Identidad

El cuerpo es una historia de amor que también acaba

El cuerpo aceptado es solo teoría. El cuerpo marginal, el cuerpo que cambia incomoda, por escasez o abundancia, me incomoda a mí, incomoda a todos.

por Gabriela Wiener; fotografías de Ana María Lagos
25 Marzo 2020, 3:17pm

Retratos de Gabriela Wiener por Ana María Lagos. Editoras fotográficas: Fotógrafas Latinoamericanas.

Nací vieja, me dijo cuando se lo mencioné, y yo pensé que entonces podíamos intentarlo. Ella tiene trece años menos que yo. Eso quiere decir que cuando a mí me vino la regla ella no había nacido. Cuando tuve sexo por primera vez ella aún usaba pañales. Cuando leí Cien años de soledad ella aún no había aprendido a hablar. Cuando hizo su primera comunión yo ya había abortado. Podría seguir. He hecho demasiadas veces estas comparaciones perturbadoras y desasosegantes. Para mí 1988, el año en que nació, fue ayer.

Lo primero que cambia cuando empiezas a amar a alguien más joven, sobre todo si eres una mujer, es tu autopercepción.

El cuerpo cambia por sorpresa. Nada que tenga que ver con la decadencia corporal es una apuesta ganada, ni siquiera si te pones en el peor de los casos. Cómo calcular objetivamente todo lo que cae y se pierde, lo que se oxida y se entumece, lo que no se recupera, sin sumirte en el desánimo, el escarnio o la viejofobia. Para qué siquiera intentarlo. Puedes tratar de ignorar el paso del tiempo como una aplanadora sobre la carne y los huesos haciendo muchas cosas, pero siempre habrá algo que te lo recuerde.

Lo primero que cambia cuando empiezas a amar a alguien más joven, sobre todo si eres una mujer, es tu autopercepción.

Mi marido dice que sigo atractiva pero que deje de comer mantequilla. Mi hije adolescente dice que a veces me visto con looks de colegiala hentai. Antes se burlaba de mí pero creo que ha notado mi congoja y ahora me llama “Diosa” cada vez que me visto emulando a Becky G.

Mi novia llama a la vejez embellecimiento. Por eso nunca menciona el tema de nuestra diferencia de edad; es demasiado elegante o demasiado feminista o demasiado maja para hacer eso. Dice que no se me nota, que me veo más joven que ella, que le gusto tal como soy. Dice que no tengo canas. Dice que no he subido de peso. El otro día llegó al colmo de decirme que mi ano no tiene arrugas. Lo del amor es ciego cobra una nueva dimensión cuando la que ama es ella.

Gabriela Wiener - cama

En cambio yo me paso mucho rato de la vida con los ojos muy abiertos escrutando mis cambios físicos.

Todo me sorprende, que una cana surja y crezca fuerte y luminosa como el ichu andino en el centro de mi raya al medio, rígida y erecta como una antena parabólica que capta mis nuevas frecuencias. Cuando en el espejo veo brillar la hebra blanca pelo de muñeca la arranco con voluntad de precisión como se caza un bicho en el aire. No siempre puedo, peleamos siempre mi cana y yo con ferocidad a ver quién gana en el duelo de la vida; solo logro partirla en dos, como cuando se corta la cabeza a la serpiente y esta sigue coleando; porque ahí sigue la muy perra, pequeñita, un resto de mi nuevo yo naciente resistiéndose al borrado automático que le infringe mi fobia a los años. A veces tengo que pedir ayuda: sácamela. Aún no acepto que me muero, ni siquiera ahora que el pelo gris plata es el must de la temporada.

También me sobresalto cuando, en los primeros minutos del sueño, me despiertan mis propios resoplidos, porque esos no son ronquidos. No entiendo por qué de un tiempo a esta parte hago esos sonidos o por qué ahora puedo oírlos. La senectud viene con nueva banda sonora. Creo que los míos solo pueden definirse como relinchos. Cuando vemos una película al final de un día agotador que acaba con el hermoso silencio que dejan atrás dos niños dormidos, yo me duermo a la mitad y ella la termina. Me siento un animal que duerme de pie, un caballo que baja los párpados y cierra el telón. Sospecho que mis cachetes crecieron o están más flojitos y hacen de caja de resonancia. Pero no descarto una metamorfosis superior.

El troll se alimenta del miedo, el tiempo es miedo y yo soy mi propio troll.

Cuando marchamos en las manifestaciones feministas ella siempre va rápido y por delante, y yo lenta y por detrás, intentando alcanzarla. Yo le digo que ir tan rápido no es muy feminista de su parte y ella desacelera. Luchar juntas ha borrado nuestra diferencia de edad.

El cuerpo aceptado es solo teoría. El cuerpo marginal, el cuerpo que cambia incomoda, por escasez o abundancia, me incomoda a mí, incomoda a todos. El troll se alimenta del miedo, el tiempo es miedo y yo soy mi propio troll. La posibilidad de un cuerpo mejorable, aceptable, futurible, acosa desde dentro, va minando las posibilidades de ser un cuerpo válido ahora mismo. Un cuerpo rechazado, marrón, vive, a la vez, anclado en el pasado, cada día vuelve a sentirse el cuerpo de una niña que miran los racistas.

Gabriela Wiener - desnudo

La mujer que duerme conmigo no solo es blanca y más joven, también es muy delgada. Cuando hacíamos el amor al principio cerraba fuerte los ojos para no ver que mi cuerpo casi doblaba al suyo en masa muscular. Estuve a punto de terminar con ella porque pensé que no iba a poder excitarme mucho sin sentirme pequeñita en la cama, cosas del patriarcado. Luego aprendí a sentirme grande y a adorarla como adora una ola que se traga una estrella de mar. A veces me siento para ella la madre gigante que nunca tuvo y yo sí. La edad y el peso son solo unidades de medida que no miden lo importante.

Desde que me enamoré de una mujer más joven veo porno con señoras, normalmente con chicas más jóvenes y más delgadas, a veces interracial. La señora negra, claro, soy yo. Dime con qué porno andas y te diré quién eres. El porno es el espejo invertido del alma. El porno es como tu perro, se te parece, tiene lo mejor y lo peor de ti. La mayoría de videos son pésimos, pero hay algunas extrañas joyas en las que pasa algo que hace que me lo crea todo: me conmueve la ternura y devoción con que el cuerpo joven de una mujer trata sexualmente a un cuerpo anciano de mujer, pasivo y receptor. Me parece interesante ver cómo una mujer blanca lame el ano de una mujer negra. Me lo creo tanto que ya toda la demás pornografía me parece lo que es: un timo.

Cuando veo mis fotos de hace veinte años me gusto, estoy buenísima. Y en las de hace diez años me gusta la chola que soy, con esa increíble piel marrón enmarcada en un largo pelo negro brillante. Y también me veo guapa en las fotos de hace cinco años. Cómo podía verme fea, cómo podía sentirme tan mal, en qué cristal me estaba mirando, a qué putos racistas estaba escuchando, qué me estaban diciendo de mí misma, qué me estaba diciendo yo. Cómo desperdicié tanto tiempo. Cómo pude no disfrutarme. Las fotos me sirven para hacer un esfuerzo por hacerlo mejor esta vez. El amor propio no tiene edad.

Las fotos me sirven para hacer un esfuerzo por hacerlo mejor esta vez. El amor propio no tiene edad.

El roce con una misma crea incomodidad. Es la permanente autoconsciencia. Me refiero a esa íntima fricción de los pliegues del alma que no alivia ni el talco. Como dice mi amiga Mafe Ampuero, para nosotras las grandes el roce no hace el cariño. El de unas tetas enormes rozando el abdomen mientras tecleo con vehemencia este artículo, la música dolorosa que hacen mis muslos forzados a tocarse hasta la rozadura debajo mi falda veraniega.

Los cuerpos, también, habitan silenciosamente distintas zonas climáticas. Mi chica es tan delgada que siempre se muere de frío. Yo siempre me muero de calor. Mi cerebro vive en el trópico y el suyo en Madrid. Sudo desde que nací hasta empaparme, más en público que en privado, por mi raza, por mis nervios y ahora quizá hasta por la premenopausia. Me falta para eso, pero yo hice mi casa en el país de las conjeturas. Casi siempre lo achaco todo a lo pre-algo. Tengo un SPM lascivo y melodramático, lloro y ansío con la misma desesperación.

Gabriela Wiener - piel

Pero no he caminado lo suficiente, por ejemplo, sobre el suelo pélvico, ese conjunto de músculos que sostienen la vejiga, la uretra, el útero, la vagina y el recto. Una obstetra me dijo que es como un ascensor y que uno puede apretar allí abajo y hacer que suba y baje mentalmente, que es una manera de ejercitarse para no terminar cagándote mientras haces la compra. A mí no me ha pasado semejante cosa, pero desde que tuve une hije hay estornudos y algún ataque de tos que hacen que se me escapen unas gotitas de pis como si me llegara un mail del futuro. Solo me he meado entera riéndome de mis propios chistes. Temo a la hipotética sequedad vaginal como a la muerte, aunque mis mayores dicen que es otra leyenda.

Amar a alguien mucho menor que tú puede efectuar cambios extremos en tu vida, por ejemplo, cambiar el futuro.

Ya no haré muchas cosas que pensaba que haría y haré otras completamente inesperadas. Por ejemplo, caerme jugando al pilla pilla con mi hijo pequeño, al que decidimos traer el mundo cuando yo ya tenía edad para ser casi su abuela. Así que se podría decir que me caí persiguiendo la juventud.

Me caí de la manera más estúpida. La estupidez no tiene nada que ver con el tiempo. Pero sí con el capitalismo, con el agotamiento. Llevo muchos años cuidando gente y redactando cosas hasta en sueños. Salgo del texto para entrar en la lavadora y le sacudo la arena del parque de los zapatitos para volver al texto y abandono el texto para regresar a preparar la cena. Pensé que cada vez cuidaría menos, pero cuido más que nunca. Aunque aún no me cuido a mí.

Un día te cansas y te caes.

Me rompí el hombro derecho en tres pedazos y ahora llevo una placa de titanio y unos cuantos clavos. Si te caes y te levantan es como volver a nacer. Los primeros dos días mis parejas me limpiaban el culo como si tuviera dos años. Me pasé una semana sin poder abrazar, sin poder escribir, fue un alivio. Pero soy una trabajadora autónoma y no puedo alargar esos lujos, así que lo de escribir con dolor dejó de ser un titular coqueto para la prensa y comenzó a ser literal. Tuve que ir a rehabilitación durante varios meses junto a un montón de gente rota. Para algunos la rehabilitación consiste en actuar como niños que aprenden a caminar otra vez. De repente, yo era la más joven de la planta de fracturados. Las señoras de ochenta años se caen todo el tiempo. Empecé a tener fantasías pornográficas en las que ahora yo era la joven. Las señoras sentadas en unas sillas y tirando de poleas, hablando de nuestras caídas y soledades como si habláramos de nietos. A veces el futuro simplemente te alcanza.

Un día su cuerpo y el mío se sincronizaron, incluso nuestras menstruaciones. De alguna manera la mujer que nació vieja y yo hemos conseguido estar en la misma línea temporal sin necesidad de viajar a la velocidad de la luz. Pero el tiempo sigue corriendo y yo tendré que correr un poco más hasta que por fin habré llegado primero que ella a algo. Le he pedido que cuando alguna enfermedad me postre traiga gente a casa y me deje verlos follar por un agujerito como en Rompiendo las olas. Me ha dicho que no. Lo que sí me ha prometido es que cuando llegue el día me cambiará la cuña y humedecerá mis labios cuando me bese la muerte. Qué ternura dan dos cuerpos prometiéndose eternidad. Ah, el cuerpo, esa historia de amor que también acaba.

A Gabriela la encuentras en Twitter como @gabrielawiener.

Tagged:
identidad
Vejez
amor
cuerpo
Gabriela Wiener