Marie Kondo
Foto vía Netflix 
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‘¡A ordenar con Marie Kondo!’ muestra el trabajo invisible de las mujeres

Las parejas de esta nueva serie de Netflix aprenden a enfrentarse a las tareas de la casa ‘ordenando’ cosas juntos, un proceso que revela hasta qué punto nuestras expectativas en este ámbito están influidas por los prejuicios de género.
MA
traducido por Mario Abad
DS
traducido por Daniela Silva

Siempre se me ha dado bien organizar cosas. Me enfrasco en la tarea de limpiar y clasificar hasta rozar lo obsesivo. Mis libros están ordenados alfabéticamente por tema; utilizo todas las muestras de maquillaje gratuitas que me dan y soy capaz de decirte la ubicación de cualquier objeto de mi casa. De pequeña, me moría por tener una máquina de hacer etiquetas; como mis padres fueron lo suficientemente listos como para no comprarme una, me pasaba horas usando la de mi tía cada vez que íbamos a visitarla. Si algo es susceptible de ser organizado, lo más probable es que ya lo haya hecho.

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Lo mejor de todo es que fui capaz de rentabilizar mi obsesión. En 2016, tras varios meses en el paro, decidí convertirme en una Marie Kondo a tiempo parcial. Puse un anuncio en una plataforma vecinal, incluyendo una modesta foto de mí, una mención a mi “formación universitaria” y un comentario ingenioso destacando lo mucho que me gustaba jugar al “Tetris en la vida real”. Establecí mi tarifa en 13 dólares la hora (11,5 euros). Nadie picó. Me vine arriba y decidí subir la tarifa a 25 dólares por hora y añadí la palabra “asesora” al anuncio. A los dos días ya tenía varias solicitudes acumulándose en el buzón de entrada.

Marie Kondo tidying a garage

Foto vía Netflix

Mis hallazgos confirmaron lo que había visto en ¡A ordenar con Marie Kondo!, la serie de ocho episodios de Netflix en la que la gurú del orden ofrece sus servicios como asesora de orden. La gente se ahogaba en un caos de posesiones, incapaz de manejar tantas cosas o de encontrar sitios en los que guardarlas. Una vez ayudé a una cliente a emparejar calcetines después de que llevara diez años llevándolos desparejados. Otro cliente había acumulado papeles —recibos del banco, documentos de la hipoteca, cartas de agradecimiento, manuales de PC…— durante 50 años e insistió en que los organizara en armarios archivadores con docenas de etiquetas. Durante el proceso, no quiso tirar nada.

A los estadounidenses nos han enseñado a comprar cosas, montones de cosas, para obtener satisfacción y felicidad. Un impulso tan carente de sentido como absorbente, un parche para tapar un problema que ningún bien material puede solucionar. Al final, este proceso de acumulación complica la tarea de encontrar o almacenar nuestras propiedades. En 2012, el UCLA's Center on Everyday Lives of Families (CELF) descubrió que —en un estudio sistemático en el que participaron 32 familias de clase media de Los Ángeles en las que ambos miembros aportaban ingresos— solo un 25 por ciento de los garajes de las casas podían albergar coches, ya que el resto estaban atestados de objetos.

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Visto esto, no es de extrañar que los métodos organizativos de Marie Kondo tengan legiones de seguidores. La visibilidad de esta diminuta japonesa se disparó tras la publicación de su superventas La magia del orden, al que siguió Spark Joy. De ambos títulos se han vendido más de 7 millones de copias en todo el mundo y la obra de Kondo se ha traducido a 38 idiomas.


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Lo cierto es que, aunque a todos se nos ha enseñado a comprar cosas, a pocos nos han enseñado a gestionarlas y las consecuencias que tiene acumularlas en exceso. Sin embargo, no se trata tanto de que no nos hayan enseñado a tener cosas como de que a las mujeres les hayan asignado la carga de gestionarlas. Las cosas son dominio de la mujer, como lo son los lugares en los que guardarlas. Las mujeres guardan cosas, organizan cosas, limpian cosas, ordenan cosas, programan cosas. Y no solo llevamos a cabo estas tareas, sino que llevamos un registro mental de qué tareas deben hacerse, cómo y cuándo.

A esto se lo denomina “carga mental” o “tercer turno”, y sí, la carga mental es distinta al acto de llevar a cabo las tareas. Piensa en ello como en una labor de gestión de proyectos doméstica. La humorista francesa Emma lo explicó brevemente en una tira cómica para The Guardian que se hizo viral. Comienza con una madre sobrecargada de trabajo, preparando la cena para unos invitados y sus hijos. Cuando el contenido de una olla hirviendo se derrama en el suelo, su marido se enfada y le dice: “¡Podrías habérmelo dicho y te echaba una mano!”.

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Es un ejercicio interesante analizar las asunciones del marido: en primer lugar, que espere a que le pidan ayuda para participar en una tarea, y en segundo, el corolario de que, como nadie le había pedido colaboración, estaba exento de llevar a cabo la tarea. El hecho de tener que pedir ayuda implica que existe una relación jefe-subordinado en las tareas de la casa”, apunta Emma. “Es ella la que tiene que saber qué hay que hacer. El problema es que planificar y organizar ya constituye un trabajo a tiempo completo en sí mismo… Cuando pedimos a las mujeres que asuman la labor organizativa y que también ejecuten gran parte del trabajo, eso al final representa el 75 por ciento del total”.

La mujer, por tanto, debe asumir las tareas en sí y el papel de gestora y coordinadora de las mismas, y eso sin importar si tiene o no otro trabajo. Un estudio de 2017 en el que participaron 2082 personas adultas, con empleo y al menos un hijo reveló que el 86 por ciento de las madres trabajadoras cargan con la mayoría de las responsabilidades familiares y domésticas. Y un dato importante: la mitad de esas mujeres aseguraban estar muy quemadas.

¿Quizá las mujeres se estén llevando el grueso de la tarea de planificación de tareas del hogar porque los hombres ejecutan la mayoría de ellas? No. Un estudio de 2016 realizado por la Oficina Nacional de Estadística del Reino Unido reveló que las mujeres realizan un 60 por ciento más de trabajo no remunerado que los hombres, esto es, 26 horas semanales de trabajo extraordinario, en contraposición a las 16 horas de trabajo no remunerado que desempeñan los hombres. Las tareas consisten en cuidar a niños y adultos, limpiar y hacer la colada y cocinar (tarea esta última que las mujeres hacen dos veces más veces que los hombres).

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Marie Kondo

Foto vía Netflix

El trabajo de llevar una planificación interna suele ser completamente cognitivo y, por tanto, invisible. Sin embargo, en lugar de recibir ayuda o muestras de agradecimiento por su enorme labor de gestión doméstica, las mujeres a veces se perciben como un fastidio porque tienen que recordar a los demás las cosas que hay por hacer. Hay mujeres que, hartas de esta situación, han escrito relatos en primera persona en los que explican su intento de vivir sin ese calendario mental. En la mayoría de esas historias, aunque escasas, los hombres terminan por montar un horario que implica comida para llevar o decepcionar a los hijos por haberse olvidado de llevar el permiso firmado para ir de excursión o las zapatillas de ballet para las clases de ballet.

Cuando trabajaba “ordenando”, la mayoría de las personas que me contrataban eran madres primerizas todavía de baja por maternidad. El problema era casi siempre el mismo: intentar compaginar las tareas de la casa con el amamantamiento y la convalecencia tras el parto. Como si no fuera suficiente con gestar una vida humana, traerla al mundo y criarla sola, luego deben afrontar la tarea de adquirir, organizar y mantener todos y cada uno de los objetos materiales de interés para ellas y sus parejas mientras alimentan al pequeño mamífero que acaban de dar a luz.

La mayoría de mis clientas me encargaban la gestión de los aspectos materiales de la gestión del hogar para poder dedicarse de lleno al cuidado de sus bebés. Siempre había montañas de ropa, la mayoría de la talla equivocada; bajas por maternidad en las que las mujeres acababan relegadas al papel de simples máquinas de producir leche; vaqueros demasiado ajustados que provocaban ansiedad por la disyuntiva de si tirarlos a la basura o perder peso; prendas de bebé de varias tallas, algunas demasiado pequeñas, otras muy grandes. Había numerosas visitas al hospital, siempre para el bebé y nunca para la madre. Un sinfín de cajas de toallitas y pañales… Y durante todo ese proceso, en ninguna ocasión vi a un hombre en la casa.

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¡A ordenar con Marie Kondo! finalmente deja de manifiesto ese desequilibrio invisible al abrirnos las puertas al santuario íntimo del hogar caótico. Cada episodio cuenta una historia de “orden” con un espacio y una familia distintos, con motivos distintos aunque similares en última instancia. El desorden lo domina todo. Es hora de acabar con esa situación. Y en lugar de desacuerdos conyugales, la serie muestra a la pareja en pleno proceso de completar una ingente tarea doméstica en la que se ven obligados a repartirse el trabajo.

Ante la labor de organizar el hogar, hombres y mujeres tienen enfoques muy distintos en ¡A ordenar! Los montones de objetos desordenados provocan vergüenza y disgusto en las mujeres de la casa, mientras que los hombres se muestran irritados, aunque no avergonzados. El tercer episodio se centra en una familia que se autodenomina “los cuatro fantásticos”. Sobre la madre recaen toda la carga mental de la organización y la mayoría de las tareas.

“Siempre le pedimos que nos busque algo concreto”, le cuenta a Kondo el marido, Douglas Mersier, al principio del episodio. “Le pregunto dónde está y ella nos lo dice”.
“Seguro que es agotador cuando te están preguntando siempre, ¿verdad?”, le dice Kondo a Katrina Mersier.

Katrina asiente con resignación, mientras muestra el cajón de su cómoda, el único organizado de la casa. Se la ve comprensiblemente harta. Ella es la única que gestiona las labores del hogar y no es capaz de completarlas todas trabajando a tiempo completo. Pese a ello, se siente responsable por cómo el desorden afecta a los niños: “Siento que no los estoy preparando para salir a comerse el mundo”. Su marido es consciente de que delega demasiado en ella, pero tampoco sabe cómo hacer las tareas y pone eso como excusa para siquiera intentarlo.

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Marie Kondo explaining her five step method

Foto vía Netflix

Marie Kondo enseña a Los Mersier cómo organizar su casa. El método KonMari sostiene que la labor de ordenar debe hacerse en un periodo concentrado de tiempo y que los objetos han de ordenarse por categorías, no por estancias. Se empieza por la ropa, luego los libros, los papeles, el komono (cocina, baño, garaje y varios) y, por último, con los objetos de valor sentimental. Se apilan los objetos en un espacio para tener una visión global de los mismos. Estas reglas se siguen en cada episodio, por lo que estos pueden verse de forma independiente.

Luego viene la parte polémica: solo deberíamos quedarnos aquellas cosas que nos provoquen felicidad, un “¡ching!” que deberíamos sentir al tocarlas. Este proceso es mucho menos rígido y castrense de lo que lo pintan algunos críticos. Kondo nunca coacciona a nadie para que se deshaga de un objeto personal y, de hecho, anima a la gente a quedarse, aunque sea temporalmente, con las cosas sobre las que dudan. Empezando por las decisiones más sencillas, vas “afinando” tu sensibilidad, lo cual te permite volver a las decisiones más complicadas con un mejor criterio.


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Mientras los Mersier aplican el método KonMari en su casa, Douglas empieza a participar más activamente en las tareas domésticas, como la de clasificar y doblar la ropa. “No era consciente de la presión que supone tener que hacerlo todo hasta que empecé a hacerlo yo mismo. Ahora estoy dispuesto a ayudar mucho más”. En esos momentos, el método KonMari empezó a parecer extremada y seductoramente útil. Había quedado meridianamente claro que estos hombres no participaban en las tareas de la casa ni se responsabilizaban de los niños porque nadie había esperado eso de ellos. En una sola sesión de organización, hombres y niños se dieron cuenta del esfuerza emocional que supone llevar un hogar.

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Resulta curioso que Marie Kondo tampoco parece ser una defensora de una distribución más equitativa del trabajo de casa entre hombres y mujeres. Echando un vistazo a su sitio web de asesores certificados de KonMari TM, casi todo el equipo está compuesto por mujeres. Pese a que los clientes de Marie Kondo son de edades, etnias y sexualidades muy diversas, Kondo siempre asigna las tareas de la cocina a las mujeres y el garaje a los hombres. Ignoramos si las parejas están o no de acuerdo con esta repartición o si hubo un acuerdo de antemano. Los chicos de la única pareja gay que sale en la serie ordenan juntos la cocina y no se ven limpiando ningún garaje.

Marie Kondo advises a couple

Foto vía Netflix

Kondo aconseja a cada miembro de la familia que organice sus objetos personales antes de empezar a repartir las categorías específicas. Al poner de relevancia lo infravalorado que está el trabajo emocional de la mujer, se refuerza el poder de que todos los miembros de la familia organicen la casa juntos. Pero esto se presenta como una feliz consecuencia. Kondo no ofrece segundas lecturas intencionadas respecto a la división de las tareas, más allá de recordar a las madres que los niños pueden ser desordenados y que la perfección absoluta es casi imposible. Ni siquiera ella la ha logrado alcanzar.

Todo esto no significa necesariamente que los hombres tomen el relevo de la carga emocional tras el proceso de organización. Rachel y Kevin Friend —ella, ama de casa y madre y él, gerente comercial— acudieron a Kondo para intentar aliviar las tensiones en su relación y resolver sus disputas relacionadas con las tareas domésticas. Kevin reprocha a Rachel que contraten a una persona para hacer la colada cuando ellos son “perfectamente capaces de hacerlo”. Luego se ve a los niños gritando caóticamente mientras Rachel intenta explicar el trabajo que supone darles de comer y vestirlos. Posteriormente, Kevin se enfada porque hay siete almohadas en la cama.

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Incluso tras la intervención de Kondo, Rachel continúa hablando en primera persona para describir la casa: “No dejo que me pueda la pereza, quiero hacerlo porque quiero seguir sintiendo lo mismo”. Esto implica que se sigue considerando la principal responsable de la tarea. También está el episodio en que el marido blanco, Aaron, recrimina a su mujer, Sehnita, por guardar chales que luego nunca se pone. Ella explica a cámara que esos chales son su conexión con la cultura pakistaní, ya que en la ciudad en la que vive la comunidad pakistaní no es muy numerosa. Como con el resto de prendas, Kondo la anima a quedárselas si le aportan felicidad.

En la pantalla, Marie Kondo parecía mucho más flexible de lo que había pensado inicialmente. Estaba dispuesta a adaptarse a los deseos de sus clientes, como los de la mujer viuda que quiso organizar en primer lugar el armario con los objetos sentimentales de su difunto marido. El método de Kondo para doblar camisas —del que se ha escrito largo y tendido— no me pareció tan revolucionario, sino más bien útil. Tampoco es cierto que obligue a la gente a deshacerse de sus libros. Tras haberlo visto personalmente, lo de valorar los objetos según provoquen una “chispa de felicidad” no me pareció tanto una directiva estricta como una herramienta que facilitaba la tarea de organizar. La limpieza de primavera, por ejemplo, consiste básicamente en saber qué no quieres quedarte, pero es mucho más divertido saber identificar lo que sí te quieres quedar.

Fotos de pisos de solteros de Madrid

Llegó un momento en mi breve trayectoria como organizadora profesional en que las clientas me contrataban, sobre todo, para que les hiciera compañía, más que para que les ayudara a ordenar. Yo quería pasar desapercibida con ese trabajo, y de hecho estuve a punto de dejar de acudir a casa de una clienta en particular. Después de tres sesiones, habíamos organizado todas las habitaciones que me había contratado para ordenar y yo estaba preparando la hoja de cálculo con las deducciones detalladas. Cuando estaba a punto de decirle que nuestra relación comercial se había terminado, la clienta decidió de repente que tenía que irse corriendo a hacer unas compras y que me dejaba con el bebé, “a tu lo, en la manta”.

“No me siento cómoda haciendo esto”, le dije. “No sé cuidar de niños. Yo he venido para ayudarte a organizar cosas”. Pero ella ya estaba saliendo por la puerta.

Seguí haciendo mi trabajo. En un momento dado, el bebé estiró la mano, curioso, y me cogió del dedo índice con sorprendente fuerza. Yo esperaba que me invadiera una oleada de instinto maternal, pero lo único que sentí fue asco, pena y miedo. De repente, la promesa fatalista de un tercer turno me pareció inescapable. Me di cuenta de que nunca había querido hacer ese trabajo sin cobrarlo, no a menos que estuviera con alguien dispuesto a repartirlo de forma equitativa.

Cuando la mujer me envió un mensaje a la mañana siguiente para preguntarme cuándo volvería, le dije que ya no estaba disponible.

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