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Hay una epidemia de médicos que abusan de las mujeres durante el parto

Según las doulas, las mujeres a menudo reciben un trato horrible durante el parto, con prácticas que van desde episiotomías no consensuadas hasta agresiones sexuales.

por Sarah Yahr Tucker
08 Enero 2019, 4:30am

Foto por Krista Jones cortesía de Caroline Malatesta 

Artículo publicado originalmente por Broadly Estados Unidos.

El 6 de agosto de 2016, la cifra de 16 millones de dólares resonó dentro del mundo de los cuidados de maternidad. Era una cantidad relacionada con una imagen escalofriante: una mujer en pleno parto, gritando de dolor y de terror mientras una enfermera apretaba la cabeza de su bebé contra su vagina, evitando que naciera. Fue el día en que la madre oriunda de Alabama, Caroline Malatesta, ganó una batalla jurídica increíblemente insólita contra el hospital de Birmingham Brookwood Women’s Health cuando dio a luz en 2012.

Según Yahoo Parenting que publicó su historia por primera vez en 2015, Malatesta escogió Brookwood porque quería "autonomía", y se vio tentada por una seductora campaña de marketing que ofrecía planes de parto personalizados y opciones "naturales". La verdadera experiencia distó mucho de esa imagen empoderadora.

Malatesta había planificado un parto sin medicaciones y quería moverse libremente durante el proceso, pero su enfermera de parto le ordenó ponerse en la cama de espaldas y permanecer inmóvil, a pesar de que su bebé no mostraba señales de peligro. El obstetra que le había prometido un monitor inalámbrico y una bañera para dar a luz en el agua no estaba de guardia. Cuando ella protestó, la enfermera ignoró sus preguntas y ordenó a Malatesta obedecer. Como Malatesta escribió después, “Quedó bastante claro que no se trataba de salud o de seguridad. Era una lucha de poder".


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Durante los últimos minutos del parto de Malatesta, ella afirma que esta lucha se convirtió en una agresión física violenta. Describe cómo su enfermera la obligaba a mantenerse inmóvil bocarriba en la cama mientras otra enfermera presionaba la cabeza de su bebé contra su vagina durante seis minutos. Malatesta dice que ignoraron sus gritos de "¡Basta!" mientras ella se debatía en lo que considera que fue una "tortura". Su hijo Jack nació sano y sin daños, pero Malatesta sufrió daño cerebral grave como resultado de la agresión. Más tarde le diagnosticaron trastorno de estrés postraumático (TEPT) y neuralgia del pudendo, una enfermedad extremadamente dolorosa e incurable que le impide mantener relaciones sexuales y volver a dar a luz otra vez.

En 2016, después de más de dos años de litigio, la demanda de Malatesta se desestimó por no constituir una prueba de que hubiera sido agredida por una persona a la que le confió su cuidado; de hecho, no existe ninguna ley estadounidense que penalice lo que se le hizo a Malatesta. Pero un jurado civil coincidió en que Brookwood había publicitado fraudulentamente sus opciones de parto, y que su enfermera no había respetado el estándar de atención.

Después de la decisión, la cobertura mediática del caso de Malatesta se centró en su experiencia traumática y en el engaño del que había sido víctima por parte de la clínica. Cientos de personas expresaron conmoción, compasión y escepticismo frente al hecho de que una violación así de espantosa hubiera ocurrido en un hospital. Pero para un grupo de personas, la historia de Malatesta no era impactante ni aislada, ni siquiera inusual. Las doulas o parteras, profesionales formadas para brindar apoyo físico y emocional, pero no cuidados médicos durante el parto, vieron el caso como un incidente más de violencia obstétrica: cuidados de maternidad abusivos que, según muchas de ellas, es algo que presencian con demasiada frecuencia.

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Foto por Ian Waldie vía Getty Image

El término “violencia obstétrica” no aparece en ninguna parte de la constitución estadounidense, pero otros países como Venezuela y Argentina están comenzando a definirlo como un delito contra de las personas que dan a luz. Es un término genérico que incluye actitudes irrespetuosas, coacción, abuso y discriminación por parte de profesionales del cuidado, realización de exámenes o tratamientos sin consentimiento, intervenciones forzosas como cesáreas por orden judicial y también abuso físico.

En 2016, el Colegio Norteamericano de Obstetras y Ginecólogos (ACOG) publicó un exhaustivo informe del comité que afirmaba que una mujer embarazada "capaz de tomar decisiones" tiene el derecho de rechazar tratamientos y oponerse "con total vehemencia" al uso de "presión, manipulación, coacción, fuerza física, o amenazas... para inducir a las mujeres a tomar determinadas decisiones clínicas". Sin embargo, sus opiniones y resoluciones no son obligatorias.

A pesar de que la violencia obstétrica puede causar tanto daño físico como emocional, observadores jurídicos han descubierto que son muy pocas las mujeres que alguna vez hacen denuncias públicas contra médicos, parteras, enfermeras u hospitales. Si tanto un bebé como su madre están razonablemente saludables, la mayoría de mujeres prefiere dejar atrás una experiencia de parto traumática y centrarse en la maternidad. Lo que fue impactante para las doulas con quienes hablamos no fue la forma irrespetuosa en que trataron a Malatesta, ni siquiera la agresión física, sino el hecho de que ella reaccionó pública y jurídicamente contra de su agresión. Y ganó.

Emily Varnam, doula y pedagoga de salud reproductiva de Detroit, que trabajó previamente en Nueva York, describe la experiencia de presenciar repetitivamente la violencia obstétrica como agotadora, indignante, y profundamente traumática. "Básicamente ves que las mujeres obtienen el cuidado apropiado en el uno por ciento de los casos", dice Varnam, que agrega que presenció abusos frecuentes mientras asistía partos en casi todos los hospitales de Nueva York. "Ya sea por falta de cuidados basados en la evidencia o la falta de compasión, o la falta de respeto hacia la especie humana, nunca he presenciado cuidados que considere apropiados, bien sea por la forma en que les hablan, o por exámenes vaginales no consensuados. También se trata de episiotomía no consensuada o coacción, bullying, tácticas de intimidación".

Como muchas otras doulas, Varnam originalmente consideró su labor como un apoyo a las mujeres embarazadas. Pero pronto se dio cuenta de que su trabajo podría ser mejor descrito como uno de "guardaespaldas". En lugar de ofrecer medidas de confort o estímulo durante el parto, ella sentía que realmente estaba ahí para mantener a sus clientes a salvo, para proteger su autonomía física, para defenderlas de ser victimizadas, y si falla en eso, para servir de testigo de su abuso. Es un trabajo que Varnam cree que no debería existir.

"He oído cosas muy explícitas sexualmente dichas a mujeres en pleno parto"

Varnam recuerda haber sido testigo de un incidente particularmente perturbador con una clienta en el que un obstetra entró a la sala de parto usando ropa sudada: sin siquiera presentarse a la paciente ni pedirle permiso, el doctor insertó los dedos en su vagina e intentó ensancharle manualmente el cuello uterino, que ya estaba casi dilatado. Varnam dice que su cliente gritó de dolor, pero Varnam hubo de insistir para que el médico se detuviera. "Esto pasa todo el tiempo", dice. "Es increíble la cantidad de veces que tengo que decir, Está diciendo que no, y tú tienes la mano en su vagina. Tienes que sacarla'. No puede existir ese tipo de indiferencia hacia el consentimiento".

Existen datos que corroboran la experiencia de Varnam. Una encuesta de 2014 realizada a más de 2000 parteras, educadoras, y enfermeras de parto en Estados Unidos y Canadá reveló que casi el 90 por ciento había presenciado a algún profesional de la salud participar en procedimientos "sin dar tiempo ni elección a las mujeres", y casi el 60 por ciento había observado a profesionales realizar intervenciones "explícitamente en contra de los deseos de la mujer". Muchas personas ajenas al mundo de los partos encuentran estas cifras difíciles de creer. Varnam ha luchado para convencer a las personas de que las cosas que ha visto no fueron errores ocasionales de unos cuantos obstetras de la "vieja escuela”, y afirma que ha visto ese mismo comportamiento en doctores jóvenes, doctoras, parteras, y enfermeras: está pasando en todas partes.

Mychal Balazs, doula residente en Los Ángeles, coincide con este análisis. En sus dos años de doula, nos cuenta que ha visto toda clase de violencia obstétrica. Balazs cree que en concreto la falta de consentimiento es ignorada como un problema de los cuidados de maternidad y es una de las causas principales de los traumas relacionados con el parto. A Balazs le perturba sobre todo la práctica denominada "desgarro manual", que según ella ha visto frecuentemente en hospitales de Los Ángeles. En lugar de la episiotomía, que consiste en un corte quirúrgico para agrandar la apertura vaginal, Balazs dice que ve frecuentemente a profesionales de la salud estirar y desgarrar el perineo de una paciente con sus manos, incluso cuando la paciente no ha recibido anestesia epidural, causándoles dolor intenso.

Balazs afirma que también ha presenciado abusos sexuales durante el parto, y hace una distinción entre "manoseo médico indeseado" en la vagina, que algunos consideran como abuso sexual, e incidentes abiertamente "sexualizados". "De hecho, he oído cosas muy explícitas sexualmente dichas a mujeres en pleno parto", dice Balazs. "Ni siquiera puedo describir lo increíblemente extraño que es ver algo que solo se puede describir como una violación y que luego alguien reciba a su bebé y ese sea el mejor momento de sus vidas".

"Una cesárea conlleva riesgos y complicaciones, y la posibilidad de morir puede ser tres veces más alta que en el parto vaginal"

Muchas otras doulas tienen historias similares, y generalmente solo se sienten cómodas compartiéndolas de forma anónima. Una doula de Alabama que habló de forma anónima en el podcast “Birth Allowed” de 2007, relató ver a un doctor empujar a una paciente en parto desde atrás mientras ella se inclinaba sobre la cama del hospital. La doula dice que su clienta se negó a someterse a un examen vaginal, y que el doctor le dijo, "Entonces, lo haremos así", antes de levantarle la falda e introducirle bruscamente la mano en la vagina desde atrás. "Si eso hubiera pasado fuera del hospital, él estaría en la cárcel", dijo la doula. "Teníamos muchos testigos. Fue una agresión sexual, y la forma en que él se colocó también fue muy sexual".

La mayoría de las doulas coinciden en que el problema de la violencia obstétrica es especialmente grave para las mujeres de color, y que la discriminación basada en la raza, la etnia, la edad, el estatus socio-económico y civil es bastante generalizada dentro del cuidado de maternidad. Ravae Sinclair, doula y abogada de Washington D.C., quien ha asistido en partos durante casi 16 años, dice que los profesionales son aún más autoritarios de lo habitual cuando atienden a familias de color, dándoles órdenes, cuestionando sus elecciones, y asumiendo que las parejas no están casadas o no tienen educación.

Al ser una nueva doula que está comenzando a trabajar en un hospital local de Milwaukee, Sinclair dice que lo que la aterrorizó más fueron las mentiras; cuando los doctores justificaban actos no consensuados al afirmar falsamente que el bebé o la madre habían estado en peligro. Más recientemente, Sinclair ha encontrado formas asertivas de combatir este tipo de desinformación, y dice que cada vez más mujeres negras quieren estar protegidas. Sus clientas negras le dicen: "Algún día quiero —al traer a mi inocente hijo al mundo— no estar rodeada de racismo, sufrir la carga de ser negra. No quiero tener que cargar con el equipaje de alguien más, porque voy a estar pendiente del parto, que ya es mucho".

Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), las mujeres negras en Estados Unidos son de tres a cuatro veces más propensas a morir que las mujeres blancas por causas relacionadas con el embarazo o el parto. Un informe de 2014 de SisterSong y otras organizaciones de justicia reproductiva reveló que "en algunas áreas de Mississippi, la tasa de muertes maternales en mujeres de color excede a las del África subsahariana, mientras que el número de mujeres blancas que mueren durante el parto es tan insignificante que no se documenta". Pero a lo largo de ese país, la tasa de mortalidad maternal está aumentando constantemente. El índice más reciente del que informan los CDC es de 17,3 muertes maternales por cada 100 000 partos en vida; la más alta del mundo desarrollado.

"¿Por qué están muriendo las mujeres?", exige saber la dra. Katharine Morrison, obstetra y ginecóloga de Buffalo, Nueva York. Morrison cree que la respuesta radica en que los cuidados de maternidad son un campo dominado por los hombres, acientífico y normalmente peligroso. Morrison hace hincapié en la tasa de cesáreas en Estados Unidos, que actualmente está sobre el 30 por ciento, más del doble de la cifra recomendada por la Organización Mundial de la Salud. Una cesárea conlleva riesgos y complicaciones, y la posibilidad de morir puede ser tres veces más alta que en el parto vaginal. "Está relacionado con esa combinación del modelo de negocio de la medicina y la misoginia", dice Morrison.

"Se arrebata a la madre toda autonomía"

Según Morrison, en el cuidado gineco-obstetra estándar, a las mujeres se les prohíbe tomar decisiones hasta un extremo que sería impensable en otras situaciones médicas. Ella cree que la raíz de este planteamiento y de la violencia obstétrica es la idea de que la madre y el bebé son entes separados, que el bebé tiene "derechos" que superan a los de su madre. "De ese modo, se arrebata a la madre toda autonomía", dice Morrison. "Y las personas que han hecho eso son gineco-obstetras. Las mujeres embarazadas sufren la violencia obstétrica por parte de las mismas personas a las que acuden para obtener orientación y ayuda”.

Sin ayuda ni orientación por parte del sector médico para afrontar la violencia obstétrica, las mujeres están recurriendo al activismo. Muchos en el campo de los cuidados de maternidad creen que solo un movimiento impulsado por las consumidoras que exija respeto y autonomía podrá reducir el abuso; la regulación interna es improbable, según ellas, y aplicar cambios en el código penal es un proceso demasiado lento.


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La organización nacional Improving Birth ofrece una "caja de herramientas de responsabilidades" para ayudar a las mujeres a presentar quejas sobre su tratamiento. Y activistas como Cristen Pascucci, de Birth Monopoly, están trabajando para sacar a la luz las historias de víctimas de violencia obstétrica. Pascucci está colaborando actualmente con Caroline Malatesta en un documental llamado Mother May I?, que se centra en dar a conocer esta epidemia oculta.

Pero la mejor arma para las mujeres embarazadas es la información, y las doulas suelen ser las que mejor conocen a proveedores y hospitales locales. Muchas doulas dicen que se niegan a trabajar en determinados hospitales y con determinados doctores por los abusos de los que han sido testigos, y luchan por mantener a sus clientas completamente informadas, sin aterrorizarlas. Otras se sienten obligadas a mantenerse en silencio, temiendo que sus advertencias puedan tener repercusiones profesionales. Esta labor de precaución no forma parte del trabajo de una doula, pero se está convirtiendo en fundamental.

"Es una situación muy difícil", dice Mychal Balazs, “porque como doula certificada y experimentada, no es nuestro trabajo saber en qué hospitales es más probable que te violen. Pero si sé algo, lo diré como es".

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