Foto por el autor.

“Es 50 veces más placentero que un orgasmo”: Testimonios de usuarios de heroína

Conviví con un grupo de usuarios de heroína que está en proceso de desintoxicación, quienes me compartieron sus experiencias de consumo.

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jun. 18 2018, 8:04pm

Foto por el autor.

Hace algunas semanas conviví con un grupo de usuarios de heroína que está en proceso de desintoxicación en el Centro de Tratamiento de Adicciones, una de las 168 instituciones de rehabilitación que opera en la frontera de Baja California. Con café y tabaco rompimos el hielo y bajo ese estado de ánimo les pedí que me compartieran sus experiencias de consumo y algunos dibujos que las ilustraran. Ángel, el más joven del grupo, se puso de pie y con entusiasmo narró lo que soñó la noche anterior: “Voy manejando un auto-jeringa. Estoy jugando una carrera contra otro auto-jeringa manejado por el demonio. Voy ganando, luego me rebasa y nos emparejamos cuando llego aquí. ¿Saben qué significa mi sueño? Significa que la heroína es el diablo. Yo podía vencerla pero después me rebasó y cuando me interné aquí quedamos igual. ¡Qué loco! ¿No?”

Este es el resultado de una dinámica que concluyó con un principio ético con el que todos estuvieron de acuerdo: un veterano de la heroína jamás ayuda a inyectarse a una persona que lo hace por primera vez. “Sería como entregarle un cuerpo al demonio y eso no está bien porque el cuerpo de uno es el templo de Dios”, sentenciaron.

Dibujo hecho por Hugo García.

“La heroína es el diablo llamándote”: Hugo García, 38 años

Comencé en la heroína porque me agüité (me puse triste). Así empezó todo. Estuve juntado 16 años con la que era mi esposa. Tenía dos negocios: de día uno de pollos asados al carbón, y de noche uno de hot dogs. Económicamente me iba bien porque además sé cantar, por lo que me invitaron a participar en un grupo de música versátil. Desde ahí mi esposa comenzó a ponerse muy celosa y posesiva. Decía que si no dejaba el grupo me abandonaría. En una semana todo se fue para abajo: me divorcié y cerré mis negocios. Sentí que no cabía en mi propio espacio. Quería morirme y atenté contra mi vida, soy muy depresivo. Tal vez para llamar su atención me rajé los brazos hasta desangrarme. Gracias a Dios alcanzaron a llevarme al hospital. Cuando me recuperé terminé viviendo con mis papás. Ahí llegaba un primo. Se le miraba cara de estar súper prendido de la heroína. Yo fumaba marihuana de vez en cuando para bajarme el estrés, pero nada más. Una tarde mi primo salió al patio de mi casa y de lejitos me invitó: “¿Quieres fumar?” Era un cigarro color negro de mota con heroína.

Yo odiaba la heroína porque mi mamá fue adicta 26 años. Una batalla. Nunca se pudo aliviar, bueno, duró limpia un año cuando se fue a vivir a Estados Unidos, pero cuando la deportaron por no pagar una multa siguió inyectándose. Por eso cuando mi primo me ofreció no acepté de inmediato, hasta que recordé que estaba sin dinero y sin trabajo. Agarré el cigarro y le di una fumada grande, sentí escalofrío y vomité. “Fúmale más, vas a sentirte muy chingón, no te quedes a medias, por eso te sentiste mal, fúmale más”, pinche primo, era el diablo y tenía razón con la fumada. Desde ahí empecé meterme. Tenía 31 años, ahora tengo 38. Mi mamá murió hace 12 meses y mi primo hace ocho.

Dibujo hecho por Hugo García.

Uno de los sueños que tengo es que me entra el gusano de ir por una dosis. Hablo por teléfono celular y camino hasta un lote baldío pero no llega el dealer. Me desespero hasta que veo que se acerca y me entrega dos bolsitas que me ponen muy contento. Las tengo en mis manos, puedo palparlas, sonrío, desaparecen y se nubla el cielo. Otra cosa similar que me ha pasado es que estoy cuqueando (degradación lingüística de cook: cocinar) heroína en la base de un bote de aluminio y el humo que se desprende forma un dragón que se vuelve mariposas brillantes. En inglés le dicen chasing the dragon (persiguiendo al dragón). La heroína es la mejor sensación que he sentido. Es como 50 veces más [placentero] que un orgasmo, pero también es la peor de la drogas. Por ella dejas todo. Le dicen “el beso de la muerte”.

La vida de nosotros [los consumidores] está distorsionada. Consiste en levantarte de la cama por la mañana para ir a talonear (pedir dinero) y conseguir una cura, una dosis. Te la metes y pasan los días y no te bañas, ni te rasuras, te ves cadavérico y dejas de voltear a ver a las mujeres. No te bañas porque el agua helada te quita el efecto, el viaje, por eso no nos bañamos, es un desperdicio. A veces se me olvida lavar la jeringa y mi propia sangre que se quedó pegada me hace daño. Lo mismo cuando se cuelan fibras de la cobija o algodón de un trozo de calcetín que utilizo como filtro para inyectarme. Pero lo más loco son los ácaros que se cuelan en la cuchara en donde estoy cuqueando: jalo el líquido para mezclarlo con mi sangre y se van de colados cuando reporto (inyecto) a la vena, puedo sentirlos bailar adentro de las venas.

Para comprar mi dosis vendo en un tianguis artículos electrónicos usados que una hermana me compra al otro lado (en la frontera de Estados Unidos). Nunca he batallado para conseguirla, batallo más con los tecatos (manera peyorativa de referirse a los heroinómanos que deambulan en la calle) de la colonia que siempre me quieren robar mis cosas. No la hago de pedo pero tengo preparada una pistola. En cuanto crucen mi cerco les dispararé.

Dibujo hecho por Carlos El ondeado.

“La heroína te vuelve Dios y hace que tú mismo te veneres”: Carlos El ondeado, 38 años

Agarré la heroína adentro de la cárcel. Mi barra (pretexto) está muy pendeja pero es cierta. Soy de clima de desierto y estoy acostumbrado al calor. En El Hongo (prisión de máxima seguridad ubicada en Tecate, Baja California) hace mucho frío porque está en las montañas y cae nieve y te parte la cara y los labios. Yo era el encargado de la cocina que le da comer a más de cuatro mil presos. Un día mi amigo Panchito se estaba inyectando frente a mí ahí en la cocina. “¿Quieres carnal?”, me preguntó. Las muelas me tronaban por el frío y quería algo porque me dolían. Le respondí: “Pues a ver, déjame ver el cuete (jeringa)”. Se estaba inyectando con una válvula para inflar pelotas y una pluma, “jeringa pintera” (carcelaria), le decimos. La válvula se afila en el cemento para hacerle un corte diamante. La venas son como ligas: se estiran, se abren y se cierran.

Como no me gustó el cuete del Panchito me di por la nariz. Por eso en la pinta (cárcel) siempre traía una cucharita de metal en la oreja. Ponía el pegoste de chiva en la cuchara y con agua hacía un caldito café, lo inhalaba. El pedo es que me lloraban mucho los ojos y mejor comencé a fletarme (inyectarme). Era fácil conseguirla porque los comandantes me la daban para repartirla entre los internos. Todos los miércoles agarraba 32 paquetes de 24 gramos cada uno, una parte de cristal (metanfetamina) y otra de heroína. Aunque esté restringida [la droga en la cárcel] nadie puede aguantar la malilla (abstinencia). Tengo 11 años consumiéndola, de esos, 10 estuve encerrado y salí hace uno. Me hice adicto en la cárcel porque ahí está la mera mata, no importa que haya rejas, para todo hay maña. Ya sea en la calle o en una torcida (detención), uno hace que salte la liebre.

Dibujo hecho por Carlos El ondeado.

Pienso que la heroína es la loquera más cabrona. En la yugular y en la cabeza es donde te pega más rápido el efecto, en los testículos no porque se te pudren. Antes el cristal me fascinaba, de acordarme se me acelera el corazón, pero ahora ya no pega como antes porque le ponen vitamina para caballos. Por eso me quedo con la chiva. Debo estar trucha porque van cuatro veces que me quieren dar piso (matarme) dándome porquería. Quién sabe qué sustancia ha sido, pero con la última comencé a convulsionarme, a enroscarme, se me inflaba la panza muy culero.

Sueño que llego a mi colonia y camino calle por calle hasta la tiendita en donde me venden. Toco la puerta, doy el dinero, me dan la droga y cuando tengo la erre (herramienta) en la mano, cuando ya me la voy a meter, no puedo, eso está de la verga. Yo no debo estar en la calle porque soy lumbre. Tengo un hijo de 18 años que es cristalero (adicto a la metanfetamina), quiere ser igual a mí en todo, es bueno para el fierro (armas), eso me da miedo.

Trabajaba en unas carnitas estilo Michoacán de mi padrino. Ahí mismo me quedaba a dormir. Como a las ocho de la mañana me despertaba: “Carlos ahí te van 50 pesos, cúrate (inyéctate) y ponte a chambear”. Yo le contestaba: “Me levanto solamente si me das 100 pesos, por 50 seguiré dormido”. Me daba el dinero, me curaba y a las 12 del día ya me había metido unos 300 pesos. De ahí hasta las seis de la tarde tiraba barrita (descansaba) y luego me iba a un puesto de hamburguesas en donde me pagaban 200 pesos diarios, y pues, véngase para acá, también me los metía.

Puedo decir que con el tiempo uno se cree un Dios y uno mismo se venera. Yo soy de los que va a todas las conectas para saber dónde está la más chingona. Y si tengo que ir hasta el maldito infierno lo haré.

Dibujo hecho por Fernando Robles.

“La heroína es una mujer que te mata si la abandonas”: Fernando Robles, 34 años

En el barrio que crecí hay mucho chicano (mexicanos nacidos en Estados Unidos que adoptan la forma de vida de los cholos) que se fleta. Estaba morrillo, tenía 15 años y quería andar con los más grandes porque veía que les tenían respeto, quería ser el más chingón. Una noche unos batos se estaban dando (inyectándose) y yo andaba de metiche y me gritaron: “Lárgate de aquí morrillo, ponle a la verga”. Les dije que quería ver. Un bato me agarró la mano y me inyectó cinco gotitas (unidades) de chiva. ¡Nombre, me puse a rebotar!

Esa fue la primera vez que la probé. Pasaron dos años y entré al ejército de soldado raso, porque me gusta tirar trompos (pelear con los puños). Estuve en Chiapas y Tabasco. A los 23 años abandoné la milicia. Anduve viviendo las calles y me enganché de la heroína, “me gustó la canción”, como dicen. En esos días me junté con una muchacha, tuvimos dos hijos y cuando murió mi papá me enganché más. Dejé mi casa, mi familia, mi trabajo y desde entonces nomás ando por ahí. Me dedico a pintar casas, lavar autos y barrer calles. Nunca me ha gustado robar, no va conmigo, aunque dos o tres veces, por la malilla, sí he tumbado (robado). Una vez de un carro agarré una mochila que se sentía muy pesada: “Ya chingué”, dije pensando que había cosas de valor, pero cuando la abrí me di cuenta de que eran biberones con agua y una lata de leche en polvo de bebé. En otra ocasión me metí a una casa y eché todo lo que vi a la mano a una bolsa. Cuando revisé lo que me había robado vi que en un estuche estaba un consolador gigante, negro y cabezón, lo terminé cambiando por una cura (dosis). En su momento todo te da una moneda.

Para dejar de meterme heroína necesito amarrarme un huevo, porque cambiarme de ciudad no sirve de nada. Si me voy a China alguien me venderá allá. Todo está en la mente. He soñado que me fleto, siento el rash (explosión del efecto de la droga), pero me despierto y desaparece el efecto.

Una vez me pusieron ajo en la punta de la jeringa y cuando me inyecté me andaba asfixiando. El ajo te corta el aire, alguien quería matarme. Andando en esto he aprendido que la sal aumenta la presión sanguínea, por eso cuando alguien está teniendo una sobredosis le avientas 20 gotas de agua con sal y le aprietas la panza cuatro veces hasta que solitos agarran color. Me gusta inyectarme porque no pienso en nada.

Dibujo hecho por Ángel Mosfon.

“La heroína es una serpiente que te arrastra a la inmundicia”: Ángel Mosfon, 26 años

Empecé a consumir porque mi hija la quebró (murió) al nacer y a mi esposa se la llevaron sus papás a Guadalajara. Yo estaba muy sacado de onda porque no se comunicó conmigo en dos meses y me fui a buscarla a Zapopan pero no la hallé. De regreso a la frontera caí con un amigo, un bato de rastas que le vale verga todo y que es fanático de la mota y del reggae. Llegué a su casa y vi que estaba cuqueando, se dio por la chata (nariz) y se quedó pensativo: “Chingado, me la hubiera metido por la vena, así me dura todo el día [el efecto], por la chata nomás estoy desperdiciándola, pero es que no me quiero prender (hacer adicto)”, dijo. Le dije que prendido ya estaba. Su mamá se prostituía y cuando llegaba en las madrugadas él le quitaba el dinero y se iba a conectar valiéndole que su carnalitos no comieran.

A los meses regresó mi novia y me pidió perdón. Arre con la que barre. Volvimos a vivir juntos, yo tenía 17 años y ella 16. Volvió a salir embarazada y tuvimos a nuestra hija en el otro lado (California). En esos días mis patrones me habían hablado para un trabajo y me fui unos días. Cuando volví a la frontera, mi novia me había hecho lo mismo: irse con sus padres y con mi hija a Guadalajara.

Dibujo hecho por Ángel Mosfon.

Sentí una tortura mental y volví otra vez a la cuartería de mi compa el rastudo. Apenas entré a su casa, le di dinero a su mamá para que llevara a comer a sus hijitos, no quería que me vieran inyectarme. “Compa, ahí le va una feria, pida dos gramos, vamos a hacer una cura algo bien”, le dije. No pasaron ni 15 minutos y llegó la conecta. “Tú le sabes, tú agárrame carnal”, le dije. ”¿Baisa (mano), cuello o pierna?”, me preguntó. “Cuello, donde pega más”.

Agarré mi dedito pulgar, me lo metí a la boca e inflé los cachete con fuerza para que se me saltara la yugular. Aguanté la respiración y ¡pum!, entró el filero (jeringa). “Suelta el aire”, dijo mi homie y sentí la descarga. Un hormigueo por todo el cuerpo, comencé a rebotar para arriba y para abajo como si fuera un Impala 68 y tuviera hidráulicos; se me nubló la vista y me quedé en silencio total. Me aliviané, vi mi cuerpo y dije: “Por poco valgo verga”.

Estos últimos meses bajé 35 kilos porque me estaba metiendo tres gramos de harina y huevo (diariamente). Un gramo cuesta 300 pesos. No me meto más porque ya no me alcanza el día para hacer más dinero.


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Hace poco estaba cocinando un gramo para mí y otro bato afuera de mi casa. Llegaron dos güeyes que iban saliendo de un centro de rehabilitación. “¿Qué ondas, nos vendes una madre?”, me preguntaron. “Simón, sírvanse”, les dije. Se fletaron pero como estaban limpios del organismo les cayó mal y se comenzaron a pasar (tener una sobredosis). En chinga fui por hielos, leche y sal. El bato que estaba conmigo no quiso ayudarme porque si se morían la policía se la haría cardiaca. Ni modo, yo solo los reanimé. A cada uno le inyecté 10 rayas de agua con sal, les puse hielo en los testículos y les aventé unos tragos de leche pero no se alivianaban. Comencé a cachetearlos para que no se durmieran porque así es como se muere la raza. “¡Hijos de su puta madre! ¿No que muy vergas? ¡Despierten!” Uno tiene que darles en el ego, hacerlos que se enojen, porque sí escuchan pero no pueden reaccionar.

Cuando me fleto me gusta sacarme sangre y volvérmela a meter a la vena, sacarla y meterla. Algunos dicen que estoy jugando con la sangre pero es un trip mío asegurarme de que corra la chiva por mis venas, me da miedo sacarme el cuete y que se me salga la chiva. Otro trip mío es poner “Mosfon”, mi apodo, con las gotitas de sangre que me salen de la vena. Todo el baño de mi cuarto está tapizado con hileras de ese nombre, por eso a mi familia le da miedo entrar ahí, dicen que es como brujería. Siempre digo que mi nombre es Ángel y mi problema es el Mosfon.

Soy culo y deshonesto, le robo dinero a mi familia cuando ando muy malilla, pero trato de no perjudicarlos. Antes me iba a asaltar personas y robar comida y aerosoles de los mercados, pero ahora mejor le regalo unas pingas o chiva a uno de mis amigos y le digo: “Te regalaré esta madre pero tienes que meterte a aquel cantón (casa). Cuando salgas vendrás conmigo y yo voy a elegir con qué quedarme, lo demás será para ti”. ¿Por qué me voy a meterme a un cantón si hay batos que lo pueden hacer por mí?

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