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All photos by Djanlissa Pringels 
Homelessness

Cómo es ser estudiante cuando eres una persona sin hogar

“Estudiar fue una salvación”.
9.12.19

Ser un sintencho es una experiencia muy dura para cualquiera que la sufra. Cuando te ocurre de joven, además, te ves obligado a madurar prematuramente.

Este año, en el Reino Unido, 103 000 jóvenes menores de 25 años solicitaron ayuda a sus ayuntamientos porque se encontraban sin hogar. Un tercio de los sintecho de España tiene menos de 30 años, y en los Países Bajos, el número de jóvenes sin hogar se ha triplicado en los últimos tres años, según la Oficina Central de Estadística neerlandesa.

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La organización Back Up, en la ciudad holandesa de Utrecht, ayuda a los jóvenes sin hogar. A través de ella conocí a Denice*, Sam* y Robin*, que me contaron cómo es intentar estudiar cuando no tienes un hogar.

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Robin. Foto por Djanlissa Pringels

Robin*, 25 años

Cuando me vi obligado a abandonar mi hogar de la infancia porque mi padrastro había decido hacer de mi vida un infierno, estaba estudiando un curso de TIC. La idea era mudarme a algún piso para estudiantes, pero no me fue nada fácil, porque aquí, en los Países Bajos, son tus posibles compañeros de piso los que te eligen a ti. En esa época me sentía tan deprimido que no conseguía convencer a nadie para que me escogiera.

La etiqueta “sintecho” me causó muchas inseguridades. Tras ser rechazado por enésima vez, ya no tenía fuerzas para seguir buscando una habitación. Por suerte, tenía algo de dinero ahorrado y decidí vivir en hostales baratos durante unos meses.


Me resultó muy difícil contar que no tenía hogar a mis compañeros de clase, a quienes consideraba amigos cercanos. Supongo que se lo imaginaron porque iba bastante desaliñado, no comía nada y casi no hablaba. Para mí era importante seguir haciendo actividades que me hicieran sentir bien, como deportes o componer música. De esa forma continuaba produciendo dopamina y podía centrarme en los estudios.

Estudiar fue mi salvación. Ver a tus compañeros de clase cada día y que ellos te vean a ti hace que no te sientas invisible. Te permite mantener una rutina, de forma que no vivas al día. Ahora vivo en todas partes, pero es muy posible que consiga una habitación pronto. Así podré empezar mi vida como un hombre independiente.

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Denice. Foto por Djanlissa Pringels

Denice, 23

Cuando mi madre murió, empecé a convertirme en una adolescente insufrible. Me fui de casa a los 18 años, sintiéndome muy vulnerable. Escogí los peores lugares para vivir y me junté con la gente equivocada. Mi casero me acosaba y solo permitía que mi novio me viniera a visitar a cambio de favores sexuales. Una noche me desperté y el casero me estaba besando. Al día siguiente me fui de casa y me quedé en casa de unos amigos.

Para garantizarme un futuro, decidí estudiar para ser chef. Hacerlo me proporcionó cierta sensación de seguridad. Cuanto más inestable me sentía en casa, más me volcaba en mi formación. Solo tenía que ir a clase una vez a la semana; el resto de días, trabajaba. Los días en que no tenía que pensar en la situación tan difícil en la que estaba eran una verdadera bendición.

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Buscaba un sitio para vivir, pero nunca me elegían. El poco dinero que ganaba con mis curros de estudiante no me daba para alquilar un piso, ni siquiera para el depósito. En un periodo de tiempo muy corto acumulé bastante deuda por lo que gastaba en transporte, ropa y dentista. Desde que me fui de casa, me he mudado unas 11 veces y he perdido muchas de mis cosas en el proceso. Ahora tengo una deuda de 20 000 euros.

El año pasado estaba en una situación desesperada. No encontraba un sitio en el que quedarme y acabé en la calle. Los primeros días los pasé en una casa abandonada. Todas mis pertenencias materiales cabían en dos bolsas de plástico. Hacía un frío horrible y no podía dormir. Ni siquiera tenía fuerzas para ir a clase.

Después de cuatro noches, pude ir a un refugio para personas sin techo. Durante el día, seguía yendo al trabajo y a clase y fingiendo que todo iba bien. Las noches eran un infierno. Yo era la más joven del refugio y una de las pocas mujeres, por lo que estaba siempre en el punto de mira de los hombres. Me sentía muy insegura y me pasaba horas llorando.

Estudiar en el refugio fue todo un reto, también. No es fácil concentrarse en una sala llena de hombres fumando maría y haciendo ruido. Me centré en los estudios porque me daban un motivo para seguir viviendo. Hace unas semanas, me mudé a un pisito en el que, por primera vez en muchos años, me siento segura. Además, estoy a punto de graduarme. Un asesor me está ayudando a librarme de mi deuda. Estoy feliz de poder dejar atrás esta etapa de mi vida. Espero poder volver a confiar de nuevo en la gente y ser capaz de pedir ayuda antes, la próxima vez.

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Sam. Photo by Djanlissa Pringels

Sam*, 21

Cuando tenía 8 años, mi madre volvió a Surinam y nos dejó a los tres hijos en distintas casas de acogida. Por desgracia, nadie me quiso acoger a mí, así que tuve que vivir en una unidad de rehabilitación desde los 16 años. En esa época estaba estudiando para enrolarme en el ejército.

A los 16 vivía en casa de un amigo. Me costaba concentrarme para estudiar y no me llevaba muy bien con su madre. Cuando cumplí los 18, un día salí a tomar el aire y la madre de mi amigo aprovechó para sacar todas mis cosas y dejarme fuera de casa. Me había acabado de graduar, pero estaba sin dinero ni hogar y con un montón de problemas de salud mental.

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Decidí apuntarme a otro curso porque así me darían una beca de estudios. Como no encontré una habitación inmediatamente, me quedé tres meses en un centro de crisis. Luego viví en casa de los padres de mi novia, pero no podía empadronarme en su casa porque tenía una deuda tremenda y tenían miedo de que se presentara allí un cobrador.

Tampoco querían que estuviera allí cada noche, así que pasé mucho tiempo dando vueltas en busca de un sitio para dormir. A veces tenía que pasar la noche en la calle. No podía dormir, ni quería, así que fumaba maría hasta que se hacía de día.

Por aquel entonces estaba haciendo un curso de gestión y procuraba hacer siempre los trabajos que pedían. Pero cuando me tocaba dormir en la calle, me presentaba en clase con un colocón del quince. En esos casos, mi mentor, que conocía mi situación, me dejaba echarme una siesta en la sala de informática.

Nunca me vi como un sintecho. Siempre he procurado tener dinero y no tener que pedir. Me duchaba en casa de mi novia y llevaba un cepillo de dientes conmigo. Si necesitaba comida, salía a comprarme algún plato precocinado en el súper y les pedía que me lo calentaran. He comprobado que mucha gente está dispuesta a ayudarte si no te da miedo pedirlo.

Los estudios fueron mi salvación, pero no ha sido nada fácil. Cuando te quedas sin casa, el dinero es tu principal preocupación. Todo empieza a girar entorno a cómo apañártelas para llegar a fin de mes y comprar los libros de clase, que son carísimos.

Todavía no me estresa demasiado la deuda que llevo acumulada. La pagaré cuando salga de la calle. Mi sueño es empezar en el mundo del hip-hop, pero primero tengo que acabar los estudios para nunca tener que volver a vivir en la calle.

*Se han cambiado los nombres. Para una mayor claridad, se han editado las entrevistas.

Este artículo se publicó originalmente en VICE NL.