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Política

El nacionalpopulismo plantea preguntas legítimas aunque sus respuestas apesten

Hablamos con uno de los autores del libro 'Nacionalpopulismo: por qué está triunfando en Europa y de qué forma es un reto para la democracia'.

por Gonzalo Herrera
15 Mayo 2019, 4:00am

El ministro de Interior italiano Matteo Salvini junto al Primer Ministro húngaro Viktor Orbán. Bernadett Szabo/REUTERS

En una de las primeras páginas de Nacionalpopulismo, el libro de Roger Eatwell y Matthew Goodwin recientemente traducido al castellano por la Península, citan la siguiente frase de Lao Tse que es prácticamente una declaración de intenciones "quienes tienen conocimiento no predicen y quienes predicen no tienen conocimiento". También se podría parafrasear y decir que quienes predican no tienen conocimiento porque a lo largo de las 318 páginas del libro los autores —dos académicos especializados en la historia de los movimientos de extrema derecha en Europa— se dedican a desmontar uno por uno los clichés alrededor de ese magma de partidos con a veces muy pocas cosas en común que venimos a llamar nacionalpopulismo, para entender a qué se debe su auge, de dónde vienen sus votantes, qué reclaman, por qué y cómo lo hacen y un largo etcétera de cuestiones que explican un fenómeno complejo que a menudo es reducido al absurdo con tal de no afrontar los debates que estos partidos ponen sobre la mesa.

Aprovechando que Roger Eatwell, uno de los autores, vino al Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona para hablar del auge de este fenómeno, me reuní con él para hablar un poco más de este reto que tienen que afrontar los estados europeos.

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VICE: Lo que más sorprende de vuestro libro es que no cae en el alarmismo. De hecho, afirmáis varias veces que sus reclamaciones son democráticamente legítimas en ciertos casos y que sus votantes no son ni catetos ni malvados opresores, ¿por qué es tan difícil tratar objetivamente a este fenómeno? ¿Es un mecanismo de defensa?
Roger Eatwell:
Creo que cuando decidimos escribir el libro, nuestro objetivo era intentar entender tanto a estos partidos como a sus votantes, no condenarlos. Ciertamente, desde la academia se tiende a condenarlos, a llamarlos racistas y muchas otras cosas. En parte estas acusaciones se tratan de un mecanismo de defensa porque los nacionalpopulistas atacan a menudo a los académicos, pero a la vez también refleja el gran cambio en la izquierda que en algunos lugares se ha convertido en parte del problema: el alejamiento por parte de la izquierda respecto a la clase trabajadora, a sus problemas específicos, para prestar una especial atención a las minorías (mujeres, minorías sexuales, minorías raciales…).

El efecto de esto se vio claramente en la campaña de Hillary Clinton de 2016: Hillary Clinton no visitó ninguna reunión sindical, no apostó por mítines en las zonas industriales y obreras de los Estados Unidos y sin embargo centró su campaña en conseguir el voto femenino y de las minorías. Es algo que se ve más en la izquierda pero no solo en la izquierda: es el perder de vista no solo a la clase trabajadora sino a la gente corriente, lo que hace que se sientan abandonados, excluidos.

Lo que intentábamos con el libro era decir “mira, no tenemos que estar de acuerdo con todo lo que esta gente, pero están hablando de temas que hay que discutir”, ya sea la inmigración o la creciente desigualdad económica. Que sus soluciones sean las correctas o no es otro tema.


MIRA:


La izquierda española habla de “la excepción ibérica” para referirse al, según ellos, escaso apoyo que tienen este tipo de movimientos. Lo siguen diciendo aunque VOX haya conseguido 2 700 000 votos, ¿por qué es tan difícil aceptar esta realidad?
Los partidos de la izquierda en general, intentan aislar a estos partidos y atacarlos como racistas y extremistas. No es nada nuevo tampoco. En la mayor parte de Europa, la socialdemocracia está declinando rápidamente: en Alemania el SPD bajó en 2017 al mismo porcentaje de voto que en el 1890. El partido socialdemócrata sueco bajó hasta los porcentajes del 1908. Lo mismo ocurrió en Italia. Ciertamente esto no ha pasado en Portugal, con el gobierno de Costa, donde no hay ningún partido de extrema derecha, ni tampoco en España, con el gobierno de Pedro Sánchez. Pero en el caso español hay que preguntarse si el resurgimiento del PSOE tiene que ver más bien con la importancia del factor miedo generado por el auge de VOX, sumado también a la importancia de las políticas feministas y la imagen de ser un gobierno antiausteridad.

A pesar de eso, hace un año nadie hubiese pensado que VOX conseguiría más de dos millones de votos.

Se consideraba que España era inmune a la extrema derecha después de la dictadura franquista por la extrema violencia del régimen durante la guerra y la dictadura. Pero lo mismo ha pasado en Alemania, donde se pensaba que la extrema derecha no pasaría de grupúsculos marginales después de 1945 y ahora nos encontramos con una AfD que ha ido creciendo año tras año hasta situarse en un 17% del voto.

Una cuestión crucial en España es saber qué provoca ese cambio. Creo que hay dos grandes explicaciones: la primera es que en España hubo siempre un franquismo o posfranquismo latente que si bien se integró en el PP de Fraga, consigue de nuevo una identidad propia en el momento en el que Abascal sale del Partido Popular. De hecho, si miramos a los estudios que se han llevado a cabo, España tiene una minoría sorprendentemente alta de personas que apoyarían un modelo de gobierno no democrático: en 2017, el Pew Research Center determinó que alrededor de un 17% de los españoles considerarían apoyar a alternativas no democráticas, una de las cifras más altas en el mundo occidental.

La otra es la situación catalana: independientemente de los fallos y aciertos de unos y otros a lo largo de todo el proceso, le dio a VOX la legitimidad para defender la integridad del estado. Las encuestas muestran que gente de toda España que no son franquicias están en contra de la independencia de Cataluña. Después, para el caso andaluz, iría la corrupción del gobierno socialista y por detrás la inmigración, que era una problemática muy específica de Andalucía, que fue la comunidad que recibió a la mayor parte de los 58 000 refugiados que entraron en España y que además se relacionaba con la alta presencia de inmigrantes en zonas con mucha agricultura.

En el libro habláis de la idea de “voluntad popular” del nacional populismo y de que es un fenómeno que se imagina a sí mismo como el defensor del pueblo llano frente a unas élites liberales que gobiernan de espaldas a la gente y en contra de sus verdaderos intereses. En Francia, vemos en la represión de los chalecos amarillos métodos que parecen más propios de regímenes autoritarios y algunas decisiones del Parlamento europeo parecen atentar contra las soberanías de los miembros, ¿vamos a un choque entre democracias iliberales y un liberalismo autoritario?
Creo que el fenómeno del liberalismo no democrático no es nuevo, ya hace tiempo que lo hemos visto en Europa. Por ejemplo en el Reino Unido, durante los años 60 (que son un periodo clave para entender los cambios que han dado pie al fenómeno nacional populista) se legalizó el aborto, la homosexualidad y se prohibió la pena de muerte. Son medidas tremendamente liberales, pero si vamos a las estadísticas vemos que eran medidas que no contaban con el apoyo de la mayoría de la población. De hecho, la abolición de la pena de muerte no contó con el apoyo de la mayoría de la población hasta muchos después de su prohibición. Yo apoyé en su momento estas medidas y sigo haciéndolo a día de hoy, pero no eran medidas democráticas si tenemos en cuenta que no tenían el apoyo de la mayor parte de la población.

Esto es algo de lo que hablan los partidos nacionalpopulistas: los países, sobre todo a partir de los años 60, están dirigidos por unas élites políticas que tienen una agenda determinada, es lo mismo que pasa con la UE, y esta agenda no siempre tiene el apoyo de la mayoría y tampoco han habido suficientes esfuerzos por parte de esas élites por conectar esas agendas con la voluntad popular en muchos casos. Por eso es importante diferenciar entre democracia y liberalismo: democracia es muy simple, gobierno del pueblo. Liberalismo por el otro lado se trata de derechos individuales, constituciones, el gobierno de la ley y el debate racional. Los grandes pensadores liberales del S.XIX como Stuart Mill o Tocqueville ya hablan de la tiranía de la mayoría, estaban asustados por la llegada de las democracias, creían que la clase trabajadora no estaba suficientemente educada, que los demagogos se harían con el poder. No debemos pensar que el liberalismo y la democracia van juntos necesariamente, a veces pueden entrar en conflicto.

¿Deberíamos ver el nacionalpopulismo una amenaza o una oportunidad? ¿De qué o para qué?
En algunos países es una amenaza, especialmente allí donde la tradición democrática y liberal es débil. Por ejemplo, Hungría se mueve rápidamente en una dirección que no corresponde a lo que entendemos por una democracia liberal. Pero en otros países no creo que sea una gran amenaza, creo que ha revitalizado la democracia y que ha llevado al debate política cuestiones que están en la sociedad pero que quizás los otros partidos no han tenido en cuenta y que son cuestiones que tenemos que abordar con cuidado. Como decía al principio de la entrevista, el nacionalpopulismo plantea preguntas que son legítimas, pero eso no quiere decir que tenga las respuestas legítimas.

Sigue a Gonzalo en @ghtrasobares.

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