Cultură

Cómo es trabajar en la Casona del Terror de la Feria de Chapultepec

Platicamos con un actor y maquillador veterano sobre el ángulo estético de asustar a la gente.
12.11.18
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Artículo publicado por VICE México en colaboración con Mórbido Film Fest.

Desde niño he conocido la Feria de Chapultepec. Ese parque de diversiones entrañable de la Ciudad de México que enmarcó una época en la que todos los niños podían irse de pinta para recorrer ese lugar que parece se ha detenido en el tiempo. Regresar, casi ocho años después, se sintió como un flashback a una época en que era más feliz. Sin embargo, como suele suceder con el paso del tiempo, me percaté de algo que hacía tan valiosos mis recuerdos y que de niño nunca había visto: las personas que componen La Feria.

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Para la tercera vez que me subí al Cascabel, mareado, pensé que este lugar seguía conservando ese aire que siempre lo ha caracterizado. Ni las nuevas atracciones o complejos ajustes a la realidad de esta época, le han hecho perder el compromiso con el entretenimiento inocente que siempre le ha caracterizado. Con confianza puedo decir eso de todo el parque y de todas las atracciones, excepto una: La Casona del Terror.

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Si alguien recuerda pasar por el cuarto de la niña del Exorcista, sabe que es una experiencia íntimamente traumática, suficiente para hacerte temerle a las niñas poseídas por el resto de tu vida. Siendo una persona miedosa, mis palabras de afecto a ese lugar, al que entré incontables veces por hacerme “el valiente”, son escasas pero certeras: nunca he ido a una casa del terror que me dé más miedo. Lo más sorprendente fue, entonces, descubrir que una persona de 26 años —tan sólo un año más grande que yo— ha formado parte de mis traumas desde hace nueve años. Un tipo llamado Adrián Zea que, literalmente, se ha dedicado a espantar personas para vivir.

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Temeroso, vuelvo a recorrer los barandales de la fila a la Casona para encontrarme con Adrián, quien lleva toda su vida adulta siendo actor del recinto. Por primera vez veo a las personas de carne y hueso y no a los monstruos que representan, preparándose para el inicio de un nuevo ciclo de terror. En un diminuto espacio detrás del imponente edificio, Zea prepara a todos desde un par de horas antes de la apertura, quienes se ven nerviosos por dar su “peor” cara para los asistentes.

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Adrián maquillando a un soldado.

Adrián hace una peregrinación diaria desde Pantitlán. Por las mañanas va a la universidad, donde estudia Diseño y Creatividad Visual, y por las tardes llega a La Feria para comenzar a preparar a todos los actores de la puesta en escena. “Lo que más me gusta es maquillar”, me cuenta mientras pide a uno de los actores que corrija su postura para maquillar su cuello. En el fondo, se escuchan gritos guturales de los actores vocalizando. “Aquí hago de todo. En cuanto llego veo dónde me necesitan: desde enseñarle a los chavos, maquillarlos y si hace falta reparar o arreglar algo, también le entro”. Adrián me dice que se encarga también la parte administrativa de mantener las cuestiones laborales en orden. Como administrativo en cualquier otro trabajo, revisa asistencia, que las horas de comida sean adecuadas, entre otras cosas.

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“El fin de semana es cuando ya se preparan las cosas de manera más rápida para poder brindar la mejor experiencia posible a los visitantes”, me dice con orgullo. La manera de hablar de Adrián hace claro que para él, este trabajo, no es un hobby ni algo que le ha permitido subsitir de manera momentánea, sino que, detrás del espíritu de asustar, hay una profesión artística que se ha sembrado en él desde que comenzó, como actor, hace nueve años. “El maquillaje me ha dejado muchas enseñanzas y evoluciones. He llegado a realizar piezas de maquillaje que se han usado para promocionales de La Feria: revistas, periódicos y comerciales, han mostrado mi trabajo y claro que eso me motiva a querer hacerlo más y mejor. Ver que tu trabajo brinda esos frutos y que las personas voltean a ver es una gran recompensa”, dice.

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Aún contándome lo grato que es para él este trabajo, me sigo preguntando, tal vez gracias a los gritos guturales, cómo ha evolucionado dentro del género del terror hasta ser cabeza de una de las muy pocas casas en parques temáticos del tamaño de La Feria, en la que no hay carritos ni seguridad, sino que el contacto con el visitante es continuo y directo. “Al principio, cuando llegué, ni imaginaba que iba a estar aquí y la verdad sí me daba algo de miedo encontrarme durante mucho tiempo dentro de la casa. Pero, como todo, te acostumbras y ya después hasta te enamora”, me dice riendo.

“Quiero que vengan a conocer, pero no solo a asustarse, sino a maravillarse detrás de todo el trabajo que se ha hecho, que vean los detalles”, comenta. “Y también, que si a alguien le interesa conocer una línea de trabajo como la nuestra, nuestras puertas están abiertas”.

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Conocer a Adrián y ver personalmente cómo los actores se maquillan, calientan la voz y preparan sus brincos, brinda una nueva dimensión detrás de esta casa. A final de cuentas, transpirar es esfuerzo indómito por lograr una cosa que, sin duda, la Casona, logra: hacerte cagarte de miedo, al igual que cuando tenías 12 años.


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