Salud

La depresión te roba el alma y luego se lleva a tus amigos

Resulta demasiado fácil dejar de ser amigo de alguien tan difícil, egocéntrico, despreciable y voluntariamente extraño. Especialmente si son ellos los que se distancian.

por Patrick Marlborough; traducido por Julia Carbonell Galindo
26 Febrero 2019, 4:45am

La depresión es una ladrona. Te quita tu tiempo, tus pensamientos y tu percepción de ti mismo. Pero antes de todo eso, se lleva a tus amigos.

A diferencia del suicidio, la depresión actúa incesantemente, poco a poco. El suicidio es un fuerte y sonoro golpe que afecta a vidas inconexas: se percibe y se siente al instante. Pero el aislamiento, el paso previo al suicidio, el que te hunde en la enfermedad, apenas se percibe. Nos gusta hablar del apagón, pero no de cuando la luz empieza a atenuarse. Por lo tanto, para tus amigos es difícil saber cómo interactuar emocionalmente con la depresión, especialmente si se prolonga en el tiempo.

Para mí, la combinación de la bipolaridad, el trastorno límite de la personalidad y la depresión ha creado una cápsula de cianuro que me aparece entre los dientes en cada relación que tengo. Por desgracia, sé a ciencia cierta que, en algún momento, todas mis amistades acabarán envenenadas.

Y lo entiendo. Para ellos es mucho más fácil dejar de ser amigo de alguien tan difícil, egocéntrico, despreciable, impredecible y voluntariamente extraño. Y es aún más fácil si son ellos los que se distancian.


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He repasado esta historia en mi cabeza un millón de veces: uno de mis mejores amigos, un escritor con talento, aunque no natural, y un tío genial, empezó poco a poco a desaparecer. Borró a todos sus amigos de Facebook, dejó de responder las llamadas y los mensajes y se encerró en su habitación como si fuera un ermitaño. Todos sabíamos lo que estaba pasando. Nuestros amigos no paraban de escribirme: “¿Has visto a X? ¿Se encuentra bien X? Deberíamos ir a ver a X”.

Ninguno fuimos a ver a X. Eso fue hace más de dos años y ninguno lo hemos visto ni hemos hablado con él desde entonces. No está muerto, pero se ha ido. Se ha encerrado en la jaula de su mente. Perder a un amigo de esta manera fue como ver un fantasma atravesar las paredes de un pasillo, algo que se esfuma y te deja con una sensación de incertidumbre.

El año pasado volví a caer en mi propia depresión y empecé a mostrar el mismo comportamiento. Básicamente me aislé y corté toda comunicación hasta que en un periodo de seis meses había perdido más amigos que calcetines.

Una hibernación depresiva no es un exilio intencionado, como si fueras cerrando puertas poco a poco. Cuando tu mente está atontada y tus días no son más que un ciclo eterno de inactividad y de pensamientos desesperanzados, reunir la fuerza suficiente como para ir a la actuación de un amigo, tomar un café o responder a un mensaje puede costar mucho. Desde mi experiencia, esta enfermedad consigue convencerte de lo horrible que eres hasta el punto en que empiezas a ver el hecho de alejarte de tus amigos y de los eventos sociales como un favor distorsionado.

Te quedas callado por miedo a que tu llanto interno pueda arruinar la fiesta a los demás.

depresión

Ilustración por Ashley Goodall

Después, este miedo a fastidiar al resto se une a una gruesa capa de culpa. Las personas deprimidas cargan con mucha culpa. Agotan a los demás. La depresión es una vorágine con una atrayente fuerza gravitacional. Tus seres queridos, que son todo optimismo, cariño, empatía y preocupación, de repente se desgastan como cantos rodados. Es muy difícil, casi imposible, querer y preocuparse tanto por una persona que no es capaz de ofrecer lo mismo y todos lo sabemos.

En muchas ocasiones me ha fallado la lengua, se me ha paralizado, al intentar dar las gracias como es debido.

Ese agradecimiento puede resultar incómodo y vergonzoso por muchas razones. Cuesta mucho decirle a tu novia que el hecho de que esté ahí y de que se quede a ver dibujos animados contigo es lo único que te mantiene con vida, porque eso pone mucha presión a una tarde que estaba siendo de lo más inofensiva. Además, pone una carga sobre los hombros de la otra persona que no tiene por qué, y no debería, llevar. Y tampoco puede curar lo incurable.

Tengo mucho miedo de que mi agradecimiento, o la falta del mismo, desemboque en una disculpa sin fin. Ya me he encontrado en la situación de estar pidiendo perdón a alguien que me quería por quién y por lo que era. Cuando un miembro de la pareja o de la amistad es incapaz de entender la razón por la que la otra persona podría y estaría dispuesto a quererle, hay una constante erosión en la fe interpersonal.

Así es como te intoxica la enfermedad. He llegado a decir a mis amigos que su compañía me produce nauseas, a mis padres que me malformaron el cerebro y a la persona a la que quería que me había permitido robarle un trozo de su vida y que eso les hacía culpables de alguna manera.

Si hay algo cierto sobre la depresión es que es totalmente universal y fundamentalmente solipsista. Refracta la identidad como un cristal oscuro. Se nos ha hecho creer que es una reacción neuroquímica que mucha gente experimenta y, sin embargo, nos parece obstinada, única y muy personal. La sientes de una forma tan intensa que eres capaz de convencer a tus más allegados de que es así. Entonces, de repente, todo el mundo asume que eres un caso perdido.

Los activistas por la salud mental siempre hablan de pedir ayuda y de ayudar. Si bien estoy de acuerdo con que es el mejor método, mucha gente no está preparada para hacerlo y la culpa que aparece por esas limitaciones ya es bastante destructiva en sí misma.

Yo lo sentí intensamente cuando no fui capaz de ayudar a mi amigo y lo siento ahora, que soy incapaz de pedir ayuda.

La gente apenas tiene paciencia para lidiar con las enfermedades mentales y 9 de cada 10 “normales” (o neurotípicos) creen que si te pasas 13 horas al día viendo Frasier es porque eres un holgazán.

La preocupante realidad es que la depresión por sí misma no puede hacer que una persona desaparezca. Los amigos tienen algo que ver en esa desaparición. Esa incómoda verdad es la razón por la que no se habla de eso. Y porque la empatía tiene un límite.

Creo que es posible encontrar un atisbo de sosiego en aceptar que ni el que lo padece ni el que es testigo tienen la culpa. Y en nuestro esfuerzo por aceptarlo, percibiremos la depresión como la ladrona entrometida que es y lograremos mantenernos alejados de los que sufren.

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