Distrito Feral

Zombis marinos: el delirio sexual de los gusano devoradores de huesos

Este es quizás el modo de reproducción más inaudito de todo el reino animal.

por Andrés Cota Hiriart
31 Octubre 2018, 5:36pm

Ilustraciones y animación por Studio SUB

En la oscuridad perpetua de las profundidades oceánicas la vida obedece otros parámetros. Miles de metros por debajo de la superficie, la evolución ha tenido más tiempo para jugar con las posibilidades de la zoología, distorsionándolas a lo largo de los siglos hasta conducirlas hacia maquinaciones insospechadas: peces bioluminiscentes, calamares que cazan en manada, medusas gigantes; taxonomías ambiguas que ponen en manifiesto que, en lo que a criaturas marinas respecta, nuestras preconcepciones marcadamente terrestres hacia la biología se quedan cortas.

Y para quien dude de ello, pongamos a consideración el caso de los gusanos del género Osedax, conocidos también como gusanos zombis por sus aficiones alimentarias, que secretan ácido corrosivo por sus raíces filamentosas y que profesan quizás el modo de reproducción más inaudito de todo el reino animal.

El catálogo de zombis en el mundo natural es extenso —aclaremos: zombi* no en alusión al carácter del muerto viviente que suele asociarse con el término, sino en relación a la preferencia gastronómica: una inclinación patente hacia la necrofagia o, si se prefiere, a saciar el hambre deglutiendo cadáveres—. Carroñeros que se abalanzan sobre los despojos ajenos con fervor. Depredadores tortuosos que no muestran reservas en engullir carne tumefacta, tejidos rancios y vísceras en descomposición. En el reino de los come muertos la solemnidad no existe y la paciencia es gratificada con la única certeza que opera de igual manera para todos los seres vivos, o dicho de forma más filosófica, que es condición irreductible del don de vida: la finitud.

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Los necrófagos se fraguan en el imaginario como presencias incómodas, su proceder, en general esquivo y agreste, conlleva siempre una carga ominosa: una anunciación opresiva y funesta que se cristaliza al tiempo que sus anatomías abyectas rondan a los desahuciados rechinando las fauces con ansiedad (consumados por el perene anhelo de que la muerte cierre su abrazo ineludible y disponga el banquete). Y cuando el último suspiro por fin es exhalado, el cuerpo del doliente será acometido con la agitación frenética y bulliciosa propia de las infestaciones de hormigas; desatando un festín necrótico en el que los tórridos comensales no hallarán consuelo hasta que las exequias del finado sean reducidas a moronas.

Constituye un hecho innegable: “polvo somos y en polvo nos convertiremos”, pero en el proceso pasaremos por el tracto digestivo de un nutrido y variado conjunto de descomponedores y degradadores. Buitres, moscas, larvas y gusanos; derméstidos, hongos y bacterias. Un panteón diverso en el que los gustos no suelen ser refinados y en el que el ciclo de los nutrientes —indispensables para el resto de habitantes del planeta— vuelve a comenzar.

Pero quién los podría culpar, de hecho, si lo meditamos un poco se trata de una elección de menú bastante sabia, a fin de cuentas, los muertos siempre serán más que los vivos y no tienen la posibilidad de huir corriendo. Se trata de una relación directamente proporcional: a mayor biomasa mayor número de cadáveres virtuales. Su sustento está garantizado.

Tómese al intrépido Homo sapiens como ejemplo: ¿Qué hay más, personas vivas o muertas? De acuerdo con cálculos estadísticos llevados a cabo por el Population Reference Bureau, que se basan en el número de nacimientos potenciales a lo largo de la saga de la humanidad, se estima que han existido unos 108 billones de individuos de nuestra estirpe; lo cual, comparado con los cerca de 8 billones que en este momento caminamos sobre la faz de la Tierra, representa una diferencia apabullante.

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Ahora extrapolemos tales cifras a los trillones de entes que han decorado el frondoso árbol de la vida a lo largo de las distintas eras geológicas, sucumbiendo a cataclismos y numerosas extinciones masivas, y comenzará a asentarse la concepción del mundo como un cementerio inconmensurable.

Pero de vuelta a nuestros gusanos. Decíamos que pertenecen al Género Osedax, término que se deriva del latín “comedor de huesos” y si la academia optó nómbralos con mote tan distinguido se debe a que estos pequeños anélidos (que miden entre dos y siete centímetros de largo) al parecer muestran una predilección marcada por los restos de ballenas en descomposición, específicamente por sus esqueletos; o siendo más exactos: por los lípidos y proteínas contenidos dentro del coloide grasoso que conforma la médula ósea.

Al menos eso fue lo que se pensó en un principio sobre su dieta, que se especializaban en consumir el tuétano de los remanentes cetáceos, pues las primeras especies descritas fueron encontradas precisamente degustando tales vestigios; sin embargo, aunque en definitiva un cachalote representa una buena merienda y la figura de “los devoradores de ballenas” tiene resonancias casi mitológicas, la verdad es que no son tan selectivos. Más bien se alimentan de los cadáveres de cualquier tipo de vertebrado que caiga sobre el lecho marino, focas, morsas, delfines, peces, tiburones, pingüinos, etc. En condiciones de laboratorio se ha observado que incluso aceptan con agrado los esqueletos de mamíferos terrestres que estén a su alcance; engullendo con devoción los cráneos de vacas y ovejas depositados dentro de sus tanques.

Quizás sería importante mencionar en este momento que estos vermes no poseen boca ni estómago. Efectivamente, por sorpresivo que pudiera llegarle a parecer a los que sí contamos con un sistema digestivo desarrollado, estos zombis de la clase de los poliquetos no se alimentan de la manera que le es afín a la mayoría de animales. En lugar de eso emplean unas estructuras que se proyectan desde el extremo posterior de su cuerpo y que se asemejan a un enmarañado de raíces filamentosas de color verde brillante, a través de las cuales secretan un ácido corrosivo y poderoso (así es, H. R. Giger y Ridley Scott no inventaron nada cuando concibieron a la criatura extraterrestre de la saga Alien).

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El caso es que los gusanos se aferran al esqueleto utilizando sus raíces y disuelven los huesos por medio de ácido. Perforan así túneles y cavidades en las capas superficiales óseas hasta que consiguen llegar a su ansiada merienda de lípidos y proteínas. Compuestos que succionan y después digieren gracias a la simbiosis con ciertas bacterias (del Orden Oceanospirillales) que merodean en el interior de sus raíces y que metabolizan los nutrientes permitiéndole al gusano tener acceso a ellos.

En el extremo opuesto del cuerpo cilíndrico —que quizás deberíamos aprovechar ahora para compararlo con las dimensiones de un dedo meñique promedio— se dispara un conspicuo penacho tipo plumero de colores rojizos y cuyas delicadas plumas funcionan a manera de branquias. Esta vistosa estructura, que es justo la que se muestra a posibles testigos del organismo, se mece con el oleaje y puede ser retraída al interior del cilindro ante el acoso de otros animales o si el gusano se siente perturbado (¿Qué interpreta el gusano como una perturbación digna de su cautela? Es una buena pregunta).

Y he aquí otro de los atributos llamativos de nuestros protagonistas, pues nunca se les encuentra solos, sino que confeccionan colonias sobre los huesos que atacan. De manera tal que conforman coloridos e intricados tapetes mucilaginosos integrados por miles de individuos que le confieren un aspecto aterciopelado y rosáceo al esqueleto que se estén engullendo.

Animación realizada por Studio SUB en colaboración con la Sociedad de científicos anónimos.

Comprendidas ya algunas de sus adaptaciones singulares y habiendo bosquejado su curioso semblante, ahora sí podemos adentrarnos en lo más sorprendente de estos vermes: su insólito modo de reproducción. Porque si bien el parasitismo sexual propio de los peces abisales es ya de algún modo inquietante, estas gusanas llevan la cuestión a terrenos aún más fantásticos. Y sí, dije gusanas, ya que los machos únicamente han sido vistos por un puñado de investigadores; y eso después de haberlos buscado durante mucho tiempo.

Por años su apareamiento constituyó un enigma: en las tupidas alfombras que recubrían los huesos de ballenas solo parecía haber hembras. ¿Sería acaso que el Género Osedax se componía solo por especies partenogenéticas? ¿Que sus alumbramientos eran virginales y que prescindían por completo del sexo masculino como sucede en algunas especies de lagartijas?

La respuesta es que no, pero casi. Lo que sucede es que los machos son invisibles. No en el sentido mágico del término, sino a nuestra escala visual. Y es que, si bien el dimorfismo sexual de los peces linterna —donde la hembra es 60 veces más grande y unas 400 mil veces más pesada que los machos— parecería ya algo difícil de concebir, aquel que se registra en estos gusanos es francamente delirante y trastoca los linderos de la fantasía.

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¿O acaso no se perfila como premisa de novela ficción el hecho de que los machos sean microscópicos? Si aún quedaran dudas, ¿qué tal el rasgo de que habiten a la manera de endoparásitos en el interior de las hembras, con cada gusana albergando una comunidad de hasta cien diminutos machos en el microbioma de sus adentros?

Me siento inclinado a decir más cosas sobre estos pequeños liliputienses, quizás formular un par de comparaciones con nuestras propias relaciones —hay que confesar que el material se presta a la sátira y el humor— pero la verdad es que sería un desperdicio. Ante fenómenos biológicos de esta índole no son necesarias las metáforas. Las implicaciones evolutivas son tan disparatadas, que se acaba el lenguaje. Los humanos jamás comprenderemos lo que significa realmente habitar dentro del otro. Que un miembro de la pareja esté reducido a rumear perenemente los intersticios celulares de su consorte.

Quedémonos pues con que los diminutos machos nunca superan la etapa larvaria y que desde los harems que conforman en el interior de las hembras lo único que atinan a hacer es aportar los espermatozoides necesarios para fecundar los huevos y perpetuar la especie. Parasitismo sexual llevado hasta sus últimas consecuencias.

*Por si fuera de interés, el término y concepto de zombi proviene del vudú, en específico de la figura de un muerto resucitado por un hechicero para convertirlo en esclavo. Se deriva de “Zonbi” del criollo haitiano que a su vez encuentra raíces etimológicas en distintos términos africanos.