Dinero

Trabajar en una tienda de ropa me hizo odiar a la humanidad

"La mujer abrió la cortina y simplemente se quedó viendo cómo su pequeño vomitaba todo su almuerzo. Tomó una de las camisetas que tenía en el brazo, limpió la cara del niño, y me la pasó".
Sergio Ávila
traducido por Sergio Ávila
12 Noviembre 2018, 3:30am
una cajera molesta y un grupo de clientes detrás del fuego
Ilustración: Laura Binder

Artículo publicado originalmente por VICE Alemania.

"Disculpa", dije, "solo puede haber una persona en el vestidor". La jovencita me miró desafiante mientras su novio solo se sonrojaba. Ella me contestó: "¿Estás celosa porque tengo novio?".

Unas cuantas horas después, otra cliente rasgó un vestido desde el gancho mientras exigía saber si lo teníamos en otra talla. Después de responderle que no lo tiró al piso y salió sin decir una palabra más. Le pedí que lo volviera a colgar y me respondió: "Ahí lo encontré".

Más tarde ese mismo día un tipo me gritó por mover una bolsa que él había dejado en el piso olvidada. Intenté explicarle que alguien podría haberla robado si no la hubiese llevado a objetos perdidos, pero él solo me gritó, diciendo que no necesitaba un "sermón de una cajera".

Días como esos fueron muy comunes durante los cuatro años que trabajé en tiendas minoristas de dos grandes cadenas de moda. Pero realmente no hace la diferencia si estás vendiendo ropa, café, condones, brócoli o vacunas; todo es igual. Lo odiaba, y renuncié desde entonces.

Hace poco me reuní con dos viejas colegas —que ahora odian a la humanidad tanto como yo— para poder compartir nuestras peores experiencias como vendedoras. Anna y Miriam siguen trabajando en tiendas, así que cambié sus nombres para proteger sus trabajos. Y mi nombre no es Juli; tuve que firmar un acuerdo de confidencialidad cuando trabaje para esos fosos infernales.

Los sucios

Juli: Una vez, una señora llegó con un cochecito a la tienda y tumbó todo en su camino. La seguí fastidiada a los vestidores y ordené algunas prendas mientras esperaba a que terminara. Abrió fuertemente la cortina y simplemente se quedó viendo cómo su pequeño vomitaba todo su almuerzo. La mujer tomó una de las camisetas que tenía en el brazo, limpió la cara del niño, y me la pasó.

Miriam: Los vestidores son los sitios más desagradables porque la gente cree que nadie la está viendo. Una vez alguien dejó un montón de prendas en el piso. Cuando las estaba recogiendo, me di cuenta de que había algo en unos pantalones. Era un tampón ensangrentado.

Anna: Una vez encontré un vasito de helado que estaba tan pegajoso que no quise tocarlo. Más tarde volví al mismo vestidor y encontré que el vasito estaba lleno de orines. El vaso era muy pequeño, así que miré bien y me di cuenta de que el piso estaba lleno de orines también. Después descubrí que había mierda en el bolsillo de un abrigo.

Los irrespetuosos

Juli: Había estado en la caja durante muchas horas y no podía tomarme un descanso porque éramos muy pocos empleados. Cuando por fin llegó mi remplazo cerré mi caja. Una señora mayor me gritó desde la fila; estaba molesta de que me fuera. Intenté explicarle que teníamos que respetar nuestros horarios de descanso, a lo que ella respondió, "tu vida entera parece un gran descanso".

Anna: Ya casi era hora de cerrar y yo estaba dejando todo listo. Me dolía la espalda y realmente quería salir de ahí. Solo quedaba una cliente; una madre y su hija. Ella movía la ropa con tanta fuerza que tumbó toda una pila al suelo. Cuando su hija le señaló lo que había hecho, la madre respondió: "no pasa nada, esa mujer tiene que recoger".

Miriam: Una cliente quería pagar un monto muy pequeño con un billete de gran denominación. Le pregunté si tenía monedas y no me respondió. Le pregunté nuevamente y me gritó "¡No!", así que puse el dinero en la registradora. Después de contar el cambio, sacó de su bolso unas monedas frente a mí. La ignoré; mi respuesta es siempre la misma en estas situaciones: "Disculpe, ya lo registré". Me volvió a gritar: "¿Acaso ya no enseñan matemáticas básicas en la escuela?".

Los desvergonzados

Juli: Empezó a sonar la alarma contra incendios, así que teníamos que evacuar la tienda. Algunos entraron un poco en pánico, pero no las dos chicas que encontré en el área de calzado. "Tenemos que evacuar el edificio, por favor salgan por la salida de emergencia más cercana", dije.

"En un minuto, ya vamos a terminar".
"Esto no es un simulacro. ¡Por favor salgan de inmediato!".
"¿Podemos pagar rápidamente estos zapatos?".
"Qué parte de salir inmediatamente no entendieron?".
"Disculpa, no se te entendía".

Miriam: Una mujer quería devolver un abrigo con un hueco por una quemadura. Se molestó cuando le dije respetuosamente que era imposible que la prenda fuese hecha con una quemadura de cigarrillo. Me gritó para que le devolviera su dinero. A estas alturas ya había tenido demasiado, así que me mantuve firme en mi decisión. Ella tampoco dio su brazo a torcer, así que llamé al gerente, esperando que él resolviera todo esto. Él vino a la registradora, vio la prenda y decidió recibirla. Además me hizo disculparme "por mi impertinencia". La mujer me vio con una sonrisa de satisfacción y dijo "gracias".

Anna: Una mujer con un embarazo muy avanzado estaba probándose algo en la esquina del local. Estaba viendo por si dejaba alguna prenda por ahí. Luego me di cuenta de que había algo debajo de su blusa. Era su esposo, estimulándola con su mando. Ah, y estaban en la sección de niños.

Los agresivos

Juli: Odiaba preguntarles a los clientes si querían pagar por una bolsa, pero no tenía alternativa. Muchos decían automáticamente que no y luego miraban sorprendidos cuando les pasaba sus compras sin bolsa. Eso fue exactamente lo que pasó con un tipo que se paró frente a mí, enojado, preguntando dónde se suponía que guardara sus cosas. Cuando le repetí que la bolsa costaba 15 centavos, enloqueció. me tiró unas monedas en la cara y me gritó: "¡Ahora dame mi maldita bolsa!". Había ido demasiado lejos, así que lo hice echar.

Anna: Un niño estaba gritando en la tienda. Su madre lo había dejado ahí, gritando. Volvió unos minutos después y le pegó. Llamé a la oficina y pregunté si debíamos llamar a la policía. Desafortunadamente se dio cuenta y salió de la tienda.

Miriam: Una cliente dejó un vestidor hecho un desastre. Me sentía valiente, así que le pedí que colgara de vuelta todas las prendas. Se puso muy molesta y dijo que solo le pedía hacer eso porque era negra. Le respondí que su color de piel era irrelevante, pero en ese momento me lanzó un suéter a la cara. Antes de poder reaccionar, me lanzó todo lo del vestidor y salió corriendo.

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