Ilustración: Julián Guzmán | REVISTA VICE

Anfibia

REVISTA | Un cuento de Harold Muñoz.

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10 Octubre 2018, 7:00pm

Ilustración: Julián Guzmán | REVISTA VICE

Artículo publicado por VICE Colombia.

Este artículo hace parte de la última edición de VICE Colombia: UTOPÍA|DISTOPÍA. Pueden encontrar todos sus contenidos por acá.


A Mr. Maloof

Esparcía el contenido de la maleta encima del comedor. Escribía, hacía las tareas entre las ocho y las once de la noche, luego de perder la tarde con los de la unidad. Solo hasta que estaba seguro de que mi mamá estaba durmiendo, sacaba la libreta. A los doce años escribía poemas y cartas de amor que mantenía en secreto; robaba metáforas de la salsa de motel con la que Sonia, la empleada, hacía aseo los sábados. Precisamente estaba componiendo un poema para Michelle, una niña de la unidad, la noche que se cayó Camila. Escribí en la primera línea de una hoja: “Sos como un ángel caído del cielo, Michelle. Como un ángel caído del cielo”. Ya no sé si se trataba de un verso o de una estrofa, el inicio o el final de algo. Recuerdo mi letra huesuda, la pluma torcida del estilógrafo. Alcancé a ver la sombra, el parpadeo de su silueta. Luego escuché el golpe, reconocí el sonido. Camila crujió como la vaina de una semilla de carbonero. Lo sé porque con los de la unidad jugábamos a aplastarlas. En octubre, cuando se secaban y se esparcían por el parqueadero de la unidad, las machacábamos como si estuviéramos pisando cucarachas de agua, lo que me producía un placer que hoy en día solo puedo comparar al de tronarme los dedos.

Me paré, fui a la ventana. No debían ser más de las diez y media de la noche. Entre semana tenía que subir al apartamento a las seis en punto. A Camila, en cambio, como a la mayoría de los de la unidad, la dejaban bajar hasta que se cansara de la calle. Jugaba sola, no la dejábamos juntar con nosotros porque nos parecía rara. Cuando no estaba con el uniforme del colegio se vestía con un short rosado. Lo único que se ponía distinto eran las camisetas de un equipo de natación. Camila es una niña muy descuidada, me explicó mi mamá un día que le exigí que me dejara bajar por más tiempo. ¿Todos los de la unidad son niños descuidados entonces? No sé, pero vos, que sos el que me importa, no. Siempre me pierdo de cosas por entrarme tan temprano, le dije. Mi mamá estaba lavando los platos de la comida, dio por terminada la discusión luego de que dijo: No me interesa lo que hagan los papás de los otros.

Me asomé desde el segundo piso. Camila, desde un ángulo casi recto, se veía como partida en dos por el andén. Las piernas cayeron en el pasto, ya habían adquirido algo de ese aspecto inerme con el que colgarían de su cadera el resto de su vida; el tronco, la cabeza y los brazos cayeron en el cemento. Como era de esperarse, Camila tenía una camiseta del equipo de natación. Por culpa de la caída o quizá del golpe, la tela se había corrido hasta descubrir el ombligo. Me era imposible saber exactamente qué animal tenía estampado. Por la forma en la que el dibujo se movía, imaginé que era una medusa que se abría y que se contraía en la franela, animada por la respiración de Camila.

En lugar de alertar a mi mamá o a cualquiera sobre lo que acababa de pasar, me quedé en la ventana, pasmado, mirando a Camila que también me miraba con sus ojos negros, pequeños, como dos canicas clavadas en los orificios de su cara. Recordé lo que me dijo un amigo de la unidad el día que vimos el cuerpo de un tipo por la cuadra: Cuando uno se muere se traga la lengua y también se orina. ¿Cómo sabés? Porque sé, me dijo Polo. El tipo se derramaba por la coronilla, tenía un tic post mortem en la mano derecha. Me fijé en el cuello, por si acaso aún no había tragado, pero solo me pareció verlo pestañear. No se lo comenté a nadie, no quería que me acusaran de haberme inventado algo para impresionar. Nos quedamos hasta que la policía lo recogió. Al otro día leímos la noticia en un periódico amarillista, así supimos que le decían “la Araña”.

Pensé que era cuestión de tiempo para que Camila se tragara la lengua. Me miraba con los párpados tan abiertos como le era posible, como pidiéndome que hiciera algo. Por lo general los cuerpos en la calle no quedaban en condiciones de rogar, de pedir ayuda. Mi abuelo, por su parte, murió en el apartamento, en su cuarto y, según mi mamá, se fue tranquilo, sin deberle nada a la vida y sin dramas. Lloré con la noticia y ella me pidió que bajara mientras me calmaba, que por favor estuviera a la altura de la valentía con la que había muerto mi abuelo. Le hice caso, me puse a pisar semillas de carbonero en el parqueadero de la unidad. Sentado en el andén, alcancé a ver cómo metían el cuerpo de mi abuelo en una ambulancia. Mi mamá también entró al carro cuadrado, blanco. Me vio, se despidió. Se fueron sin encender la sirena, sin hacer ruido.

Camila, en cambio, hacía ruido cada vez que intentaba tragar. Sonaba parecido a cuando mi abuelo hacía gárgaras en el baño o a cuando preparaba el gargajo amarillo que acostumbraba escupir en la calle. Camila se estaba ahogando con su sangre, tenía reventado los pulmones. Lo sabía porque hacía poco había pasado lo de las Torres Gemelas y había visto la noticia con mi mamá. Ella fue la que me explicó que si la gente cae de cierta altura se revienta por dentro, no importa si cae en el agua o en el pasto. Con lo que desestimó mi propuesta de poner una piscina alrededor de las Torres para que la gente se salvara saltando en esta.

Camila cayó a diez metros del borde de la piscina, del agua.

Yo pensaba que buena parte de los problemas se solucionaban con agua, porque toda mi niñez la tuve vedada. Por culpa de una otitis crónica me quedé sin tímpano a los tres años. Hasta los dieciocho, las cirugías solo sirvieron para reactivar el apetito de la bacteria, me bañaba con tapones de silicona, con una mano encima de la oreja para prevenir nuevas hemorragias de pus. Podía estar en la playa, a la orilla de un río, en el quiosco o en el borde de la piscina, pero jamás entrar. Camila no sabía que yo sufría del oído. Ella me había visto tirar a mis amigos al agua, poner la música en el quiosco. A lo mejor pensó que haciéndome una broma podía volverse nuestra amiga. Un día que yo estaba sentado en el borde de la piscina se me acercó por la espalda, me empujó. Caí, me hundí, cerré los ojos. Me entró agua a la boca, a la nariz, al oído. Sentí que el líquido se abría camino en mi interior, que se formaba una capa de agua entre la piel y los músculos de mi cara, que la lengua me sabía a hierro, que me caía alcohol en una herida abierta en el cerebro; el agua como una sonda en la profundidad de mi tímpano. Nadé, busqué el aire. Volví a la orilla de la piscina y me acosté de lado como me había recomendado el doctor Cárdenas, para situaciones de emergencia. Me tapé la cara para que ni mis amigos ni Michelle, que ese día estaba en la piscina, me vieran llorar. Camila, me contaron después, salió corriendo luego de que me vio retorciéndome en las baldosas.

Pero ahora la que no se podía mover, la que ni siquiera podía retorcerse, la que no podía hablar o gritar para que la ayudaran, la que estaba a punto de convertirse en un muerto, en un cuerpo de la calle, la que estaba reventada por dentro, la que estaba partida en dos, con el tronco en el cemento y los pies estirados en la hierba, la que había caído al vacío, era Camila. Yo la miraba desde una posición privilegiada. De todos los del bloque era el único que se había asomado, que la había escuchado crujir. Me sentía suspendido en el tiempo, satisfecho, emocionado. Mañana, pensaba, cuando todos los de la unidad estén hablando de esto, yo voy a poder decir que lo vi de primero, que no me lo perdí. Les voy a contar todo, me decía, les voy a decir exactamente cómo quedó el cuerpo de Camila después de la caída, no voy a tener que inventar para impresionarlos. Estaba pensando en eso, creo que sonreía, cuando el grito de una vecina que estaba paseando dos french poodles desgarró ese momento privado, afortunado para cualquiera que, como yo, ha dedicado su vida a buscar el instante justo, una escena para los demás. Cerré la cortina, volví corriendo al comedor. Releí, ahora sí un poco alterado, lo que había escrito: “Sos como un ángel caído del cielo, Michelle. Como un ángel caído del cielo”. Metí la libreta debajo de los cuadernos del colegio luego de que sentí los pasos acelerados de mi mamá. Me pasó al lado, se asomó por la ventana. Vio a Camila y después me miró.

Las luces de la ambulancia mancharon por unos minutos las cortinas blancas del apartamento. Un vecino que semanas después pasó pidiendo plata para comprar una silla de ruedas eléctrica, de última generación, hizo que la ambulancia entrara hasta las zonas verdes de la unidad para que recogieran a Camila. Al otro día caminé sobre las huellas de las llantas en el pasto, sobre el cuerpo ausente. La plata que reunimos en la unidad solo alcanzó para comprar una silla de ruedas manual, común y corriente.

Las voces de los de la unidad, incluidas las de mis amigos, se fueron amontonando al frente de mi bloque luego de que la noticia de la caída se expandiera como la música de algún vecino bulloso o de las fiestas del tipo del bloque C.

Aún puedo escuchar los gritos de la mamá de Camila, sus reclamos al cielo. Pero la rabia con Dios apenas le duró unos meses. Ella, que tenía la costumbre de ignorarnos cuando nos veía en la unidad, de no saludar como otros vecinos, cambió la apatía por la cordialidad exagerada. Supe, por mi mamá, que entró a una iglesia cristiana, que se convirtió en predicadora.

La noche de la caída me dormí en la madrugada y mi mamá no me regañó por lo tarde. Los dos nos quedamos un buen rato asomados por la ventana, por encima de las cabezas de los otros, y después de que acabó todo nos fuimos a la cama sin hablarnos.

Al año y medio de la caída, Camila volvió al agua. Era agosto, estábamos en vacaciones de mitad de año. Por el calor, los de la unidad se pasaban prácticamente el día en la piscina y yo en la orilla o en el quiosco controlando la música. La enfermera arrastró la silla de ruedas hasta el borde de la piscina. Cargó a Camila, la sentó en la baldosa; quedamos frente a frente. Me miró con rabia, con rencor. Camila, que había comenzado con las terapias a los ocho meses del accidente, se impulsó con los brazos y entró a la piscina. La vi nadar por debajo del agua, sus piernas como la cola de una cometa, de un renacuajo. Hizo dos piscinas sin problema, impulsada por su espalda de nadadora junior. Salió para tomar aire en el mismo lugar en el que se había hundido. La enfermera le ayudó a volver a la orilla, la sentó en el borde. Otra vez quedamos de frente. Camila movió la cabeza, se dio unos golpecitos para sacarse el agua del oído izquierdo. No sé si lo hizo de aposta, pero con ese gesto entendí que, en el agua, el inválido era yo; que la caída, su cuerpo estallado, no había sido otra cosa que el estado metamórfico de un animal anfibio.