La ocultista victoriana acusada de matar hombres con la mente

Pionera del feminismo y defensora de los derechos de los animales, Anna Kingsford fue una de las mujeres más notables del siglo XIX.
3.1.18
Anna Kingsford, y Claude Bernard, a quien supuestamente ella mató con un ‘rayo espiritual’. Fotos vía Wikimedia Common

Este artículo fue publicado originalmente en Broadly, nuestra plataforma dedicada a las mujeres.

"¡Claude Bernard ha muerto! ¡Claude Bernard ha muerto!", gritó histéricamente Anna Kingsford una tarde de febrero, cuando vio una noticia en la puerta de la École de Médecine de París informando sobre el funeral del gran fisiólogo. Abrumada por la emoción, pidió sentarse mientras relataba los acontecimientos de diciembre de 1877. Usando su conocimiento de lo oculto, Kingsford dijo que ella había invocado un "rayo espiritual" para acabar con su vida.


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En ese momento, Kingsford llevaba unos cuantos años en la carrera de Medicina de la prestigiosa facultad. Perseguía sus ambiciones desafiantes y, a pesar de la hostilidad victoriana frente a las mujeres en la medicina, iba a convertirse en una de las primeras mujeres británicas en conseguir el título de doctora. La vegetariana, como se consideraba abiertamente, no solo quería convertirse en médico, sino que también deseaba ganar credibilidad para su lucha contra la vivisección, una práctica que consistía en diseccionar a animales indefensos y torturarlos con el objetivo de lograr un progreso en la ciencia.

Kingsford se metió directamente en la boca del lobo. La École había perfeccionado la práctica y el profesor Claude Bernard era el principal defensor de la vivisección en Europa en ese momento (su esposa le pidió el divorcio después de volver a su hogar un día y descubrir que su marido había practicado la técnica con su propio perro).

A finales de ese diciembre, en un "frenesí de indignación sincera", Kingsford utilizó algún tipo de poder psíquico para darle una paliza a Bernard

En un artículo para The Heretic, Kingsford describió su angustia cuando supo que los horribles chillidos provenientes de un laboratorio de la École eran de perros diseccionados vivos. "Con lágrimas de agonía", escribió, "recé por tener la fuerza y el coraje suficientes para lograr la abolición de un mal tan vil. Pretendía hacer todo lo que estuviera en mi mano para acabar con esa maldita tortura".

A finales de ese diciembre, en un "frenesí de indignación sincera", Kingsford utilizó algún tipo de poder psíquico para darle una paliza a Bernard. Más tarde, en noviembre de 1886, hizo lo mismo con el fisiólogo Paul Bert, o así lo afirmó Edward Maitland, su antiguo colaborador en ocultismo y firme opositor a la práctica de la disección.


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El relato fue publicado en Anna Kingsford, her life, letters, diary and work (Anna Kingsford, su vida, cartas, diario y trabajo), biografía escrita por Maitland sobre Kingsford en 1896. El retrato de ocultista vengativa que se hizo de ella empañó y retrasó más de un siglo el reconocimiento de Kingsford como una de las primeras espiritistas y defensoras de los derechos animales de la era victoriana.

En lugar de ser reconocida por sus innumerables logros —haber promulgado extensamente el vegetarianismo y su negativa a la disección de animales vivos, la autoría de grandes libros esotéricos, novelas y columnas en periódicos, la edición de su propia revista feminista y su campaña por los derechos de las mujeres— ahora se la menciona de vez en cuando por sus conocimientos en magia negra.

Pero su influencia fue tan grande que Mahatma Gandhi vendía sus libros místicos en Sudáfrica y leía "con satisfacción y gratitud" su obra sobre el vegetarianismo, The perfect way in diet. Aleister Crowley, el célebre mago, admitió que, "En el mundo religioso, ella consiguió más que cualquier otra persona en generaciones", y la reconocida autora y profesora de tarot, Mary Greer, la llamó “madre de la Orden Hermética de la Aurora Dorada”, la organización esotérica más famosa de la época victoriana. Pero, ¿Kingsford realmente asesinó a dos vivisectores franceses?

En lugar de ser reconocida por sus innumerables logros ahora se la menciona de vez en cuando por sus conocimientos en magia negra

Según Alan Pert, su biógrafo de 2007, la biografía de Maitland está "llena de errores" y omite muchos detalles personales importantes. La amiga cercana de Anna, Florence Miller, dijo sobre la obra que "habla más del propio Maitland que del tema que trataba. ¡Página tras página se habla sobre los medios espiritistas, sobre su alma y su importancia en el universo!". En la reseña de Theosophy in Australia de 1896 se refirió a la obra como "uno de los libros más desconcertantes y extraños publicados este año". A eso añadió que, "como un ángel vengador que mata a los defensores de la vivisección solamente con poder de su voluntad, ella aparece como un personaje nuevo para la mayoría de nosotros".

Ah, y es bastante sospechoso que Maitland quemara todos los documentos, manuscritos, diarios y cartas que Kingsford le dejó cuando terminó de escribir la biografía. Esto hace imposible que alguien pueda llevar a cabo una revisión de los hechos, de cualquiera de sus citas o relatos.


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Entre muchas otras afirmaciones inverosímiles e inconsistentes, Maitland también dijo que Kingsford le explicó que solía ir a cazar zorros y que “halló cierto placer salvaje” en contemplar a los perros devorando a los zorros. Sus propias palabras en su libro, Health, beauty and the toilet (Salud, belleza y baño), contradicen esto: "No soy una defensora de las mujeres que practican la caza…El espectáculo de la 'muerte', aunque sea de un zorro, no debe provocar alegría en los corazones de niñas inglesas. Y cuando el pobre zorro es la víctima, el aspecto de la cosa es, al menos en mi opinión, totalmente repugnante y despreciable".

¿Qué motivaría a Maitland a traicionar a Kingsford y mancillar deliberadamente su legado? Una lucha de poder, obviamente. Según Alan Pert, "Anna era la 'mujer ideal' de Maitland en todos los sentidos menos uno: no podía dominarla como él deseaba". Al escribir sobre su primer encuentro, Maitland ofrece una larga descripción de su extraordinaria belleza, parecida a la de María Magdalena: "Alta, esbelta y con gracia en su forma, justa y exquisita en su complexión, su pelo largo y dorado…". Coincidentemente, la figura de la protagonista femenina en sus novelas sigue la misma descripción, excepto porque siempre es sumisa y frecuentemente maltratada sádicamente por el hombre. En su libro England and Islam Maitland escribió, "La mujer ideal se entrega a su afinidad masculina como una hoja de papel vacía para que él escriba sobre ella a su antojo".

Anna era la 'mujer ideal' de Maitland en todos los sentidos menos uno: no podía dominarla como él deseaba

Kingsford también eclipsó a Maitland con su éxito. No solo encabezó un nuevo movimiento teológico, sino que también fue honrada en la historia del vegetarianismo y los derechos de los animales gracias a su conocimiento y dedicación incansables a estas causas. Maitland se sirvió de la biografía para ajustar cuentas de una vez por todas. No solo mancharía el carácter de Kingsford, sino que despreciaría su trabajo dando a los lectores la impresión de que estaría perdida sin su guía, "destinada a desastres y naufragios como un barco a la deriva en el océano sin timón, brújula o timonel". Incluso llegó a decir que después de su muerte, el espíritu de Kingsford apareció para decirle que estaba equivocada sobre una discusión pasada.

Además, la actitud sedienta de sangre estaba totalmente en contra de su carácter y creencias. Dañar a alguien, y más asesinar a un ser vivo, era completamente contradictorio con los principios de Kingsford. En su conferencia, Violationism or sorcery in science” (Violación o hechicería en la ciencia), dijo: "Para ser una experta en magia, es indispensable ser honesto, tener la conciencia tranquila y actuar de manera justa".

¿Qué nos dirían Claude Bernard y Paul Bert si llegaran a la sala de sesiones espiritistas? Probablemente negarían haber sido víctimas del asesinato psíquico. Bert diría haber muerto de disentería en Hanói mientras que Bernard pondría la excusa de haber padecido una enfermedad durante diecisiete años en los mismos órganos sobre los que estudió en toda su carrera, el páncreas y el hígado. Esto fue lo que, irónicamente, condujo a su lento ocaso. El karma es un cabrón.