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Esta es la historia (y la polémica) del Mónaco: el edificio de Pablo Escobar que fue demolido hoy en Medellín

La demolición del Edificio Mónaco deja al descubierto que aún no sabemos qué hacer con el legado del súper capo de la droga que sigue siendo, tristemente, una figura de prominencia mundial.

por Paola Llinás
22 Febrero 2019, 6:00pm

Izquierda: vía Wikimedia Commons. Derecha: captura de pantalla vía YouTube.

Artículo publicado por VICE Colombia.


No es descabellado afirmar que más de medio mundo ha escuchado el nombre de Pablo Escobar y que lo tiene asociado con Colombia. Seguramente así lo es. Pablo Escobar es un nombre que parece tener un “efecto Voldemort” en unos —no ser nombrado por miedo a invocar sus atrocidades— y de Robin Hood en otros —ser considerado un personaje “incómodo” que, con métodos cuestionables, representó el poder de llegar a ser mucho a partir de muy poco—.

El nombre Pablo Escobar es el de un súper capo de la droga convertido en ícono pop. Símbolo de lo inalcanzable. De la plata y el plomo. Del crimen.

Hay quienes afirman que en Colombia tenemos una relación bipolar con Escobar. Una relación tóxica, en términos más millennials, que tuvo como centro a la ciudad de Medellín, la cuna, la “amada” del capo. Fue el centro de su guerra narco-violenta y de su emporio de las drogas, que monopolizó el negocio de la cocaína (una droga que actualmente es consumida por casi 20 millones de personas en el mundo y de la cual Colombia sigue siendo el mayor productor).

El emporio de Escobar fue símbolo para muchos del poder desmedido e inalcanzable. Creó a su alrededor una reputación al estilo El Padrino, la de un patrón de la mafia y del sicariato que era capaz de mover dinero y personas a su disposición, dejando vestigios de su riqueza. Símbolos que todavía permanecen y causan fascinación en algunos por ser lo más tangible que queda de esa figura: desde el ahora parque temático Hacienda Nápoles, hasta la cárcel La Catedral, la Hacienda La Manuela, el Cementerio Montesacro, el Barrio Pablo Escobar, y el Edificio Mónaco.

Este último fue derribado hoy. “El pasado camina con nosotros cada día. No es un secreto que en muchos lugares nos siguen asociando con drogas, narcotráfico y violencia. Y lo que es peor, personajes como Pablo Escobar”, dijo en un comunicado de prensa el alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, presentando la principal excusa para la demolición que, en cerca de tres segundos, derrumbó la estructura que sirvió de fuerte y de búnker para Escobar y su familia. Dijo eso el alcalde cuando, a la par, un niño del barrio Aranjuez decía que soñaba con ser traqueto: con ser como Pablo Escobar.

Es rara esa fascinación. Pablo Escobar es un hombre que, por ahora, está inmortalizado en los anales de la historia y que tiene un componente pop ineludible: su presencia en la serie Narcos, su cara estampada en camisetas, su recuerdo en el anhelo de un niño. Pablo Escobar, en esta versión, es un ícono de la mafia y la riqueza, una especie de ídolo para una parte de la población mundial. Pero es inentendible: Pablo Escobar es responsable de 15 grandes atentados terroristas. Del asesinato de dos ministros de justicia. Del homicidio de Guillermo Cano, director de El Espectador, uno de los dos periódicos más importantes de Colombia. De un procurador general. De un candidato presidencial. De más de dos periodistas. Del secuestro extorsivo de otro periodista más y de un candidato a la Alcaldía. Sin contar las otras 5.000 muertes que se le atribuyen. Pablo Escobar acorraló a Colombia frente a una estela de sangre sin precedentes. Pablo Escobar fue un monstruo devastador cuyos efectos directos e indirectos los colombianos seguimos padeciendo. Una figura pop que, por sí misma, y más allá de sus propiedades, también valdría la pena derrumbar.

De su emporio criminal, el edificio Mónaco duró más de 30 años en el barrio de Santa María de los Ángeles, en El Poblado, un exclusivo barrio de la capital paisa. Fue un centro de violencia que algunos consideran como el detonante de la guerra entre el Cartel de Cali y el de Medellín. Tenía un área de casi 5.000 metros cuadrados, ocho pisos, 12 apartamentos, dos piscinas, 34 parqueaderos, una cancha de fútbol, turco, jacuzzi, canchas de tenis, una caja fuerte del tamaño de una habitación, estructuras chapadas en oro y monumentos gigantes de acero que marcaban la entrada. Era un búnker con columnas reforzadas, rejas en los techos y supuestos cuartos de pánico.

Escobar habitó (no se sabe exactamente durante cuántos años por su vida en clandestinidad) en el penthouse con su familia y destinó el resto del edificio a sus cercanos y conocidos, rodeándolo de rigurosos esquemas de seguridad. Fue símbolo de la guerra del narcotráfico en pleno corazón citadino, cuando en enero de 1988, cerca de 80 kilos de explosivos de parte del Cartel de Cali fueron detonados como advertencia para el capo de la droga. Fueron tres muertos y diez heridos, y, se dice, que desde entonces la hija de Escobar, Manuela, perdió parcialmente la audición.

El atentado en el Mónaco obligó a Escobar a huir y dejó al descubierto su colección de autos deportivos. Pasaría entonces a manos del Consejo Nacional de Estupefacientes, que lo entregó en 1989 a la Asociación Cristiana de Asistencia y Rehabilitación (Asocar). Diez años después perteneció al CTI de la Fiscalía y explotó otra bomba. El Mónaco resistió esta vez el impacto de 40 kilos de explosivos dirigidos a la institución estatal que devolvieron en el tiempo a sus habitantes cercanos. Luego la Fiscalía abandonó el edificio y quedó a manos de la Policía Nacional.

Ahora, de acuerdo al gobierno local de Medellín, será convertido en un monumento. “Levantaremos un Memorial en la antigua resistencia de Escobar dedicado a las víctimas y héroes de la época, cuando el narcoterrorismo nos arrebató violentamente 46.612 vidas”, dijo el alcalde Gutiérrez en el comunicado. Se llamará ‘Inflexión’, y será un parque que va a estar dedicado a la esencia, la inflexión y resiliencia, “un hito para la ciudad”, según Gutiérrez.

La polémica frente a la demolición

Pero de la demolición surgen muchas preguntas. ¿Por qué invertir dinero en la destrucción de un edificio que muchos en Medellín no recuerdan? Detractores de la demolición, como el periodista Pascual Gaviria, creen que es un hecho que no va cambiar las narrativas de violencia creadas por Escobar y que todavía perviven en Medellín. Además, se habla de los costos del operativo de demolición que según Gaviria, como manifestó vía Twitter, lo que quería era “vender humo”.


Y es que según la alcaldía, no demoler el edificio, sino re-adecuarlo, costaría entre 40.000 y 50.000 millones de pesos. Mientras que la implosión representaba un costo de 2.600 millones, más 6.000 millones de la construcción del memorial. Aún así, son cifras altas para lo que muchos consideran “un simple edificio”. El alcalde le dijo al periódico El Tiempo que “demolerlo es más simbólico y es lo que han pedido los vecinos que padecieron la llegada de turistas que visitaban este lugar a mirarlo con morbo”. Las cifras de la demolición, dicen los críticos, servirían para hacer otras cosas más provechosas: educación, infraestructura, en fin.

Con todo, la demolición no ha hecho otra cosa que aumentar ese morbo por la figura de Escobar y su violento imperio. El morbo de quienes esperaban con expectativa que la demolición revelara las supuestas guacas escondidas bajo tierra por ‘el patrón’. El morbo de detractores, como el hermano del capo, Roberto Escobar Gaviria, alias El Osito, quien denunció que en los últimos meses desaparecieron los enchapes de oro que tenían algunas puertas del edificio. Un morbo que gira alrededor de una figura ya muy televisada que logró salir de un pequeño municipio rural para llegar a convertirse en una de las personas más ricas y famosas de todos los tiempos.

Lo cierto es que es difícil pensar qué hacer con símbolos que son apologías al crimen, pero que también son pedazos de historia. En el Barrio Pablo Escobar, todavía consideran que la “labor comunitaria” del narcotraficante en Medellín lo hacen merecedor de poder divino: "para mí, primero, Dios, y segundo, él”, le dijo a La FM una de las habitantes del barrio. El narcoterrorismo sigue siendo un objeto de estudio debatible y controversial que pone en vilo el “legado” de figuras como Escobar.

El debate está latente con el hype de los narcotours, de los drug lords, que siguen idealizando y “romantizando”, especialmente en el exterior, a figuras violentas y criminales. Solo hace falta buscar en Google ‘narcotours Medellín’ para encontrar cientos de opciones que se lucran de los recorridos que rastrean la vida criminal de Escobar por la ciudad. Muchos creen que ese hype es el responsable de gran parte del turismo de la ciudad. Y es que Medellín recibió en 2016 a más de 700.000 visitantes, una cifra en aumento que hizo la hizo merecedora del reconocimiento del ‘destino turístico más popular de Sudamérica’ otorgado por los usuarios de TripAdvisor, y superando a ciudades como Brasilia, Asunción y La Paz.

El narco-turismo es una fuente de ingreso para quienes se dedican a la venta de souvenirs de Escobar y a la comercialización de tours como este, que por 345 dólares por persona ofrece un paquete VIP de dos días con visitas a la prisión de Escobar, al cementerio, al lugar de su muerte, a la comuna 13, y por supuesto, al Edificio Mónaco. O como este, llamado el ‘Pablo Escobar Tour’, cuya página lo saluda a uno con un “¿Qué más, parcero?”, recomendado por alias Popeye (nada menos: su jefe de sicarios, el de los 5.000 muertos servidos en bandeja de plata para Escobar) y por usuarios como Fernando, de Perú que afirman en su página web que “el tour ha sido increíble, vivir cómo vivía el capo, sus oficinas su residencia”, o Nicolás, de Argentina, que dijo que lo que más le gustó fue el Edificio Mónaco.

Hay incluso un tour llamado ‘Don’t say his name’ (inglés para ‘No digas su nombre’), que dice no glorificar el legado del capo mientras vende paquetes de 25 dólares al día para seguir sus pasos. A veces parece no haber censura ni límites para las expresiones y símbolos del jefe del Cartel de Medellín que fue responsable de más de 600 atentados terroristas, la detonación de más de 100 bombas tan solo en un período de tres meses, 550 policías asesinados (Escobar ofrecía dos millones de recompensa por cada policía caído), y de más de 15.000 personas muertas por el narcotráfico.

Lo que queda de la demolición del Mónaco es que ni en Medellín, ni en Colombia, sabemos todavía cómo acercarnos al legado de Escobar que tanto resuena en el exterior. Semana ha reportado que en la capital paisa no existe ninguna organización dedicada a las víctimas del narcotráfico, mientras que cientos de extranjeros posaban todavía al frente del edificio Mónaco.