Foto: Camila Acosta | VICE Colombia.

Hermanas de Latinoamérica: ni un paso atrás

OPINIÓN | Lo ocurrido ayer en Argentina no fue una derrota, fue el primer capítulo de lo que se viene en el continente.

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ago. 9 2018, 9:30pm

Foto: Camila Acosta | VICE Colombia.

Artículo publicado por VICE Colombia.


Ayer muchas mujeres en Bogotá tuvimos una cita imperdible, así como la tuvieron cientos de miles de mujeres en América Latina. Muchas, alrededor del continente, teníamos los ojos y las mentes puestas en Argentina: luego de que la Cámara de Diputados del país aprobara en junio el proyecto de ley que intentaba legalizar el aborto hasta la semana 14 de embarazo e implementarlo dentro del sistema de salud público, le había llegado el turno al Senado para aprobarlo o rechazarlo.

Había chances de que pasara la ley, pero la batalla por un aborto legal, seguro y gratuito no estaba ganada, más bien todo lo contrario. Luego de la fiesta verde en las calles argentinas que hubo en junio, y que tantas vimos desde la distancia con aplausos y lágrimas en los ojos, decenas de miles de mujeres argentinas se volvieron a amarrar sus pañuelos verdes bien fuerte, y ayer salieron a ocupar las calles de sus ciudades otra vez desde por la tarde hasta que terminó la votación del Senado, en horas de la madrugada.

Esperaron por horas, todas juntas: en calles, andenes, bares, restaurantes o la casa de alguna, todas expectantes. Esperando a que un Senado, en su mayoría compuesto por hombres, decidiera por sus cuerpos y sus derechos, como parece ser costumbre con nosotras en este continente.

La cita nuestra, la de Bogotá, empezó a eso de las tres de la tarde, frente a la embajada argentina. Poco a poco fueron llegando mujeres con sus pañuelos verdes, improvisaciones con tela del mismo color, banderas, tambores, camisetas, pintura en sus caras y carteles:

—“¡Ni una menos! ¡Aborto legal para no morir!”

—“Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”

—“¡Sobrevivir a un aborto es un privilegio de clase!”

La cita en Bogotá fue en frente de la embajada argentina y se reunieron mujeres con pañuelos, telas verdes y tambores. Foto: Camila Acosta | VICE Colombia.

Vi caras conocidas al llegar a la manifestación. Como las de las Parceras, un parche de mujeres que tienen una línea (318 750 5775) y red feminista de acompañamiento en aborto, y uno de los grupos aborteros más activistas de la ciudad. Caras conocidas de mujeres a las que no veía hacía años, con las que compartí otros espacios, otras vidas diferentes a esta, y que me alegraban el corazón con su presencia, paradas cantando a mi lado.

La mayoría de caras nunca las había visto: mujeres jóvenes que habían venido solas, mujeres más viejas que estaban liderando las arengas, mamás con sus hijas en uniforme de colegio, mamás que sí habían decidido ser madres, con sus bebés dentro del coche, apoyando, y obviamente mujeres argentinas que desde la distancia alentaban a sus hermanas como podían, a punta de cantos, a punta de verde, a punta de aguante:

—“Y ahora que estamos juntas, y ahora que sí nos ven: ¡abajo el patriarcado se va a caer se va a caer!, ¡arriba el feminismo que va a vencer que va a vencer!”.

Sin importar quiénes éramos ni de dónde veníamos, nos habíamos reunido frente a la embajada argentina con un solo objetivo: el de exigir la legalización del aborto en este país y que así comenzara una ola verde por todo el continente.

La manifestación se extendió por varias horas hasta entrada la noche, donde más de cien mujeres y algunos hombres no dejaron de cantar, gritar arengas a través de un megáfono, tomar fotos para enviárselas a sus hermanas argentinas y enfrentarse a las personas que pasaban y rechazaban la manifestación.

“¡No al aborto!”, nos gritó uno. “¡El aborto es asesinato!”. Le respondimos que cuando tuviera ovarios él podía decidir si quería o no abortar.

Mas de cien mujeres y algunos hombres se reunieron hasta entrada la noche para manifestarse a favor de la legalización del aborto en Argentina. Foto: Camila Acosta | VICE Colombia.

Mientras tanto, las declaraciones de las senadoras y senadores argentinos eran transmitidas una a una. Como la de la senadora López Valverde, que votó en contra, no sin antes aclarar que no había leído el proyecto de ley, a pesar de tener dos meses para hacerlo y de que este consta de tan solo 13 hojas. O la de José Mayans, cuando dijo que nos imagináramos si la madre de Vivaldi o de Mozart les hubieran negado la existencia, que él agradecía que su mamá no le hubiese negado el derecho a la existencia. Y pues sí, José, quizá no habríamos tenido ni a Vivaldi ni a Mozart, pero no importaría porque nunca hubiéramos sabido de su existencia y a la final hubiera sido decisión de sus madres no serlo.

Esas declaraciones hasta dan risa. Retratos de esa caricatura que al parecer es la política latinoamericana, porque si algo pudimos constatar ayer es que el Senado argentino, sus personajes y sus ocurrencias, no tiene nada que envidiarle al colombiano. Pero también hubo declaraciones escalofriantes, que en vez de risa dieron pánico. Como la de Rodolfo Urtubey, quien aseguró que existen casos donde la violación no tiene “esa configuración clásica de violencia sobre la mujer, sino que a veces la violación es un acto no voluntario con una persona que tiene una inferioridad absoluta de poder frente al abusador”. Para rematar, Urtubey ilustró con un ejemplo: el abuso intrafamiliar donde, según él “no se puede hablar de violencia, sino de una subordinación”.

Si entendí bien, para este señor la violación no es violenta cuando se mantiene en familia y a veces uno viola involuntariamente, por equivocación. Y este es un señor que tiene un escaño en el Senado, y que tiene voto para decidir por las mujeres de su país. ¿Qué tan tétrico es esto?

Luego de 14 horas de un debate sin mayores enfrentamientos, el proyecto de ley fue rechazado. Con 38 votos en contra y 31 a favor, el resultado sepultó la posibilidad poder abortar legalmente en Argentina, una lucha que miles de mujeres han dado en este país por décadas y por la que cada minuto y medio muere una mujer en este país.

Después de 14 horas, el proyecto de ley fue rechazado en una votación de 38 en contra y 31 a favor. Foto: Camila Acosta | VICE Colombia.

Argentina no solo se quedó entonces con una ley que no modifican desde 1921, sino que la discusión sobre el aborto en este país volverá a darse hasta 2020, cuando haya renovación parlamentaria. Fueron dos meses, de junio a agosto, repletos de mucha esperanza, pero también de muchos enfrentamientos entre la facción abortera y la facción ‘provida’, cuyo lobby eclesiástico pudo un poco más a la hora de la votación, sellando finalmente de color celeste el destino de cientos de millones de niñas y mujeres.

Porque, como muchas senadoras dijeron durante el debate, la discusión que se estaba teniendo, la que se tuvo todos estos meses, no era la de si aborto sí o aborto no, algo que muchos no entendieron. La real discusión era la de si aborto legal o aborto clandestino, porque allá en Argentina, acá en Colombia y en el resto de Latinoamérica y el mundo, las mujeres vamos a seguir abortando, por infinidad de razones. Y es acá cuando el aborto, como todas las luchas feministas, se vuelve un tema de clase social y toma tintes interseccionales, porque no todas abortamos igual: unas podemos abortar en Profamilia y Oriéntame acá en Bogotá, donde un aborto en las mejores condiciones puede costar hasta medio millón de pesos; mientras otras abortan con pastillas de Misoprostol, sin una debida asesoría y un debido acompañamiento, teniendo efectos secundarios adversos que, si no son tratados cómo debe ser, pueden terminar en la muerte de una.

Vuelve a tratarse de la moral latina atravesándonos los ovarios.

Existen muchos métodos, uno más desesperado que el otro, uno más clandestino que el otro, uno más mortal que el otro. La contraportada del New York Times con Amnistía Internacional esta semana es escalofriante, y a la misma vez diciente: una página completamente verde dice la palabra “ADIÓS”, encima de un gancho, un elemento que siguen utilizando en los sitios de aborto clandestino con mujeres de todas las edades, y sobre todo cuando están en etapas de gestación muy avanzadas.

Sí: hay mujeres en este continente que siguen muriendo desangradas porque les meten un gancho hacia arriba por la vagina para hacerlas abortar. Ayer les negaron el derecho a vivir a estas mujeres, a las que vienen. Lo que dicen los carteles en las marchas es cierto: sobrevivir a un aborto es algo que, hasta ahora, solo podemos permitirnos las mujeres privilegiadas.

El debate durante estos meses no fue sobre la aprobación del aborto, sino sobre si este se haría legal o clandestinamente. Foto: Camila Acosta | VICE Colombia.

Y esta discusión, querámoslo o no, va más allá del aborto, va más allá de morir por abortar. Esta discusión, que por ahora vamos perdiendo, vuelve a tratarse, una vez más, sobre nuestros cuerpos y sobre quiénes los rigen, y la respuesta sigue siendo la misma: no somos nosotras. Vuelve a tratarse de la moral latina atravesándonos los ovarios sin permiso, la religión católica custodiándonos el clítoris y de la sociedad volviendo tabú y tratando de mantener bajo la superficie algo que necesita salir a la superficie porque de lo contrario nos va a seguir matando y porque no soportamos más estigma y más rechazo cuando tomamos la decisión de abortar, una decisión que es todo menos fácil, porque abortar no es como ir a la peluquería, entiendan de una vez eso.

No es justo que aparte de someternos a un aborto tengamos que sentirnos culpables constantemente por haber escogido no ser madres, en un sistema patriarcal que nos ha impuesto esa labor como único destino de nuestra naturaleza.

Y ahí es donde la discusión se complejiza aún más, porque ya no hablamos solo de fetos y de nuestro cuerpo y de la escogencia o no de nuestra maternidad. Acá estamos hablando de placer, de deseo, de voluntad, de autonomía, todas cosas que nos arrebataron con recelo hace ya mucho tiempo, y que no nos quieren devolver. La voluntad de ser madre, el deseo a estar con alguien consensuadamente, el placer corporal (ayer preciso se celebraba el día mundial del orgasmo femenino), la autonomía de poder abortar cuando me violan, pero que, si se me da la gana, puedo abortar cuando no me violan. Porque es mi cuerpo, porque es mi vida, porque así lo deseo yo.

Estas son solo algunas de las discusiones diagonales que atraviesan la gran discusión que es el aborto en este continente. Y ellos, del otro lado, lo saben, y nosotras lo sabemos también. Por eso es que esta pelea apenas comienza.

Pino Solanas, uno de los senadores argentinos, a sus 82 años cerró su intervención con una invitación que le quiero extender a las miles de mujeres en este continente que sé que ayer se acostaron a dormir llorando, como yo: “que nadie se deje llevar por la cultura de la derrota”, dijo. “Bravo chicas (...) esta causa esta noche tiene un pequeño descanso, pero en poquitas semanas todas de vuelta en pie, porque si no sale el otro año vamos a insistir (...) nadie podrá parar a la oleada de la nueva generación”.

Pino remató diciendo: "será ley, habrá ley contra viento y marea".

Cuando una es feminista se acostumbra a perder. Perder contra los papás, perder contra los amigos, contra los novios, la iglesia y sobre todo el Estado opresor, que nos discrimina, nos anula y nos asesina constantemente. Pero si algo hemos aprendido de la derrota, de esa misma cultura de derrota a la que se refiere Pino, es a reconstruirnos, a volvernos a parar cada vez más fuertes. Por eso es que muchas de nosotras nos paramos de la cama, dispuestas a hacerlo todo de nuevo. Hemos aprendido, o estamos aprendiendo, que con paciencia, organización y trabajo es que se han librado y se han ganado varias de las batallas de la lucha feminista en la historia.

Hace un tiempo le leí una frase a Malena Pichot, una feminista argentina que estuvo metida hasta el tuétano con esta lucha durante los últimos meses: “la lógica de la lucha no es la victoria finalista sino el sabotaje permanente y tenaz”. Ánimo hermanas, este apenas es el primer capítulo de la historia que estamos escribiendo juntas.

No desfallezcamos, que se va a caer.

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