La multiencarnación camaleónica: un vistazo a la estética de la cumbia

La multiencarnación camaleónica: un vistazo a la estética de la cumbia

Si bien su poder sonoro resulta hipnótico, la parte visual de la cumbia es simplemente alucinante.
26.11.17

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Si algo ha logrado la “cumbia” como expresión cultural es reafirmar una forma ancestral de lucha, resistencia y revolución: la fiesta como forma de emancipación. Desde su enérgica y explosiva raíz africana, hasta sus nostálgicas y furiosas melodías indias que acompañan cantos, a menudo católicos. Desde las big bands caribeñas y las eléctricas guitarras selváticas, hasta los beats y samples más actuales, la cumbia siempre ha sido la columna vertebral de rituales ancestrales, modernos, contemporáneos, y post contemporáneos de generaciones y generaciones llenas de ímpetu y vigor. Hoy en día, ella es un patrimonio material e inmaterial del sincretismo. No se puede negar que uno de sus propósitos a través de los años ha sido la comunión indistinta de gentes que se reúnen en torno a un sólo propósito: el de parrandear. Y en la fiesta de la cumbia se parrandea todo: la tristeza, el desengaño y el júbilo. Se parrandea la Virgen de la Candelaria, la tierra y el agua; se parrandean las injusticias y el dolor, el amor, la inconformidad, los pecados, la vida misma.

Y en esa parranda que es la cumbia no solo está la música, sino las manifestaciones visuales que la acompañan. También estas son un testimonio de su origen, tradición y su transformación posterior. Las playas, selvas, valles, campos, y montañas, se transformaron en ciudades y cosmopolitismo, y luego en ficticios y lisérgicos universos paralelos. Las polleras, las velas y los sombreros vueltiaos ahora coexisten con máscaras fluorescentes y mástiles de madera trenzados con cintas que se izan en medio de la pista de baile alimentando una especie de ritual que es tanto surreal y psicotrópico, como anacrónico. Hoy por hoy la explosión de la conectividad y el internet las ha instalado en el inconsciente colectivo de jóvenes generaciones alrededor del mundo: desde las sugestivas y tropicales portadas de Discos Fuentes, hasta los futuristas visuales introspectivos de los artistas del sello ZZK. Todos ellos hacen parte del universo de la cumbia, un universo que también se expande y crece a velocidades cósmicas.

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Sin más preámbulo, he aquí una pequeña guía de la estética de la cumbia, que no tiene otro propósito más que el de esbozar y dar unas breves referencias visuales y sonoras específicas de los últimos 50 años en distintas regiones de América Latina y Estados Unidos.

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Estados Unidos: Cumbia Tex-mex

Collage por Daniel Castrillón

Brillante, disco, espectacular: Selena no sólo transgredió con su música sino con la estética de su cumbia tex-mex, de la cual fue y es reina indiscutible. Su impacto en la cultura pop mexicano-americana fue tan grande que a sus cortos 22 años, incursionó como diseñadora y empresaria de su propia marca de ropa inspirada en su estilo que encantaba a adolescentes, jóvenes y adultos por igual. Se puede decir que contribuyó a consolidar parte del sentir chicano de su época. Su ídolo era Madonna y su realidad estaba decorada con botas, denim, cuero, ombligos, bustieres, y brillantina. Su espectacular voz, voluptuosa figura trigueña, cabello largo y oscuro, y marcado acento gringo al cantar en español la convirtieron en un ícono de culto. En su último concierto, en Houston, hizo una entrada triunfal en un carruaje de dos caballos al mejor estilo rodeo y se presentó en un escenario completamente violeta. Ese mismo año, a sus 23, la historia terminó cuando una fría bala disparada por su amiga y presidenta de club de fans, atravesó su espalda. Hoy millones siguen celebrando su vida y su legado.

México: Sonidero Soundsystem

Collage por Daniel Castrillón

2002. México Distrito Federal. Desde el centro se ve pasar una procesión de gigantescos altares adornados con flores, pancartas y velas. Su patrona: la morenita. Miles de personas han viajado desde todos los rincones del país Azteca para celebrar este evento. Se dirigen directamente a la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe al norte de la ciudad donde los esperan a ellos, y a la virgen, enormes estructuras de parlantes que componen un sinnúmero de coloridos y estrafalarios soundsystems para participar en la primera procesión sonidera. Se prepara una fiesta con la mejor selección de discos con las más preciadas joyas parranderas de todo el continente.

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Los Sonideros son familias, colectivos o individuos propietarios de un soundsystem que programan música en la calle. Son los amos de la fiesta callejera en México desde comienzos de los 70. Se especializan en música tropical pero tienen una particular fijación por las cumbias. En la calle se ven ruedas de baile con parejas que esperan su turno en medio de los círculos de personas, para dar sus mejores pasos. Entre ellos y los reventados y ensordecedores parlantes se ven, escritos con una tipografía estrafalaria los logotipos y avisos de los sonideros: “Sonido Internacional El Congo”, “Sonido Vientre Negro”, “Sonido Fascinacion Latina”, “Sonido Super Cañonazos”. Cada uno con sus propios colores, algunos tienen banda en vivo, otros solo pinchan música. Todo parece una escena macondiana pero escrita por Carlos Fuentes: vuelan sombreros vueltiaos, parece San Jacinto Bolívar, se ve a la virgen, suenan Landero, Pérez Prado, Aniceto Molina, Aníbal Velásquez, Luis Carlos Meyer y Lucho Bermúdez. Suena el hiss de las agujas pinchando discos. Suena a distorsión, suenan los comentarios sinfín del animador. Huele a amplificador recalentado, uno de los olores característicos del sonidero.

Colombia
La Cumbia es la Madre

Collage por Daniel Castrillón

Para poder esbozar una acertada imagen de la estética tradicional de la cumbia en Colombia, es imprescindible recurrir a Delia Zapata Olivella, histórica folclorista, profesora y difusora de las músicas del Caribe colombiano, quien junto a su hermano Manuel crearon el grupo Los Gaiteros de San Jacinto. Ella describe a la cumbia como una danza en donde se percibe el cóctel triétnico: tambores de acento negro, flautas de gemido indígena, y vestido de estilo hispánico. “El continuo contacto de indios y negros durante la servidumbre colonial (…) debía producir entre sus consecuencias, el acercamiento y la parcial fusión de sus expresiones musicales: la melancólica gaita o flauta indígena, en cercano contraste con la alegre e impetuosa resonancia del tambor africano”, asegura ella.

Los tambores: alegre y llamador. El alegre, alto y macizo es el tambor hembra, que revolotea al compás del llamador. El tambor más pequeño es el que aterriza el compás. Son de madera, frecuentemente ceiba o caracolí, y llevan cueros de distintos animales como chivos y venados. Ellos acompañan a las gaitas, flautas largas hechas a partir de un cactus y un mezcla de cera de abejas y carbón. También son dos: hembra y macho. La hembra lleva la melodía, es más virtuosa y necesita de las dos manos del intérprete, mientras que la gaita macho, que la acompaña, se interpreta junto con el maracón. Por último está la tambora, un tambor profundo que se asemeja a un bombo, cuya inclusión se atribuye al cantante, compositor, y bailarín, Catalino Parra, en los años cincuenta. Así se ve un formato de gaita, que es el que interpreta la cumbia y acompaña al canto y al baile en una clara mezcla negra e indígena.

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Delia Zapata describe también una escena visual en donde dice que las mujeres lucen amplias polleras y blusas cerradas con mangas de tres cuartos que llevan volantes en las mangas y se adornan el cabello con flores, mientras que los hombres visten siempre de blanco con pañuelos rojos alrededor del cuello, sombrero de concha de jovo, mochila, y la vaina viuda del machete. “La mujer representa la parte indígena con sus movimientos más pasivos (…) ella lleva en lo alto, como antorcha, el manojo de espermas con el cual se defiende del asedio del varón, quien durante el baile no cesa en su pertinaz galanteo y le corresponde al aporte del ritmo negro, con contorsiones y piruetas que admite la plena libertad de expresión”

El ataque tropical bogotano

Collage por Daniel Castrillón

La grisácea capital: inspiración para un sinfín de canciones. Una caldera hirviendo con caos, smog, peligro, ron y sueños. La receta perfecta para servir el más denso sancocho que viene, por supuesto, acompañado de una buena porción de sabrosura. Hace casi 60 años, Lucho Bermúdez llega cargado de música costeña a la ciudad de ruana y sombrero. Él eventualmente se fue, pero su música se quedó para siempre. Todo ha cambiado ya, comenzando por la horrible invasión de buses rojos que inundan las vías.

Lo que pasa hoy en la calle es pura candela: Sidestepper, Mitú, Romperayo, Totó la Momposina, Meridian Brothers, Frente Cumbiero, Los Pirañas, Curupira, Ondatrópica… la lista no termina. El diablo se asoma a las tres de la mañana cuando la policía cierra los bares. Luego, la parranda se traslada a antros subterráneos o valientes apartamentos en donde ya es común que el ritual se consuma al son de los tambores. Entre el mugre, los graffitis y la policía, muchos le dan lidia a la rutina de la gran ciudad a punta de guacharaca. Se respira cumbia en los carteles de sus festivales, en las facultades de música, en las avenidas, los parques, los andenes. Los colores de la cumbia, brillantes y coloridos, se ensucian con el mugre callejero del popular barrio Chapinero o brillan entre las hermosas casas coloniales de La Candelaria.

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Al igual que su raíz ancestral, la cumbia bogotana es una mezcla de culturas. Una mezcla de música que ha llegado en el alma de millones de personas que vienen de todos los rincones de Colombia. Por eso, no es raro ver a los jóvenes delirando frente a la gaita negra de Sixto Paíto Salgado; o al maestro acordeonero Carmelo Torres compartiendo tarima con Los Toscos; o a los hermanos Diego y Juan Gómez del sello Llorona Records dubbeando en vivo al mejor estilo jamaiquino a Los Gaiteros de San Jacinto; o la pista de baile incendiada con las guitarras chicheras de La Sonora Mazurén o a cientos de almas sacudiéndose en un concierto futurista de Ghetto Kumbé. Lo cierto es que la estética de la cumbia bogotana lleva viva más de medio siglo transmutando y una vez se conoce, nunca se olvida.

Perú: El Sonido Amazónico

Collage por Daniel Castrillón

Muchos dicen que la chispa se dio en los sesentas cuando a Enrique Delgado del grupo Los Destellos le llega su primera guitarra eléctrica. Sin embargo, como todo en este basto universo que es la cumbia, jamás se podrá determinar esto con certeza. Lo cierto, es que el sonido amazónico es hipnotizante y lleva sonando casi 50 años sin parar. Las guitarras eléctricas llegaron a las selvas del Perú para mezclarse de una manera sublime con la cultura popular de la música tropical. Está vinculada con la ayahuasca, con los misteriosos poderes del Amazonas, los pájaros, las mujeres, el amor, el deseo, el baile.

Suena “El lamento de la Selva”, y Danny Jhonston de la agrupación Los Mirlos toca su guitarra eléctrica. Están uniformados con camisas floridas. El bajista, el timbalero, el conguero, todos bailan sincronizados, dando un pasito pa’ aquí y un pasito pa allá. Para terminar de completar, tres despampanantes mujeres en bikini y botas bailan y animan al público. Las portadas de sus discos reflejan parte de su estética: a menudo son los músicos sus protagonistas, y otras veces son las hermosas pero legalmente peligrosas jóvenes de sus portadas. Todo esto mezclado con colores brillantes y fluorescentes que evocan celebraciones psicotrópicas. Otros actos, como el de Juaneco y su Combo van más allá y crean rituales musicales con vestimentas de chamanes y brujos. Hay algo en su sonido que mueve la cadera en un vaivén de sabrosura infinita, y así mismo es su estética: encantadoramente ácida.

Chile: El poder de la nueva cumbia austral

Collage por Daniel Castrillón

Aunque Chile ha sido un país históricamente cumbiero, hoy en día es un ritmo que está en furor y logra convocar los públicos más grandes del país entorno a la música. Con una fuerte identidad, que representa a la juventud tiene hoy en día bailando a todo Chile. Con influencias de la estética de la cumbia argentina, llevadas al límite y formando barras que apoyan a los grupos musicales con banderas, bombas, lienzos, papeletas y bengalas. Prima también la tradición de los andes chilenos, los disfraces, las comparsas, el baile, y los chinchineros.

Argentina: Que levante la mano oh eh oh…

Collage por Daniel Castrillón

Durante la década de los 90, ser villero (de las villas, barrios marginados de la ciudad y la provincia de Buenos Aires) significaba ser estigmatizado, inferior que los demás e incapaz de progresar. Y cuando se vive con eso, de seguro se explota. Entre las remeras futboleras, los gorros pescadores, los tatuajes, las sudaderas adidas, las trenzas, la actitud callejera, el aguante en la tribuna popular de los estadios, el porro, las gafas Oakley, el vino de caja, los pibes, las minas y el sexo nace la cumbia villera. Ella es la fiesta interminable por la reivindicación de la calle y todo lo que ella representa, desde su implacable peligro hasta su inconmensurable poder de acoger a quien sea que la busque. Los pibes la bailan, y las pibas también porque es honesta y habla de eso que pasa en las villas. Todos saltan y agitan su mano alentando a la banda al mejor estilo futbolero, al son de la batería electrónica, las keytars y los sintetizadores que suenan más como a organeta prestada. Hay algo del público argentino que enamora a todos los músicos, y lo han dicho desde los Rolling Stones hasta Luis Alberto Spinetta, es el aguante del espectador, la incansable saltadera, es una sola fiesta.

El público no para de cantar, “Por ser un pibito bien cumbiambero, me subís a tu patrullero”, corean el nombre de Damas Gratis, uno de los más icónicos grupos de cumbia villera. Se ven gigantescas humaredas de marihuana en la grama del Luna Park. Es el año 2012 y uno de los conciertos más grandes del año. Pablo Lescano, su líder y fundador es ovacionado por las decenas de miles de jóvenes que a su estilo siguen con la tradición de la cumbia, y su más preservada manifestación: la festichola, la parranda.

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