Por qué nunca dejaré el Prozac

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La guía Vice de la salud mental

Por qué nunca dejaré el Prozac

Alguna vez he intentado dejar el Prozac, pero me he sentido fatal al hacerlo. Me he preguntado si esto es por mi depresión o es que me he vuelto adicto. Al final, dejé de preocuparme. Si ha hecho mi vida "vivible", qué más da que sea adicto.
2.5.15

Cuando la gente te pregunta por qué es cuando te sientes más impotente. Culpable incluso. ¿Por qué estás deprimido? ¿Qué ha pasado para que te sientas tan depre? Por si no te sintieras lo suficientemente mal ya de por sí, ahora tienes que racionalizar o encontrar una explicación convincente para tu depresión.

No es de extrañar que uno de los síntomas de la depresión sea la aversión hacia uno mismo. Por supuesto que te vas a odiar a ti mismo cuando no hay una puñetera razón para sentirte tan mal. Y sí, saber que hay gente muriéndose de hambre y viviendo en la calle que sí tiene una razón para sentirse miserable solo empeora las cosas. Te castigas a ti mismo por tu autocomplacencia.

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Y sin embargo, la depresión no tiene nada de autocomplaciente. Simplemente es un desequilibrio químico en el cerebro que te hace sentir desesperadamente melancólico y/o aterrorizado de todo lo que te rodea. No hace falta que tengas nausea existencial, una intrincada teoría sobre la falta de sentido de la vida. No hace falta que los acontecimientos conspiren contra ti. No hace falta que pierdas tu trabajo. Aunque todo eso puede ayudar. Solo te hace falta el "clic" en el cerebro. Y cuando llega el clic, la vida pierde toda objetividad y deja de tener sentido.

Así que, por ejemplo, no eres capaz de levantarte por las mañanas y te envuelves como una salchicha en tu edredón y te quedas ahí tirado a oscuras eternamente. O te levantas y te encuentras llorando descontroladamente en un supermercado sin motivo aparente alguno. (Yo pasé años echándome a llorar cada vez que mi pareja y yo íbamos al Sainsbury's los sábados por la mañana. No sé por qué —de hecho me gustaba bastante ese sitio, pero con el tiempo ella decidió que era más fácil hacer la compra ella sola). O te encuentras jugando temerariamente en la carretera, zigzagueando entre el tráfico esperando lo peor. O no te atreves a entrar en el metro por miedo a tirarte a las vías —y sí, ya sé lo egoísta que sería eso y el terrible impacto que tendría sobre los que lo presenciaran.

O te da miedo mirar a los ojos a la gente porque te sientes constantemente expuesto, aunque no estés seguro acerca de qué forma de exposición será sea —por estar gordo, o ser un graciosillo, o un insensible, o demasiado susceptible, por gustar a alguien, o no gustarle a alguien, o no tener nada que decir. Cualquier cosa. O estás tan paralizado por el miedo, o encerrado en tu propio mundo, que dejas de ser capaz de entender las cosas más básicas —alguien te pregunta la hora y eres incapaz de contestar porque solo puedes oír el diapasón a un lado y a otro, ahogando cualquier otro pensamiento.

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Recuerdo estar de vacaciones un año en Grecia con una amiga. No ayudó nada que no tuviéramos dinero y pasáramos las noches y las mañanas en una playa nudista rodeados de hedonistas narcisistas que con nada se deleitaban más que consigo mismos. Todos los días deseaba que lloviera. No porque así tendríamos una excusa para irnos de la playa, sino porque yo tendría una razón para sentirme como una mierda. "Hemos venido hasta aquí para disfrutar de los placeres de Grecia y ahora están cayendo chuzos de punta. Maldita sea. La vida es cruel". Y durante toda mi vida adulta, ese ha sido mi objetivo: sentir algo que concuerde con el mundo real: sentirme feliz porque ha pasado algo bueno, o triste porque ha pasado algo malo.

Es la maldición del depresivo que se le niegue algo aparentemente tan simple. A menos que tome pastillas.

Yo me resistía a los antidepresivos siendo adolescente y empezando ya a ser un hombre. Probablemente era porque mi médico me prescribió antidepresivos cuando, de hecho, yo tenía encefalitis —una inflamación del cerebro— así que nunca me he fiado mucho de los diagnósticos de los expertos. Las pastillas eran una señal de fracaso, de locura, un paso más allá del TEC y no tan lejos de la lobotomía completa. Lo que sea menos pastillas.

Así que, a los diez años, me mandaron a una psiquiatra del hospital. Me pidió que le hablara de cómo me sentía y luego decidió que tenía Münchhausen por poder en vez de encefalitis, y que todo era culpa de mi pobre madre. Resultó que ella —la psiquiatra, no mi madre— estaba chalada y solía rondar el hospital desnuda cuando el reloj marcaba la medianoche.

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Unos años después, con la madre de todas las depresiones (muchos supervivientes de encefalitis sufren depresión por varios motivos, porque les han trasteado en el cerebro, porque les quedan secuelas de discapacidades o porque luchan después por vivir día a día), fui a otro psiquiatra. Cómo disfrutaba haciéndome hablar de qué era lo que me hacía sentir mal, qué listo parecía creerse cuando sugirió que mi depresión podría tener algo que ver con aquello por lo que había pasado. Yo no sabía qué hacía allí, escuchando cómo un hombre absorbía los detalles de mi vida para después sacar una conclusión que yo ya conocía. No quería comprensión, ni siquiera compasión; quería ayuda. Además, era raro —un tío majo, pero totalmente chalado—. Tenía sobrepeso, así que le pusieron una mordaza en la mandíbula. Esto no sirvió de nada, así que se sometió a un bypass gástrico que al final lo mató. Cada vez que estaba en la habitación con él, tenía que dejar las ventanas abiertas porque el psiquiatra tenía el estómago tan destrozado que se pasaba todas las sesiones tirándose pedos.

No mucho después, probé otra vez con las pastillas. Me dejaban catatónico. Pastillas de zombi. Mientras que antes solo quería pasarme el día durmiendo, esas pastillas me provocaban justo eso. Por supuesto, no te sientes tan mal si estás completamente grogui, pero eso no es vida que digamos. Dejé las pastillas.

Durante la siguiente década, sobreviví sin loqueros ni pastillas. Me pasé todo el tiempo llorando, me envolví en el edredón y así pasó mi vida. Todo iba bien en mi vida: tenía el trabajo de mis sueños en The Guardian, compañeros geniales, niños, amigos… y, aun así, me sentía como una mierda.

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Los depresivos tienden a acercarse unos a otros. Los puedes oler a un kilómetro. Y eso fue seguramente lo que me acercó a mi mejor amiga Fiona. Fiona era la secretaria del departamento de arte de The Guardian, aunque lo entendía todo muchísimo mejor que los críticos, que solían hablar con ella después de ver lo que fuera y se quedaban con sus mejores frases. Fiona era la típica depresiva que no tenía nada que la hiciera miserable. Era brillante, encantadora, tenía quien la quisiera, era única. Pero nada de esto le ayudó a sobrellevar su vida y se suicidó.

Unos meses después, sufrí un ataque de nervios. Sabía que tenía que ver con Fiona y era inevitable. Fui al médico y le dije que tenía instintos suicidas y que solo quería algo que me hiciera sentir mejor lo más rápido posible. Me mandaron al hospital psiquiátrico donde no me retuvieron pero me prescribieron antidepresivos. El Prozac era relativamente nuevo en los noventa. REM escribió Shiny Happy People en honor a él —y ese era el temor general: que aquella forma de aturdimiento era el equivalente químico a un porrazo en la cabeza. Me aseguraron que me sentiría muy mal unas semanas (y así fue) pero que debía persistir.

El cambio fue asombroso. No me convertí en una persona "resplandeciente y feliz" (que dice la canción de REM), pero dejé de pasarme el día llorando. El diapasón cesó su vaivén, podía darle a la gente la hora y me convertí en algo aproximado a un ser humano funcional. Diane, mi pareja, siempre había estado en contra de los antidepresivos porque había visto los efectos que tenían los antiguos medicamentos pero esta vez insistió en que me los siguiera tomando.

He leído cosas sobre cómo la gente se ha vuelto loca y ha asesinado puesta de Prozac, y me he preocupado. Pero a mí nunca me ha apetecido matar a nadie. He leído que dificulta la eyaculación (cierto, pero está bien tener un reto) y que pierdes los sentimientos (yo aún tengo muchos, pero no lloro tan fácilmente como lo hacía en el supermercado). He intentado dejarlos alguna vez, pero me he sentido fatal al hacerlo. Me he preguntado si esto es por mi depresión o es que me he vuelto adicto al Prozac. A lo mejor son ambas cosas. Al final, dejé de preocuparme.

Si ha hecho mi vida "vivible", qué más da que sea adicto. 18 años y contando con estas cilíndricas bendiciones verdiblancas. ¿Las he estado tomando demasiado tiempo? Probablemente. ¿Soy adicto? Posiblemente. ¿Podré alguna vez conseguir dejarlas? Probablemente no. ¿Me importa? Para nada. Viva el Prozac. Vamos a por los próximos 18 años.

@shattenstone