tuve a mi perro por dieciséis años y fue mi compañero fiel. Cuando estaba triste, cuando estaba feliz, o cuando simplemente no quería hacer nada, mi perro siempre me acompañaba. Lo nombré Ronny, por el futbolista brasileño Ronaldo.

Ronny murió por causas naturales hace un año. Ya era un perrito viejo y había comenzado a tener fallas respiratorias. Ese día que lo encontramos en casa sin poder respirar y llorando por el dolor fue uno de los días más tristes de mi vida. De hecho, al momento de escribir estas líneas todavía me cuesta trabajo revivir esos momentos.

Perder una mascota es muy trágico, ya que de alguna manera terminan convirtiéndose en uno más de la familia. Contacté a algunas personas que sé que han pasado por situaciones similares para que me contaran sobre su experiencia.

Dalton, tumor en el hocico

Dalton tuvo un tumor por dos años. Le apareció justo en el hocico, hasta tenía la cara deforme. Se lo quitaron con una operación y le salió otro mucho más grande que le agarró hasta los huesos. Cuando le salió el tumor más grande, le cubría la cara de tal forma que tenía un ojo cerrado, pero él nunca se quejó y siempre estuvo normal y feliz; nunca vimos que le doliera o algo así.

Un tiempo más tarde, le empezó a crecer por dentro el tumor y no podía hacer sus necesidades. Lloraba, se quejaba, ya no era el mismo y no podía hacer casi nada. Lo tuvieron que inyectar tres veces. Él no se quería morir. Incluso la veterinaria que lo inyectó empezó a llorar a la tercera inyección; dijo que no había visto un perro que resistiera tres inyecciones de este tipo.

Lloré muchísimo. Luego tuve otro perro, pero no era la misma personalidad de Dalton. Dalton era mucho más chingón y alerta, entonces por esto no tuve más mascotas.

—Devlin, 25 años.

Úrsula, neumonía

Viví por un tiempo en Malasia, un lugar mágico al cual quisiera volver pronto. Decidí ir a un refugio cercano de animales con mi compañera de cuarto para adoptar alguno. Cuando fuimos al refugio nos dimos cuenta que había todo tipo de animales exóticos, no solamente perros y gatos. Había cangrejitos, peces globo, arañas y sólo una serpiente. Nos dio curiosidad la serpiente; era hermosa y según los que atendían el refugio muy cariñosa.

Nos invitaron a tocarla y a que nos la colocáramos sobre nuestros hombros, para así perder el miedo que podíamos tenerle. Lo hicimos, nos pareció muy chido y decidimos adoptarla.


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Jamás nos imaginamos lo difícil que es mantener a una serpiente. Hay muchísimos cuidados, sobre todo con la alimentación. Cuando la alimentábamos, teníamos que dejarla descansar dos o tres días para que hiciera su digestión. Esto lo aprendimos por experiencia, ya que en una oportunidad empezamos a jugar con ella después de alimentarla y vomitó al ratón que se había comido. Fue muy desagradable esa experiencia.

Desafortunadamente hubo una peor, que fue cuando Úrsula se empezó a enfermar. La empezamos a observar un poco rara: levantaba la parte anterior de su cuerpo colocándola vertical. La boca la mantenía bien abierta y tenía su tronco muy hinchado. La situación se nos salió de las manos y cuando decidimos ir al veterinario era muy tarde. Úrsula estaba sufriendo mucho y tenía los pulmones hinchados; sufría de neumonía. El veterinario recomendó que la dejáramos allí y que ellos se encargaban de ella.

Hasta el día de hoy me siento un poco culpable, ya que solo quisimos tener a Úrsula porque nos parecía un animal exótico. La verdad es que no contábamos con que también sus cuidados iban a ser exóticos.

—María, 24 años.

Agatha, paro respiratorio

Mi gata siempre fue muy cariñosa. Podías jugar con ella de cualquier manera y jamás te iba a rasguñar. Nació con problemas: cada cierto tiempo convulsionaba y esto era bastante terrible de presenciar. Jadeaba, se trataba de dar golpes con las paredes —yo tenía que estar presente para que esto no sucediera—, y temblaba de una forma bastante fuerte.

Esto, según el veterinario, la iba a deteriorar paulatinamente a medida que fuera creciendo. Nos recomendó que le diéramos mucho amor y que nunca le faltaran las comidas, para que las convulsiones sucedieran lo menos posible. Un veinticuatro de diciembre, ya con quince años de vida, empezamos a verla con problemas para respirar; estaba haciendo sonidos muy raros y estaba tratando de llamar nuestra atención. 

Decidimos llevarla al veterinario. Apenas la cargamos y montamos en el coche, Agatha empezó a vomitar sangre sobre mis piernas. Recuerdo que trataba de mantenerla en una posición en la que no se fuese a ahogar con su propia lengua, mientras colocaba mi mano en su corazón para sentir sus latidos.

Ya llegando, dejé de sentir su corazón latir y temí lo peor. Afortunadamente apenas entramos al hospital con ella, los veterinarios lograron estabilizarla. Me comentaron que nunca habían visto a una gata de esa edad sobrevivir a ese tipo de shock. Se recuperó en cinco horas, la vistieron de navidad, y nos recetaron un medicamento para el corazón.


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Los veterinarios nos dijeron que su corazón estaba muy débil y que probablemente no le quedaba mucho tiempo de vida. Nos dieron medicamento suficiente para tres semanas y Agatha mejoró increíblemente; volvió a ser la misma gatita juguetona y alegre que siempre había sido. Pensamos que todo estaba bien, se terminó su medicamento y todo iba normal. Hasta que un mes después volvió a tener problemas para respirar, y esta vez vomitó mayor cantidad de sangre.  

Corrimos hacia el coche con ella en brazos, pero se empezó a descomponer, ya mucho peor que la última vez. A medio camino, su corazón dejó de latir. Recuerdo que mi papá apretó el acelerador desesperado para poder llegar, pero no se salvó.

Agatha llegó muerta a emergencias. Trataron de reavivarla pero ya su corazón no dio para más. Nunca había visto a mi padre y a mi hermano llorar así, fue demasiado triste.

—Adrián, 30 años.

Chispita, atropellada por un auto

Adoptamos a Chispita porque era la única perra blanca en una manada de siete perritos negros. Nos pareció ideal y nos la llevamos cuando yo sólo tenía ocho años. Con ella viví todo lo que un primer perrito le da a un niño: alegría, compañía, amor, etcétera. La época en la que crecí junto a ella, fue la más feliz de mi vida, y me enseñó a cuidar a otro ser vivo de una manera muy valiosa.

Salía muy poco de la casa. No le gustaba mucho porque prefería quedarse corriendo adentro y subiéndose a las camas. Era una perrita muy casera; sólo la sacamos de viaje una vez y la verdad no era porque no quisiéramos, sino porque no le gustaba mucho salir de casa. Incluso cuando llegaban visitas a la casa, ella ladraba toda la noche y se ponía muy nerviosa. Al parecer no sabía cómo comportarse con gente que no conociera o en situaciones extrañas.

Un día, luego de llevarla al veterinario para que le hicieran un corte de pelo, a mi papá se le escapó de las manos e inexplicablemente empezó a correr por toda la avenida. Chispita se paró en mitad de la calle por un momento y luego siguió corriendo. Mi papá no pudo alcanzarla y un auto que iba a una velocidad considerable se la llevó por delante. Cuando mi papá me llamó con la voz llorosa contándome lo que había sucedido, pensé que era una broma, pero cuando llegué al lugar donde quedaba el veterinario vi lo que había pasado.

Fue una escena terrible. No dejamos ir a mi mamá para que no la viera muerta y con el cuerpo destrozado. Era una perrita que no conocía mucho la calle ni la sensación de estar fuera de casa; quizás no supo comportarse y de la emoción empezó a correr. El conductor no tuvo la culpa; Chispita se atravesó en medio de la avenida. La incineramos y los restos lo guardamos en una cajita en mi casa por mucho tiempo.

—René, 27 años.

Tutsie, hernia

De pequeño tuve varias mascotas en distintos momentos: pericos, pollos, hámsters, peces, tortugas y hasta una perrita. Desafortunadamente, todas y cada una de las mascotas murieron. Fue una mezcla de mala suerte y desinterés lo que acabó con estos pobres animales. Recuerdo que mi padre —a quien no le gustaban los roedores— dejó libre a un hámster en un camellón de la colonia, las tortugas que teníamos se perdieron en el jardín de la casa de mis abuelos en Cuernavaca, y los peces aparecieron un día afuera de su pecera, asfixiados. Aún no nos explicamos cómo los peces lograron salirse.


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El caso más triste fue el de mi perrita, Tutsie —una mezcla de maltés y perro callejero—, ya que mis padres la regalaron a unos amigos después de un par de meses de tenerla, porque mi hermano y yo no le prestábamos la atención suficiente y no nos hacíamos cargo de ella. Recuerdo haberle tomado fotos, pero cuando nos las entregaron estaban veladas (sí, en la época donde aún abundaban las tiendas de revelado), así que hoy en día sólo recuerdo vagamente ciertos rasgos del animal. Unos meses después los amigos de mis padres nos informaron que la perrita había muerto a causa de una complicación por una hernia. Descansa en paz Tutsie.

—Álvaro, 30 años.
***Lamentablemente Álvaro no pudo conseguir una foto de Tutsie, así que usamos una de referencia de su misma raza.

Coquito, epilepsia

Siempre que iba a casa de mi abuela, una de las cosas que más disfrutaba era jugar con su loro. Incluso pasaba más tiempo en frente de la jaula molestándolo que con mi familia. Mi mamá, al ver eso, me sorprendió a los días regalándome un loro. Era medio verde con sombras azules y, con el sol, parecía un loro bien exótico. Lo nombré Coquito porque me recordaba a cuando iba a la playa con mis papás y me compraba un helado de coco con colores muy parecidos a los suyos.

Pasaba todos los días después de la escuela jugando con Coquito o dándole comida. Incluso luego aprendí a sacarlo de su jaula sin que me atacara o se escapara. Repetía como loco la palabra "almuerzo", ya que mi mamá siempre gritaba esto cuando la comida estaba lista.

Como a los seis meses Coquito empezó a mostrarse muy alterado. Revoloteaba por la jaula de una manera bastante agresiva para luego quedar como en shock o paralizado. Esto le hacía casi imposible saltar y volar. La situación se repitió varias veces, hasta que me decidí llevar a Coquito al veterinario para saber qué le estaba pasando. El veterinario me dijo que Coquito tenía epilepsia, y que esto era una enfermedad incurable, que tenía que estar muy pendiente de él para que no se diera un mal golpe en la cabeza.

Luego de esta consulta mis miedos en torno a la salud de Coquito se tornaron mayores. Tenía la idea de que en cualquier oportunidad que yo llegara de la escuela iba a encontrarlo paralizado o muerto en su jaula. Unas semanas después de esta consulta, mi miedo más grande se hizo realidad. Llegué de la escuela y no escuché a Coquito gritar —siempre lo hacía cuando sentía que yo llegaba a casa—. Fui apresurado a su jaula y lo encontré inmóvil, con su comida y su agua sin probar. Le grité a mi mamá y lo llevamos al veterinario, esto no sirvió de nada porque Coquito ya estaba muerto.

Pasé días llorando. Coquito no estuvo mucho tiempo conmigo pero ya se había convertido en parte de la familia. La hora del almuerzo en mi casa no volvió a ser igual por un tiempo.

—Carlos Luis, 25 años.

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