David, Chaimae, Paula y Sergio en su clase

El momento en que todo cambia: crónica del último día de instituto

"En el instituto los profesores se saben tu nombre y saben si un día estás más triste. En la universidad creo que no".

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may. 17 2018, 4:00am

David, Chaimae, Paula y Sergio en su clase

Hace 10 años que recogí mis notas de selectividad y me despedí del instituto. Ese día lloré en el hall porque la carrera que quería estudiar solo se podía cursar en el turno de tarde y pensaba que aquello supondría el principio del fin de la amistad con mis colegas de entonces, los de toda la vida. Ojalá alguien me hubiera avisado aquel día de que estudiar por la tarde no suponía ni el principio ni el fin de nada. De que casi nunca nada supone el principio ni el fin de nada.

Recuerdo esto mientras me acerco a la valla metálica del Instituto Alpajés que, allá por 2006, pintamos los alumnos de plástica. El barniz marrón y naranja que elegimos tiene desconchones, pero ahí sigue. El que no sigue es el anciano que se sentaba en el pollete de enfrente y que, cuando quería decirle algo a su mujer, que se llamaba Dominga, gritaba muy fuerte y alargando mucho la -a del final su nombre.

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Alexia

Aquel grito se convirtió en un sonido habitual en el instituto, como el timbre que sonaba entre clase y clase (y que ahora ha sido sustituido por un hilo musical) o como las patas metálicas de las mesas arrastrándose sobre el suelo cuando había examen.

Dominga y su marido son los primeros que me vienen a la cabeza cuando Natalia, una alumna de Segundo de Bachillerato, me pregunta si el edificio ha cambiado mucho. Pero le respondo que no, que está todo igual. Tampoco le hablo de los desconchones de la valla, ni le digo que la pintamos con Clara, que ahora es su profesora de Dibujo Técnico y que sale del aula mientras yo entro. Para Natalia y para cientos de chavales la jornada de hoy supone el cierre de una etapa. Es su último día de instituto y yo vuelvo diez años después para pasarlo con ellos.

Elena, que estudia la rama de Ciencias Sociales, comparte el miedo que tenía yo allá por 2007 y que seguramente tengan demasiados estudiantes antes de selectividad. "Llevo queriendo ir a la universidad prácticamente desde que era pequeña, pero ahora que llega el momento me da un poco de miedo dejar atrás las vivencias y los amigos que he hecho aquí. Aunque ha sido un año de estudiar mucho, segundo también me ha servido para darme cuenta de que hay tiempo para todo. De que si en un momento necesito estar con mis amigos en lugar de pasarme mil horas frente a un libro también tengo que hacerlo", me cuenta.

Su profesor de Economía, Justo, la escucha sentado al principio de la clase, con una media sonrisa. Cuando termina, se incorpora y le habla a Elena y al resto de sus compañeros sobre lo que les espera a partir de ahora. "No sé si la etapa universitaria fue la mejor de mi vida, pero os aseguro que es la que recuerdo con más cariño", les dice. "Nunca lo pasé tan bien como entonces, y eso que estudiaba mucho. Pero recuerdo sobre todo la sensación de libertad. El poder tomar una decisión u otra sin que estuvieran pendientes de mí, el que la vida fuera tomando una complejidad, eso me dio una sensación de libertad absoluta", concluye mientras sus alumnos escuchan atentos.

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Carlota y Bárbara

Sergio, uno de ellos, le responde que quizá el precio a pagar por esa libertad sea dejar atrás la comodidad. "Yo creo que ahora tenemos que olvidarnos de la facilidad. Ahora es cuando de verdad tenemos que ser autosuficientes, el instituto es muy cómodo y te hacen todo más sencillo, tienes siempre el mismo horario, sabes lo que vas a hacer cada día... pero me da la sensación de que a partir de ahora no será así", dice Sergio.

Sergio, Elena y muchos de los que hoy se despiden del instituto han crecido en la España de la crisis. Seguramente ninguno de ellos recuerde los tiempos en los que irse de vacaciones no era vivir por encima de las posibilidades de uno y en los que ir a la universidad todavía era —o parecía— una garantía de futuro. Y eso los hace mucho más realistas de lo que era yo a su edad, cuando me despedí de ese edificio sin plantearme en ningún momento si la carrera que estaba eligiendo "tenía o no salidas".

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Abigail, en el recreo

Chaimae sí que se plantea si la carrera que empezará en unos meses tiene o no un futuro laboral. "Quiero hacer Derecho, pero no sé si ya hay demasiada gente que se dedica a la abogacía y si no serán facultades masificadas", me dice. David, que se plantea estudiar el doble grado de Comunicación Audiovisual y Periodismo, me cuenta que se tiene que enfrentar todo el rato a comentarios como "te vas a quedar en el paro" o "no hay trabajo de eso".

"Me lo dicen prácticamente cada vez que hablo de la carrera que quiero estudiar, pero al final pienso que si eligiera otra y consiguiera trabajo sería aún peor. No quiero trabajar durante el resto de mi vida en algo que no me llene", argumenta. A Lucía, que se planteó estudiar Bellas Artes, su madre le dijo que si quería pintar se fuera a la playa. María Paula, que quiere hacer una ingeniería pero aún no se ha decantado por ninguna en concreto, tiene otras preocupaciones.

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Sergio

"Cuando fuimos a la jornada de puertas abiertas a la Universidad Carlos III me di cuenta de que en las ingenierías eran todos alumnos, todos chicos. Los profesores también eran hombres. Entrar a una clase e imaginarte que, de los 100 compañeros que vas a tener, tan solo 10 serán chicas choca y da un poco de miedo. En todas mis clases del instituto éramos más o menos la mitad, y también hemos tenido profesoras mujeres", comenta. Su compañera Natalia, que quiere estudiar física, lo suscribe. "Al no tener apenas referentes femeninos, al no estar visibilizados, las estudiantes de ciencias sentimos a veces que no es un terreno con el que nos sintamos identificadas o incluso que las ciencias no son para nosotras".

A Julia, sin embargo, esa ausencia de mujeres la anima precisamente a continuar. "Alguna vez he dudado si hacer una ingeniería porque también me gustan las humanidades, pero el hecho de pensar que hay pocas chicas en el sector, que hacen falta referentes femeninos, me anima a seguir por ahí. Para que a las niñas que vengan después de nosotras no les ocurra, para que no sientan que ese no es su lugar", concluye.

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Alexia, Carlota, Abigail, Renata y Bárbara

Me cuentan que las tres han participado en un proyecto del instituto que se centra precisamente en eso, en que las estudiantes de ciencias más mayores le hablen a las más pequeñas sobre cómo se sienten siendo mujeres en un sector que, como tantos otros, aún está dominado por los hombres.

Pero, más allá de la preocupación por lo que vendrá en la universidad y más allá de las preocupaciones de género y clase que afectan, como a todas las esferas de la vida, a los estudios, —Paula me dice que "ve a gente que no se tiene que esforzar tanto como ella porque sabe que sus padres le podrán pagar una universidad privada si no le da la media"—, todos tienen en la cabeza lo que les espera en un futuro inmediato: los exámenes de selectividad, que harán en dos semanas.

Renata

"Aunque elegir carrera no sea algo que nos determinará de por vida porque al final muchos acabaremos cambiándonos o ejerciendo como profesionales en ámbitos que ni siquiera tendrán que ver con lo que estudiemos, nos hacen creer que así será", dice Pablo. "Si no nos inculcaran eso no estaríamos tan preocupados y tan pendientes por los exámenes de selectividad", añade Sergio.

Cuando les pregunto por lo peor de selectividad en particular y del bachiller en general, algunos, como Javier, hablan de lo inabarcables que son ciertos temarios. "El de Historia de España, por ejemplo, es muy extenso. Al final te tienes que esforzar más por memorizarlo todo que por comprender, por interiorizar lo que estás memorizando", cuenta.

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Javier

Precisamente que el sistema se base casi únicamente en la memoria es otra de las críticas generalizadas de los alumnos al sistema educativo. "Está todo muy sistematizado", dice Pedro. "Estaría bien tener más libertad para hacer las cosas a tu manera. Todos los comentarios de texto, por ejemplo, se hacen del mismo modo. Es una fórmula preestablecida, tienes que poner tal palabra, tienes que hacerlo de tal forma... hay muy poco espacio para la creatividad", concluye.

A Natalia, que estudia ciencias, le da pena que en segundo no haya lugar para la práctica, que todo se centre en la teoría. "Me gustaría que nos evaluaran más por trabajos. Nosotros que hacemos ciencias, por ejemplo, este año no hemos hecho ninguno de investigación, por nuestra cuenta, que al final es lo bonito, ponerse manos a la obra. Y no les echo la culpa a los profesores. Es el sistema el que genera esa falta de tiempo, esa saturación de teoría", dice.

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Julia, por su parte, piensa que no hay otra manera objetiva de evaluar el conocimiento. "Claro que es injusto a veces porque se te pueden olvidar cosas y puedes tener un mal día o estar pasando por un momento duro, pero en realidad no hay otra manera de hacerlo", comenta.

Alexia, dejó el instituto durante un año y se puso a trabajar. Pero volvió y ahora quiere ser psicóloga y piensa que el educativo no es un sistema del todo justo. "La mayoría de las veces se está valorando la capacidad de memorizar, así que quien más capacidad tiene de hacerlo saca mejores notas", apunta.

Se hace un silencio en la clase y Renata, que se sienta casi al final, me toma el relevo y me hace ella a mí una pregunta. Me dice que qué consejo les daría ahora, diez años después de haberle dicho adiós a este instituto con el que hoy me reencuentro.

Se hace otro silencio, no se me ocurre qué decirles. Al final les respondo que hagan lo que quieran hacer, que escojan lo que quieran escoger y que si no pueden porque, como me ha dicho Paula, no les da la nota y sus padres no tienen el dinero suficiente para pagarles una universidad privada, tampoco se preocupen demasiado. Que al final el trabajo es simplemente una transacción, un intercambio de tiempo por dinero y que no define quienes somos. O al menos no debería.

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Le pregunto a Martín, que quiere estudiar Periodismo y Humanidades, cómo cree que se sentirá él una década después de hoy, diez años después de su último día en el Alpajés. "Supongo que, al final, me acordaré más de lo bueno que de lo malo: de los amigos, los intercambios de idiomas, de los profesores... creo que al final no recordaré el estrés ni los nervios sino eso", me responde.

Asiento y sonrío, y me siento muy vieja porque quiero completar su argumentación. Quiero decirle que también se acordará, seguramente, de las personas que han hecho posible esos intercambios, de los profesores que, como dice uno de sus compañeros "en el instituto, a diferencia de en la universidad, están encima de ti, se saben tu nombre y saben si un día estás más triste".

Pero me quedo callada, me despido y cruzo la valla naranja y marrón que pintamos en plástica. Fuera no está el anciano que gritaba el nombre de su mujer alargando mucho la -a final. Dentro todo sigue igual.

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