Fotografía de Louis Yupanqui, Activista
RETRATOS DE LOUIS YUPANQUI POR JOHANA RAMBLA. EDITORAS FOTOGRÁFICAS: FOTÓGRAFAS LATINOAMERICANAS.
Cuerpo: narrativas personales

Construir una fortaleza: testimonio de una activista negra, trans, no binaria

La argentina Louis Yupanqui tuvo que enfrentar varias situaciones de racismo en su país. Mientras se convertía en activista afro, comenzó a cuestionarse sobre su sexualidad y su cuerpo. Aquí escribe sobre el proceso de descubrir y afirmar su identidad.
30 Marzo 2020, 8:15pm

Los activistas, así imponentes como nos vemos, personas fuertes que todo el tiempo salen al mundo a dar un mensaje, siempre luchando, o informando, en algún momento tocamos fondo.

Ese momento lo recordamos generalmente. Es ese instante de nuestra vida en el que nos dimos cuenta de que estábamos saturados con todo el odio que recibimos directa o indirectamente de la sociedad, de amigos y hasta de nuestra propia familia.

Recuerdo con precisión situaciones en las que me sentí vulnerable. Cientos de veces, en Argentina, mi propio país, me preguntaron de dónde era. Otras cuántas me vi sometida a cuestionamientos incómodos sobre el tamaño de mi pene. En más de una ocasión fui sospechosa de haber robado en una tienda. Y todo solo por el color de mi piel.

En más de una ocasión fui sospechosa de haber robado en una tienda.

Fueron ataques que tuve que procesar sola cuando era chica. Pensaba que nadie en mi entorno las vivía, que era algo personal y que tendría que aprender a vivir con ellas. ¿Y es que cómo no? Ni siquiera sabía ponerle nombre a ese rechazo, no me habían dado las herramientas para hacerlo.

El día en que me di cuenta de que lo que yo vivía era la discriminación hacia un colectivo fue uno en que mi hermano me mostró un video. Por primera vez vi a personas racializadas contar por qué situaciones como las que había enfrentado yo las hacían sentir incómodas. Por primera vez supe que nuestra opresión tenía una causa: el racismo.

Meses después, un amigo me mostró en Twitter cuentas de activistas españolas antirracistas y desde ese momento no hubo retorno: empecé a informarme, a cuestionarme, y a intentar hablar públicamente de la opresión y todo lo que nos atraviesa a las personas afro en Argentina.

Esta decisión no fue exenta de dolor. Dolió tener que explicar el racismo muchas veces, tener que fumarme excusas por parte de las personas blancas. Que me tomaran para el chiste. Dolió tener que ver a desconocides decirme en mi cara "que no existía el racismo" con total impunidad.

Y mientras todo eso ocurría, empecé también a despertar mi consciencia y a derrumbar todas las estructuras de género con las que crecí. Jamás pensé que tendría que enfrentarme a eso; incluso en una etapa de mi vida solía decir que "nunca sería una persona trans". Pero durante meses estuve preguntándome sobre mis gustos, sobre mi identidad sexual y sobre qué tan condicionada estaba por lo que la sociedad quería de mí. No solo me sorprendió la respuesta, sino que también fui descubriendo que había algo que me hacía sentir incómoda.

Todo este despertar fue muy paulatino, pero tengo clara la primera vez que sentí disforia de género. Fue un día que tenía que hacer una foto en lencería para un texto importante que pensaba escribir sobre una polémica que había por una marca de ropa interior hegemónica y transfóbica. Recuerdo que me puse las prendas —era la primera vez que usaba algo así— y me sentí incómoda. Empecé a hacer las fotos y me seguía sintiendo súper rara. No podía hacerlas. ¿Cómo podía sentirme tan feliz y hermosa, y al mismo tiempo tan mal como para terminar cancelando la sesión? Sabía que el disgusto no se relacionaba con el tamaño de mi panza o con ninguna otra inseguridad conocida, era algo diferente que ni sabía describir.

En una etapa de mi vida solía decir que "nunca sería una persona trans".

Pensé que ese iba a ser un episodio aislado. Pero no fue así. Pasaron unas semanas y decidí hacerme trenzas. A pesar de la ilusión que me hacía tenerlas, me sentí vacía y deprimida. Estaba apática. Comencé a tener sueños en los que me sentía cómoda con el pelo largo y las trenzas; luego despertaba y volvía a una realidad triste.

Todo mejoró cuando me di cuenta de que el problema no eran el pelo largo ni las trenzas, sino el miedo de pensar en cómo la sociedad empezaba a leerme por llevar mi cuerpo de una manera distinta. Cuando ese miedo se desvaneció, empecé a experimentar una comodidad que jamás había sentido. No es que siempre me hubiera sentido incómoda identificándome como hombre o siendo leída así, solo advertí que ahora algo era diferente en mí, y que era una forma de expresión con la que me sentía más a gusto.

Identificarme como no binario me ayudó a entender mi cuerpo. Saber que el binarismo social impuesto es algo en lo que no entro y que existen más personas como yo me dio muchísima paz. Descubrirlo me permitió nombrar otro montón de sensaciones para las que antes no encontraba palabras.

Asumir mi identidad y pararme en el mundo como activista negra, trans, no binaria ha sido un proceso hermoso, pero complejo. Que tú avances en tu propio proceso no quiere decir que quienes te rodean van al mismo ritmo y en la misma dirección.

Las pibas trans somos rechazadas por los pibes, pero al mismo tiempo somos sujeto de su deseo. Es que para muchos no hay nada más excitante que meterse con una traba o con una trans. Pero la mayoría de las veces es solo morbo: somos la persona que les faltó cogerse de la lista. Nuestra diversidad, nuestra diferencia, es su interés malsano. Ningún hombre quiere darle la mano a una mujer trans, ningún hombre tiene ganas de presentarnos en su familia o hacernos sentir deseadas y hermosas.

Nunca sentí tanto rechazo por parte de los hombres como desde que empecé a feminizarme.

Cargamos una exigencia patriarcal y hegemónica gigante. Por el solo hecho de haber nacido con pene las mujeres trans tenemos que ser perfectas desde la cara hasta las piernas. Nada puede ser masculino, sino nos tildan de hombres. Machos. Trabucos.

Nunca sentí tanto rechazo por parte de los hombres como desde que empecé a feminizarme. A mí estos cambios me agarraron algo desprevenida, pero creo que ninguna mujer trans o feminidad trans se siente preparada para lidiar con misóginos patriarcales que solo nos desean para una vez. O a veces ni siquiera para eso, porque muchos hombres piensan que somos machos con pollera.

Toda esta violencia no solo se da en los vínculos sexoafectivos. Nos cuesta el estudio, conseguir trabajo, un alquiler. A veces nos cuesta hasta la vida.

La sociedad no entiende a las personas trans: piensan que exageramos, que no es para tanto. A mí me costó la experiencia para poder entendernos. Difícilmente paren a preocuparse por nuestras necesidades y urgencias si nosotros no las comunicamos. Por eso existen el activismo y la resistencia. Eso creo que es mi cuerpo.

Me costó horrores llegar hasta aquí: me costó hombres que se alejaron de mí por los genitales cuando dos minutos antes me habían dicho hermosa, me costó momentos incómodos en citas con personas abiertamente racistas, me costó noches sintiéndome sola pensando que nadie podría amarme, me costó muchísimas tardes de ira y momentos desagradables hasta para conseguir trabajo. Me costó burlas en la calle y preguntas incómodas por cargar mi ancestralidad.

Costó, pero es hermoso poder hablar desde el amor, la fuerza y la lucha.

Eso es mi cuerpo hoy en día: una fortaleza en la que me siento mucho más cómoda; un camino lento, pesado y eterno, que tal vez no acabe nunca.

Mi cuerpo es resistencia, mi cuerpo es orgullo, mi cuerpo es amor propio
Mi cuerpo es trans
Mi cuerpo es negritud.

A Louis la encuentras en Instagram como @louisyupanqui.

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