Ilustración por Lia Kantrowitz

Cómo es saber que voy a morir de cáncer a los 35 años

‘Me he dado cuenta de que no es mi trabajo hacer que nadie se sienta bien. Mi trabajo es ser honesta’.

por Gideon Jacobs; ilustración de Lia Kantrowitz
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nov. 8 2018, 4:45am

Ilustración por Lia Kantrowitz

No sé muy bien cómo abordar esto, pero en los días que mediaban entre mi charla con Katia Bozhikova para el lanzamiento de este artículo y el momento en que estuvimos listos para publicarlo, Katia murió. Tenía 35 años. Sabía que su final estaba cerca.

Había estado lidiando con ello desde hacía un tiempo. Le diagnosticaron cáncer hace casi una década, y esta pasada primavera, los médicos le dijeron que tenía metástasis en el hígado, las costillas, los ganglios linfáticos, los pulmones y el cerebro.

Pese a ello, su muerte me impactó de igual forma, probablemente porque ese es el efecto que causa la muerte en sociedades como la nuestra, en la que uno de los dos únicos hechos seguros de la vida —que nacemos y que moriremos— no está bien integrado en nuestra experiencia consciente.


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Conocí a Katia por mi hermana, que es psicóloga clínica y estudia la muerte y la mortalidad. Tras oír a Katia explicar cómo la cercanía de la muerte había cambiado su forma de entender la vida, le pregunté si me concedería una entrevista. A continuación reproduzco una breve conversación que tuvimos un día que Katia se tomó un descanso de los dolorosos tratamientos experimentales a los que se estaba sometiendo.

Entre esputos y sorbos de agua, Katia habló con claridad y confianza demoledoras, no porque tuviera miedo o se sintiera triste o furiosa, sino porque, al parecer, había vivido tanto tiempo bajo el espectro de la muerte que esta se había convertido en su mentora. Como le dije a mi hermana el día que murió Katia: la muerte da miedo, es misteriosa, dura y extraña, pero si alguien sabía cómo morir, esa era Katia.

VICE: Una vez oí que, cuando alguien te preguntaba si tu enfermedad es terminal, tú respondías algo así como: “Bueno, todas las enfermedades son terminales”. Tu respuesta puso de manifiesto lo poco presente que solemos tener nuestra propia mortalidad. ¿Cómo ha evolucionado, a lo largo del tiempo, tu visión de tu propia mortalidad, desde antes del cáncer hasta ahora? ¿Y cómo ha afectado a tus sentimientos respecto a la muerte?
Katia Bozhikova: Yo tenía 26 años cuando me dieron el diagnóstico. No es una edad a la que te animen a pensar en la muerte. De hecho, sobre todo cuando eres joven, la comunidad médica hace lo posible porque no pienses en la muerte. Era como un gran tema tabú. Solo con preguntar al respecto sentías que estabas haciendo algo malo.

¿A qué pregunta te refieres?
Pues la de qué pasa cuando mueres, por ejemplo. ¿Qué pasa si me muero? Siempre desviaban la conversación. Pero mi exploración fue más allá cuando recibí el diagnóstico del cuarto estadio, porque no sentí un miedo irracional a la muerte de forma inmediata. Sentí miedo de tener que pasar por la etapa de la vida en la que mueres.

"Muchas de las pequeñas cosas que siempre me preocupaban, como mi aspecto o ciertos estándares sociales, han dejado de tener tanta importancia"

Entonces, ¿no te asustaba la muerte, sino el hecho de morir?
Sí. He tenido experiencias psicodélicas con guía espiritual en un entorno no festivo que me han ayudado a despojarme de gran parte de mi miedo a la muerte. Este tipo de tratamiento no es para todo el mundo, pero mi experiencia personal fue similar a lo que mucha gente describe como la disolución del ego.

Pero a un nivel más consciente, hace unos dos años vi morir de cáncer a un amigo cercano, rodeado de máquinas que emitían pitidos y fuera de su casa, y te digo la verdad: eso me asusta más que el momento de la muerte. Ese es mi mayor miedo.

Ha pasado medio año desde que me diagnosticaron el estadio cuatro y he vivido muchas oleadas de experiencias diferentes, algunas muy positivas y otras muy negativas. Temía que, al no vivir en mi país de origen y estar lejos de mi familia, me pusieran en manos de unos extraños. Pero mis amigos y mi comunidad me han demostrado lo contrario. No sé dónde estaría ahora mismo si no fuera por ellos.

Siempre he encontrado a gente que me cuide. Muchos días siento dolor por todo el cuerpo, y pedirle a alguien que trabaja que se quede en vela toda la noche para ayudarme a ir al lavabo, beber agua o tomarme la medicación es mucho. Me sentía como una carga, pero ninguno de mis amigos me ha hecho sentir así jamás. No me han abandonado en ningún momento.

¿Pensar mucho en la muerte y su inminencia ha cambiado tu forma de apreciar la vida? ¿Ha cambiado la calidad de tu estado de consciencia?
Muchas de las pequeñas cosas que siempre me preocupaban, como mi aspecto o ciertos estándares sociales, han dejado de tener tanta importancia. Me ha ayudado a quitar filtros, a ser más sincera conmigo misma. Ya he dejado de considerar al prójimo como parte de mi imagen.

¿Dirías que tienes más lucidez que antes?
Totalmente, y eso ha influido en mi relación con mi madre y otras personas que no necesariamente ven la vida y la muerte como yo. Me he dado cuenta de que no es mi trabajo hacer que nadie se sienta bien. Mi trabajo es ser honesta.

El dolor te arrastra muy, muy abajo, a las raíces, y te muestra el punto en el que se unen cuerpo, alma y espíritu

¿Qué sentido le das al dolor en la vida? ¿Lo ves como una parte valiosa de la experiencia humana?
Es una pregunta muy oportuna porque acabo de pasar dos semanas de intenso dolor. Casi me vuelvo loca. No fue nada agradable, no era un dolor que propiciara la sabiduría.

Hace poco alguien me dijo: “El dolor es un gran maestro, pero solo después”. Toda la meditación o la afirmación del mundo no habrían servido de nada porque el dolor te arrastra muy, muy abajo, a las raíces, y te muestra el punto en el que se unen cuerpo, alma y espíritu.

El dolor es una fuerza muy restrictiva, ¿verdad? Te obliga a concentrarte de tal forma que pierdes la perspectiva y la receptividad.
Lo único que me ayudaba era concentrarme en mi respiración y dejar de luchar. No hacía desaparecer el dolor ni lo reducía, pero me ayudaba a calmarme. El ser humano tiende a sumirse en la dinámica del tira y afloja, y a veces he aprendido a dejar de hacer eso y simplemente dejar que la experiencia ocurra. La gran lección que he aprendido es que, al alejar de mí el dolor estoy privándome de la vida que todavía me queda, porque ahora mismo el dolor es una parte muy importante de mi vida, eso es innegable. Y ese tira y afloja me consume la energía.

Cuando te he oído hablar de la muerte, noto que lo haces con reverencia, aunque también con cierta ligereza, como si realmente no fuera un asunto tan serio. ¿Cómo has llegado a ese equilibrio?
Ya no pierdo el tiempo comparándome con la gente. Eso me ahorra mucho sufrimiento innecesario. Las cosas suelen ponerse “serias” cuando sentimos que se nos está privando de algo que creemos que deberíamos tener porque otros lo tienen. La vida es demasiado seria para tomársela en serio.

"Nuestros cuerpos son de alquiler. El día de hoy es de alquiler. Nada permanece"

Tu diagnóstico de cáncer ha sido, sin duda, una experiencia trasformadora. ¿Hacen falta acontecimientos tan enormes y trascendentales para que se produzca un verdadero cambio? ¿Qué propicia un cambio real?
Lo que nos hace cambiar es que nos quiten algo que creemos que nos pertenece por derecho. Nuestros cuerpos son de alquiler. El día de hoy es de alquiler. Nada permanece. Y si vivimos con la mentalidad del “tengo derecho a esto”, del “merezco esto”, llega un punto en que nos quedamos atascados intentando aferrarnos a algo que no es nuestro, que ya no está, y debemos cambiar.

¿Cómo se puede existir bien?
Es importante rodearnos de amor. Somos seres tribales. Pero eso no es algo que venga por obligación, sino que ocurre cultivando las relaciones. Ahora mismo estoy sometiéndome a tratamientos horrendos que no sería capaz de soportar sola. El apoyo y el amor de mi tribu ha sido esencial para mí.

Esta entrevista se ha editado por motivos de claridad y longitud.

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Este artículo se publicó originalmente en VICE Estados Unidos.

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