Entre fiestas salvajes de sexo y teatro experimental: la doble vida de un bartender de Berghain

Conoce a Roman Shamov, quien además de repartir tragos, ha sido drag queen, voz de marionetas, actor de televisión y un polifacético gurú.
29.4.16
Photo by John Aigner

Foto por John Aigner

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Es domingo a la mañana, cuando el sol, ya muy por encima del horizonte, guía a los soñolientos ravers de otras ciudades a sus respectivas casas; Berghain, el templo más notorio de techno en Berlín, apenas está arrancando. Los DJs headliners recién están poniendo en marcha sus sets, en la barra hay tres sujetos sentados, y la fila que serpentea a través de la polvorienta entrada que rodea la antigua central eléctrica se extiende hasta casi un kilómetro de distancia. En el núcleo cavernoso del edificio, una multitud –con pintas que van desde una simple camiseta, hasta trajes fetichistas o desnudos completos– está bailando al son del estruendo prístino del portentoso Funktion-One, el sistema de sonido del lugar. Romano Shamov, de 48 años de edad y antiguo residente del Berlín Oriental, viste de pantalones cortos y preside la barra principal. Una pieza que ha estado en el club durante casi una década, quien saluda a varios de los clientes habituales por su nombre. De vez en cuando, como un gesto de camaradería, invita a un shot de Kirschsaft (jugo de cereza) a alguno de los invitados que buscan una recarga de Jägermeister.

"No soy un bartender", me comenta mientras comemos comida tailandesa en el frondoso barrio de Prenzlauer-Berg. A juzgar únicamente por las apariencias, uno nunca se imaginaría que este educado hombre con su bigote canoso pulidamente recortado, trabajara en la industria nocturna. Habla en voz baja, pero con la enunciación avezada de un actor. "He tratado de trabajar en otros bares y no duro mucho tiempo", dice. "Soy un artista". Como Shamov lo ve, el carnaval humano de drag queens, dominatrixes y curiosos que pasan por el lugar todas las noches no buscan cócteles exigentes. "Y tanto como entretenimiento como un escenario", confiesa, "la pasarela en el Fassadenbar es bastante bueno".

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Berghain, que abrió sus puertas en 2004, es conocido por ser un inframundo que pone a volar la imaginación. Aunque el club tiene capacidad para poner a bailar hasta a 1.500 personas a la vez, solo una fracción del macizo edificio está abierto al público. Lo que contiene el resto –tenebrosas cámaras abiertas solo en ocasiones especiales, cuartos oscuros, pasadizos secretos– es solo fuente de un sinfín de especulaciones. Lo mismo podría decirse de las personas que trabajan allí, muchos de los cuales llevan carreras creativas exitosas fuera de los confines del club.

Foto por John Aigner

Cuando Berghain presentó una exposición de arte llamada Worker's Pearls en el año 2011, donde más de 40 miembros del personal contribuyeron con pinturas, fotografías, instalaciones multimedia, conciertos y varias muestras más. Shamov, un consumado actor y vocalista, es todo un talento multifacético. Su hoja de vida sería suficiente para llenar varias vidas ordinarias. El hombre se ha pavoneado por el escenario del famoso Teatro Maxim Gorki de Berlín, tanto como técnico eléctrico y actor; ha interpretado de todo, desde un drag queen hasta un caballero medieval en celuloide; ha sido la voz de una marioneta en un tradicional programa de televisión, y trabajó con Christian "Flake" Lorenz de Rammstein. Actualmente, dirige talleres de respiración en Estambul y Tokio, canta con una banda de indie rock llamada los Weird Fishes, y recorre el continente como la mitad de Meystersinger, un grupo de actuación que mezcla teatro del absurdo con vocales clásicas acompañadas de ritmos electrónicos.

El club ha seguido siendo un foco importante en su vida a lo largo de todo. "Sigo siendo muy, muy aficionado a Berghain", afirma. "Realmente ha sido y sigue siendo como un hogar. Yo ya iba a Berghain antes de que fuera Berghain. Solía ser Ostgut [1998-2003], cuando estaba en el viejo Bahn-Gelände [una bodega para la reparación de trenes] . Cuando se vendió [ese edificio], encontraron esa vieja planta de energía y de inmediato se mudaron. Fui con unos amigos a Panorama Bar y pensé: "oh, esto es simplemente hermoso. Este es el primer club realmente digno desde los años noventa". En aquel entonces, E-Werk [un destacado club de techno] era el lugar para estar. Fui allí y bailé hasta más no poder, teniendo incluso mis primeras experiencias reales de drogas. Esa fue mi juventud".

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Como una persona joven nacida de una madre judía y un padre islámico que viven en las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, la juventud de Shamov no fue precisamente fácil. Nacido en 1967 en el este de Berlín, se crió en un pequeño apartamento con su madre, tía, abuela, y su novia durante algunos de los tiempos más tumultuosos de la ciudad. Su casa albergaba más que su parte de los secretos; la sexualidad de su abuela era un tema tabú, y nunca vio algo más que una fotografía de su padre.

Roman en su infancia.

"Hay que imaginar sin saber nada más", dice de la vida en la República Democrática Alemana ocupada por los soviéticos (RDA). "Había muy poca conexión con el mundo exterior". Vivía en una ciudad que fue fracturada, pero su madre y su tía –que habían huido de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial–, estaban agradecidas de haber sobrevivido lo peor. "Yo vivía en una familia judía que decía, "gracias a Dios que vivimos en un país donde nadie nos mata solo por ser lo que somos"", recuerda. "Ahora estamos a salvo".

Mientras que su madre anhelaba seguridad, Shamov quería nada de eso. A pesar de que amaba la literatura, no tenía interés en la escuela y sobreactuaba por llamar la atención. "Yo era el típico payaso de clase", me dice. "Era el tipo gracioso, pero también me ponía muy, muy triste y me sentía bastante perdido. Por esto era que luchaba para ser más divertido que cualquier otra persona". Contra su voluntad, abandonó un trabajo estable como electricista en el Teatro Maxim Gorki en sus veintes para trabajar en un programa de televisión que cubría la vida nocturna local. Durante los años ochenta y principios de los noventa, cuando los clubes de techno y los raves comenzaron a infiltrarse en espacios industriales abandonados de Berlín, se sumergió en el corazón oscuro de la escena después de caer la noche. Después de evitarlos durante décadas, fue también en esta época que comenzó a analizar los secretos enterrados de su familia.

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"Cuando tenía 25 años, tuve la idea de que tenía que trabajar a través de mi historia, de lo contrario, habría sido un hombre bastante infeliz", concluye. "Con la guerra y el escapar de los nazis, mi madre nunca tuvo la oportunidad de ver hombres. Por lo tanto, cuando tenía 29, se fue a Moscú. Fue la primera vez en su vida que estaba por su cuenta". Se recuperó del tiempo perdido cuando conoció a un joven académico de Daguestán. "Tuvieron dos noches íntimas, y de la segunda, salí yo". Cuando se dio cuenta de que estaba embarazada, escribió al padre de Shamov, pero nunca recibió una respuesta. Años más tarde, su antiguo amante afirmaría que la KGB había interceptado las cartas. Hasta el son de hoy, Shamov no sabe si eso es cierto.

"Lo conocí cuando tenía 35 años", recuerda. A pesar de las diferencias culturales, se entendieron entre sí en algún nivel. Shamov incluso voló a Daguestán a visitar la tumba de sus abuelos, junto con una extensa familia que nunca había sabido que tenía. "Mi padre estaba en la luna", recuerda Shamov. "Estaba tan feliz, tan increíblemente feliz de ver que había un hijo suyo. Él no tiene más hijos, aparte de mí".

Durante sus veintes, sin embargo, Shamov estaba menos interesado en conocer sus familiares perdidos que en escapar. Al igual que muchos habitantes del Berlín Oriental, huyó tras la caída del muro. "Un buen amigo mío, Matthias, dijo, '¡Vamos!'". Ya tenía una agencia de actuación en Filadelfia que estaba interesada en mí, así que dije, '¡Listo, querido!". Salí del closet [como homosexual] en Estados Unidos. Experimenté las más increíbles fiestas y cosas, era salvaje. Simplemente caminando por las calles de Nueva York fue una especie de realidad virtual para mí. Me encanta esa ciudad . Pero entonces, una vez regresé [a Berlín] en el 98, vi la torre de televisión y pensé, "esa es mi casa". Así que me quedé".

Foto por Sven Marquadt

Berlín había cambiado radicalmente, pero el más seguro y adulto Shamov, rápidamente encontró el equilibrio. En el proceso de búsqueda de sí mismo, descubrió que tenía un don para la música. "Empecé en algún momento a mirar realmente hacia mí interior, para cambiar realmente algo. Eso llevó a ser capaz de cantar", dice. "Para ser capaz de cantar, tienes que estar firmemente parado en el suelo y estar en el momento, que había sido absolutamente imposible para mí, porque yo estaba corriendo, corriendo y corriendo del pasado".

Su nuevo interés le ayudó a volver a conectar con un viejo conocido: Roger Baptist. Aunque los dos se habían conocido años antes durante una pelea de lucha libre en el cuarto oscuro de un club gay, Baptist estaba casi irreconocible en este punto. El cantante musculoso, quien más tarde llegaría a la fama como cabeza de Rummelsnuff, una popular banda que trabajaba en el Neue Deutsche Härte [una mezcla de industrial, metal alternativo y New Wave alemán], hizo que Shamov se animara de nuevo y comenzara a tocar con ellos. Durante un concierto en el SO36, "uno de los propietarios de Berghain nos vio", explica Shamov. "Por lo que invitó a Roger, quien ya estaba trabajando en la puerta del Lab.Oratory, para presentarse el día de Año Nuevo [2008] a las cinco en punto de la mañana".

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En ese momento, la antigua sala de turbinas de la planta central había sido tumbada y renovada para lograr una precisión acústica máxima. Shamov al instante sintió una conexión con el lugar y quería ser parte del mismo. Antes de su presentación, se acercó a los propietarios para ver si podría haber un puesto fijo para él.

"Cuando fui a la entrevista con los dos sujetos de Berghain, dijeron, '¿Qué piensas que podrías hacer?'. Pensé por unos segundos y les dije, '¿Tal vez trabajar en la puerta?', ellos me miraron y, literalmente, se cagaron de la risa", afirma con una sonrisa. A pesar de ser amigo de Sven Marquardt –tal vez el bouncer más famoso del club– desde principios de los años noventa, la personalidad gregaria de Shamov no era la idónea para sembrar temor entre los cientos de ansiosos que hacen fila semana tras semana en las afueras del club. "No soy yo," dice. "¡No habría dejado entrar a nadie en el club!".

De modo que le dieron la oportunidad en el bar del Lab.Oratory, un espacio dentro de las profundidades del edificio abierto todos los fines de semana para "asuntos fetiches gay", como lo describe Shamov. "Me preguntaron, '¿hay algo de lo que no le gustaría formar parte en las fiestas que organizamos?', les dije, 'desnudarme, no hay manera… ¡mentiras! No hay problema. Ya lo he visto todo'". Hace una pausa para corregirse. "Pensé que lo había visto todo. Les dije, 'solo hay una fiesta en la que realmente no me gustaría participar'. La llamé la fiesta 'Nutella'".

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Chocolate con avellanas esparcido no es un ingrediente de esta infame orgía, pero una sustancia marrón mucho más penetrante definitivamente sí. Por desgracia, en su primer fin de semana, un compañero de trabajo en el Lab se enfermó y necesitaban un voluntario para cubrir ese mismo turno. "Tuve pesadillas la noche anterior", dice Shamov. "Fui al Hauptbahnhof [estación central de trenes de Berlín] y me compré bálsamo de tigre. Es muy fuerte, así que arrancando la noche, fui a la parte de atrás y apliqué suavemente un poco alrededor de mi nariz. Me lloraban los ojos, y la fiesta ya llevaba quizás uno 20 minutos. Tal vez 5 ó 10 minutos. Fue algo más allá de todo lo que puedas imaginar", comenta, moviendo la cabeza mientras recuerda. Luego, me mira con una sonrisa tímida. "Y no voy a dar ningún detalle más que eso".

En los últimos años, ha estado tomando menos turnos en Berghain para abrir espacio a otras actividades. En 2010, unió fuerzas con Luci van Org, una ex estrella del pop cuya canción "Mädchen" todavía se escucha en algunas estaciones de radio, para crear el dúo teatral / musical Meystersinger. El dúo, que ha publicado dos discos y actualmente está trabajando en un tercero, viaja por todo el país realizandoobras de teatro y canciones que rondan entre lo alegremente torpe y la oscura tragedia. Las canciones hablan de la pérdida, el dolor y la soledad, episodios de fuertes payasadas; una trivialidad teatral que da paso a líneas sobre un dolor interno que desgarra la carne. Es revelador, la frase "Am Ende aller Dinge werd ich lachen" ("Al final de todo, me reiré") es una característica que se repite en los carteles del grupo y sus camisetas. Como Shamov lo ve, Meystersinger es tanto una forma de exorcismo como un entretenimiento, una expulsión violenta del trauma incorporado a las psiques individuales y nacionales. Es también una forma de catarsis personal para él y Org, una que ha comparado con "ir a un psicoanalista".

"Luci realmente me empuja al límite", dice. "Es un giro divertido entre nosotros, esa relación de amor-odio que tienes la cual logra una dinámica muy fuerte y productiva también. Ella alguna vez me dijo, 'somos muy parecidos y totalmente diferentes. Siento con mi cabeza y tú piensas con el corazón'. Gracias a Dios los dos tenemos un tornillo tan flojo".

Tan personal como su trabajo, Shamov está dispuesto a compartirlo con sus colegas y amigos de Berghain. Él es rápido en señalar que muchos de sus colegas "son artistas, cantantes, escritores o performadores"; personas que han jugado un papel importante en la conformación de su arte. Meystersinger se ha presentado en el club en múltiples ocasiones, e incluso celebraron el lanzamiento de su último disco con una fiesta en el Kantine, un pequeño lugar afiliado de al lado.

"Para una fiesta de Navidad en Berghain con solo personal del club, me presenté con Meystersinger", cuenta. "Fue muy emotivo, ya que algunas personas que habían trabajado allí fallecieron, así que cantamos una canción que escribí para mi madre. Terminé con 'Geht's dir gut da wo du bist? Hab dich manches mal vermisst… Komm zurück ein kleines Stück' ['¿Estás bien, donde quiera que estés? Te he extrañado a veces. Por favor, vuelve solo por un rato']. La gente estaba muy feliz. Me dijeron, 'gracias por el honor a las personas que nos han dejado'. Fue una situación bastante bonita, el traer tu arte al lugar donde trabajas. Siempre ha sido muy bonito poder hacer esa conexión".

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Diana Hubbell escribe desde Berlín, puedes encontrarla en Twitter.