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Drogas

Mi vida sin drogas: lo que hay después de la rehabilitación

“Mi identidad estaba tan vinculada a la heroína que llegué a normalizarlo. Solo en algunas ocasiones, en momentos de lucidez, me daba cuenta de lo poco normal que era ser adicta a la heroína”.

por Hannah Brooks; traducido por Julia Carbonell Galindo
03 Octubre 2018, 3:30am

Foto por Nikky G 

Es el año 2561 B. E.

No me he dado cuenta de esto hasta que ya llevaba dos meses en Hope Rehab, en Tailandia. Una conductora de tuk tuk que se llama Diamond me lo explica una noche mientras recorremos la avenida Sukhumvit. Me aclara que el reino de Tailandia sigue el calendario budista en vez del gregoriano. Me gusta que no sea 2018, porque 2018 ha sido un año difícil.

Estoy en el futuro, pero pensando en el pasado.

En mi octava semana en Hope, cuento la historia de mi vida. No me siento cómoda haciéndolo, pero todo lo relacionado con la rehabilitación me resulta incómodo. Hablo sobre mi infancia. Hablo sobre mi adolescencia. Describo mi viaje por el mundo de la drogadicción, los puntos clave de mi vida. Ya casi al final, cuando hablo de mi recaída de tres años y de mis diecinueve intentos de dejar la heroína, mi voz se vuelve monótona. Me dicen que sonaba como si estuviera leyendo un menú.

Ya no siento interés por la historia.

Encuentro en mi iPhone una nota de 2015, de poco después de mi primera recaída tras haber estado limpia un par de años. Dice así:

“En el baño de una piscina en Ashfield, me pincho por primera vez en seis semanas, con el sonido de fondo de niños que salpican y jalean y profesores con megáfonos que intentan mantener la situación bajo control un día de 38 grados”.

Estuve ingresada en una clínica psiquiátrica privada en Sídney, intentando volver a estar limpia. Mi médico me había prescrito una dosis de mantenimiento de Suboxone durante cinco semanas, para desintoxicarme poco a poco. Cuando sentía el mono, llamaba a una amiga en Melbourne y le pedía el número de algún camello en Sídney. Ese camello resultó ser un hombre que había estado hacía poco conmigo en la clínica. “Cuando quieras”, dijo.

Por haber utilizado el baño de una piscina de Ashfield un día de 38 grados, me expulsaron de la clínica. Fui a un hotel y me pinché. El caballo era fuerte y volví a engancharme, y así se estableció un patrón: clínica, hotel, clínica, hotel. Volvía en mí después de un pinchazo, sin saber cuántas horas habían pasado y si despertarme con una aguja enganchada el brazo podía considerarse como sobredosis. Solo comía helado.

Documenté esta etapa con notas, grabaciones y fotos que ahora me resultan difíciles de mirar. Estoy pálida. Estoy en los huesos. Me coloqué y decoloré el pelo en el lavabo de un hotel y se volvió de un extraño color naranja. No podía mantener los ojos abiertos. En algunas fotos los tengo en blanco. Vomitaba por todas partes, todo el tiempo. Vomitaba sobre mis botines y seguía andando.

Un día me dejaron salir de la clínica en pleno proceso de desintoxicación para “comprar tabaco”. Estaba enferma, vomitando, tiritando y desesperada por colocarme

Vivía dentro de un videojuego. El objetivo era pillar droga. Había obstáculos: dinero, enfermeras, psiquiatras, policías, encontrar agujas. Me volví “loca” y me escapé de una clínica porque no tenía “autorización de salida” y mi camello me estaba esperando fuera. Una enfermera llamó a la policía. Cuando volví, me pidieron cita en una centro psiquiátrico público y cuatro policías me llevaron hasta allí.

El hecho de que cuatro policías me escoltaran hasta un centro psiquiátrico mientras llevaba dos bolsas de heroína en mi ropa interior supuso un obstáculo, pero conseguí sortearlo. Una agente me cacheó, pero no en profundidad. Durante más de dos horas, fui acabando con la paciencia del médico evaluador. No estaba loca, ni tenía tendencias suicidas, se trataba de un error. La enfermera me odiaba. Soy escritora de profesión, tuve un ataque de pánico, estoy bien y he aprendido la lección, por favor, dejen que me vaya porque llevo encima dos bolsas de heroína y quiero pincharme. Atravesé las puertas de cristal con aire triunfante. Le pedí al conductor de Uber que parara en la estación de servicio más cercana para que me diera tiempo a pincharme.

La mayoría de los días, cuando no estaba en una clínica, me colocaba con mi amigo Tom y su amigo Saxon. Saxon siempre lucía tatuajes caseros nuevos y Tom era un monje budista. Solíamos robar en tiendas para conseguir dinero.

Un día me dejaron salir de la clínica en pleno proceso de desintoxicación para “comprar tabaco”. Estaba enferma, vomitando, tiritando y desesperada por colocarme. Tenía una hora. Tom fue a pillar droga para mí y yo me quedé con Saxon, que ya se había metido un buen chute. No podía andar sin caerse. La gente se nos quedaba mirando. Llegamos a un parque a trompicones. Tom mezclaba mientras yo vigilaba a Saxon. Tenía que zarandearle y comprobar su pulso cada dos por tres, porque no se movía y no estaba segura de que respirara. Cuando volví a la clínica unas horas más tarde, me habían hecho las maletas. Las arrastré hasta otra austera habitación de hotel.

Cuando quedamos para colocarnos al día siguiente, Tom estaba solo.

—¿Dónde está Saxon? —pregunté.

—Muerto.

Cuento estas historias porque no pude desintoxicarme y aun así estoy viva y otros no lo están y yo ya no me pregunto por qué

Estas historias no tienen nada de espectacular. Apestan a muerte y desesperación. Cuento estas historias porque no pude desintoxicarme y aun así estoy viva y otros no lo están y yo ya no me pregunto por qué.

La mayoría de la gente en Hope ya había estado en rehabilitación. Laura es una mujer de unos 50 años de Beverly Hills. Lleva intentando estar sobria los últimos 10 años, pero, hasta que llegó a Hope, no había conseguido estar sin beber más de 19 días. En 12 años, Arthur nunca había estado limpio más de tres meses. Ha estado en siete procesos de rehabilitación y desintoxicación. Lee: 11. Jester: 3. Akiko: 6. Dewey: 6. Alan: 3. Las cifras nos hacen parecer deprimentes.

En mi segunda semana en Hope, mientras me desintoxicaba, tuvimos una sesión grupal sobre recaídas dirigida por pacientes.

Las cifras no eran correctas. Eran muy optimistas. Eran engañosas.

—¿De dónde han sacado estos datos? —grité desde mi esterilla en el suelo.

—De internet —respondieron.

—Bueno, pues son una basura. Es más bien así: de nosotros 30, 25 sufrirán una recaída y puede que unos 3 sigan limpios. Y 2 morirán, seguramente en un año”.

La sala se quedó en silencio. Sentí cómo ya no les caía bien.

Probablemente fuera mucha negatividad proveniente de alguien que no podía ni ponerse en pie, pero era la verdad que yo conocía.

Durante mucho tiempo creía que si me venía el mono de drogarme, tenía que hacer algo al respecto. La lucha interna era insoportable

Estudios recientes informan de que “más de dos tercios de las personas en rehabilitación recaen semanas o meses después de empezar un tratamiento contra la adicción”.

“Más del 85 por ciento de las personas recaen y vuelven a consumir drogas en el año posterior al tratamiento”.

Durante mucho tiempo creía que si me venía el mono de drogarme, tenía que hacer algo al respecto. La lucha interna era insoportable.

Tuve un novio el año pasado que me decía que me compadecía de mí misma. Según él, me creaba mis propios problemas.

“Ponte a ver BBC África”, me decía.

Es solo el mono.

“Tú vales más que eso”, me decía.

Entendía de dónde venía eso, pero no estaba de acuerdo. Mi mono me rodeaba. Me iba a tragar.

Me dejó después de que me arrestaran por posesión de heroína una vez más. Me dio igual. Ya no me importaba si tenía novio. Había trascendido los deseos humanos normales. Era inhumana.


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La rehabilitación no va a “arreglarte”. Es un comienzo, pero no una cura. Mucha gente va a rehabilitación y la dejan exactamente como estaba. Tú eres quien tiene que hacer el esfuerzo. He acudido a la misma rehabilitación dos veces y he obtenido resultados completamente diferentes. La primera vez estuve allí siete meses y después conseguí mantenerme limpia durante un tiempo considerable.

La segunda vez fue unos cinco años más tarde. Estuve dos meses hasta que me escapé para drogarme con otro paciente que también se había hartado. Se hubiera parecido a Humphrey Bogart si a este le hubieran clavado un palo de billar en el ojo, como le pasó a Aaron. Apenas habíamos dejado el Suboxone y ya nos había vuelto el mono. Y después, un paciente con el que vivíamos, un amigo, murió.

Gus había decidido emborracharse, aunque fuera adicto a la heroína. Cualquier cosa le servía. Atravesó corriendo los cañaverales hasta la ciudad más cercana para que no le vieran andando por la calle principal. Robó un cubo y lo llenó con cincuenta botellas de esencia de vainilla. Cuando volvió a rehabilitación, estaba borracho y cubierto de barro. Me persiguió por la clínica, suplicando que le diera el número de mi camello. Me negué.

Me da envidia la gente que está en rehabilitación por primera vez. Envidio su ingenuidad y también envidio su entusiasmo

Lo expulsaron. Los empleados lo dejaron en un hostal de mochileros en la Bahía de Byron, pero nunca llegó al hostal. Murió esa misma noche en las vías del tren abandonadas. Había ingerido grandes cantidades de Seroquel, un antipsicótico común que te dan como caramelos en los procesos de desintoxicación.

Estaba furiosa. Ni siquiera había consumido heroína y estaba muerto. Esta enfadada con el centro de rehabilitación por abandonarle a su suerte en la ciudad. Hice la maleta y en menos de una hora estaba vomitando en el jardín de mi camello.

Tengo sentimientos encontrados muy fuertes acerca de Aaron, el hombre con el que dejé la rehabilitación, el que se parecía a Humphrey Bogart. En los últimos años, hemos pasado muchas cosas juntos. Éramos amigos, éramos amantes. Nos drogábamos juntos e intentábamos salir de ello juntos. Compartíamos un profundo afecto, pero teníamos la habilidad de sacar lo peor el uno del otro. Casi me mata de una paliza en dos ocasiones. Tenía una orden de alejamiento, así que técnicamente no podía acercarse a menos de cien metros de mí, pero con el tiempo, ignoramos la orden y nos colocábamos juntos igualmente.

Como estaba enamorado de mí y se sentía culpable por hacerme daño, podría conseguir que hiciera lo que yo quisiese. Cada vez que me registraba en un proceso de desintoxican, le suplicaba que me trajera droga. Era consciente de que ir a desintoxicarme y que me trajeran droga era contraproducente, pero nada de lo que hacía tenía sentido. Esta situación se produjo varias veces. La única vez que no lo consiguió fue cuando la zona se inundó de repente y cortaron todas las carreteras. Cuando volvieron a abrirlas, cogí un Uber desde la clínica para volver a la Bahía de Byron a meterme heroína. Fue un viaje de tres horas, pero nadie se dio cuenta.

Me da envidia la gente que está en rehabilitación por primera vez. Envidio su ingenuidad y también envidio su entusiasmo.

“Puedo con esto”, dicen. Nunca volveré a drogarme.

Cuando decimos esto, creemos que es cierto.

Mi identidad se había vuelto tan enrevesada sin la heroína que lo normalicé. Solo en algunas ocasiones, en un momento de lucidez, me daba cuenta de lo poco normal que era ser adicta a la heroína

Conozco a una mujer que se llama Saffron que no puede dejar de esnifar cocaína. Tiene veinticuatro años, es de Canadá y es su primera vez en rehabilitación. Saffron es guapa, con el pelo decolorado, rubio y corto. Su padre murió por una sobredosis de cocaína y heroína cuando ella tenía ocho años. Lo está pasando mal con todo eso de la abstinencia total.

“No voy a comprar coca”, dice, “solo me meteré rayas de fiesta”.

En una semana, se rinde.

“Soy una puta adicta”, anuncia. “¡No puedo tomar nada!”.

Esto es lo que dice, pero Saffron no quiere quedarse en Hope más de un mes porque echa de menos a sus amigas y todo esto de “comer de verdad” en rehabilitación está haciendo que su esquelético cuerpo se vuelva “gordo”. Cuando te limpias, te entra hambre.

Los empleados le dicen a Saffron que escuche la historia de mi vida. Es una historia de advertencia. Si pudiera ahorrarle a Saffron una pizca de sufrimiento, lo haría. Si pudiera conseguir que la rehabilitación se bebiese, se la haría tragar. Lo conseguirá o no, a su debido tiempo, pero el problema es que la gente se muere.

Me tiño el pelo de rubio porque, ahora mismo, no me siento la misma Hannah que he sido. Las cosas han cambiado. Está vez me mantendré limpia.

Cambio de terapeutas.

Quiero hablar con una mujer. Sharon es británica y tiene casi sesenta años, pero aparenta diez menos.

“Cuidado facial de heroína”, dice mientras se pellizca las mejillas.

Confío en ella.

Sharon me denomina “crónica”. No soy la única. Somos unos cuantos, y como Sharon nota, estamos muy unidos.

“Tú, Stefanos, Akiko, Saffron: todos crónicos”, me dice. “Y mírate, sois todos amigos. Vais a morir todos”.

Sharon mastica chicle. No discutimos con ella. Sabemos que si volvemos a drogarnos, no viviremos mucho tiempo, y ella es uno de los nuestros, así que la escuchamos.

“¿Qué clase de persona encuentra atractivo fumarse una pipa de crack, ponerse hasta arriba y acabar sentado en un bordillo mientras te mean y te roban la cartera?”

¿Quién soy yo sin la droga?

Veo mi reflejo en una cuchara doblada: cóncavo.

Mi identidad se había vuelto tan enrevesada sin la heroína que lo normalicé. Solo en algunas ocasiones, en un momento de lucidez, me daba cuenta de lo poco normal que era ser adicta a la heroína. Me acostumbré tanto que el proceso ya no me escandalizaba: la disposición de hacer cualquier cosa por la droga, el sangrado constante por intentar encontrar una vena. No hace mucho quedé con mi hermana, su novio y mi madre en una cafetería para desayunar. Llegué tarde porque tenía que meterme, pues si no lo hacía me encontraría mal. Me pinché en mi coche, escondí mi equipo debajo del asiento y entré. Según me senté y pedí un café con leche, mi hermana empezó a llorar. No me había dado cuenta de que aún tenía el brazo derecho cubierto de sangre. Me lo limpié con una servilleta y volví a mirar el menú. Mi hermana se fue.

Me doy cuenta de que no solo estoy escribiendo sobre intentos fallidos. Estoy escribiendo sobre identidad.

Me he educado a través de libros y música. La mayoría de mis ídolos son adictos a las drogas: Edie, Lou, Nico, Marianne, Anita, Courtney, Kurt, Iggy, Bowie, Burroughs, Stevie. Siempre me ha atraído lo “otro” y los outsiders, los que llevan las de perder. Músicos, artistas, raritos, homosexuales, brujas y poetas. En el colegio me gustaba Jesucristo porque pasaba el rato con pobres y prostitutas. El último año de secundaria, representé para mi clase de Lengua la escena de la película Naked Lunch de Cronenberg en la que se meten polvo antiparasitario. Iba en pijama y mi profesor predijo que sería una anarquista.

Nunca he querido lo que quiere la mayoría.

Un día en grupo, Akiko reflexiona: “¿Qué clase de persona encuentra atractivo fumarse una pipa de crack, ponerse hasta arriba y acabar sentado en un bordillo mientras te mean y te roban la cartera?”.

Nosotros.

“Limpiarnos no significa que vayamos a volvernos aburridas, verdad?”

Soy un cliché, una yonqui en una banda de rock and roll.

Estoy sucia y enfadada, sobreviviendo con mi novio en la calle. Soy una mujer con un vestido corto esposada a un guardabarros.

Soy una mujer que quiere un hijo.

Soy una escritora, soy una adicta.

Saffron y yo bebemos un café dietético de Thai Oil.

Somos adictas, pero, ¿quién somos?

“Eres mejor que eso”, me diría él.

“Limpiarnos no significa que vayamos a volvernos aburridas, verdad?”, pregunta Saffron.

Miro su camisa de los Boy Scouts y su sobrero de paja doblado y deforme.

Sonrío y el sol se refleja brillante en nuestro pelo rubio decolorado.

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