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Salud

Fui amenazado de muerte después de escribir una reseña crítica de música

La cultura que rodea la producción musical se siente como un espacio que desgarra a las almas. Por esta razón no es extraño encontar personas al bode de una crisis nerviosa.
15.4.16

Foto por Faye Blaylock.

La industria de la música es como un bar público en el que la cerveza ayuda a crear y mantener las enfermedades mentales de sus clientes. Es una taberna diseñada, además, para atraer a aquellos que ya sufren de esta dependencia sin encontrar salida.

Se lleva los vacíos. Consume todos los cigarrillos dejando sobre las mesas los restos, las cenizas y los filtros. Los sofás y las sillas todas tienen manchas de vino y huelen a ceveza derramada. Los bordes de la barra y de las mesas siguen con pátina, ese moho verdoso que sale por la humedad y que es imposible de quitar por más de que se refriegue cera sobre el bronce y el metal que adornan la madera. Todo este ambiente inspira un arraigo hacia, más que todo, inútiles creencias sobre la creatividad y la locura, la depresión y la profundidad, la autenticidad y la rabia.

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Existen muchas razones para que el estado de las cosas sea así, pero el factor amplificador más serio es el tipo de tolerancia que existe sobre el consumo excesivo de drogas y trago que hay entre los artistas.

Es una magnitud de sustancias que no se encuentra en otros caminos de la vida. La cultura que rodea la producción musical se siente como si desbordara las frágiles almas, por lo que no es algo fuera de lo común encontrar personas que están al borde de un episodio psicótico. Y así es como muchas veces estos eventos terminan con terribles consecuencias.

Pero ––reglas empíricas de lado–– pienso que es importante reconocer que esto no es algo que debería concebirse como negativo en todas las instancias. Hay un espacio de prosperidad para unas personas (creativamente, emocionalmente y financieramente) de una forma que simplemente no habría sido posible si hubieran terminado siendo profesores o conductores de bus.

En 2004, muy al inicio de mi carrera como periodista musical, mientras trabajaba para la terrible revista Metal Hammer, entrevisté a Sid Wilson DJ, miembro de la banda de metal alternativo Slipknot. Terminé muy agitado luego de la experiencia periodística, cuando me di cuenta de la percepción tan destrozada que este tipo tenía de la realidad. Es algo que hace tiempo no me pasaba. No tenía en crisis nerviosa desde 1991, meses antes de que me echaran de la universidad. Como un alcoholico crónico y habitual consumidor de droga, pasé los años de mi rehabilitación sufriendo esporádicas y horrendas alucinaciones, ataques y molestas distorsiones en mis percepciones de la realidad a lo largo de cortos periodos de abstinencia. Pero, la verdad, es que lo de Slipknot fue algo más allá de eso.

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Poco después de la entrevista caí en cuenta de que algo estaba mal en él. El tipo le echó cinco cucharadas de azúcar y, usando un pequeño agitador de madera, niveló la superficie de cada cucharada antes de echar la siguiente en su taza de café. Luego de haberlas puesto todas, revolvió su bebida cinco veces en el sentido del reloj y cinco veces en el sentido contrario, contando cada una en voz alta. Aunque estábamos en un lugar cerrado y hacía calor, Sid llevaba una pañoleta en su cabeza y dos sombreros encima de eso. Me dijo que le ayudaba a controlar el flujo de información derramado en su cabeza.

Alegaba que era un alien enviado desde una constelación de Orión para ayudar a salvar a la raza humana y a preparar a las buenas personas de la Tierra para una guerra intergaláctica, como si él fuera un extraterrestre de Second Coming. "Creo que soy de Orión," me dijo, "pero estoy orgulloso de estar en la Tierra contemplado esta misión."

Me habló por tres horas sobre su creencia sobre el sistema. Todo era un mezcla entre las películas 2001: A Space Odyssey, Blade Runner, Battelfield Earth y el libro de la revelación de San Juan. De hecho, me habló tanto tiempo sobre una idea en la que, según él, una persona había venido y lo había escogido porque la banda estaba en receso y los estaban esperando en las alas del más allá. No me tomó por sorpresa: Sid había consumido 75 tabletas de LSD en una tarde cuando era dealer en su colegio. Pero eso no es todo, me llamó al día siguiente a disculparse por haberme mostrado su tatuaje el cual revelaba su destino en la vida. Era el World Trade Center en llamas. Un tatuaje que dice haberse hecho en agosto de 2001.


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No fue sino hasta unos años después ––posteriores a la experiencia informativa con el LSD–– que me di cuenta de que las cosas para Sid habían resultado más que bien. Él vivía considerablemente bien dentro de acuerdo a las palabras en su libro de autobiográfico. En resumen: ni le importaba ni necesitaba mi simpatía.

Pero, entonces, ¿qué hay de los músicos que no tienen un buen trato con la industria o algo de fama internacional? ¿Qué pasa con los músicos como *Sauron V, un desconocido metalero sin disquera de *Great Yarmouth, Inglaterra, justo en el perímetro de la cultura? ¿Qué pasa con personas como él cuando las señales son indescifrables y la nueva información viene fluyendo de forma más rápida que la que pueden controlar? Esta es mi historia.

Del audiobook de John Doran, Jolly Lad

Alrededor del mismo tiempo en que entrevisté a Sid Wilson, uno de mis trabajos regulares en Metal Hammer era escribir columnas sobre demos. Un día, un CD marcado con el nombre *María Antonieta, escrito con una letra puntiaguda, estilo Slayer, me fue entregado en la oficina. La música era increíblemente básica. Era bien mala. Uno de los tracks decía "Eres una maldita desgracia para tu maldita raza", y se oía lo que sonaba como un niño muy odioso, obsesionado de forma adolescente con matar a todos los maricas y estúpidos del planeta tierra.

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Unos meses después, otro CD llegó a la revista. María Antonieta había lanzado dos sencillos más, llamados "Why Don't You Stick This CD Up Your Arse John Doran, You Sacastic Little Creep" (que en español traduciría "¿Por qué no se mete este CD por su culo John Doran, usted maldito sarcástico") y otro con un título más prosaico "We Hate You John Doran" ("Lo odiamos John Doran").

El CD era parte biográfico, parte amenaza de muerte, pero más que todo, aunque incomodo, una sesión en la silla de un psiquiatra. María Antonieta era una banda de punk y metal basada en Great Yarmouth con un miembro, Sauron V, quien cantaba y tocaba la guitarra. El CD contenía una de las muchas amenazas de muerte que me hicieron: "Sabes, he estado muy deprimido desde tu reseña. No había estado deprimido desde la última vez que estuve en prisión por intento de robo. Voy a encontrarte y voy a abrirte el cráneo. Voy a matarte."

No me acuerdo por qué decidí reseñar la siguiente serie de singles de María Antonieta en mi columna dándoles 0 en una escala de 10, pero cualquiera que fuera mi razón, fue completamente erróneo y sinceramente me arrepiento de haberlo hecho. Mi respuesta sarcástica tuvo el efecto que esperé que tendría. Otro paquete de CDs de canciones con una grabación de amenaza de muerte en un cassette llegó a Hammer unas pocas semanas después de la publicación. Los quería revisar, pero, por suerte, mi editor Jamie me detuvo antes de hacer una idiotez. Por el momento, el grupo había quedado vetado de la revista.

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Sin embargo, Hammer fue menos afortunado. La cosa no paró ahí. De alguna forma a Sauron V se le metió la idea en la cabeza de que yo vivía en la oficina, por lo que comenzó a bombardearla con llamadas amenazantes que iban hasta las 9PM. La intensidad era tal que, alguna veces, llenaba completamente la contestadora de la revista dejando mensajes que decían cuánto me odiaba, lo brillante que era su banda y todo lo que me iba a hacer.

Las amenazas pararon por un rato, pero, cuando reaparecieron, la revista decidió llamar a la policía y yo tuve que visitar un par de veces la comisaría para hablar con los detectives. Uno de ellos me pidió un resumen de lo que había pasado, incluyendo mi opinión. Yo comencé diciendo: "lo que sea que pase, no quiero que este tipo vaya a la cárcel por mi culpa. Lo que sea que esté mal con él, la cárcel no será la solución, porque no le ha funcionado en el pasado y me atrevo a decir que ahora tampoco le servirá. Pero, más que todo, no lo quiero en mi consciencia. El tipo obviamente tiene problemas."

El detective me detuvo: "claro que no. No llegará a eso. El tipo no es capaz de defenderse. Nunca podrá llegar más allá del juicio". Seguro me debí sentir algo confundido, cuando el oficial me explicó que, un tiempo después de que empecé a reseñar el trabajo de María Antonieta en Hammer, S5 había ido a la casa de su vecino y lo atacó con una espada ornamental samurai, rompiéndole el brazo a su vecino en varios pedazos. No había sido la primera vez que el tipo había sido sentenciado: estaba en ese momento detenido indefinidamente en un hospital psiquiátrico de alta seguridad.

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"Bueno, en ese caso, lo que de verdad me gustaría es que le restrigieran su privilegio de realizar llamadas," le dije al detective, quien estuvo de acuerdo conmigo, ya que, bajo las circunstancias, era la acción más sensata a tomar.

Foto por Maria Jefferis

Cuando mi libro Jolly Lad salió el año pasado, incluí estas dos historias (y muchas otras) por dos razones principales. La primera, porque yo no estaba muy bien mentalmente y quería mostrar que había mucho de eso al respecto. La segunda era por mi creencia (no muy original) de que los bordes de la locura eran, hasta cierto grado, flexibles, dependiendo de ciertos factores como clase social, género, riqueza, profesión, geografía, tiempo y raza.

Crecí en la década de los 70, al lado de la unidad psiquiátrica más grande de Europa en ese entonces, el Hospital Rainhill. Tal vez fue por eso que nunca me pregunté la romántica y obvia cuestión: ¿Quién dice que son ellos los que están locos? De pronto somos nosotros los locos. Pero no, era casi seguro que no éramos nosotros.

Sin embargo, mis experiencias como adulto poco a poco me llevaron a pensar que existía una considerable área gris que ningún bando estaba teniendo en cuenta, y en la que el privilegio jugaba un papel fundamental. Y con cada año, me parecía que cada vez más de nosotros terminábamos viviendo ––o merodeando–– en esa área gris.


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Justo después de la publicación de mi libro, el primero de mayo del año pasado, me fui a un tour de 31 días en Inglaterra; en la banca trasera de una camioneta y con una banda de noise rock llamada Arabrot. Todo estuvo perfecto hasta que llegamos a Great Yarmouth.

Después de un agotador viaje por carretera de 13 horas, llegamos al único bar de metal del pueblo, hicimos prueba de sonido, y pedimos algo de comer antes del toque. Tomé una revista local para hojear mientras esperábamos por la comida y revisé quiénes tocaban en el bar en el que nosotros íbamos a estar. Entre muchas bandas locales con nombres, como Led Henge y Kurgen, estaba la excelente banda de doom, Moss. Después noté con molestia que nos habían puesto a nosotros como John Doran y ArabRot, como si yo estuviera al mando de alguna bandita de NSBM (black metal nacional-socialista). Y justo abajo, tocando la siguiente noche, en ese mismo lugar, vi las palabras: María Antonieta.

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Algunas veces ––sólo una o dos en la vida, según mi experiencia–– hay cosas que son tan aterradoras, que producen una ansiedad tan grande que el terror es prácticamente análogo a un estado de total tranquilidad zen. Vi el resto de la noche como si estuviera por fuera de mi propio cuerpo. Me vi a mí mismo caminando al bar para tocar en una tarima en la que un tipo que me había mandado múltiples amenazas de muerte iba a aparecer en menos de 24 horas.

Me vi a mí mismo sudando, agarrando fuertemente la revista que claramente él había leído. Me vi a mí mismo viendo el aviso una y otra vez, como si mágicamente mi nombre de pronto dejara de estar al lado de María Antonieta. Me vi preguntando al dueño del Great Yarmouth si había dos bandas con ese nombre y luego me vi alterándome un poco cuando la respuesta fue no; Sauron V había formado una nueva versión de la banda con adolescentes del pueblo después de haber salido del hospital.

Hay una etapa más allá de 'luchar o huir': un terror tan puro que parece calma. Ocurrió en ese momento fugaz en el que subí al escenario con Arabrot esa noche. Como literalmente mis nervios estaban por encima de lo normal, leí una parte de mi libro sobre Sauron V. "Sea lo que sea que pase esta noche", me dije a mí mismo, "terminará o muy mal, o me dará algo más sobre lo que escribir".

Mientras que los riffs de Arabrot retumbaban en el sótano ––y llenábamos el sitio con feedback controlado y una máquina de ruido–– yo entoné frases sobre alcohol, locura, drogas y redención. Podía sentir una presencia en el lugar, algo entre las sombras de la parte trasera del bar, cerca de la máquina de cigarrillos donde las luces azules revelaban un ónix impenetrable. Pero cuando se prendieron todas las luces, no había nadie; o lo imaginé, o se habían ido. Recogimos las cosas en tiempo record, y tomamos la carretera de inmediato, a pesar de que la banda principal de la noche, Sly and the Family Drone, que es una de mis bandas favoritas en vivo, y había estado esperando a verlos toda la semana. Anduvimos por la A47 como si lleváramos un cohete, escuchando los discos de Slayer a todo volumen y hablando como si tuviéramos 4 años. Nos instalamos en un hotel a las afueras de Leicester y nos dormimos antes de que fueran las 2 de la mañana.

Salir de gira fue genial. Una de las mejores experiencias de mi vida, Pero de todas formas, sabía que era algo más que un turista, y muy pronto tendría que regresar a casa. A modo de epílogo, tengo que disculparme con alguien, y esa persona es Sauron V; a pesar de que siento que sus letras son violentas y llenas de odio. He repetido mi historia en muchos pubs desde lo ocurrido, pero fue necesario el arduo proceso de la edición de un libro para entender que nada de esto era gracioso. No hay nada divertido en la violencia extrema, los hospitales psiquiátricos, las enfermedades mentales, la obsesión, la depresión y la venganza, y me arrepiento de haberme burlado de todo eso. Si por alguna remota razón él está leyendo esto, quisiera ofrecerle mis sinceras disculpas por eso, al menos. Arabrot y yo estamos planeando otra gira por Inglaterra en 2017 o 2018, y tal vez no es más que una fantasía, pero incluso desde mi posición de hombre cuarentón, creo que es posible rescatar algo del desastre aterrador cuando volvamos a Great Yarmouth. Siempre hay tiempo entre nosotros para enmendar las cosas.

*Los nombres y locaciones han sido cambiadas.

_El audiobook deJohn Doran sobre su recuperación del alcoholismo, el abuso de drogas y la desestabilidad mental _Jolly Land,_ el cual se basa en su columna para VICE UK ya esta disponbile. En este link podrás tener una muestra gratis. También está disponible en_ Amazon y en iTunes.