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Política

Girar hacia el centro: así se autodestruyen los partidos de izquierda

El centro, para la izquierda, es eso que te pone el traje de la respetabilidad, que te permite entrar a las fiestas de la alta sociedad, que te hace sentirte un hombre de Estado​.

por Daniel Bernabé
17 Julio 2019, 4:00am

Iñigo Errejón mirando a Pablo Iglesias durante una rueda de prensa el 26 de abril de 2016. Juan Medina/REUTERS

España, mediados de julio de 2019. El país vive el cuarto verano en que los políticos no se van de vacaciones, en el que o bien no se ha formado Gobierno tras unas elecciones o bien la palabra moción de censura ocupa los titulares. Las especificidades de cada caso las damos por sabidas, en el contexto general, una crisis de régimen político que aún no ha conseguido adaptarse a la salida de una crisis económica, conviene insistir. Como en las razones de fondo para que cueste tanto formar Ejecutivo.

Tres principales: la incapacidad de los dos grandes partidos para obtener mayorías absolutas, el fin de la derecha catalana como muleta de esos partidos y, sobre todo, un interés muy poco disimulado en que Unidas Podemos, la coalición de izquierdas, no entre bajo ningún concepto en el gobierno del país. Las reuniones, los titulares, los argumentarios rechinan como las sogas de un barco en medio de la tempestad.

Y en estas el centro, esa isla evanescente que da estabilidad a un sistema político, se anda repensando a toda velocidad no sea que en noviembre haya que volver a la urnas, que es lo que pasa cuando la gente vota mal, que hay que repetir la representación de democracia hasta que el resultado convenga a esos que manejan el dinero, la información y cantan en las bodas "Soy el novio de la muerte" .


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El centro no existe, no al menos como algo estable, como un punto en un mapa que permanece inmutable por décadas. De centro se decía el PP de Aznar a finales de los noventa, hasta que le dio por empezar a resucitar el nacionalcatolicismo y a jugar a los soldaditos en Oriente Medio. De centro se ha dicho casi siempre el PSOE, hasta que el propio carácter montaraz de la derecha le ha situado en un punto absurdamente mitológico donde es compatible que un radio-predicador te acuse de traer de vuelta a Largo Caballero mientras que tu ministra de Economía recibe la bendición de la gran banca. De centro nos decían que era Ciudadanos, hasta que les dio por el compadreo con la extrema derecha y en el Orgullo les empezaron a silbar.

El centro, como no es nada, más que una forma de encubrir los deseos de la cartera con apelaciones vagas a derechos y libertades, siempre le ha venido bien a la derecha para civilizarse mientras que nos descivilizaba al resto con el neoliberalismo, que es ese proyecto caótico que les permite hablar de mujeres, homosexuales y fauna -cada uno en su cajita, bien etiquetado- mientras que se dedican a explotar a todos por igual.

"El centro, para la izquierda, es eso que te pone el traje de la respetabilidad, que te permite entrar a las fiestas de la alta sociedad, que te hace sentirte un hombre de Estado"

El neoliberalismo, como socialismo invertido, ha hecho que el libre mercado sea como el gas de las trincheras, mortal e imperceptible, en todo caso aceptado con abnegación, mientras que cuando su codicia rompe todo, socializamos las pérdidas y rescatamos la resaca de la fiesta entre todos. Por eso el centro le viene tan bien a la derecha, porque es como una escuela de buenos modales para bárbaros que visten de Gucci.

Para la izquierda, el centro lo que ha supuesto ha sido no sólo perder los emblemas y los principios, sino el horizonte, el conflicto y el orgullo. Cuando a Margaret Thatcher le preguntaron cuál era su mayor logro contestó que Tony Blair, porque había conseguido que sus adversarios políticos pensaran como ella. ¿Qué más daba quién gobernara si todos, a la hora de tratar con la City, se comportaban de la misma forma?

El centro, para la izquierda, es eso que te pone el traje de la respetabilidad, que te permite entrar a las fiestas de la alta sociedad, que te hace sentirte un hombre de Estado. Lo que no cuentan, ninguno de los que ha vestido ese traje, es que en cada apretón de manos, en cada palmadita en la espalda, el alma se les fue escapando del cuerpo en un ritual tan eficiente como conocido: un día te descubres llamando ideología a lo que una vez creíste tan sólo una táctica eventual.

A Errejón, leyendo la entrevista que le ha hecho Jorge Bustos en la sección de opinión El Mundo, que parece la hoja parroquial de VOX, se le percibe ya absolutamente rendido al ritual. Lo que fue un momento populista, algo que en voz baja se explicaba paternalmente como una manera de llegar al poder que los tontos de los rojos no entendían, se ha convertido ya en toda una pretendida ideología que mezcla todo aquello que parece brillar, sin importar muy bien de dónde venga.

Un secreto a voces: el problema de Errejón y de quiénes le siguen nunca fue explícitamente ideológico, sino tan sólo que el partido que tenían en la cabeza, y que lograron llevar a los cargos medios mientras que Iglesias andaba en Elba y a Monedero le hacían la cama, nunca fue el Podemos que sus bases y votantes entendían. De ahí que perdieran todos los congresos a los que se presentaron, de ahí que una vez derrotados dinamitaran con alevosía a su organización en Madrid, de ahí que ahora hablen sotto vocce de un nuevo partido como quien frota una lámpara esperando a que un genio les conceda tres deseos.

"No se trata de que los que alertemos de este problema privilegiemos la clase sobre todo lo demás, se trata de que de facto el neoliberalismo privilegia todo lo demás sobre la clase"

El problema, más allá de estas disputas, es que en su viaje al centro —en España los que emprendieron ese camino acabaron en el PSOE— están dejando un reguero de enseñanzas como poco matizables en un momento en que las cosas deberían estar mucho más claras, al menos tanto como las tienen los macronistas y la ultraderecha.

Que Errejón insista en que la clase es una identidad, una más, como ser celiaco o del Betis, implica en el fondo algo muy claro: que como en su proyecto político los cambios de calado no tienen cabida, al final para las pinceladas no hacen falta grandes equipos de pintores. La clase social no es un capricho teórico —como también opina Albert Rivera—, sino que es un hecho de la producción que, evidentemente, necesita de una identidad para expresarse, de un aparataje cultural e incluso también de unas organizaciones políticas y sindicales que le den la oportunidad política de hacerlo.

Porque si no, ser de clase obrera, efectivamente, sería tan sólo un hecho declarativo, sin mayor trascendencia. Apelar a los trabajadores no se hizo a partir de la segunda mitad del siglo XIX por una cuestión moral, sino porque su posición en la producción les permitía ser la fuerza que controlara los resortes económicos y por tanto poder enunciar un nuevo modelo de sociedad.

Y esta apelación se hace al margen de su sexo, orientación sexual, raza, nacionalidad o religión, no porque no se tenga en cuenta que algunos de estos hechos o identidades no tengan una importancia capital en la vida de las personas, sino precisamente porque el neoliberalismo ha conseguido atomizarnos de tal manera que la gran mayoría de personas eligen tan sólo una de estas facetas, incluso más allá otras mucho menos definitivas como las costumbres alimenticias o el equipo de fútbol.

No se trata de que los que alertemos de este problema privilegiemos la clase sobre todo lo demás, se trata de que de facto el neoliberalismo privilegia todo lo demás sobre la clase, cuando precisamente nuestra posición en la producción es lo que define en gran parte nuestra vida y, sobre todo, nos puede dar la oportunidad de construir un sujeto político realmente transversal.

"El progresismo no sabe qué hacer con las eléctricas para que no nos ahogue la factura de la luz, o cómo meter en vereda a los especuladores para que no se nos vayan dos tercios de nuestro sueldo en el alquiler"

De hecho, el recurrir de nuevo a la contraposición entre luchas materiales y culturales, es una manera de soslayar los dos párrafos anteriores y así evitar tener que enfrentarse a ellos, de reescribir la crítica para poder dar una respuesta conveniente al interpelado y así fingir ganar el debate.

La cuestión última que Errejón —y otros muchos— no quieren enfrentar y que tachan de nichos comerciales, hipsterización ideológica o mediocridad teórica, es que la izquierda, como los músicos de rocanrol, se hizo centro porque se le había olvidado qué hacer con lo económico, que es lo que en último término nos acaba afectando a todos de una u otra manera.

Ese es el verdadero problema, que el progresismo no sabe qué hacer con las eléctricas para que no nos ahogue la factura de la luz, o cómo meter en vereda a los especuladores para que no se nos vayan dos tercios de nuestro sueldo en el alquiler. No quiere recordar como poner fronteras a los que entienden el trabajo como una jungla donde sacar el máximo beneficio en el menor tiempo posible, o qué hacer con nuestra relación con una Unión Europea que nos dice que hay que gastar nuestro dinero en pagar deudas que la mayoría de la población no decidió contraer y no en hospitales o escuelas.

Y como no sabe qué hacer con todos estos temas y unos pocos más, se dedica a lo único que puede: a crear narrativas que satisfagan nuestra cada vez más atomizada, individualista y egoista identidad. De ahí el viaje al centro, porque total, para contarnos cuentos por lo menos hacerlo desde la comodidad de lo aceptado.

"Quizá la izquierda, lo que quede de ella, deba poner a la gente a bailar, que en política no es más que recordar a los que mueven el mundo que la historia sigue estando en sus manos"

Es 25 de septiembre de 1978 y en la Radio 1 de la BBC el reputado presentador John Peel pincha por primera vez "Teenage kicks", una canción de un desconocido grupo de Irlanda del Norte llamado The Undertones. El rocanrol, esa música que había hecho bailar a medio mundo, se ha convertido durante la década de los setenta en otra cosa, en una intelectualización que renegaba de sí misma. Los temas se alargaban cada vez más, como las pretensiones, y lo que había sido un estilo de tres instrumentos se había barroquizado añadiendo sintetizadores analógicos, guitarras de dos mástiles y dos bombos por batería. Los músicos se habían emancipado de su cometido, divertir, y se encerraban en el estudio a intentar nuevas piruetas que sólo conmovían a sus egos. Y de repente esto.

Esto era una canción de dos minutos que hablaba del amor adolescente, de que te guste una chica de tu barrio, de rabia y esperanza, de estómago inquieto ante el futuro. Y quien la tocaba no vivía en ninguna mansión campestre invocando en sus ratos libres a deidades babilónicas, sino que eran chavales como los que estaban al otro lado de la radio: trenka coreana, corte de pelo todavía heredado de la infancia, jerseys de lana con cenefas y botas de ferroviario, ni siquiera Martens. Clase, identidad, honradez. Fotos en blanco y negro sobre tapias de ladrillo en Derry. Termina la canción y John Peel hace un breve silencio. Dice a la audiencia que la canción es maravillosa y la vuelve a pinchar. Dos veces seguidas en uno de los programas más escuchados de Gran Bretaña. La historia se puede hacer de muchas formas, la mejor, la más bonita, no renunciando a ser quien eres.

Quizá la izquierda, lo que quede de ella, deba poner a la gente a bailar, que en política no es más que recordar a los que mueven el mundo que la historia sigue estando en sus manos.

Sigue a Daniel Bernabé en @diasasaigonados.

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