dinero

Yates, puros y ostras: aparentar ser rico es patético

Esos tópicos de “rico” de fumar puros, comer ostras o calzar relojes gigantes te hacen parecer un ser lamentable.
Imagen vía usuario de Flickr Ankarino/CC BY 2.0

Ser rico es muy distinto a parecer un puto rico o a pretender parecer un puto rico. Venga, vayamos a ello.

Un rico de verdad tiene tanto dinero que podría comprar tu cerebro, borrar todo lo que haya dentro, llenarlo de películas mudas de Georges Méliès como si de un disco duro externo se tratara y meterlo dentro de un delfín que viviría en el “mini océano” de 50.000 m2 que tiene su hijo mayor instalado en la habitación solo para que “le haga compañía” mientras su progenitor rico se va de viaje turístico a Saturno —donde tienen unos cócteles de “no-sé-qué-mierda-muy-cara-que-solo-se-encuentra-en-ese-planeta” que son buenísimos—. Esto es ser jodidamente rico, esto es lo que hacen los ricos.

Publicidad

MIRA:


Por otro lado, tenemos a ese sibarita que pretende mostrarse a los demás como una persona adinerada y de gustos refinados. Ya sabéis, todo eso de querer aparentar estar en la punta de la pirámide económica a base de fumar puros más caros que una multa por quemar una reliquia del siglo XIII; comer ostras recién sacadas de mares desconocidos; conducir un Bentley Continental GT Race Mansory porque lo has visto listado en un artículo sobre “Los 25 coches para dandis más elegantes del mercado”; tener un maldito yate; leer en un blog que los trajes Brioni son la hostia y ahorrar cinco años para tener uno de saldo. Todo esto, estas supuestas “actitudes de rico”.

De hecho me estoy incluso excediendo, la gente a la que me refiero sueña con todos estos productos pero, básicamente, se conforma con auténticos sucedáneos de estos, preparados especialmente para ellos. Todo un mercado dedicado al sibaritismo low cost, la gama baja de Moët & Chandon que, en el fondo, todo Dios se la puede permitir, incluso un niño ahorrando pagas semanales se lo podría comprar en un mes.

Me imagino que estos pequeños ejercicios de riqueza y refinamiento castrados son vistos con absoluto desprecio y condescendencia por los ricos de verdad —al final, estos flirteos con la riqueza no llegan ni al 1 por ciento del valor de las locuras que consumen estos locos forrados que controlan el devenir de la humanidad— y con absoluta vergüenza ajena por parte de la gente NORMAL que cobra 1.000 euros al mes. Si algo nos ha enseñado el Lazarillo de Tormes o la Bella y la Bestia es que la apariencia y la falsa honra no sirven de una mierda.

Publicidad

Ver cómo alguien intenta hacerse el rico y el connoisseur cuando todos sus amigos saben perfectamente que lleva meses durmiendo sobre un colchón plantado encima de un palé porque no puede permitirse una cama de las baratas del Ikea es algo que genera un sentimiento de pena muy extremo, como abrazar un perrito moribundo llamado Felicidad.

En el fondo, deambular por los terrenos más humildes de la existencia no está nada mal. Cortarse los pies al deambular por sendas llenas de piedras es un placer que debemos aprender a respetar e incluso a aspirar. Beber vino barato del Lidl es una experiencia vital absolutamente placentera, pues se trata de raspar la vil existencia de la humanidad con el gaznate; unas empanadillas de atún congeladas del Eroski o un Seat Ibiza de segunda mano son un canto a la belleza, porque encontrarla —la belleza— en el rostro de una elfa que se asoma por el balcón de una torre de marfil es absolutamente básico, pero hallarla un lunes a las ocho de la mañana en un vómito que alguien ha desparramado en la calle hace escasas horas es más complicado y mucho más intenso.

El truco está en ignorar las mieles de la fortuna, sudar de lo que significan las riquezas, expulsar de nuestro cerebelo la envidia hacia lo que brilla, convertir las excentricidades del burgués en elementos despreciables y con ello, evidentemente, lanzar a la hoguera estos sucedáneos de rico para pobres. Todos los tópicos vulgares del que quiere parecer rico de la forma más barata son nuestro enemigo.

Todas estas actitudes van en contra de estar orgulloso de lo nuestro; son un ejercicio de denostación de lo que somos en favor de lo que se supone que debemos querer ser. No hay nada de distinto entre esa sensación de felicidad y poder que deben experimentar ciertas personas al calzarse uno de esos horribles relojes gigantes de oro y el chaval que acaba de pillarse su primer Casio en la tienda del barrio.

En el fondo, los verbos que podemos acometer las personas son los mismos a pesar de relacionarse con objetos distintos. Cagar en el suelo de tu casa no debe ser muy distinto a cagar en el suelo de un palacio. Meterse seis Danoninos de chocolate de una tacada será igual de placentero que cascarse un kilo de caviar; todo son sensaciones igual de lícitas. Por muy inaccesible económicamente que sean algunas, su propia naturaleza no distará demasiado de lo que nos pueda brindar su homólogo popular. En fin, justamente por esto los “sibaritas” son unos auténticos perdedores.