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Identidad

Pase y llore: Pero deja tú, ¡las criaturas!

El ala más aceda del catolicismo jalisciense marchó para impedir que las personas del mismo sexo puedan casarse y adoptar hijos. Si crees que hay razones para sospechar que lo que más les preocupa son los niños, tienes toda la razón.
28.7.15

Ilustración por Mario Flores, síguelo en @mareoflores.

Este sábado se realizó una marcha en Guadalajara para, entre otras cosas, defender la "familia tradicional". Algunas ciudades del país siguieron su ejemplo,pero la iniciativa surgió ahí y fue impulsada por una variedad de asociaciones civiles, políticos con y sin cargos públicos y la arquidiócesis local. En realidad se trataba de condenar el matrimonio entre personas del mismo sexo y de impedir que parejas homosexuales adopten niños. La marcha llevó el nombre de "Jalisco es uno por los niños", porque se trataba, según los organizadores, de defender el derecho de los niños a crecer con un padre y una madre. En pocas palabras, fue como la escenificación de un enorme "que alguien piense en las criaturas", en el sentido más plenamente rancio de la expresión.

Para algunos de los que convocaron, el número de participantes fue de 80 mil (hubo quienes se hicieron la chaqueta de que había 200 mil), aunque una cifra más realista sería de entre cinco y diez mil. Aun así, se trata de un montón de gente, si tomamos en cuenta que se trata de una ciudad que no tiene una tradición de protestas masivas. Por ejemplo, el suceso nacional que convocó al mayor número de manifestantes el año pasado, la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, no tuvo más que una representación marginal en Guadalajara.

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Al contrario que quienes protestaron contra la agresión hacia los estudiantes, esta vez no se trató de defender los derechos ajenos, sino de coartarlos. A pesar de que el argumento era que los convocados buscaban garantizar el derecho de los niños a crecer en una familia "normal", en los hechos lo que se exigía era la cancelación de la posibilidad de que las personas homosexuales puedan casarse con quien elijan y, si lo desearan, adoptar hijos (que de cualquier forma, en la mayoría de los casos no crecerían en una familia, si no fuera por esta posibilidad).

Uno de los mayores problemas para los manifestantes mochos y sus simpatizantes (además de su estupidez ética, para decirlo cuanto antes) es que, hace poco más de un mes, la Suprema Corte de Justicia resolvió que el matrimonio es la unión entre dos personas, sin importar su sexo. Esto deja sin validez la prohibición que había en varios estados para que las parejas homosexuales se casaran. Tal vez muchas de las personas que salieron a la calle sabían esto (aunque algo me dice que sería un exceso de generosidad afirmar que los enterados eran mayoría) y lo que buscaban era que la SCJN reconsiderara su postura y abriera una nueva sesión para debatir el asunto. O tal vez les vale verga la estructura del Estado en que viven. Después de todo, para ellos hay un Poder mayor.

Quienes están más claramente en conflicto con razonamientos como el anterior son dos sectores que apoyaron las causas de la marcha y que, aunque no lo reconocieran, hicieron el papel de promotores: funcionarios públicos y representantes de la Iglesia Católica. Los clérigos, ya sabemos, creen que tienen el poder de hablar por toda la población nacional cuando exigen que sus preceptos se apliquen por medio de mecanismos legales. Hacer esto implica, obviamente, limpiarse el culo con el artículo 130 de la Constitución, en el que se establece la separación entre la Iglesia y el Estado. Pero como buenos maestros de la hipocresía, jamás reconocerán abiertamente que su objetivo es eliminar esta separación y en sus declaraciones públicas hablan de su respeto por el Estado laico.

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Los políticos que estuvieron detrás de la marcha forman una larga lista. Uno de los que tienen perfil más alto es el senador José María Martínez (extraído, adivinen, del PAN), quien estuvo muy al pendiente de defender durante todo el día los argumentos de los manifestantes (o más bien estuvo al pendiente de esto el CM de sus cuentas de Facebook y Twitter). También se ubicó en esa esquina un gran número de militantes del nuevo Partido Encuentro Social y promotores de un partido de extrema derecha que busca su registro, el Partido por la Vida. Y no fueron pocos los legisladores y otros representantes electos que fueron menos explícitos, pero igual de complacientes. Para todos ellos, la bronca no es solamente el desprecio por el artículo 130, sino también por el funcionamiento del Poder Judicial y la validez de la Suprema Corte como el órgano más importante de éste. En especial, para un partido como el PAN que se da baños de pureza con el "respeto a las instituciones" (además de su autopromoción permanente para declararse los alumnos más aplicados del catecismo), una postura desde la que desconocen las resoluciones de la SCJN es de lo más subversivo.

Pero también los marchantes "de a pie" cayeron en una trampa al responder a la convocatoria de la marcha (y me atrevería a decir, desde que se formaron como fieles del catolicismo de vertiente despótica). Siempre me ha parecido curioso cómo los postulados de la doctrina cristiana que hablan del respeto al otro, a pesar de sus diferencias, son relegados al olvido por la Iglesia en favor de argumentos que defienden el sometimiento y la segregación. A nadie debería causarle sorpresa que una institución que llegó a promover el amor al prójimo con medios tan, digamos, paradójicos como las cruzadas o el Santo Oficio hoy llame a cancelar derechos que no afectan a nadie si se ejercen (como el del matrimonio homosexual). Pero que su historia lo explique no implica que uno debería aceptar el doble discurso y las posturas fanáticas.

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En el mundo del catolicismo más reaccionario (que es el que más abunda en nuestro país), no basta con la fe propia y con el ejercicio, en la vida personal, de las normas derivadas de esa fe. También deben imponerse esas normas al resto de la población. A falta de la fe, que tendría que surgir por generación espontánea o algo así, se deberá vivir como si esa fe existiera. Esa forma de pensar es un fundamentalismo que casi nunca reconocen abiertamente sus representantes. Cuando promocionaron su marcha y se defendieron (torpemente) de las críticas, pidieron tolerancia hacia sus ideas. Unas ideas que implican una forma extrema de intolerancia. Que alguien les explique, por favor.

Uno de las razones que más han utilizado en estos días para condenar la unión entre personas del mismo sexo es que no se trata de algo "natural". Para estos católicos, la naturaleza no es una idea de orden científico, sino teológico, que viene del orden dictado por su dios (que se llama Dios). Hoy, esa idea de naturaleza les sirve para justificar que sólo pueda haber sexo con fines de procreación y para condenar particularmente el hecho de que las mujeres o los hombres cojan entre sí. También, para afirmar que un niño estará mejor trabajando como limpiaparabrisas y moneando diariamente que siendo criado por una pareja integrada por dos personas lo suficientemente degeneradas para amar a alguien que nació con órganos sexuales parecidos a los suyos. Continúa siéndoles útil para justificar que el ser humano, como centro de la Creación, explote su entorno y someta al resto de los animales. Antes, fue la justificación para que se considerara a los negros e indígenas americanos como especies inferiores, susceptibles de esclavizarse.

Por lo que respecta a la adopción de niños a cargo de parejas homosexuales, los mochos alegan que los gays y lesbianas son personas enfermas y que sus hijos adoptivos crecen con un daño sicológico irreparable. A estas ideas se les reviste en el debate de una apariencia seudocientífica y se les condimenta con datos tergiversados, para enmascarar el hecho de que son ideología pura y dura. La defensa generalmente se da desde la evidencia: los hijos de parejas homosexuales no muestran mayores problemas de adaptación (más allá de los que puedan derivarse del acoso por razones de homofobia). Pero creo que incluso esta defensa debería ser innecesaria. En general, no me inclino por creer que los estudios "científicos" (si es que la metodología de las ciencias duras puede aplicarse a fenómenos sociales y culturales) deban determinar los preceptos morales, como lo pretenden hacer estudios como los referidos en este artículo. Es decir, las conclusiones que arrojan las investigaciones sobre los hijos de parejas homosexuales generalmente "demuestran" que éstas no son menos aptas para formar una familia que las parejas heterosexuales. No se trata de que estas conclusiones concuerden o no con mi postura ideológica (por cierto, sí concuerdan), sino que no deberían necesitarse para justificar la funcionalidad de una alternativa frente a la familia católica reaccionaria, de moral hipócrita, machista y clasista, fuente de conflictos emocionales y sociales imposibles de enlistarse por completo. En pocas palabras, hace falta mucha necedad para creer que la "familia tradicional" ha sido el modelo ideal.

La prueba de que la marcha "por los niños" no tenía como prioridad la felicidad de las criaturas, sino la voluntad de imponer de manera totalitaria un modelo ideológico, es que no he visto que las organizaciones de catolicismo acedo promuevan marchas para ayudar a los niños de comunidades devastadas por la violencia o la miseria. Si lo hacen, tal vez empezaría a tomarlas en serio. Como apuntaban algunos en Twitter, si lo que les preocupa es que los homosexuales sean personas con trastornos sicológicos que dañen a los niños, ¿por qué no hemos visto marchas para condenar la pederastia que ejercen los representantes de la Iglesia y a quienes los encubren?

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@infantasinalefa