yoga

Probé hacer yoga al desnudo junto a un montón de extraños

"Nuestros tapetes están en un semicírculo en el piso. Por razones obvias, no quieres sentarte detrás de alguien más cuando estás haciendo yoga al desnudo".

por Insa Schniedermeier; traducido por Bernardo Tavares
22 Enero 2018, 5:02pm

Fotos por Rebecca RüttF

Este artículo se publicó originalmente en VICE Alemania.

Me mudé a Berlín en abril de 2017 después de una ruptura. Usé el cambio de locación como una oportunidad para reflexionar sobre mi yo interior, y empecé a probar cosas nuevas tratando de, como algunos dirían, “encontrarme a mí misma”. Preferiría contarles cómo finalmente fui a mi primer festival de música y cómo formé parte de unas sesiones de meditación budista. También traté de volverme vegana (aunque no haya durado mucho). Pero lo siguiente en mi lista era el yoga al desnudo.

La primera vez que me enteré de que existía el yoga al desnudo fue cuando encontré la cuenta de Instagram @nude_yogagirl. Siempre he amado el yoga, no solo porque se ve impresionante, sino que también porque es un buen método de volverse más fuerte y flexible y aumenta el equilibrio. En cuanto me pongo sobre el tapete de yoga, me siento más en contacto conmigo misma.

Pero, ¿cómo afecta a ese sentimiento estar desnuda y vulnerable? Quería enterarme.

No me tardé tanto en encontrar e inscribirme a una clase cerca de mí, y en cuanto leí la descripción de la sesión en su página de Facebook, me emocioné. Lee esto y dime que tú no te hubieras emocionado también: “Hay que meternos en las sensibilidades más profundas de nuestro cuerpo, mente, y espíritu; nademos en lo JuGoSo de la vida que vive bajo las ‘máscaras’ que usamos en nuestra vida cotidiana”.

La clase estuvo formada por cuatro mujeres y una instructora, entre los 25 y 35 años.

Y por eso ahora, un par de días después, estoy sentada en un estudio de yoga en Kreuzberg, al sur de Berlín. Son las 7:45 PM y todavía estoy completamente vestida, tomando un poco de té con nerviosismo. Somos cinco mujeres, incluyendo a la instructora, entre los veinticinco y treinta y cinco años. Nuestros tapetes están en un semicírculo en el piso. Por razones obvias, no quieres sentarte detrás de alguien más cuando estás haciendo yoga al desnudo. En la esquina del enorme espacio blanco hay una colección de velas y estatuas de Buda, de la cual emana un olor pesado a incienso. Hace que la atmósfera tipo-zen del cuarto se sienta algo forzada, pero en fin, prosigamos.

Estoy sentada sobre mi tapete de yoga. A la mujer al lado mío se le olvidó el suyo, así que le presto mi toalla. “¿Segura?” me pregunta, teniendo en cuenta lo que estará haciendo sobre él a continuación. Lo estoy. Medio incómoda, pone la toalla sobre un tapete azul que tomó prestado. Afuera ya está oscuro. Cerramos las cortinas para que solo pueda entrar una luz roja de un edificio al otro lado de la calle. Cierro mis ojos y escucho los sonidos del electroshaman saliendo de una pequeña caja sonora. Mis únicos pensamientos son sobre cuán desnuda voy a estar en breves momentos.


Por ahora, la instructora, Danielle, sigue vestida en sus leggings de leopardo y sus calentadores. Me dice que el yoga desnudo la ayudó a conocer mejor a su cuerpo, y que ahora se siente orgullosa de sus curvas. A través de sus clases, espera poder pasarle el “poder transformativo del yoga al desnudo” a otras mujeres.

Es hora de empezar. “Se pueden desnudar lentamente,” dice Danielle. Honestamente, no se dónde empezar. Decido quitarme mi chamarra primero, luego mi camiseta, brasier, pantalones, medias y mi ropa interior. Las otras parecen quitarse todo en segundos, mientras que yo lo hago prenda por prenda.

Cuando termino, lo único que puedo hacer es sonreír nerviosamente. Ya no tengo con que esconderme y la situación de repente se empieza a sentir muy extraña. ¿Por qué estamos desnudas sobre tapetes de yoga con desconocidas? De inmediato, mis ojos empiezan a desviarse, notando tatuajes, manchas con formas curiosas y pezones con diferentes tamaños y formas.

Empecé a apreciar mi cuerpo cada vez más, a medida que la sesión avanzaba.

“Corran sus manos por sus cuerpos,” nos instruye Danielle. “Estén conscientes de cómo se siente su piel”. Rápidamente me pongo más cómoda, pero la clase es bastante difícil, entonces mi sonrisa penosa se va y entra una mirada de determinación pura. Antes que lo note, estoy completamente metida en el momento; no me incomoda nada tener que estirar mis extremidades desnudas junto a un grupo de desconocidos. S0lo durante la pose del bebé feliz —para la cual tienes que acostarte sobre tu espalda mientras agarras tus pies y estiras tus piernas abiertas al aire— me acuerdo de cuánto me estoy exponiendo a mis nuevas amigas.

Muchas de mis amigas yoguis se enfurecieron cuando les dije que iba a probar el yoga al desnudo, pues lo consideran una moda de Instagram para niñas blancas privilegiadas. Y aunque eso sea una crítica válida, hay mucho más detrás del yoga al desnudo. Cómo explica Danielle, la práctica también ayuda a que conozcas tu cuerpo y a que tengas una buena relación con él. Y a pesar de que atrae a muchos pervertidos y voyeuristas en las redes sociales, no se trata del sexo; esto es algo que notas de inmediato cuando estás desnuda, al borde de un calambre, tratando de contorsionarte en una pose imposible. Considerando que tantas mujeres de todo el mundo están infelices con su cuerpo, descartar este tipo de ejercicio para aumentar la autoestima como una moda sin sentido parece un tanto reduccionista.

Dos de mis colegas demostrando su parada de cabeza.

Noto que las poses que hacemos se sienten más intensas estando desnudas. Se ven diferentes también. Puedes ver cómo se mueve tu estómago con cada vuelta, cómo se ponen tensos tus músculos, cómo se extienden tus tendones. También estoy mucho más consciente de las imperfecciones de mi cuerpo.

El cuarto está a veinticinco grados centígrados; Danielle puso la calefacción al máximo cuando llegamos para que no nos congelemos. Una capa delgada de sudor se ha formado sobre todo mi cuerpo. Cuando hacemos una posición sobre nuestros estómagos, dejo una marca sobre mi tapete que me recuerda a una pintura de Yves Klein. Algunas de las otras mujeres suspiran al realizar ciertos estiramientos, lo cual es normal pero se me hace excesivo ya que estamos desnudas. Sorprendentemente, me siento cómoda cuando la instructora nos toca para corregir nuestras posturas.

Durante la última pose de relajación, Danielle nos dice que nos pongamos nuestros calcetines, lo cual significa que —por un momento— somos cinco mujeres, en la pose de Savasana (sobre nuestras espaldas, con nuestras extremidades estiradas), desnudas, vistiendo solamente calcetines.

Después nos ponemos el resto de nuestra ropa. Me pongo mis pantalones, tenis, y la chamarra enorme que me protege del frío del invierno berlinés. Pero siento que algo ha cambiado. Suena cursi, pero me siento más en sintonía con el mundo que me rodea, incluso si no sé con certeza qué significa eso. Me siento bien y, para mi sorpresa, sexy.