Collage de una persona en la calle
Collage de Cathryn Virginia | Foto cortesía de Freddy McConnell
Salud

Mi ansiedad por disforia se presenta en los momentos más extraños

Necesitamos abordar el impacto psicológico de la marginación social por ser trans y dejar de considerarlo el resultado de la debilidad individual o simplemente un síntoma de desigualdad sistémica.
15.4.21

Artículo publicado originalmente por VICE en inglés.

Londres tiene más gente en su calles en febrero de 2021 que en diciembre de 2020, aunque oficialmente, todo Reino Unido sigue en cuarentena. Hay una orden del gobierno de “quedarse en casa”, excepto para propósitos esenciales. Pero no ha sido de ayuda que la lista de “propósitos esenciales” de dicho gobierno se extienda infinitamente hacia el horizonte e incluya asistir a tu lugar de trabajo si no puedes trabajar desde casa. Ah, el capitalismo.

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Quizás haya tres veces más personas y vehículos en las calles de la capital. Se siente como un día de semana normal y tranquilo. Ya no percibes el distanciamiento social allá afuera. Ayuda que las noticias han sido mucho más positivas en las últimas semanas. Inevitablemente estamos absorbiéndolo y relajándonos un poco, de manera consciente o no, especialmente tras meses de restricciones.

Ahora hay una sensación —reforzada por el nuevo plan del gobierno para relajar la cuarentena— de que todos lo hemos hecho muy bien y merecemos un descanso. Por supuesto, no es así como funcionan las pandemias, así que es un suspiro de alivio forzado.

Agradezco que todo esto coincida con mi regreso a la clínica de fertilidad. Tal vez esta próxima ronda de tratamiento funcione, o quizá lo haga una posterior, pero de cualquier manera, la evidencia sugiere que para cuando logre concebir, la vida estará más cerca de regresar a la normalidad. Es posible que mis citas con la partera vuelvan a ser en persona. Tal vez pueda planificar un parto en casa.

Pero me estoy adelantando.

Viajé a la clínica esta semana para una exploración uterina de referencia, para verificar que todo hubiera vuelto a la normalidad después de mi aborto espontáneo durante el Año Nuevo. Cuando entré a la habitación, el médico parecía relajado y mostraba amabilidad. Habíamos hablado antes por teléfono y yo tenía un buen presentimiento. Su nombre y acento sugerían que era griego.

Recientemente había visto un documental de Netflix sobre el doctor Kypros, un cirujano greco-chipriota, pionero de la cirugía fetal, quien trabaja en el Hospital Kings College de Londres, el lugar donde nació uno de mis hermanos. Todos estos elementos se combinaron irracionalmente para hacerme sentir una especie de afecto por el extraño que estaba a punto de sondear mis partes íntimas.

Lo que sucedió a continuación también fue irracional. Con la típica ausencia de una señal de alarma, sentí una punzada aguda de disforia, mientras yacía en la cama junto a la máquina de ultrasonido. Sucedió porque cruzó por mi mente la idea de que el médico podría verme igual que sus otros pacientes, los cuales, estadísticamente, son mujeres en su mayoría. Mi cerebro disfórico estaba sugiriendo que su comportamiento relajado era “una mala señal”, que “delataba” algo sobre mí.

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“¿Es extraño para él?” Silenciosamente entré en pánico. “¿Y si no le resulta extraño? ¿Es peor?”.

Ahora, si aún no ha quedado claro, soy inglés. No vamos por la vida expresando ansiedades o siendo honestos con los extraños. De hecho, muchos de nosotros no somos honestos con nadie, incluidos nosotros mismos. Para ilustrarlo, en Reino Unido sigue siendo la norma cultural —ya seas joven o viejo, liberal o conservador— avergonzarse ante la idea de ir terapia. Y, como me recordó recientemente un periodista británico-estadounidense, solo en Reino Unido seguimos ordenando alcohol según el género (los hombres eligen las pintas de cerveza y las mujeres el vino blanco o las bebidas espirituosas), no según lo que disfrutamos beber, a menos que quieras el comentario negativo de un extraño. Como sociedad, somos un desastre.

Entonces, en lugar de expresar mi ansiedad, traté de razonar conmigo mismo. Cuando pienso en un hombre trans que tiene vulva o útero, ¿se convierte en una mujer en mi cabeza? Honestamente, ni siquiera un poco. No es mi reacción instintiva a esa información. Del mismo modo, ¿qué pasa si pienso en una mujer trans que tiene un pene? Sigo imaginando una mujer. Y no me refiero a que lo hago solo de manera intelectual, como si todavía “entendiera” o “respetara” que sea una mujer. Me refiero a que instintivamente sé que lo es. 

Después de relajarme y controlar mi disforia, finalmente pude creer en la bondad del médico. Me dije a mí mismo: “probablemente sea una buena persona que entiende que los hombres trans a menudo tienen la capacidad reproductiva para quedar embarazados. Un médico especialista en fertilidad es probablemente la persona que *más* podría apreciarlo. Si él está relajado, tú puedes relajarte. Agradece tu fornido útero y deja de pensar en catástrofes”.

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Una semana después regresó la paranoia disfórica. Esta vez, estaba luchando por comunicarme con la clínica por teléfono para pagar una factura. Era urgente porque necesitaba que me enviaran medicamentos a tiempo para el inicio de mi próximo ciclo e intento de transferencia.

De lunes a miércoles llamé varias veces, pero solo me prometieron devolver mis llamadas, lo cual nunca ocurrió. El primer día comencé a imaginar el peor escenario posible: recientemente me habían asignado un nuevo coordinador de pacientes y era transfóbico. Como persona trans que está tratando con un proveedor de atención médica, encontrar una gran persona con la que pueda trabajar en estrecha colaboración puede ser como ganarme la lotería. Cambiar al coordinador de alguien es probablemente rutinario para la clínica, pero para un hombre en mi posición, provoca una ansiedad significativa.

Mientras esperaba a que devolvieran mis llamadas, me pregunté si alguien con sentimientos anti-trans había perdido “accidentalmente” mi archivo o había borrado mis solicitudes por teléfono. Tan pronto como lo pensé, lo creí cierto (tal es la despiadada eficacia de la ansiedad). Durante aproximadamente 24 horas, sentí pánico y me convencí cada vez más de que la clínica ya no me trataría.

Cuando finalmente logré comunicarme, nos dimos cuenta de que había habido una falta de comunicación por parte de la clínica y más de un miembro del personal se disculpó profusamente por el estrés causado. De repente, mis teorías sobre sabotaje me parecieron ridículas. Estaba molesto conmigo mismo por haber creado tanta ansiedad de la nada. Y sin embargo, como una persona trans que vive en Reino Unido en este momento, sé que no es simplemente “de la nada”.

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Al día siguiente, a modo de recordatorio —por coincidencia— del estrés bajo el que viven actualmente las personas trans, el gobierno del Reino Unido enmendó la redacción de una nueva ley, con la única consecuencia de excluir y borrar a las personas trans.

Cuando hablamos de este tipo de estrés y ansiedad provocados por el trauma de enterarse de ese tipo de noticias, tenemos una tendencia a minimizarlos en contraste con los obstáculos tangibles que enfrentan las personas LGBTQ+ y otros grupos marginados para acceder a los servicios públicos. Las barreras económicas y legales, así como la discriminación explícita, son problemas en gran medida observables y cuantificables. Es decir, son válidos ante los ojos de la mayoría que no los vive de forma subjetiva.

Sin embargo, quienes lo experimentan saben que el estrés psicológico de que nos marginen no es menos verdadero. A veces tiene una causa directa, pero con más frecuencia no es el caso. Es simplemente un estado mental que surge de toda una vida de ser diferente y de saber siempre que lo eres; es saber que tu vergüenza y la de la sociedad aún existen detrás de un velo invisible; es saber que la próxima persona con la que te topes podría verte como algo menos que humano. El estrés de ser simplemente “otro” no es solo un problema verdadero para quienes navegan por esos sistemas, sino que impide que muchos de nosotros los abordemos.

Además de las cosas tangibles, debemos abordar el impacto psicológico de que nos marginen. Debemos dejar de descartarlo como resultado de la debilidad individual o simplemente como un síntoma de desigualdad sistémica. En resumen, no es algo que la terapia pueda resolver porque no proviene de nuestro interior. Puede que aprendamos a sobrellevar la situación, pero hacerlo deja la causa sin examinar y el peso sobre nuestros hombros. Tampoco van a desaparecer el prejuicio y la vergüenza —los principales detonantes de este estrés— una vez que la política y el sistema legal superen todos los obstáculos tangibles. De hecho, es probable que nunca desaparezcan. Como humanos, probablemente siempre tendremos que cargar con ellos. El problema no es que existan, es quién asume la responsabilidad, quién soporta la carga invisible.

Tengo la suerte de tener acceso a un tratamiento de fertilidad amigable y algo inclusivo, pero esta semana me recordó que la marginación puede tomar muchas formas y que, incluso cuando el precio que pagamos es puramente psicológico, no deja de ser real.

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