La celebración de la Merced: una fiesta para la familia, el barrio y la raza

Entre sonidero, cumbia, comida y mariachi, los comerciantes agradecen por el buen año que la jefa y patrona del barrio y el mercado, la Virgen de la Merced, les dio.

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sep. 26 2014, 3:00pm


El baile con el sonidero.

Luis se mira en el espejo manchado que está en el baño. Abrocha el último botón de su camisa, tan blanca que deslumbra si la toca la luz del sol. Se va a encontrar con algunos amigos en el local donde vende pollo —ahí al lado del que ofrece el jitomate y la señora que despacha hierbas de olor muy frescas—, para ir al baile. Su pelo brilla por la gran cantidad de gel que se puso. El peinado debe aguantar por horas el sudor, el viento, la lluvia y el golpe accidental que su pareja dé con el brazo en cada pieza musical. Por último se cuelga una pequeña mochila de piel cafe que descansa en su costado derecho. Es de esas que llaman mariconeras; indispensable porque ahí va la cerveza o el pomo de tequila para que no estorbe, no lo vean los gorrones y le pidan un pequeño trago, o la policía lo quiera levantar por beber en la calle, lo que es poco probable porque el 24 de septiembre sí se vale brindar a la salud de la jefa y patrona del barrio y de uno de los mercados más tradicionales de la Ciudad de México: la Virgen de la Merced.


La virgen en su altar.

La fiesta comenzó muy temprano. A las 12 de la noche el mariachi ya estaba en la calle de Santísima y en cuanto doña Martha les dio la indicación, soltaron las primeras notas de "Las mañanitas" para la Virgen que colocó en un altar, tan grande que parece un modesto escenario para un artista local. Ahí está la patrona, tres veces repetida, con vestidos diferentes, mirando con sus ojos sin vida los arreglos florales y la ofrenda musical de sus más fieles devotos: los comerciantes. Y la escena se repite en las calles de Alhóndiga y Roldan, en lo que llaman el Corredor Comercial Merced, a unas cuantas cuadras del Centro Histórico de la Ciudad de México.

A las cinco de la mañana vuelve otro mariachi y después llega un sacerdote para oficiar una misa. Ahí está en primer lugar doña Martha, que desde el día de su nacimiento, hace 52 años, ha vivido en el barrio. Ahí fue a la escuela, ahí conoció a su esposo, ahí se casó, ahí tiene un local donde vende cables, pilas, herramientas y demás artículos de ferretería y tlapalería, la mayoría hechos en China. Sabe que desde hace 57 años, el mismo día en que se inauguró el mercado de La Merced, se lleva a cabo esta fiesta. Por eso ella dice que siempre le ha tocado vivirla.


Doña Martha.

Pero esta vez la atención de doña Martha no está en su negocio. En esta ocasión ella supervisa la elaboración de la comida que comparte con miles de personas que llegan al barrio y al mercado. Ella misma se para frente a la cazuela de barro para servir, en platos de poliestireno, más de 60 kilos de mole con arroz rojo y una pierna de pollo. Sus hijas, su nuera y sus empleadas también le entran al quite. Ellas pasan los platos, entregan tortillas a cada persona, sirven los vasos con agua de sabor a melón, atizan el fuego de los anafres y organizan a las personas que están formadas.

La fila es larga. Hay que esperar por más de 20 minutos para recibir un plato con comida. No falta el sujeto que se intenta meter a la línea, pero tanto la gente como las hijas de doña Martha están atentos a eso. "No lo dejen meter", dice una señora; "órale, cabrón, a la cola", dice otro tipo. El sujeto evidenciado tiene que renunciar a su intento y prefiere retirarse a otro lugar donde no tenga que esperar tanto para satisfacer su antojo de mole.

Luego de un rato haciendo fila por fin me toca un plato con comida. Ya no hay pollo y arroz, pero sí mole y tortillas con las que improvisa doña Martha unas enchiladas. Me siento a comer en una de las tantas sillas que hay frente a la Virgen que, me da la impresión, mira mi plato con antojo. Doña Martha no se irá hasta que no pueda rascar más de esa guiso barroco de la enorme cazuela.

"¿El costo? Eso no importa, hijo", me dice, "Nos dividimos el gasto entre mis hijas, que también venden aquí, y yo. Pero lo importante es compartir con la gente un poquito de lo que nos ha dado la Virgen. Así le doy gracias a mi Madrecita porque durante este año nos ha dado de comer, de vestir, un techo donde dormir y nos cuida. Mi Madrecita es muy buena con nosotros. No nos hace falta nada".

Después de comer, camino hacia el gran mercado para el abasto de las familias del centro de la ciudad: la Merced. Ahí durante la fiesta, además de mole, uno puede conseguir tacos de carnitas, de canasta y hasta de pastor. Pero hay algo diferente a los años anteriores. La avenida Circunvalación está abierta. En lugar de las torres tubulares con altavoces que despiden los ritmos de salsa, cumbia y guaguancó que programan los sonideros, que son los sound system mexicanos, se encuentra el Metrobús, que siempre pelea con la gente que camina por su carril a causa del comercio informal instalado en la banqueta; los microbúses, que pelean el pasaje entre ellos; los automóviles en circulación y miles de personas buscando cruzar la calle sin importar que el semáforo tenga el "siga" para los autos.

Por ahí se distinguen varias patrullas, policías y granaderos que desde una noche antes impidieron que se instalaran los sonidos en esta vialidad, por primera vez en 14 años.

"Por una parte está bien porque luego la gente se pone muy borracha y hasta muertos hay", me comenta una empleada del Fideicomiso del Centro Histórico, que sostiene en una mano un plato con dos tacos de carnitas obtenido con la fuerza de su poderoso chaleco que la identifica. "Pero por otra, yo quería venir a bailar con el Sonido Cóndor o con la Conga", y su frase se corta porque no soporta más el olor a carne de cerdo frita, maíz, cilantro, cebolla y salsa roja, a taco de carnitas pues, y le da una tremenda mordida que prácticamente se come la mitad de un bocado.

A las dos de la tarde uno ya no puede pasar más al mercado. Los locatarios recogen sus puestos, bajan las cortinas de acceso y se van al baile. Pero no sólo ellos: también llegan los cargadores, que han forjado sus gruesos brazos mientras descargan los grandes camiones con frutas y legumbres; los diableros, que transportan mercancía de un lado a otro en su carretilla vertical llamada diablo, al mismo tiempo dan su grito de batalla: "ahí va el golpe"; los vendedores ambulantes, que se instalan alrededor de la zona que cariñosamente llaman "La Meche"; los vecinos de las colonias cercanas, como Candelaria, Morelos, Tepito, y otros que llegan de zonas más lejanas pero que tienen mucho en común, como Neza, el Peñón de los Baños, Cuautepec, San Juan de Aragón. Bien lo dice un sonidero: "Damos la bienvenida a todos los que nos acompañan al aniversario de la Merced. Ellos también son familia, son el barrio, son la raza".


El baile con cumbia.

Es difícil llegar a la parte central del mercado, esa que alguna vez fue estacionamiento y que ahora es ocupada por locales semifijos donde se venden botanas, abarrotes y artículos de temporada, como cuadernos y útiles escolares en septiembre, o esferas, luces y árboles de navidad en diciembre. Hay que sortear al mar de gente que entra y sale por la calle General Anaya, así como a los puestos ambulantes que ahora venden alitas de pollo adobadas fritas en 30 pesos, tacos de canasta a siete por 10, plátanos fritos bañados en una mermelada tan aguada que parece salsa roja para las quesadillas, a 15 pesos; rebanadas de pizza a 12, hot dogs a tres por 18, hamburguesas desde 25 y micheladas de a litro con cerveza oscura y chamoy casero entre 30 y 40 pesos. Hay que mover la cintura para no quemarse con la parrilla de los hot cakes, levantar los pies para no pisar las playeras con los logotipos de los sonidos, ponerse duro para no caer sobre las cervezas con un empujón.

Sin embargo, ése no es el único lugar con fiesta. Las calles de Rosario y Alfonso Gurrión están más desahogadas, y entre los puestos provisionales donde despachan los locatarios cuyos negocios fueron consumidos por el incendio del 27 de febrero, están tocando los grupos de banda, de música tropical y sonidos pequeños, uno en cada esquina o rincón desocupado. Ahí, frente a la Virgen y rodeados de verduras, bailan cumbia decenas de parejas. Parece como si se retrocediera en el tiempo y viera uno la danza ritual azteca ofrecida a la diosa Tonantzin.

Pero la mayor concentración de gente está con los sonideros. Se forma una rueda para que al centro pasen los bailarines a exhibir sus pasos. Es el escenario de la guapa del barrio que mueve la cadera al ritmo del guaguancó, mientras su larga cabellera vuela de un lado a otro; del galán que desliza los pies a cada compás de la salsa, como si el piso estuviera pulido y no fuera el rasposo asfalto; del señor de 50 años que baila cumbia con todas las locatarias de mandil y a cada una le tira un: "está muy guapa hoy, mi alma".

Pero los que se llevan la mayor parte de la atención es un muchacho y su pareja gay. La toma por la cintura, la hace dar dos, tres giros en su propio eje. Los dos levantan un brazo para que se vea mejor el baile. Sus piernas se hacen nudo y se desamarran en un instante. De pronto entra al círculo una chica travesti. El muchacho la toma de la mano y la hace dar una vuelta por su espalda. Luego, extiende el brazo libre hacia su pareja original y comienza a bailar con los dos. Los hace encontrarse y separase, pasa a uno por debajo del antebrazo del otro. Parece que en cualquier momento chocarán pero eso nunca sucede. Bailan con rudeza, parece que se jalan, se empujan, pero nunca pierde lo estético su coreografía. Así se baila, como los hombres.

Mientras, a su alrededor otro grupo de bailadores esperan una mejor pieza. Por sus playeras, estampadas por ellos mismos, en cuya espalda anuncian al Sonido Super Dengue, uno sabe de donde vienen: del barrio de las Salinas, en la delegación Azcapotzalco. Al frente, como buenos carnales de la barriada, portan el rostro, de perfil, de la Virgen de la Merced.

Entre baile y baile se asoma la botella de tequila o ron para entrar en ambiente, la caguama de cerveza para aplacar la sed, el cigarro de mota envuelto en papel de estraza u hoja de cuaderno para relajarse del ajetreo y la estopa con thinner que se comparte. Esa, la mona, jamás se cobra.

La policía está expectante, pero si hay algún problema lo más seguro es que no intervengan. La prioridad de los hombres de la ley está en que no se invada Circunvalación. Saben que si surge una pelea o zafarrancho el mismo barrio lo resolverá y ellos sólo remitirán al culpable. Los comerciantes toman la seguridad en sus manos.

La fiesta continúa hasta la madrugada del siguiente día. Algunos amanecerán tirados en suelo a causa del abuso del alcohol y el cansancio. Los locatarios, cargadores y diableros comenzarán su jornada a la misma hora de siempre, a las seis de la mañana. No importa que aún estén mareados por la borrachera o sufran la sed y el dolor de cabeza por la cruda. Hay que trabajar porque los marchantes pronto buscarán el jitomate, la carne de pollo y las legumbres. Si, será una mañana dura, pero lo bailado nadie se los quita.

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