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Cultură

Me casé con un abusador

Es un castigo sin fin.
22.2.16

Entre otras cosas, la familia de Gabriela debe mantenerse lejos de cualquier escuela. Foto vía la usuaria de Flickr Kelly Hunter.

Gabriela conoció a su esposo David seis meses después de que lo acusaran por abuso sexual. Después de una noche de borrachera, la policía lo encontró a él y a una amiga suya ebrios y a medio vestir en una banqueta. Ella estaba inconsciente y él huyó en cuanto vio a la policía llegar. Gabriela dice que David pensó en un principio que recibiría una infracción por conducir bajo los efectos del alcohol, pero más bien fue acusado de "introducirle un objeto extraño a una víctima inconsciente"; ese "objeto extraño" era su mano*.

David pasó tres años de prisión en California y tres más en libertad condicional. También fue incorporado al registro de agresores sexuales de Estados Unidos. Aún después de catorce años, el incidente de aquella noche sigue afectando a la pareja en casi todos los aspectos de su vida, desde dónde vivir hasta la posibilidad de tener hijos.


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Gabriela está muy preocupada por una nueva ley que le dificultará a los agresores sexuales registrados viajar internacionalmente. La ley está encaminada a los abusadores de menores. David no es uno de ellos, pero según el informe de registro, hay varias personas a quienes les han puesto trabas para viajar aunque sus víctimas no fueran menores.

A continuación, Gabriela habla de su matrimonio, sus vecinos y lo que espera del futuro.

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Cuando llevábamos un par de meses juntos él me contó lo que sucedió. Yo tenía 18 en ese entonces y él 22. Yo era muy joven y obviamente me impactó bastante. Pensé "no es posible que te metan a la cárcel por eso. Digo, ustedes eran dos pubertos idiotas. Tú no eres un monstruo ni eres el típico enfermo que anda acechando en el parque de noche", pensé que era algo que se olvidaría pronto, pero eso nunca pasó.

Después de conocernos, David estuvo fuera de prisión durante año y medio, hasta que finalmente se rindió y se declaró culpable; él dijo que no era justo que los demás tuvieran que pasar por la misma tortura, en especial su mamá y yo. Yo iba a visitarlo los fines de semana, pero él quería que me enfocara en la escuela y me dijo que estaría bien.

Él todavía dice que haber ido a prisión fue lo más fácil, también dice que ahora todo es más difícil porque no sabe qué esperar. Es una angustia constante. Cada vez que llegamos a casa, nos da miedo encontrar a los vecinos protestando enfrente. Cada vez que suena el timbre mi corazón se para. Vivimos en un estado de temor constante.

No tenemos amigos en nuestra colonia, preferimos mantenernos alejados, pero cada año llegan policías a nuestra puerta para hacer comprobaciones de integridad y asegurarse de que él sí viva aquí. Por eso nos da miedo que alguien los vea frente a nuestra puerta y empiece a sospechar que algo sucede en nuestra casa.

Es un poco incómodo que te acosen cada vez que llegas a casa.

Durante los primeros tres años que él estuvo en casa, su foto ni siquiera figuró en la lista [de agresores sexuales]. Para encontrarlo de hecho tenías que buscar en expedientes de la policía y ellos mismos te decían que habían cometido un error. Pero de repente su nombre y su fotografía reaparecieron. Más adelante, nos dijeron que no podíamos vivir a menos de 615 metros de una escuela. Cuando eso pasó acabábamos de comprar una casa y vivíamos a 625 metros de una. Gracias a dios no tuvimos que cambiarnos.

Cada vez que nos distraíamos surgía algo nuevo.

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En verdad queríamos ser padres, pero mientras más cambiaban las leyes y conforme veíamos como trataban a la gente en los registros — él aún no ha tenido que sufrir eso, pero le aterra lo que pueda pasar— más nos convencíamos de que no era responsable involucrar a un niño en todo esto. Sería muy duro decirle "tu papá no puede recogerte en la escuela" y "no puedes invitar a tus amigos a la casa".


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Un día compramos un mapa grande, lo pusimos en mi oficina y dijimos: "¿Sabes qué? Tenemos cuatro sobrinas pequeñas que viven a 16 km de nosotros. Nuestros amigos más cercanos siempre traen a sus hijos a casa. Hay que ser los mejores tíos para ellos y dedicarnos a viajar por el mundo". Empezamos a viajar a donde pudiéramos. Ya hemos estado en el Caribe y en Europa. Tenemos planeado viajar a Grecia en agosto.

Esta nueva ley nos puso al límite. Cuando nos enteramos de que estaban avisando a otros países, buscamos una manera de evadirla. Vivimos cerca de la frontera con Tijuana, así que le dije "hay que intentar tomar un vuelo desde allí y ver qué pasa". Pero, como es de esperarse, cada vez que regresamos acosan mucho a David en la aduana. No le pueden hacer nada porque no está violando la ley, pero quieren saber cómo llegó ahí y cómo es que ha podido estar en todos esos lugares. Ha habido ocasiones en que han revisado todas sus cosas, le han desgarrado la ropa, le han preguntado si tiene computadoras, dónde ha estado y con quién. Es un poco incómodo que te acosen cada vez que regresas a casa.

Ahora con esto que se viene, nos sentimos entre la espada y la pared. ¿Deberíamos agarrar todas nuestras cosas e irnos? No sabemos si eso sería lo correcto, tenemos vínculos muy estrechos con nuestra familia aquí. Soy dueña de mi propio negocio y nos va muy bien económicamente. Pensamos que tenemos dos opciones: quedarnos en California y seguir mientras podamos, esperando que la leyes cambien algún día o de plano irnos del país y terminar con esto. Es un castigo sin fin.

*Gabriela dice que el contacto entre David y la chica fue consensual y que la policía malinterpretó la situación cuando la vieron abrir la puerta del coche y vomitar para después caer al suelo inconsciente. Según los fiscales, la joven había estado inconsciente todo el tiempo y David había "atacado sexualmente a una persona vulnerable".

Se cambiaron los nombres.